Adolescentes: el arte de acompañarlos con presencia, libertad y límites claros - Sophia Online

Crianza

Adolescentes: el arte de acompañarlos con presencia, libertad y límites claros

En tiempos donde la adolescencia se ha vuelto desafiante, la psicóloga Patricia Faur propone estar presentes sin invadir, escuchar sin juzgar y ser ese lugar seguro al que siempre quieran volver.

POR Paz Berri

En uno de sus últimos newsletters, la filósofa Florencia Sichel recordó el concepto “distancia de rescate” creado por la escritora Samanta Schweblin, para explicar la distancia que tenemos los padres de los hijos para salvarlos de cualquier peligro: “Al principio, la distancia es muy chiquita. Empiezan a caminar y les damos la mano para que no se caigan. Van a la plaza y nos quedamos cerquita del tobogán. Pero como dice Schweblin, ese hilo invisible que nos une empieza a estirarse. Los hijos crecen y, en apariencia, nos necesitan menos”, detalla Sichel. Y va un paso más allá: “Cuestionemos esa apariencia. Que nos digan que no nos necesitan, que se enojen con nosotros, que por momentos no quieran vernos, no quiere decir que no necesitan que estemos con ellos. A medida que crecen, tenemos que seguir estando disponibles y acompañarlos sin asfixiarlos, ni cortarles la libertad, pero tampoco dejándolos a la deriva”. 

Difícil tarea la de ser padres. Nunca nadie dijo que fuera fácil. De hecho, Stephen Graham, coautor y protagonista (padre de Jamie) de la popular serie Adolescencia (Netflix) —que se estrenó hace pocos meses generando un gran impacto— comentó en una entrevista que «hace falta un pueblo para criar un niño». Esta idea proviene de un proverbio africano que destaca la importancia del apoyo comunitario en la crianza: además de los padres, debe estar la escuela, el estado, otros familiares, etc.

Tal como afirma Sichel “estar disponibles para ellos no es únicamente controlar las notas […]. Tampoco quiere decir darles todo lo que nos piden. Se trata de no dejar de criarlos en una edad en la que parece que no necesitan que estemos. También cuando detesten que estemos ahí, aunque nos cueste mucho, aunque nos odien por momentos”. 

Y ese momento, en general, llega con la adolescencia. 

¿Cómo hacer frente a esa realidad? En esta charla con Patricia Faur, psicóloga (UBA), escritora y autora de más de quince libros sobre temáticas vinculares como No soy nada sin tu amor, Amores que matan y El amor real huele a tostadas, reflexionamos sobre la importancia de estar presentes y a una distancia prudencial, para acompañar a los chicos en una de las etapas quizás más desafiantes de la vida humana. 

—¿Qué significa ser adolescente?

—En principio es el fin de la infancia y el comienzo de la vida adulta. Creo que lo importante es entender que se trata de un período de mucha turbulencia, porque implica cambios hormonales y también corporales: no solamente los que tienen que ver con la primera menarquia en el caso de las mujeres, sino además los externos, que van a traer otras consecuencias (la atracción o el rechazo, los problemas con la imagen, el advenimiento del deseo sexual, etc.). Además, es un momento donde indudablemente el grupo de pares cobra una importancia muy grande; mucho más que el grupo familiar. La adolescencia implica una ruptura con los padres de la infancia. En general empieza a haber algún tipo de oposición, de forcejeo, de tironeo.

—Acá es cuando como padres nos preguntamos si estamos haciendo las cosas bien. O, como ocurre en la serie Adolescencia, por qué si criamos de la misma manera a todos los hijos, puede pasar lo que pasó (uno se convierte en asesino).

—Esta es la pregunta del millón, y creo que con la serie es la que angustió a todo el mundo. “¿Podríamos haber hecho algo más?”, se preguntan los padres. “¿Por qué un hijo sí y el otro no?”. Hay que recordar que los hermanos nunca tienen los mismos padres. Nacen en distintos momentos y a los padres les están pasando cosas diferentes. A la pareja le pasan cosas diferentes. El contexto de un país es diferente. El tiempo que pasó entre uno y otro influye, si es el mayor, el menor, etc. A su vez, los roles que los hermanos van ocupando en el sistema familiar son distintos. Siempre hay uno que es “el más inteligente”, “el más bueno”, “el más revoltoso”. O sea, los padres también van —sin intención de daño—, marcando un camino en cada uno de ellos.

—Pero, obviamente, esto no alcanza para que un chico sea un psicópata o un asesino, ¿no? 

—No. Para que un chico sea un psicópata también hay algunos componentes genéticos que todavía no terminamos de conocer. Hay ciertas señales que puede haber en la infancia, como la de tener menor empatía, más crueldad, o la de poner al otro en un lugar de cosa. En fin, conductas de mayor violencia que podríamos tomar como una red flag (bandera roja, señal de advertencia). 

—¿Hasta dónde somos responsables como padres de lo que hacen nuestros hijos?

—A mí no me gusta culpabilizar a los padres con esto de “¿qué más tendrían que haber hecho?”. Como si hubiera algo que no hicieron y por eso, por ejemplo, su hijo fue un asesino. Justamente la serie muestra una familia bastante típica: un padre que trabaja, una madre que parece muy amorosa. Entonces uno dice: “si eso pasa en una familia normal, ¿qué más se puede hacer?”. Bueno, tal vez lo que sí se puede hacer, es meterse un poco más en la vida de los hijos. Es cierto que muchos van a decir “mis hijos no me dejan, me sacan corriendo, entro al cuarto y me dicen ‘andate’”. Pero hay que tratar, no a la fuerza, de establecer un diálogo, de encontrar la manera de conectar. Finalmente tienen 12, 13 años. Y van a tener que conectar en algún momento. 

—¿Creés que somos una generación de padres “frágiles” o muy laxos?

—Es cierto que estamos ante una generación de padres muy fragilizados (son los padres que vienen con el tema de la crianza respetuosa), y el límite a veces es un poco difuso. Como si los padres tuvieran miedo de frustrar a los hijos. Y muchas veces va a haber que frustrarlos, aunque se enojen, aunque no te quieran, aunque te amenacen. 

—Hay quienes dicen que somos la generación que le tuvo miedo a sus padres y ahora le tiene miedo a sus hijos …

—Por supuesto. Pero: ¿A qué le tenés miedo? ¿A que no te quiera? ¿A que se escape de casa? ¿A que se lleve el auto? ¿A que se quiera suicidar? Si algo de esto pasa, hay que hacer la consulta con un profesional inmediatamente, porque nos estamos viendo con un chico con características psicopáticas o antisociales. Distinto es un hijo que se frustra, que grita, que provoca. Y acá volvemos a lo que decíamos antes: hay que poner el límite. Porque si no nos animamos a decir “no” estamos perdidos. 

—¿Qué lugar creés que ocupan las redes sociales en todo esto? 

—El otro día escuchaba a alguien que decía “nosotros no miramos esta serie (por Adolescencia), esta serie nos mira”. Y es verdad, es una serie que nos interpela como adultos, como sociedad. Nos interpela en el ámbito educativo, social y hasta político. No es sólo los padres, no es sólo la genética ni la epigenética, como tampoco son sólo las redes sociales. Creo que con las redes sociales solas no alcanza. Nadie sale a buscar un cuchillo para matar a una chica de siete puñaladas porque lo vio en la red social o porque un TikTok le dijo que haga ese desafío. Aunque sí creo que las redes sociales amplificaron temas como el bullying o el hostigamiento. De esto no hay dudas. 

—En la serie, la madre de Jamie dice que ella pensaba que el hijo en su cuarto estaba a salvo…

—Hoy los padres se quedan tranquilos dejando a su hijo en la habitación porque “está con la compu”, y la verdad es que el hijo puede estar consumiendo la peor de las drogas: apuestas en línea, OnlyFans, Bplay, y no sólo influencers o sitios de misoginia y de masculinidad tóxica. Entonces tenemos que ver qué están consumiendo. Los padres tienen derecho a meterse. Es más, cuando a los 12 ó 13 hay chicos que quieren tener Instagram, con mis pacientes charlamos que está bien, pero que los hijos tienen que saber que los padres cada tanto van a mirar con quién están hablando. 

—¿A qué señales debemos estar atentos como padres? 

—Yo creo que los padres no tienen que ser detectives de bandera roja. Creo que cuando ven una actitud rara en su hijo (se encierra la pieza, no quiere contestar, no quiere comer), se puede hacer una consulta con un especialista. Los padres conocen a sus hijos, y si ven una reacción extraña, muy hostil o de violencia, no hace falta que adivinen.

—¿Cuál creés que es hoy el rol de los abuelos en la adolescencia? 

—El rol de los abuelos es muy importante, porque los abuelos de hoy son gente joven que es canchera, que puede dar mucho amor y mucho apego seguro. Y creo que fundamentalmente, al no estar encargados de los límites en el día a día, pueden escuchar sin juzgar, abrir un diálogo sin juicio. Es lo que más cuesta hacer con un adolescente. 

—¿Cómo sería esto?

—A veces los adolescentes dicen cosas que pueden resultarles enojosas a los padres. Cuando les preguntan “¿Qué vas a hacer cuando seas grande?” y responden “Influencer, youtuber”, los padres se ponen locos. Bueno, escuchemos por qué. Escuchemos qué es ser influencer, qué es ser youtuber, a qué youtuber miran, quiénes son sus ídolos y por qué. Hoy los chicos te hablan de no binarios, de diversidad, de que un día salen con una chica y al otro con un chico. Y los padres ponen el grito en el cielo. Escuchemos, aprendamos. Es la mirada que tienen del mundo. 

—¡Qué difícil a veces! 

—Claro que es difícil ser padres. Siempre fue difícil. Hay que bancarse que no te quieran, que te agredan, que se enojen. Que a veces te digan que fuiste exigente y a veces que fuiste blando. Yo lo que veo es que cuando el límite está bien puesto, es clave. 

—¿Me das un ejemplo?

—Tengo un paciente que le dijo a su hijo varón: “Vos querés el auto, yo te voy a prestar el auto, no tengo problema, llevalo. Pero el día que yo me entere que vos volviste en el auto y tomaste alcohol, no tenés más auto en tu vida. A mí no me importa si estás en Pilar o en Moreno. Si tomaste, dejás el auto en un estacionamiento y yo te pago el remis para volver”. O sea, le dio todas las posibilidades: se lo prestó y hasta le ofreció pagarle el Uber a la vuelta por si quería tomar. Pero le dejó en claro que en cuanto traicionara su confianza se acababa todo. Y, de hecho, una vez el chico lo hizo y no tuvo más el auto.

—En un vivo que hiciste con Alejandro Schujman (psicólogo), escuché una frase que decía: “Seamos casa cuando son pequeños para que cuando sean adolescentes les sea más fácil”. Me gustaría tener una reflexión tuya con esta idea para cerrar.

—La reflexión final que te daría tiene que ver con Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra francés. Boris dice que cuando hay apego seguro en el niño, cuando el niño siente que hay espalda, que los padres son confiables y que confían en él, el niño sale a explorar el mundo y no tiene miedo. Se aleja de los padres para investigar, porque cuando da vuelta la cabeza sabe que ahí están. Y Boris dice una frase que a mí me encanta que es “Quiéreme, así tendré el coraje de alejarme”. Si un niño se siente querido, si un niño se siente apoyado, si se siente confiado, se puede alejar y es lo mejor que puede pasar. Esa también es la tarea de los padres: ayudarlos a alejarse tranquilos porque saben que hay adonde volver. 

2 COMENTARIOS

  1. Espectacular esta nota. Clarisimo. La conciencia de » estar siendo» esos tutores, para quienes estan en crecimiento. Y sus necesidades: de cercania, amistad de madre, amistad de padre. Es un arte.

  2. Me encanto esta nota. Tiene todos los ingredientes que necesita un hijo para crecer sano. El logro de estar y de ser faros, refugio.

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