Adolescentes: cómo sortear el miedo a decirles que no y ayudarlos a crecer en libertad con límites sanos - Sophia Online

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Adolescentes: cómo sortear el miedo a decirles que no y ayudarlos a crecer en libertad con límites sanos

En una etapa tan compleja, y aunque cueste, los chicos necesitan pautas precisas, escucha amorosa y adultos que puedan acompañarlos.

POR Viviana Álvarez

En medio de una discusión, Francisco, de 14 años, sentenció: “Esta familia es una porquería, me voy de casa”. Agustina, su mamá, quien además es mamá de Delfi, de 10, levantó la apuesta y le abrió la puerta de calle. Cuando vio que él avanzaba decidido, cerró rápidamente con llave para impedirle salir. “Tuve miedo de lo que hubiera podido hacer. En lugar de castigarlo por lo que nos había dicho y por no dejar de jugar a la Play cuando se lo pedimos, que fue el motivo de la pelea, bajé un cambio y le pregunté: ‘¿Dónde vas a estar mejor que acá?’”, cuenta.

Agustina reconoce que apostó siempre al diálogo, pero desde que su hijo entró en la adolescencia, cada conflicto la lleva al límite de la tolerancia. «Siento que todo puede terminar en situaciones no deseadas. Su papá y yo vemos que, cuando se enoja, aunque sea por algo mínimo, no puede razonar. En esos momentos, prefiero tomar distancia, porque los castigos o las conversaciones no tienen sentido si él no puede pensar. Reconozco que me faltan recursos para ponerle límites. No quiero imaginar cómo se pondrá todo en unos años, cuando empiece a salir”, se anticipa.

Enfrentar los temores

En una etapa desafiante como la adolescencia, las noticias que estremecen, el temor, la ansiedad y la falta de confianza son algunas de las dificultades que enfrentan las familias al momento de establecer límites. Para comenzar a superar estos desencuentros, Abigail Rapaport, licenciada en Psicología con enfoque sistémico, sugiere hacerse dos preguntas: ¿De dónde viene el miedo a decir que no? ¿Qué me dice esa emoción acerca de mí misma como mamá, como mujer o como la niña que fui? Enfrentar esas escenas temidas, que tal vez sean autobiográficas, ya es un paso para abordar los conflictos desde una perspectiva real.

También advierte que si los adultos no sostienen convicciones firmes, es difícil que puedan fomentar la autoconfianza en sus hijos. En estos casos, sí existe un riesgo latente porque los chicos que no creen en sí mismos son más vulnerables.

Graciela Candiano, licenciada en Psicología Clínica, asegura que ser padres requiere apertura para revisar permanentemente un vínculo que está amenazado por la falta de comunicación y advierte que hay que estar dispuestos a que los jóvenes hablen de lo que les pasa, en el momento en que puedan hacerlo.

“Por el contrario, el miedo o la inacción potencian la actitud provocadora por parte de los chicos que buscan un límite que les dé contención”, explica Candiano.

Decir no, aunque cueste

“Es común que los hijos nos digan: ‘Ustedes piensan lo peor de mí’. Y puede ser que tengan razón, porque a veces los adultos, desde el agobio, reaccionamos automáticamente sin escuchar, y pasamos por alto que en un vínculo hay por lo menos dos realidades: la mía y la del otro”, señala Rapaport.

La especialista agrega: “Confrontar a los chicos es difícil para todos. Ellos se frustran y los padres también. Soy mamá de dos adolescentes y sé muy bien de lo que lo que hablo. Me gustaría que ese malestar que roza con el dolor no existiera, pero paradójicamente, eso los fortalece porque les va a permitir lidiar con otras dificultades. Aunque cueste, les estamos dando las herramientas para que puedan cuidarse. Con los años, eso dará alivio y se agradecerá”, dice Rapaport.

Porque yo lo digo

Paula Ledesma tiene una frase de cabecera que sus hijos Pedro y Matilda conocen bien. “Esta relación es piramidal. Negocio hasta cierto punto, escucho las posibilidades, pero la última palabra la tengo yo”. Con esa premisa, se maneja con Matilda, que es mucho más salidora que Pedro.

“Creo que los padres fallamos al contradecirnos. Por eso, soy firme y clara cuando no la dejo ir a bailar a un lugar que no me gusta. También estoy convencida de que los premios y castigos no funcionan. Prefiero generar un clima de confianza porque considero que así sienten que pueden acudir a mí siempre que lo necesiten. Claro que no es fácil. El caos y las palabras hirientes surgen cuando Matilda no escucha lo que está esperando. Entonces, la conversación se suspende, porque no discuto como si fuésemos pares, y se retoma cuando haya reflexionado. Sé que la estoy cuidando, prefiero que me odie hoy y no lamentarme mañana”, comparte.

Uno de los temas que le preocupan a Paula es el consumo de alcohol en los jóvenes. “Quiero que entienda el riesgo que implica subirse al auto de alguien que tomó y que la responsabilidad de cuidarse es compartida, no solo del que va a manejar. El día que festejó su cumpleaños en casa, le prohibí que hubiera bebidas con alcohol. Como contrapartida, yo me quedé en mi cuarto durante la fiesta y aparecía de vez en cuando para ver cómo iba todo. Tengo claro que lo que decido es por su bien. A esta edad son desafiantes, pero también buscan referentes y estoy segura de que decirles siempre que sí tampoco los va a contentar”.

Estar más presentes

“Es más fácil poner un límite cuando las relaciones son sólidas. Para eso, primero hay que aprender a escuchar sin juzgar. Luego, conectar con lo que dicen los chicos y finalmente, expresar una postura con frases precisas, sin descalificarlos a ellos ni a sus amigos, ni a la actividad que quieran hacer”, destaca Rapaport. “Dejámelo pensar, no puedo darte una respuesta ahora”. “No es posible que salgas dos días seguidos porque estás en época de exámenes. Elegí viernes o sábado”. “No estamos de acuerdo con que hagas esto porque es peligroso”, son algunas frases que sirven como ejemplos.

Desde su visión, la psicóloga opina que durante la infancia, los padres están concentrados en resolver. “Los ayudamos a vestirse, los llevamos a sus actividades, decidimos qué y cómo comen. A medida que ganan autonomía, que a la vez fortalece su autoestima, ellos necesitan “sentirse sentidos”. ¿Qué quiere decir este juego de palabras? Dejar de lado una actitud más vinculada con el ‘hacer’ y transitar el vínculo desde el reconocimiento, la conversación, el interés por saber qué piensan y cómo lo manifiestan. Es decirles ‘yo estoy acá para aceptar lo que te pasa’. Sin embargo, lo que veo en el consultorio son chicos que no pueden afrontar sus emociones y padres que se quejan porque no conocen a sus hijos. Padres que, en lugar de preguntar y dialogar, les siguen pidiendo ‘hacé esto, hacé lo otro…’. Con la ansiedad y la impaciencia que dominan esta época, queremos resolver y que ellos resuelvan. Entonces, la relación queda limitada al conflicto”, detalla Rapaport.

Volver a encontrarnos

Durante este período tan lleno de pruebas y transformaciones, los chicos pasan por cambios físicos y anímicos, buscan ser aceptados y necesitan el reconocimiento de los adultos y de sus pares. Estos procesos van a depender de los recursos que hayan desarrollado. Si fuera necesario reforzar ciertas habilidades, habrá que buscar alternativas. No alcanza con decirles: “Sos linda”, “Sos buena”, “Sos inteligente”. Si hay ideas o actos que atentan contra la salud de los chicos, es fundamental consultar con un profesional, alguien fuera del sistema familiar, que a veces está condicionado por prejuicios o mandatos.

Según Candiano, “que un adolescente sea desordenado, que le cueste cumplir académicamente o que no sepa manejar el inicio de su vida sexual, son conductas esperables que se superan con el paso del tiempo. En cambio, la imposibilidad de cumplir con rutinas básicas, el aislamiento social o el consumo de drogas o alcohol no se pueden pasar por alto. En esos casos, un profesional puede orientar a los padres sobre el momento evolutivo que atraviesan sus hijos y, a partir de eso, pensar en tratamientos o recursos de contención”.

Candiano hace hincapié en el riesgo de confundir libertad con exceso de permisividad. Por eso, recomienda mantener una distancia saludable como para que los chicos tengan claro que hay un adulto que está para guiarlo y no para vivir sus emociones a la par.

“Los límites bien planteados son claros y coherentes: lo que se dice y se hace. Esa postura refleja un conjunto de valores familiares y, si se mantiene en el tiempo, será clave para que lleguen a ser adultos capaces de amar, de ser creativos y de llevar adelante la vida laboral y social”, sostiene Candiano.

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