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Psicología

11 febrero, 2020

Adictos al drama: cuando la intensidad ajena nos agobia

Hay personas que tienden a ver pequeños contratiempos como fatalidades y, en su interacción con los demás, transmiten los infortunios cotidianos como enormes problemas. En un intento por ayudarlos, podemos quedar agotados. ¿Es posible resguardarse sin abandonarlos?


(Foto: Pexels)

Por Mariana de Anquín*

Seguramente conozcas a algún familiar, amigo, colega, vecino a quien basta con preguntarle “¿Cómo estás?”, para que un aluvión de quejas comience a ocupar todas sus respuestas. Los problemas parecen tomarle cada área de su vida: salud, finanzas, amor. Se muestra tan sumido en esas situaciones personales que no puede dejar de hablar de sí mismo con detalle e histrionismo, y su actitud es la de “el mundo está en contra de mí”. Para referirme a esas personas, yo utilizo el término de “personas adictas al drama”.

¿Por qué “drama”? Porque alude a un modo reactivo e intensamente emocional de interpretar los contratiempos cotidianos del día a día como fatalidades. Simples infortunios, como una llegada tarde, el olvido de las llaves, la cercanía de una fecha de entrega de trabajos, cambios repentinos de planes, desperfectos domésticos, etcétera, que son interpretados como tragedias.

Aquí no me refiero a situaciones límites, a los grandes sacudones que nos pega la vida, como atravesar pérdidas sentidas, fuertes crisis, momentos donde queda expuesta nuestra vulnerabilidad como seres humanos, sino a aquellos pequeños problemas que toman dimensiones dramáticas, no acordes con su verdadera naturaleza.

¿Por qué adictos? Porque existe un hábito nocivo que se vuelve recurrente y produce dolor y sufrimiento, que atrapa a las personas en su modo de pensar. Ellas son víctimas del pensamiento dramático, esa costumbre de mirar y esperar los peores resultados de las circunstancias adversas. No es lo que les pasa, sino cómo viven eso que les pasa. Es decir, no se trata de los eventos que les suceden en sí mismos, sino de cómo los viven y sienten.

Esta manera de pensar se caracteriza por ser extremista, fatalista, trágica y pesimista, y lleva a ver la vida en términos de todo o nada, imposibilitando ver la simpleza. Los pensamientos se enredan en lo complejo, difícil y caótico.

(Foto: Pexels)

A estas personas les cuesta muchísimo comprender y aceptar los procesos, anhelan resultados inmediatos, y cuando estos demoran o son diferentes a los esperados, su pensamiento fatalista los carcome. Suelen hablar para descargar en otros sus problemas y muchas veces reiteran las conversaciones sobre un misma temática y dificultad.  En sus discursos suelen aparecer palabras como “siempre”, “nunca”, “todo”, o “nada”, que nos muestran un modo de pensar en términos de absolutos, donde los términos medios parecen ausentes. Una característica bien notoria es la intensidad emocional con la que viven los contratiempos: pueden pasar de la calma al estrés, del miedo al pánico o del enojo a la furia en cuestión de segundos.

El pensamiento dramático las lleva a vivir tensionadas, angustiadas y muy preocupadas, creyendo que la causa de su sufrimiento está siempre afuera. Consideran que la culpa de su desdicha es del país, de la pareja, del jefe, de la mala suerte, cuando en realidad la causa está dentro, en la manera de interpretar la vida como si todo fuese siempre tremendo. Esto lleva a que encuentren en su día a día poco disfrute, alegría y calma y mucho estrés, desazón y amargura.

Aquí no hay culpables:  el modo de pensar dramáticamente fue desarrollado por la persona sin ser consciente de ello, de forma inocente, adquirido a través de creencias familiares, sociales y culturales del entorno donde ha estado interactuando. De a poco este se convirtió en una manera reactiva y fatalista de ver, que se activa automáticamente frente a cualquier adversidad.  

El impacto en los demás

Las personas adictas al drama nos movilizan emocionalmente. Activan nuestras ganas de ayudarlos, deseando hacer algo para aliviarlas. Si sus interlocutores somos empáticos y sensibles, lo más probable es que sus dramas nos apenen y preocupen tanto que nos sintamos muy comprometidos emocionalmente.

Entonces comenzamos a asumir un rol de solucionador compasivo y por todos los medios intentamos ayudarle a resolver sus numerosos problemas. El punto es que son propensas a no escuchar las ideas ajenas, sugerencias y posibles soluciones. A cada intento de solución, suelen responder con un “sí, pero…”, de manera que además de sentirnos apenados por sus infortunios, también podemos sentir frustración.

Nada parece funcionar ni alcanzar, porque siempre aparecen nuevos problemas o los ya conocidos se profundizan. En un intento desesperado por ayudar, puede que nos convirtamos en terapeuta personales disponible 24 horas para escucharla, algo que a largo plazo nos desgastará emocionalmente.

¿Cómo podemos evitar agobiarnos y agotarnos en nuestra interacción con ellas? Marcando los límites de manera amable pero clara. Podemos empatizar durante varios minutos y luego agradecerles por entender que nosotros necesitamos también ocuparnos de nuestros asuntos. Podemos avisarles que contamos con cinco minutos para escucharlos y que, si necesitan más tiempo, acordaremos el día y el momento adecuado para ello. Los límites claros ayudan a cuidar nuestro espacio personal, sobre todo si nos encontramos en un momento de mucha vulnerabilidad.

A la hora de ayudar es importante cuidar el equilibrio en el intercambio. Uno solo puede dar lo que tiene, y solo puede tomar lo que necesita. Cuando se rompe este equilibrio, la ayuda nunca es efectiva. Si hacemos un esfuerzo titánico y sacrificamos nuestro tiempo, vínculos, ocupaciones, intereses para ayudar, lo que obtendremos es un desbalance físico, mental y emocional.

¿Tengo adicción al drama?

Si nosotros mismos nos identificamos como aquellas personas que tienden a ver los vaivenes cotidianos como enormes tsunamis, hay que saber que revisar esta modalidad es posible. Reconocernos como tales ya es un primer paso.

La salida a la adicción a los dramas está en la mente, y en una firme convicción de querer vivir una vida con mayor templanza y disfrute. Es importante comenzar a cultivar una visión positiva de la vida. Desarrollar el autocontrol emocional, ser más conscientes de lo que estamos sintiendo para gestionarlo mejor.  

Una manera es encontrar a alguien a quien podamos tomar como modelo positivo y aprender de esa persona. Terminamos pareciéndonos mucho a aquellos con quienes pasamos más tiempo, por eso es importante rodearse de personas optimistas y calmas. Para salir de la trampa del pensamiento dramático es importante ayudar a otras personas que la estén pasando mal; eso nos da mayor perspectiva de las dificultades diarias, nos hace sentir bien, nos conecta con el altruismo y desconecta del dramatismo.

Por último, pero no me menos importante, cuando estamos atascados en alguna situación y no podemos salir de ella, pedir ayuda a un profesional es un acto de amor hacia nosotros mismos.  

*Mariana de Anquín es Licenciada en Psicopedagogía, autora de “Niños Brillantes ¡Todos lo Son!” y “Aprendizajes Amigables al Corazón” (Dunken).

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