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14 junio, 2014 | Por

ADELAIDA MANGANI: «Con los títeres podés ser una nena, una bruja o un león»

En un momento de su vida, allá por los sesenta, los títeres la capturaron para siempre. Actriz, maestra y compositora, Adelaida Mangani lleva muchos años al frente del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín y revitalizó un género artístico del que disfrutan grandes y chicos. Por Agustina Rabaini.


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Escena 1: Una nena de 4 años mira una ópera, los codos apoyados en un palco al lado del escenario, mientras la gente en la platea la mira dentro de una experiencia teatral  inolvidable.

Escena 2: La misma nena, a los 5 años, acompaña a su tío artista al estreno de La divisa punzó, obra que él había musicalizado, y la actriz Iris Marga la abraza haciendo que se meta, chiquita como era, dentro de un gran miriñaque negro.

Escena 3: Al cumplir los 6 años, la misma niña sonríe al ver cómo un títere le canta el feliz cumpleaños durante un festejo cargado de magia y chicos por todos lados.

Estas imágenes, que Adelaida Mangani rescata como recuerdos fundantes de sus primeros años conducen a un segundo momento con esta enorme artista casi adulta –o entrando en eso que han dado en llamar adultez–, fascinada con los muñecos o  “atropellada” por los títeres, como prefiere recordar ella. “Una vez que los descubrí me capturaron, ya no pude escapar más”, dice. Antes de ser titiritera, actriz y directora de teatro, Adelaida se formó y trabajó como docente, cursó parte de la carrera de Filosofía y desde muy chica se formó en el Conservatorio como pianista. Hoy, muchos años después, cumplió 72 y dice que bien podrían ser 140. “Siempre tuve tres trabajos hasta que me jubilé como docente y me quedé con dos. Tuve una vida muy intensa, cada año valió por dos”, sigue, con la mirada fija en la experiencia vivida desde un par de ojos claros, profundos. Entre lo mucho que se puede contar,  lleva más de veinte años al frente de la Dirección del Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín, que antes dirigió el gran maestro titiritero Ariel Bufano, su marido durante veintidós años. 

Ahora, parte de lo lindo de poder conversar con ella es escucharla decir, sobre el presente y el futuro, que quiere más; que le quedan muchas obras por dirigir y que ahora planea hacer una puesta con títeres para un público adulto. En su casa de Barrio Norte, un departamento amplio donde conversamos, van a asomar algunos títeres que ella menciona como favoritos entre las obras que dirigió o en las que trabajó. Allí están, por ejemplo, la mujer de la góndola o Doña Rosita la soltera, compañeras de viajes creativos dentro de un camino que empezó en los sesenta y que a Adelaida Mangani le valió incontables experiencias, viajes y premios, como el Konex de Platino que reluce entre otros en medio del living.

Adelaida creció dentro de una familia con un tío artista y una madre que no había podido estudiar y soñaba con que sus hijas pudieran ser maestras. A los 19 años entró a trabajar como docente en el Instituto Labardén y allí conoció a Ariel Bufano, su gran amor, un hombre clave dentro de la historia del arte titiritero en la Argentina.

Eso marcó el inicio de un camino de expresión ligado al mundo de los títeres. “Ya venía con una formación artística. Mientras cursaba el colegio secundario hacía teatro, música y danza, y cuando terminé me recibí de maestra, entré a la facultad de Filosofía, tuve algunos primeros trabajos como docente y en el mundo editorial. Cuando finalmente entré a trabajar como maestra de curso en el Labardén, conocí a Ariel”.

–¿Cómo fue el encuentro con él?

–Cuando vuelvo a ese momento, hay una primera imagen. Salí al patio del Labardén y él estaba de espaldas, fumando. Creo que ya entonces me enamoré de su espalda o de los hombros, de su figura, sin haberle visto la cara. Se dio vuelta, nos presentamos: “Soy la nueva maestra de curso”, le dije. Pasó un tiempo, yo me casé con el padre de mis hijos y él siguió con su matrimonio.   

–En ese momento te casaste y tuviste hijos…

–Sí, me casé con el padre de mis hijos y los chicos vinieron enseguida. Fueron muy seguidos… Gabriel y Ariadna (N. de la R.: Gabriel, el cantante argentino Vicentico) se llevan un año y cinco meses. Cuando Ariadna todavía no había cumplido un año, me separé. Con Ariel el amor fue arrasador, tumultuoso, borrascoso. Primero me separé yo y estuve unos años sola con los nenes, pero ya nos veíamos. Nos encontrábamos de manera clandestina y creíamos que nadie se había enterado, pero como trabajábamos juntos, todos se daban cuenta. Fueron años angustiosos pero, a la vez, era imposible no vivir lo que sentíamos.

–¿Cómo fue separarte con dos hijos chiquitos y salir a trabajar todo el día?

–La parte doméstica de mi vida, la parte más hogareña, no era como para otras mujeres porque yo trabajé siempre, desde chica. La suerte que tuve es que me ayudó mucho mi mamá. Ella nos alentó desde temprano, a mi hermana y a mí, para que fuéramos independientes. La separación no significó un gran cambio en el sentido de hacerme más cargo porque ya me estaba haciendo cargo de todo. El papá de los chicos no era muy presente y no estuvo después.

–Decías que el amor te arrasó, y otras veces contaste que también los títeres te “atropellaron”…

–Sí, se metieron en mi vida y ya no paré. Al poco tiempo de conocer a Ariel, él me invitó a ver un espectáculo de los que hacían con un teatro rodante, un carromato que iba por la ciudad. Se detenía en plazas y bajaban una especie de tapa que abría un escenario. Montaban obras junto con Sergio de Cecco, y con ellos también trabajaban sus esposas. Apenas me invitó, me dijo: “Vamos a estar en la plaza”, y allá fui. Quedé atrapada por ese mundo. Tiempo después, cuando Ariel se separó y nos fuimos a vivir juntos, él dejó la compañía de títeres que tenía, y estuvo un tiempo sin hacer nada. Cuando regresó al teatro, retomó las funciones como titiritero solista y yo empecé a colaborar en sus espectáculos. Eso fue en 1968.

–¿Qué pasó entre fines de los sesenta y 1977, cuando fundaron el Grupo de Titiriteros del San Martín?

–Primero abrimos una escuela de teatro en Flores, el Centro de Estudios Dramáticos, donde ambos dábamos clases. Entre 1969 y 1976, montamos obras de actores, un espectáculo para niños y también una obra para títeres llamada Una lágrima de María, que estrenamos en los teatros de San Telmo. Con esa obra debuté como titiritera de guante en 1973. Finalmente, en 1976, Kive Staiff, que era director del San Martín, se acordó de un proyecto que habíamos presentado y lo llamó  a Ariel para hacer la primera obra con el Grupo de Titiriteros, David y Goliat.

–¿Cómo recordás los años de crianza de los chicos? ¿Ariel hacía de papá?

–Sí, los chicos se criaron con Ariel, y cuando nos fuimos a vivir juntos, había cinco chicos en casa, porque también estaban los tres del matrimonio anterior de él. La infancia de nuestros hijos fue muy “teatral”, ellos venían a las funciones y se quedaban en una pequeña sala donde había una camita. Estaban tanto con nosotros que yo le decía a mi mamá: “Cuando sean grandes se van a poner un circo”. Los chicos repartían los volantes y así fueron conociendo la vida del teatro independiente. Con los años, mis hijos se dedicaron al arte. Ariadna primero intentó cursar la carrera de Psicología y Gabriel, Arquitectura. Pero después hicieron lo que les pedía la sangre y hoy están arriba o detrás del escenario: Gabriel se dedicó a la música y Ariadna es actriz y titiritera.

–Tus comienzos coincidieron con la dictadura militar. ¿Cómo lo vivieron desde el teatro?

–Desde 1975 hasta 1976 estuvimos muy expuestos porque siempre tuvimos una posición socialista, no a favor de la lucha armada. En 1976 tuvimos que cerrar la escuela de Flores por la crisis económica y porque teníamos algunos alumnos que desaparecieron y otros que entraron en la clandestinidad. En ese momento nos quedamos los dos con los trabajos fijos: él, con las horas de cátedra en el Labardén y yo, con el Conservatorio. Ya en los años ochenta, fui militante del MAS (Movimiento al Socialismo) y en un momento tuve una candidatura. Durante años en mí convivieron una formación católica muy estricta y una gran fe con el descubrimiento de la Revolución cubana, la ideología socialista y mi formación trotskista. Mi denominador común era el compromiso y así fue como de chica empecé con la actividad dentro de la Iglesia. Iba a comulgar a Santa Catarina y a la gente que estaba pidiendo limosna les daba la dirección de mi casa para que fueran a pedir. ¡Mamá me quería matar!

–¿Cómo fue creciendo tu relación con los títeres?

–Como yo era actriz, lo que me pasó con ellos fue muy intenso. Calzarte un títere y hacer guante, barilla o  lo que sea, estar ahí detrás de un retablo y darles vida a los personajes es tan liberador a nivel expresivo que después casi no podés volver a estar preso de tu cuerpo. Con el títere podés ser quien quieras. Desde una nena hasta una bruja o un león. Por eso digo que a mí los títeres me atropellaron. Al tomar contacto con ellos, quedé capturada por esa liberación expresiva.

–¿Cambió mucho la manera de entretener a los chicos en esta época de zapping e Internet?

–Con los títeres, una vez que el público entra en código, no hay una gran diferencia con públicos de otras épocas, pero también es cierto que el niño actual y sus padres no tienen la misma actitud que entonces. Hubo una época en que los padres llevaban a los nenes a presenciar un acto cultural. Ahora la sensación es que muchos los llevan a pasar el rato. Creo que antes había otro respeto por el hecho teatral. Frente a eso, lo que me propongo es no ceder a un tipo de teatro más chabacano o vulgar, a un tipo de propuestas más cercanas a la televisión.

–Entre los personajes que interpretaste o dirigiste, ¿hay alguno que prefieras entre todos?

–Me gustó hacer a Bella en La bella y la bestia, pero si tuviera que elegir, mis preferidos son algunos personajes que dirigí, como la mujer de la góndola medieval, de la obra Gaspar y la noche. Hay que tener en cuenta que el arte de los títeres en la Argentina fue durante mucho tiempo un oficio hecho por varones. Cuando el grupo de titiriteros empezó, yo era la única mujer. Antes las mujeres acompañaban. La bella y la bestia fue la primera obra en la que tuve el personaje central. Una de las bromas que suelo hacer es que en la primera parte de mi vida como titiritera lo que más hice fue lavar ropa: siempre era la madre o la esposa que fregaba. En mi vida he lavado un montón. 

–¿Cuándo empezó a cambiar ese esquema machista y aparecieron las protagonistas mujeres?

–Cuando empecé a dirigir y a elegir sobre qué quería representar, comencé a buscar otros roles. Empecé a dirigir en 1988, en el Teatro San Martín, y ya era codirectora del grupo. Había pasado de titititera a directora ayudante. Lo primero que escribí fue El pierrot negro, una pantomima de Lugones que tomé para hacer con títeres. Después dirigí Mariana Pineda, la obra de Lorca, y más tarde una obra llamada Historia de gatos, que estaba dirigiendo el año en que murió Ariel, en 1992.

–Ustedes se habían separado un tiempo antes…

–Sí, en octubre de 1990, y él murió en octubre de 1992; no llegó a cumplir los 61 años. Como seguíamos trabajando juntos, la distancia no era grande; la separación era más de casas. Hasta que nos enteramos de que estaba muy enfermo. Cuando falleció por un cáncer de pulmón, estuvimos todos muy cerca, los chicos míos, los de él, todos acompañándolo.

–¿Qué lugar ocuparon la maternidad y los nietos?

–Por mi carácter, creo haber sido muy maternal y no solo con mis hijos sino con todos mis alumnos, y por eso, honestamente, siempre pensé que había sido muy buena madre. Pero ahora que lo reviso, me parece que no fui tan buena. Cuando veo la relación y dedicación que tienen mis hijos con los suyos, veo que son más presentes de lo que fui yo.

–Además de ser abuela de tus propios nietos, dijiste que te sentís abuela de muchos otros.

–Sí, además de mis hijos y los tres nietos, siento un vínculo muy fuerte con muchas personas que pasaron por mi vida como docente, generaciones de artistas. Tal vez suene algo presuntuoso, pero en el Evangelio le preguntan a Jesús: “¿Cómo vamos a saber quiénes son?”, y él responde: “Por sus frutos los conoceréis”. Es enorme la cantidad de artistas que han salido de las escuelas donde estuve. Hoy por ellos también se me conoce a mí.

–¿Qué pensás cuando estás en el fondo de la sala dirigiendo y la magia sucede, después de tantos años?

–Siempre es intenso. A veces estoy en las últimas filas, y otras veces me quedo en el escenario para ver a los intérpretes trabajar desde adentro. Esa vivencia me produce una emoción difícil de explicar. Sentís que todo valió la pena.

–Entonces, ¿cuál es tu balance? ¿Quedan cosas pendientes?

–Me gustaría hacer algo que de verdad me salga bien. Algunas de las obras que hice tienen aspectos muy buenos y otros que no me gustan del todo. Eso no está mal porque habla de algo muy vital, de que se puede mejorar y hay que seguir trabajando. Siempre pienso que lo mejor no lo hice todavía.

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