26 de junio de 2026
Durante años estuve dividida. Un pie en el mundo espiritual y el otro en el ecosistema de impacto.
Cuando hice el profesorado de Yoga, encontré un arrullo para mi sistema nervioso. Las prácticas del silencio, la meditación, las asanas, el canto de mantras, muteaban el ruido de afuera y volvían mi interior espacioso, capaz de amarlo todo.
Me sentía oxigenada y en paz.
¿Esto es?, pensé. ¿Me ocupo de mi bienestar y ya? ¿Ahí termina mi tarea?
Más pensamientos me agitaban:
¿Y los demás? Nací en esta época de desigualdad económica y social y de crisis climática. ¿Quiero vivir entre nubes de sahumerio?
La respuesta, breve y rotunda, fue no.
Releo a Rumi: “Es un tormento quedarse inmóvil. Cuando el agua hierve se revela el fuego. Cuando gira la rueda del molino el río muestra su fuerza. Coloca la tapa sobre el recipiente y llénate de la ebullición del amor”.
Me decidí a meter el otro pie en movimientos de activismo social y ambiental en América Latina, un ámbito donde intentamos mejorar las condiciones de vida de las personas y el planeta.
Muchas veces con torpeza. Quemados por sostener el carbón caliente de la indignación, hundidos en el aspecto sombrío de la sociedad, sin espacios de nutrición personal, sin prácticas de reconexión con la fuente.
Andrew Harvey, fundador de The Institute for Sacred Activism, señala esta paradoja:
«Una espiritualidad que es solo privada y ensimismada hace poco por detener el impulso destructivo de la historia. Por otro lado, un activismo que no está arraigado en una conciencia espiritual perpetúa el problema que intenta resolver, por más justas que sean sus intenciones».
No se trata de elegir entre la contemplación y el compromiso, sino de encarnar la integración de ambas. «Cuando la visión espiritual profunda se une a una acción sabia y práctica en el mundo, nace la fuerza sagrada del amor en acción. La llamo: Activismo Sagrado», sostiene Harvey, que acuñó el término.
Este concepto reconcilia lo que la modernidad separó: el cielo y la tierra, el espíritu y la materia, lo divino y lo humano. Como explica Demi Nied, uno de los impulsores de este movimiento en Latinoamérica: “Lo sagrado nos conecta con lo que verdaderamente importa. El activismo nos impulsa a actuar para cuidarlo”.
Y enumera los elementos clave: “No alcanza con desear el bien. La intención sagrada necesita materializarse en acción consciente y sostenerse en el tiempo; a un ritmo vivo, con el cuerpo sensible y el apoyo de la tribu”.
El hilado de la dimensión del ser y el hacer es uno de los puntos en los que coinciden las tradiciones de sabiduría. Thích Nhất Hạnh lo nombra como budismo comprometido (o la meditación que sale a la vida), el hinduismo con el Karma Yoga (el yoga de la acción), el judaísmo con el Tikkun Olam (la tarea de reparar el mundo) y desde el catolicismo San Ignacio de Loyola invita a ser contemplativos en acción.
En la misma línea, el monje católico Brother David Steindl-Rast recuerda en su libro Mirar, el segundo paso a la gratitud que uno de los rasgos distintivos de nuestra época actual es el desarraigo. Para él, “nuestra tarea es echar raíces en estructuras sociales y en esta Tierra”, porque “la verdad es un movimiento que descubrimos al ponerla en práctica”.
Pareciera contradictorio, pero no lo es: la espiritualidad crece al bajarla a tierra y también, la acción más terrenal se eleva cuando se impregna de espíritu.
Como señala Alnoor Ladha, escritor y especialista en la intersección entre política y espiritualidad —criado en el sufismo, una de las corrientes del islam—: “El trabajo político reactivó mi camino espiritual. Puedo ver su aplicación en tiempo real. De hecho, no creo que los activistas seamos una categoría de personas; sino una función ciudadana en estos tiempos del antropoceno”.

Si juntamos las palabras “amor” y “trabajo”, rápidamente aparece la idea de un romance entre colegas. Pero no se trata de eso.
Vivir la espiritualidad en el ámbito laboral va mucho más allá de respetar los días festivos de las religiones, o construir habitaciones para orar (como en los aeropuertos). Se trata de una experiencia transversal: es un modo de hacer conectado a la divinidad y hermanado con los demás.
¿Qué sentido tiene entonces pensar el amor como un asunto privado? ¿Por qué no ejercerlo donde pasamos la mayor parte de las horas de sol? Hay varias maneras de llevarlo al ámbito profesional:
1. Ideas y proyectos: Una bibliotecaria que propone a los docentes trabajar en conjunto para potenciar el aprendizaje y la imaginación de los niños y las niñas en las aulas. Un empleado que ahora es padre y se da cuenta de que la licencia por paternidad le queda corta para compartir las tareas de cuidado, impulsando la reforma de esta política en la empresa.
2. Gestos altruistas: Dejarle el termo con agua caliente a un compañero que toma mate, cambiarle el día de franco para que no se pierda ese evento que tanto ansía, o cuando se enferma su perro, decirle: “Te veo preocupado, andá, yo te cubro”.
3. Palabras y silencios: Alentar a otros, abrir conversaciones difíciles, si siempre somos quienes tomamos el micrófono, hacer silencio y dar espacio, o levantar la voz ante las injusticias. Brother David dice: “Ante un mandato injusto, la no-conformidad es el grado supremo de obediencia”.
4. Tiempo y presencia: La empleada estatal, que se queda hasta después de hora trabajando porque durante el día su escritorio es un desfile de gente contándole sus problemas y ella escucha como si no tuviera cosas que hacer. “La atención es la forma más rara y más pura de la generosidad”, escribió la activista francesa Simone Weil.
5. Contacto físico: Sostener la mirada cuando nos hablan y no mirar las pantallas. Un toque en el hombro en el momento justo, dar un abrazo sentido que, más allá de las diferencias, nos recuerde que “estamos juntos en esta”.
6. Rituales: Un contador que se anima a hacer un círculo de palabra para empezar la jornada, invitando a cada integrante a contar qué está disfrutando y en qué necesita apoyo del equipo. Es en ese espacio seguro donde va cambiando la cultura de trabajo.
7. Cooperación: Cada vez que “no nos cortamos solos”, y compartimos información con transparencia, trabajamos en conjunto, co-creamos iniciativas, o nos relacionamos desde la solidaridad y la ayuda mutua.
8. Ritmo orgánico: Ser realistas con el volumen de trabajo y los plazos de entrega, acordar una frecuencia y una franja horaria común para reunirse y después dar flexibilidad para que quien organice sus tareas según su energía y compromisos.
9. Propósito: Si desde el punto de vista espiritual cada alma tiene una misión, preguntarnos: ¿este trabajo me permite ser quien soy? ¿Acompaña y potencia mi viaje de aprendizaje? ¿Al servicio de qué pone mi talento o qué mundo ayuda a crear?
Es cierto que la presión económica actual hace que la mayoría no se pueda dar el lujo de soltar su trabajo tan fácilmente. Pero lo que sí podemos hacer todos, sin distinción, es elegir la calidad que le imprimimos a nuestros días y la conciencia desde la cual los habitamos.
Ni siquiera hace falta tener un trabajo formal, pago, productivo, ni estar dentro del mercado laboral. Podemos ser abuelas que cuidan a sus nietos, vecinos que no miran para otro lado, compañeras de trabajo realmente compañeras. Porque, como decía la Madre Teresa: “El amor es una fruta de todas las temporadas y al alcance de todas las manos”.
Sea lo que sea que nos toque hacer en este momento, donde quiera que nos encuentre, que la forma de hacerlo sea nuestro rezo. Y que proteja lo sagrado, que es la vida, ese zafiro azul.
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