Aceptar un diagnóstico médico, el inicio de un camino transformador - Sophia Online

BUENA VIDA

Aceptar un diagnóstico médico, el inicio de un camino transformador

La confirmación de un diagnóstico propio o de un familiar implica duelar la vida que teníamos, para abrazar otra forma de habitar nuestros días.

POR Paz Berri

Para muchas personas, recibir un diagnóstico médico inesperado marca un antes y un después. Y eso, indefectiblemente, viene acompañado de un duelo. No por una pérdida concreta como sucede con la muerte de un ser querido, sino por una vida que cambia de rumbo. Puede tratarse de una diabetes, celiaquía, hipertensión, una alergia severa, la indicación de no exponerse al sol, una restricción alimentaria, incluso un cáncer. Hay un dolor que se juega ahí, por algo que no elegimos y para lo que, en general, no estamos preparados. 

“El diagnóstico médico es uno de los duelos más difíciles, porque no nos dejan sentirlo: ‘pero si estás bien’, ‘tenés que agradecer que hay mucho por hacer’, ‘vas a salir’, ‘no te vas a morir’. Son todas frases invalidantes. Como si sólo pudiéramos sufrir si fuera algo terminal, y a veces ni siquiera”, dice Violeta Vázquez, tanatóloga y autora del libro Duela, su último lanzamiento con Planeta. Y agrega: “Todo diagnóstico es un duelo porque tenemos que aprender a vivir con él, a mirar nuestras decisiones desde sus pedidos y a poner el bienestar físico en un primer plano. Algo que, muchas veces, nos obliga a dejar de lado sueños, vínculos, proyectos”. 

En la misma línea, la psicóloga Romina Halbwirth, explica que cuando la salud cambia de rumbo, no sólo aparece una nueva indicación médica, sino también una reorganización psicológica. Porque debe caer y emerger otra identidad, lo que implica duelar la vida tal como la conocíamos. “La persona puede sentir que pierde espontaneidad, libertad, seguridad o control. Ya no puede comer ‘sin pensar’, organizar sus horarios de la misma manera, viajar sin prever medicación, salir sin leer etiquetas, o vivir sin registrar determinados riesgos”, comenta Halbwirth.

Duela (Planeta), se llama el libro que acaba de publicar la tanatóloga Violeta Vázquez.

Lo que resistimos, persiste

Podemos sentir que nos rompemos. Que la incertidumbre nos abruma. Que no tenemos herramientas. Que la noticia cae en el peor momento. Que queremos que nuestros días vuelvan a ser lo que eran: lejos del dolor físico o emocional, sin tener que destinar tanto tiempo a turnos y remedios. Entonces, sucede algo que se repite en la mayoría de los casos: empezamos a pelear contra lo que es. Sin darnos cuenta de que, cuanto antes podamos aceptar esta nueva forma de habitar el mundo, más liviano será el proceso.

“El duelo es el camino de la lucha hacia la rendición. No me refiero a la resignación, sino a dejar de pretender que lo que sucedió no haya sucedido. El duelo es aprender a perder despacito lo que hemos perdido de golpe. Ese ‘despacito’ es el camino a la aceptación radical. No se trata de entender ‘esto terminó’, ‘la realidad ahora es así’. Se trata de sentir ‘sí, esto no me gusta, pero sucedió y no va a cambiar’. Y sentirlo en el cuerpo. En un momento, el cerebro se adapta a la nueva realidad tras la pérdida (la pérdida de la salud como la conocíamos), y ya no espera volver a ser quien era, se entrega”, reflexiona Vazquez.

“Cuando a mi hija le detectaron celiaquía, me sentí muy abrumada. No sabía cómo iba a introducir tantos cambios en su vida, y hacer que convivieran con las rutinas de la familia. Me sobrepasaba la idea de pensar qué comería en un cumpleaños, en qué lugares compraría los ingredientes para cocinar, el tiempo que me llevaría aprender nuevas recetas. Fue muy estresante al principio. Pero con el tiempo lo aceptamos, logramos adaptarnos y todo empezó a fluir”, dice Gimena, 45 años, mamá de Valentina. 

Cuando el diagnóstico no es propio sino de un ser querido, el shock inicial puede ser igual de fuerte. Porque la persona que lo padece y sus cuidadores son parte de un mismo sistema, y de golpe todos quedan inmersos en una nueva realidad. Por eso es importante buscar ayuda, turnarse, y aprender a poner ciertos límites. Los desafíos son muchos y varían según el caso. Pero la mayoría de las veces, los cuidadores también sufren un duelo. Y merecen tanta contención como el paciente.

Etapas de un proceso desafiante

“Nos dicen que hay que hacer el duelo. Pero el duelo no se hace como se hace la cama. Tampoco es un trabajo como el de quien diseña un proyecto”, dice Vazquez. 

En este sentido, Halbwirth explica que en el duelo se pasa por distintas etapas, que nunca son rígidas ni lineales: “Uno de los modelos más conocidos es el de Elisabeth Kübler-Ross (psiquiatra y escritora suizo-estadounidense), que planteó cinco pasos: la negación (frente a un diagnóstico sería pensar que ‘seguramente se equivocaron’ o que ‘no es para tanto’), la ira (cuando aparece enojo, bronca), la negociación (‘si busco otra opinión, tal vez cambia todo’), la depresión (cuando la persona empieza a registrar lo que ya no podrá hacer igual) y finalmente, la aceptación (poder ubicarse frente a la realidad y construir una nueva forma de vivir)”, señala. 

Para la especialista, cuando alguien acepta puede empezar a indagar. ¿Qué necesito aprender? ¿Qué hábitos tengo que modificar? ¿Qué parte de mi vida puedo seguir sosteniendo? ¿Qué cuidados dependen de mí y cuáles no? 

También es el momento en el que muchos se preguntan “¿qué mensaje me vino a traer la enfermedad?”. Porque sienten que encontrarle un sentido puede ayudarlas a atravesar el proceso con más amor, conciencia y profundidad.

Para Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, autores de La enfermedad como camino, la enfermedad no aparece únicamente como un problema físico, sino también como un aviso. En su libro —mundialmente conocido y referente en trastornos piscosomáticos— proponen que los síntomas pueden expresar aquello que fue reprimido, negado o silenciado durante mucho tiempo. Desde esta mirada, el cuerpo habla cuando algo en nuestra forma de vivir pide ser atendido. La enfermedad, entonces, se convierte en una oportunidad para mirar hacia adentro, reconocer la propia sombra y preguntarnos qué emociones, deseos o conflictos quedaron fuera de escena por miedo, exigencia o costumbre. Y hacerlos visibles.

Sin embargo, Halbwirth advierte que aquí no se trata de culpar a nadie: “No todo depende de la actitud, ni todo se resuelve con voluntad. Tampoco toda enfermedad viene siempre a enseñarnos algo. Esa mirada a veces puede ser muy cruel, porque transforma el sufrimiento en una exigencia moral”, reflexiona.

Por eso es clave saber que no vamos a encontrar una explicación ni solución inmediata. Porque lo que tenemos que lograr es poder reorganizar la manera en la que habitamos el mundo. Y eso lleva tiempo: “Cuando aparece un diagnóstico no alcanza con decir ‘tenés que cuidarte’, ‘no comas más harinas’, ‘no tomes más sol’. Porque los hábitos no son sólo conductas. También son rituales, pertenencia, placer, historia familiar, vida social, identidad. Hay que ayudar a la persona a construir una nueva relación con su cuerpo, sus límites y su vida cotidiana”, describe Halbwirth. 

El comienzo de una nueva vida

«Lo que resistes, persiste; lo que aceptas, te transforma», dice una frase del psicólogo Carl Jung, que aquí funciona como brújula: “No siempre podemos elegir lo que nos pasa, pero muchas veces podemos construir una manera menos cruel de atravesarlo. Eso incluye informarse bien, apoyarse en profesionales serios, pedir ayuda, ordenar prioridades, habilitar emociones, ajustar hábitos, no exigirse heroicidad y recordar algo fundamental: una persona no es su diagnóstico —detalla Halbwirth—. La pregunta no debería ser: ¿Cómo hago para que esto no me afecte? Porque afecta. La pregunta podría ser: ¿Cómo hago para que esto no arrase con todo lo que soy?”.

Tal vez debamos empezar a pensar que el diagnóstico puede cambiarnos la vida, pero no tiene por qué ocupar toda nuestra identidad. “A veces la tarea psicológica no es ‘ser positivo’. Es aprender a vivir con verdad, con cuidado, con recursos y con ternura hacia la propia imperfección. Ahí empieza una forma de fortaleza menos ruidosa, pero mucho más real. Cuidarse no significa vivir bajo amenaza. Significa construir una manera posible, realista y sostenida de acompañar el propio cuerpo”, asegura Halbwirth.

Aunque al principio el camino parezca incierto, iniciarlo también puede conducirnos hacia una mayor claridad. “Hay personas que empiezan a vivir ‘con mayúsculas’ desde el diagnóstico, y que, a pesar de la enfermedad, se proponen vivir en salud. La salud implica estar abiertos, centrados, conscientes y vinculados. Siempre hay un pedacito de la vida en la que sí podemos tomar decisiones y ser autónomos dentro de la adversidad. Se trata de elegir lo que más resuene, y construir con eso un refugio interno. Debemos seleccionar, priorizar lo vital y dejar ir lo que sobra”, concluye Vázquez. 

1 COMENTARIOS

  1. Tal cual, Paz, lo has explicado magnificamente! Lo afirmo habiendo recibido diagnostico de cáncer el 19 de diciembre de 2017. Fue un llamado telefonico de la Dra que me atendía, ya me había buscado un turno con un cirujano dos días después… Por supuesto que fui, pero a la vez también hice otras consultas, no podía creer, yo estaba perfecta, sentía que cometían un error. Como vos decís, luego comencé a vivir con MAYUSCULAS. Gracias por tus notas, m e hacen bien.

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