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Reflexiones

13 abril, 2021

A propósito de la libertad

¿De qué queremos liberarnos y para qué? ¿Cómo reconocer en esa fuerza vital la gran responsabilidad de preguntarnos por el sentido de las decisiones que tomamos cada día? Una invitación a responder esas preguntas que nos formula la vida a cada paso...


Fotos: Pexels.

Por Sergio Sinay

Ha pasado más de un año y aún cuesta acostumbrarse. Ya no podemos transitar como lo hacíamos antes. Ni reunirnos de la misma manera. Ni viajar como acostumbrábamos. Tuvimos que abandonar rutinas muy enraizadas, abandonar hábitos significativos. No debemos olvidarnos de llevar ni de usar el barbijo. Estamos privados de abrazos y los cambiamos por un fugaz roce de nudillos. Tenemos que guardar distancias. Esperar para entrar de a uno en comercios y sitios donde antes circulábamos a nuestro aire. Cuando repasamos estas y tantas otras restricciones llegamos a una conclusión resignada y fastidiosa. Hemos perdido libertad. No somos libres como antes. Ese largo “antes” que terminó abruptamente en marzo de 2020.

Esa conclusión es cierta, siempre y cuando nos atengamos a una concepción limitada (valga la paradoja) de la libertad. Según esa concepción somos libres cuando nada se interpone en el camino de nuestros deseos, de nuestras intenciones, de nuestros planes. Cuando los límites desaparecen o son transgredidos. La idea de libertad se fue reduciendo en nuestra sociedad, en nuestra cultura y en nuestros hábitos a la creencia de que ella es un derecho, natural o adquirido, a hacer lo que quiero, lo que sueño, lo que planifico. Pero quizás entre tantos otros efectos secundarios y significativos del coronavirus uno muy importante sea el de revisar y enriquecer nuestra idea de libertad.

El ciclo de la libertad

La libertad definida en párrafos anteriores de este texto es la que Viktor Frankl (1905-1997), padre de la logoterapia y autor de El hombre en busca de sentido, y Rollo May (1909-1904), reconocido psicoterapeuta existencial y autor de Amor y voluntad, llaman “libertad primera”. Es la que vive el bebé que deja de gatear y comienza a caminar. Ahora siente que puede ir hacia aquello que antes no alcanzaba. Lo quiere todo, ha descubierto en sí mismo un poder desconocido. Sus padres deben poner casi todo a alturas donde el bebé no alcance las cosas, tienen que estar atentos a los enchufes para que no meta los dedos allí, hay que poner protecciones en los balcones, estar alertas en cuanto a las escaleras y ventanas. Y aparece por primera vez en sus bocas y en los oídos del bebé la palabra “no”, que será repetida una y otra vez hasta el cansancio y cada vez con mayor énfasis, porque su sola pronunciación producirá un llanto y un pataleo. Ahora el bebé se siente libre y no soporta la restricción, la mutilación de su deseo.

“Esta libertad consiste en la capacidad de elegir con qué actitud afrontar aquellas situaciones que no dependen de nuestra voluntad ni han sido deseadas o planeadas por nosotros. Es la libertad de la que nada ni nadie puede privarnos, aun en las situaciones más difíciles y extremas”.

Frente a la “libertad primera” se encuentra la “libertad última”. Entre una y otra hay un necesario camino de maduración, que comprende el cumplimiento de ciclos vitales, atravesar experiencias de diversos tipos, aprender sobre la frustración, reconocer la existencia y necesidad de los límites (los naturales y los que son producto de la convivencia junto a otros). Aquel bebé es ahora una persona adulta y, si de veras ha madurado, cuenta con la “libertad última” como una herramienta existencial fundamental. Esta libertad consiste en la capacidad de elegir con qué actitud afrontar aquellas situaciones que no dependen de nuestra voluntad ni han sido deseadas o planeadas por nosotros. Es la libertad de la que nada ni nadie puede privarnos, aun en las situaciones más difíciles y extremas. Porque vivir es decidir, es elegir y es actuar como consecuencia de esas elecciones y decisiones. Cada minuto de la vida, aun en las circunstancias más breves o leves, nos exige elegir y decidir. Y no hay decisión, elección o acción que no tenga consecuencias. La vida, representada en este caso por todos aquellos que nos rodean (el otro, el prójimo), nos pide esa respuesta. Es un peaje existencial.

Vivir es elegir y es responder por las consecuencias de la elección. En eso consiste la responsabilidad. Y libertad y responsabilidad son hermanas gemelas e inseparables. A mayor responsabilidad, mayor libertad. En la medida en que soy consciente de que mis acciones (e inacciones), mis palabras (y mis silencios) tienen consecuencias y estoy dispuesto a responder ante ellas, más se amplía mi horizonte de elecciones y más libre soy. Por otra parte, si debo elegir es porque existen los límites. De lo contrario mis deseos, mis impulsos y mis acciones se concretarían siempre y de inmediato. Pero sé que no es así. Soy libre, entonces, cuando acepto que todo no se puede, elijo mi actitud y respondo por ella. He aquí cómo se cierra el ciclo que va de la libertad del bebé (fugaz e irreal) a la libertad como producto de la madurez.

¿Y por casa cómo andamos?

En la vida real demasiadas personas quedan estancadas, más allá de su edad cronológica, en la “libertad primera”. Además, la consideran un derecho desprovisto de deberes, viven los límites como opresión y terminan por convertirse en transgresores. La madurez de una sociedad se puede medir por su actitud ante los transgresores y la transgresión. Cuando los celebra, cuando elige ídolos, referentes y líderes transgresores, se denuncia a sí misma como una sociedad-bebé, con un bajo índice de responsabilidad y poca capacidad para ejercer la verdadera libertad. No está de más recordar en este punto que las sociedades no son abstracciones, sino que se componen de individuos y que es la suma y el tipo de conductas individuales la que da el tono de la conducta colectiva.

Lo cierto es que se puede ser libre aunque se esté encarcelado, y se puede carecer de obstáculos y frenos para los deseos e impulsos y no ser libre en el verdadero, profundo y maduro sentido de la palabra. Como bien decía Frankl, la vida nos plantea preguntas a cada paso. Lo hace a través de situaciones y circunstancias. Y nos exige respuestas. Esa exigencia pone a prueba nuestra libertad última, la libertad esencial. También nos conecta con otras dos formulaciones de la libertad. La libertad “de” y la libertad “para”. 

En el enfoque infantil y primitivo prevalece la idea de que liberarse es siempre evadir o sacarse de encima un límite, una restricción, una imposibilidad. Es la libertad “de”. El enfoque maduro va mucho más allá. Concibe la libertad como posibilidad de realización de proyectos, sueños y aspiraciones que no solo contribuirán a la realización y la trascendencia personal, sino que mejorarán el entorno en que existimos y dejarán una huella benéfica en otros. Es la libertad “para”. No se trata solo de liberarse “de”, sino fundamentalmente de liberarse “para”. Alguien que consiguió y ejerció maravillosamente esta última libertad, el Mahatma Gandhi, dijo alguna vez: “No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna”.

Las circunstancias parecen hoy propicias para que cada uno de nosotros ponga a prueba su idea de libertad y para que responda a lo que la vida nos está preguntando. ¿De qué queremos liberarnos? ¿Para qué? ¿Cómo estamos ejerciendo la libertad última?              

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