28 de noviembre de 2025
Cuando llegamos a los cincuenta, a los sesenta o quizás un poquito más, algo se mueve adentro nuestro. No es solo una arruga nueva o una cana más. Es una especie de temblor silencioso. A veces llega como una pregunta suave, otras como un golpe seco: ¿en qué momento pasó tan rápido el tiempo? ¿Cómo fue que la jubilación —esa palabra que pertenecía a nuestros padres o abuelos— de pronto figura con nuestro nombre? ¿Cuándo dejamos de sentirnos eternas?
Las preguntas se multiplican. Llegan como una ráfaga. ¿Hice lo correcto? ¿Viví como quería? ¿Y ahora qué? Y junto con ellas aparece esa cuenta invisible entre el debe y el haber. Empezamos a revisar el pasado como quien busca una página mal escrita: si me hubiese separado… Si me hubiese animado a otra carrera… Si hubiera tenido hijos… Si me hubiese cuidado más… Si hubiese tomado tal decisión en vez de esa otra.
El condicional se vuelve un eco que a veces duele más que el tiempo mismo. Y muchas veces la nostalgia también: qué lindo era cuando era joven… Qué ganas de volver a tener toda la vida por delante…
Pero tal vez —y aunque nos cueste darnos cuenta— esta no es una crisis. Es un despertar.
Durante años nos definimos como madres, esposas, hijas responsables, trabajadoras incansables. Y de pronto, el silencio después del ruido nos obliga a escucharnos. Simone de Beauvoir escribió: “La vida no se nos da hecha; hay que hacérsela una misma». Y aquí estamos, intentando hacernos de nuevo, pero no desde la ingenuidad de los veinte, sino desde la lucidez de lo vivido.
Ya no queremos cumplir papeles. Queremos habitarnos. Queremos saber si lo que decimos coincide con lo que sentimos, si lo que hacemos conversa con lo que el alma nos susurra. Porque sí, se mueve algo adentro. Y aunque asuste, también es una invitación.
La vida tiene el valor de lo sembrado. Y no es una frase hecha. Cada decisión —incluso aquellas que hoy miramos con remordimientos— fue como una semilla puesta en la tierra. Las tomamos con la madurez que teníamos en ese momento. Algunas germinaron rápido, otras tardaron años. Algunas dieron flores, otras espinas; pero todas, sin excepción, nos trajeron hasta acá. En definitiva, el pasado es un lugar de referencia, no de residencia.
La sabiduría de los años no aparece de golpe ni se hereda: se cultiva. Y, sin embargo, parece tener poco lugar en este tiempo que idolatra lo joven, lo inmediato, lo que no tiene marcas. Ese culto a la juventud —a la piel sin arrugas, a la promesa de un futuro ilimitado— es una trampa que nos aparta de la plenitud del alma, porque niega algo esencial: haber vivido también es un mérito, un tesoro para honrar.
Cuando fijamos la mirada en lo que no fue — en lo que se escapó entre los dedos— perdemos de vista lo que sí fue. Ese camino, con sus aciertos y errores, es justamente el que nos construyó. Mirarlo solo desde la falta nos empuja a la culpa y a una tristeza que apaga el sentido.
Viktor Frankl, que enfrentó lo más crudo de la existencia humana, dejó una verdad que hoy resuena con fuerza: “La vida no se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de sentido». Tal vez, entonces, no se trate de desear otro pasado ni de intentar corregirlo, sino de comprenderlo.
Cuando aprendemos a mirar nuestra historia con compasión —no desde el reproche, sino desde el entendimiento—, algo se reordena adentro. Comprendemos que la perfección nunca fue el objetivo, y que incluso las heridas pueden transformarse en valor.
Mirar atrás puede ser necesario, pero solo por un instante, para reconocer lo andado y seguir caminando más livianas. Si nos quedamos demasiado tiempo allá, el recuerdo se convierte en un peso. Por eso, el desafío está en elegir: ¿usamos el pasado como trampolín o como una mochila? En esa decisión se juega lo más sagrado de esta etapa: darle sentido a lo vivido y permitirnos renacer en una versión más honesta, más consciente, más alineada con lo que somos en esencia.
Alguna vez la escritora Joan Chittister aseguró que, a partir de la mitad de la vida, ya no se trata de lo que hemos hecho, sino de en qué nos estamos convirtiendo. Y eso muchas veces nos incomoda porque nos corre de la productividad, del hacer constante, del mostrarnos útiles. Nos obliga a mirar hacia adentro. A ver qué queda cuando dejamos de estar en función de los logros y de los demás.

Al llegar a esta edad, el alma reclama su espacio y la energía vital empieza a encenderse otra vez. En los cuentos de Clarissa Pinkola Estés, ese fuego aparece simbolizado en la figura de la mujer salvaje, esa parte instintiva, sabia y libre que habita dentro de todas nosotras, aunque muchas veces haya sido silenciada, ya sea por otros o por nosotras mismas. Durante años, cada una pudo haber sido dócil, trabajadora, correcta, productiva, esclava de sus mandatos internos y externos. Pero la mujer salvaje no responde a esas normas: baila con el tiempo, se ríe del paso de los años y encuentra belleza en las cicatrices. No busca agradar, sino ser. No corre detrás del amor, sino que lo encarna. Y cuando llega la madurez, esa voz interna vuelve a llamarnos, casi como un canto ancestral que nos dice: “Recordá quién sos».
Ese es el verdadero despertar: el reencuentro con lo esencial. Ya no se trata de buscar afuera las respuestas, sino de encender la lámpara interior y dejar que su luz nos guíe. Es el momento de soltar las máscaras que nos acompañaron por décadas —la de la madre perfecta, la profesional incansable, la mujer que puede con todo—, para animarnos a mirar lo que hay debajo: lo genuino, lo imperfecto, lo vivo.
Y en ese proceso, lo cotidiano también se transforma. Los silencios se vuelven fértiles. El cuerpo, tantas veces juzgado o exigido, se convierte en un territorio de sabiduría. No hay que volver a tener veinte: hay que tener el coraje de habitar los cincuenta, los sesenta, los setenta, y reconocer la fuerza que se esconde en una arruga, la historia detrás de cada marca, la libertad que hay en dejar de fingir.
Al fin y al cabo, cuando nos conectamos con ese fuego, comprendemos que todavía hay mucho por crear. La vida no se acaba en un número, sino en el momento en que dejamos de escucharnos. Como decía el poeta místico Rumi: “Lo que buscas te está buscando a ti». Tal vez el propósito no sea inventar algo nuevo, sino regresar a lo que siempre estuvo ahí, esperando: esa voz interior que sabe cuándo avanzar, cuándo descansar, cuándo decir que no.
Este tiempo —que durante años nos pintaron como un ocaso— puede ser, en realidad, el inicio de una nueva aurora. La etapa en la que por fin dejamos de pedir permiso, en la que nos animamos a escribir una historia propia, con las palabras que elegimos, con el ritmo que el alma dicta, con el sentido de trascendencia.
Pinkola Estés dice que “una mujer que ha recuperado su fuego interior es como una estrella en la oscuridad: no necesita demostrar su luz, simplemente la irradia». Y esa imagen resume lo que somos capaces de hacer cuando dejamos de negarnos, cuando aceptamos que cada etapa tiene su fulgor, y que el nuestro, el de ahora, es el de transformar la experiencia en sabiduría.
Quizás, entonces, la pregunta no sea “¿qué me falta?”, sino “¿qué quiero despertar?”. En esa pregunta se abre un horizonte distinto: uno donde la plenitud no es una meta, sino un estado del alma, donde lo vivido no pesa, sino que impulsa; donde el fuego interior, lejos de consumirnos, nos ilumina.
Y tal vez de eso se trate, al final: de encendernos. Es tiempo de ser mujeres que ya no corren detrás de algo, sino que caminan con paso firme hacia sí mismas. Es el momento de comprender que no hay edad para renacer, que la llama sigue viva, esperando que la miremos y digamos, sin miedo: “Acá estoy”.
*Isabel Martínez de Campos fue periodista Sophia y actualmente dirige una agencia de contenidos orientada a marcas que inspiran a las mujeres. Apasionada por los procesos de transformación femenina, se formó como coach ontológica y en midlife coaching, un enfoque que acompaña a quienes atraviesan la segunda mitad de la vida en la búsqueda de sentido. Brinda talleres donde invita a mujeres mayores de 50 a reconectar con su propósito y redescubrir su voz más auténtica. Podés seguirla en @reinventadas5.0
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Antes de saber que era una Persona Altamente Sensible, trabajó en una multinacional. Hoy acompaña a familias y profesionales a entender qué es ser PAS.
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Que buena nota!! Me dio placer leerla y me dejó pensando
Buenísima nota, es tal cual así!!!!!!!!
Divina nota! Profunda y llena del sentido positivo de la vida…
Muy interesante lo que compartís. Creo que también es valioso para las más jóvenes tenerlo en cuenta desde ahora!!
Una delicia leer esto porque además de darnos una mirada amorosa y esperanzadora, su prosa está llena de poesía! Gracias Isabel por tus palabras!
Espectacular la nota!!
Que quiero despertar en mi? Escucha y encender el fuego interior para iluminar!
Gracias Isabel!!!
La calidez, sabiduría y la experiencia de una vida vivida con conciencia, se ven reflejadas en esta maravillosa nota llena de poesía que llega al alma y toca nuestras más profundas fibras. Gracias Isabel, te felicito!
Nota muy sabía y positiva .Un claro reflejo de lo q le pasa a la mujer después de los cincuenta. Con un enfoque esperanzador hacia el futuro.. Me gustó mucho..
Q nota tan profunda y al mismo tiempo tan simple y clara., se nota q la autora escribe c la convicción de quien no solo piensa lo q dice sino q también lo está experimentando en carne propia.
Este artículo me fascinó! Me encanta cómo nos invita a conectar profundamente con todo lo que hemos vivido y a revalorizar esas experiencias. Nos invita a re pensar el tiempo el vivido y el que vendrá, el tiempo como una oportunidad brillante para abrazar nuestra esencia y descubrir nuevos caminos. La madurez es un renacer lleno de posibilidades. Es el momento perfecto para reinventarnos, dejar que nuestras vivencias nos guíen y crear una vida que resuene con lo que realmente somos. Gracias por compartir estas ideas tan inspiradoras!
me hace muy bien leer esta nota, me ayuda a conectarme conmigo y esta etapa «cincuentona» que inicio…😊