Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

3 julio, 2020

¡A jugar!

Un lector de Sophia nos invita a recuperar nuestro niño interior y a entregarnos al juego, para desconectar de la vida adulta al menos por un rato. Y si ya olvidamos cómo hacerlo, ¿qué mejor que dejarnos guiar por esos sabios maestros que son los chicos? ¡Gracias por convidarnos tu texto, Martín!


Por Martín Dal Farra

Qué interesante es pensar en cómo estamos gestionando nuestro “tiempo libre” durante este receso mundial desatado por un virus. Nuestra versión exigente y “productiva” se aparece como un holograma en cada ambiente de la casa y con su mirada intensa nos desafía: ¿Qué estás haciendo con tu tiempo?¿Cuánto estas produciendo en estos días? ¿Cuál es tu plan para alcanzar el éxito?

Ese Súper-Yo modelado desde pequeños por nuestra cultura y entorno, nos intoxica con sensaciones de culpa por cada rato que nos apartamos del modelo productivo y exitista que co-creamos insistentemente.

La humanidad está despertando de forma brusca y desocultando que, quizás, el camino hacia la felicidad (colectiva), no era por acá.

¿Y ahora qué?

El camino es bien conocido por nuestro instinto, sabemos recorrerlo. Y para que no queden dudas, el Universo, con sus leyes, señales y entramado, manifiesta el “cómo” ante nosotros con generosa claridad.

Una de las señales más claras en estos momentos de “aislamiento” y largas horas en casa, es la invitación a jugar. Sí, ese ejercicio sagrado del que todos aprendimos con pleno disfrute y presencia. Ese hábito comúnmente devaluado en nuestra vida adulta y que, en mi opinión, es la columna vertebral de nuestro Ser esencial.

En su libro El Juego: Cómo modela nuestro cerebro, expande nuestra imaginación y revitaliza el alma, el doctor Michael Stuart Brown asegura que el juego en todas las etapas de la vida refuerza la empatía, nos ayuda a navegar complejos grupos sociales (¡nos educa!) y constituye el núcleo de nuestra creatividad e innovación. Stuart Brown define al Juego como todas aquellas actividades que nos dan placer, nos divierten y que hacemos sin un propósito definido: jugamos por jugar. Asimismo, asegura que jugar no es una opción sino algo que debemos hacer, ya que estamos biológicamente programados para necesitar del juego. Escribe: “Lo opuesto a jugar no es trabajar, lo opuesto a jugar es depresión…“.

¡Que lindo sería conectar al instante con nuestro niño Interior y comenzar a disfrutar del juego sin rodeos!

Pero el complejo mundo mental, material y repetitivo en el que habitamos la mayor parte del tiempo se las ingenia hábilmente para distraernos. A fin de cuentas, así como los niños, también hemos creado nuestro “mundo de fantasías”, solo que en él no abundan las risas y hay poco lugar para la magia.

A través del juego ponemos en práctica la presencia, ese estado en el que no nos identificamos con nuestros pensamientos. Sabemos que están y los observamos, dejándolos transitar. Despojados de dicha identificación, logramos una de las versiones más puras de nosotros mismos.

Los que tenemos hijos quizás somos más frecuentemente tentados a jugar, guiados por ellos. Con qué facilidad entran en sus mundos de fantasía y cuánto nos cuesta a nosotros, al punto que, a veces, pierden la paciencia, como quien quiere enseñar algo simple a un alumno distraído…

En esos momentos, aunque nuestro cuerpo se disponga a jugar es probable que nuestros pensamientos desfilen caóticamente y a tal velocidad que se “pisen los talones” los unos a los otros: “Esto me aburre, pero tengo que compartir con mi hijo”. “¿Cuánto tiempo pasó ya?”. “Quiero ver mi celular y revisar mis redes”. “Qué incómodo es estar en el piso”. “¡Estoy perdiendo mucho tiempo!”.

Sin dudas no estamos perdiendo el tiempo, lo estamos usando de una forma muy valiosa y que habíamos olvidado, o “debimos” aprender a olvidar para no quedar afuera del rebaño.

Por eso propongo no “negociar” con nuestros hijos (o niños de nuestros entorno), el uso de nuestro tiempo juntos, sólo dejémonos llevar por ellos y confiemos en su maestría para guiarnos hacia dimensiones de infinita amplitud. Y, si existiera negociación alguna, que sea la que se produzca en nosotros mismos, entre nuestro deseo profundo (de jugar) y nuestro deseo egotista o mental de hacer eso otro que, pensamos, queremos hacer.

El camino para recuperar nuestro espacio vital de juego puede resultarnos algo tedioso y confuso al principio. Por eso, cuando estemos perdidos, démosles el timón a los niños. Ellos saben (nosotros también, sólo que perdimos la práctica). Que ellos decidan. Si tienen que ser muñecas conversando o tomando el té, que así sea. Silenciemos nuestra mente abrumadora por un instante e ingresemos en ese mundo imaginario en el que hay que improvisar diálogos. Puede sorprendernos lo que descubramos de nosotros mismos en cada una de esas charlas de té imaginario servido en tacitas miniatura.

De a poco, reaprenderemos lo aprendido y podremos volver a jugar, aun siendo adultos. Confiemos. ¡Juguemos!

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