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A 40 años del estreno de Camila, el legado de María Luisa Bemberg nos vuelve a enamorar

En una emotiva jornada de reconocimiento que se celebró en el Teatro San Martín, Imanol Arias, Susú Pecoraro y la productora Lita Stantic volvieron a encender la magia del mítico film de Bemberg.

A espacio lleno, en el emblemático hall del Teatro San Martín, Susú Pecoraro e Imanol Arias lo hicieron de nuevo:

—Ladislao, ¿estás ahí?

—A tu lado, Camila.

De fondo, el sonido del pelotón de fusilamiento era interpretado por todos los presentes, que golpeaban el piso con los pies. Luego el piano, recreando la música de la escena final de la película Camila, dirigida por la gran cineasta argentina María Luisa Bemberg. Las lágrimas, otra vez. ¿Cómo no recordar cada palabra de esa escena? ¿Cómo no rendirse y dejarse conmover, aunque haya pasado tanto tiempo, por una de las joyas del cine nacional? 

A cuarenta años de su estreno, el film que fue nominado a los premios Oscar en 1985 en la categoría Mejor Película Extranjera, no deja de emocionarnos y de hablar de quiénes somos, de lo que sufrimos como país, de lo que tuvimos —y todavía tenemos— que aprender para cerrar nuestras heridas. Por eso, en una jornada de reconocimiento, la ministra de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriela Ricardes, abrió las puertas del San Martín para rendirle un merecido homenaje. Y, frente a la amplia concurrencia, se vivió uno de esos momentos de regocijo y recogimiento que solo la magia del arte nos puede dar. 

«Camila es una película emblemática por muchísimas razones. Primero, nos hace recordar la importancia del cine y cómo una historia propia, argentina, puede atravesarnos de una manera tan perdurable. Después, porque rescata no solamente a dos personajes entrañables como Camila y Ladislao, encarnados por Susú Pecoraro e Imanol Arias, dos artistas únicos en su generación, sino también por la visión de María Luisa Bemberg, aquella maravillosa y mítica directora que tanto ha hecho por el cine y por los derechos de la mujer en el arte, pero no solo en el arte, también en muchos otros campos de la vida, y que encontró su espacio a través de la cinematografía», comparte Gabriela Ricardes en diálogo con Sophia.

Entre los invitados especiales estuvieron sus protagonistas: Susú e Imanol, intérpretes de los aclamados personajes Camila y Ladislao, que volvieron a enamorar a todos los presentes. Ella, tan alegre y fresca como siempre y él tan adorable y protector que, al recrear la misma química de la película sobre el escenario, volvieron a despertar en el público el amor de aquel primer encuentro con el film frente a la pantalla. Corría el año 1984 cuando María Luisa contó la historia y, con ella, marcó un antes y un después en la historia cinematográfica argentina. 

Fue Lita Stantic, su productora y amiga, también presente en el homenaje, quien la desafió en aquel momento: “Todo el mundo dice que vos no creés en el amor”, cuenta que le dijo. María Luisa ya había conquistado al público y a la crítica con Señora de nadie (1982), pero entonces sintió la inquietud, el impulso y la rebeldía de retratar una historia polémica: el romance entre la aristrocrática joven Camila O’Gorman y el padre Ladislao Gutiérrez, párroco de la iglesia Nuestra Señora del Socorro, con quien decidió escapar de los prejuicios y la condena social y junto al que fue fusilada, embarazada, en el año 1848, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Sobre la mística que desató la película, María Luisa expresó, con su particular humor, en una entrevista: “Fue el Romeo y Julieta de las pampas”. 

“Cuarenta años después me sigue conmoviendo el coraje que tuvo mamá de filmar Camila, denunciando el patriarcado político y religioso que se abatió contra dos enamorados. Camila se empezó a filmar el día de la democracia, 10 de diciembre de 1983. Todo un signo de una nueva era en el país”, señala Cristina Miguens, una de los cuatro hijos de María Luisa y directora de Sophia

Ese encuentro tan esperado

«Fue una jornada maravillosa, muy emotiva, porque nos cruza también con nuestros 40 años de democracia. Lo hicimos en el hall del Teatro San Martín, que fue epicentro de ese movimiento, de ese renacer cívico y cultural, porque confirma una de las premisas básicas de por qué nosotros creemos que es tan importante gestionar la cultura y manejar este valor simbólico que tiene que ver con la creación de ciudadanía. A través del arte y de la cultura generamos mejores ciudadanos, diferentes, más cultivados, que conocen las diferencias, que conocen su historia y que pueden proyectarse. Además, me gustaría rescatar una frase de María Luisa Bemberg del inicio de la película. Ella dice algo así como que es un homenaje al coraje de estas dos personas, Ladislao y Camila, que son personajes encarnados porque fueron personas reales. Y creo que realmente la película es una oda al coraje y que eso es lo que ha perdurado en nuestro espíritu y lo que hace que siempre tenga una enorme actualidad», destaca Ricardes.

Durante la celebración, la periodista y conductora Silvina Chediek fue la anfitriona de honor para recibir a los actores Susú Pecoraro e Imanol Arias, junto con la productora Lita Stantic, para dar lugar a una charla abierta sobre el profundo impacto que tuvo el largometraje escrito y dirigido por Bemberg en la historia del cine y la sociedad argentinas. Agradecido por la oportunidad de poder interpretar a Ladislao, Imanol aseguró: “Fue una suerte haber podido hacer esa gran historia. Sobre todo, viendo en perspectiva quién era María Luisa”, y destacó que la cineasta “no solo expresaba la libertad de la mujer, sino la condición de libertad que la mujer tiene dentro de sí misma”. 

Susú, por su parte, reveló que se enamoró tanto del personaje, que decidió protegerlo años y años después: “No quise quemar a Camila haciendo después otros trabajos de época. No la usufructué, me quedé sin trabajar mucho tiempo, dije que no a cosas que no tenían su nivel. Porque ese amor que yo puse ahí, lo puedo decir con el corazón así de abierto, fue lo más lindo que me pasó. ¿Cómo negar algo que fue tan bello?”. 

La libertad de trabajo y creación de la mano de María Luisa fue, en el recuerdo de sus intérpretes y equipo de producción, una experiencia memorable, de enorme responsabilidad y riqueza. Aun cuando corrían tiempos difíciles, porque, como cuenta Stantic, la película se gestó en plena dictadura militar, con el inicio de la Guerra de Malvinas, en el histórico restaurante El Tropezón, donde la convenció de narrar la romántica y trágica historia. El resto vino después: los elogios, las nominaciones, los premios y un público rendido ante un relato político y social tan audaz como comprometido, sumado a actuaciones memorables y a la belleza de la fotografía (mérito de Stantic) y a un vestuario fastuoso, creado por la reconocida escenógrafa y vestuarista argentina Graciela Galán. 

Es difícil saber cuál de todos esos elementos logró que la fórmula resultara infalible. ¿Fue la historia de un amor prohibido? ¿El dramático desenlace? ¿La realidad de una Argentina convulsionada y en grieta? ¿La crítica feroz a una sociedad despiadada y machista? ¿La calidad de un trabajo impecable por donde se lo mire? Imposible decirlo. Lo que sí es un hecho es que el éxito indiscutido de Camila tiene mucho que ver con todo eso que nos desnuda individual y colectivamente, y nos hace quedar en carne viva, interpelándonos y abriendo, con cada proyección, nuevas preguntas. Algo que, sin duda, nadie más que la enorme María Luisa Bemberg podía hacer. Por eso, a 40 años de su estreno, el legado sigue vivo en el corazón de cada una, de cada uno de nosotros. Apasionado y beligerante, con la fuerza de esos mitos que nos ayudan a entender y a darle sentido a nuestra vida.

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Gustavo Gavotti

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