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Sociedad

28 diciembre, 2020

2020 con ojos de niño

¿Qué sintieron, qué aprendieron? ¿Cuáles fueron sus alegría, sus miedos, sus anhelos? Para saber cómo atravesaron este año que se va, hablamos con chicos y adolescentes que nos compartieron grandes reflexiones y enseñanzas.


Por Virginia Bonard

Llegamos al final de diciembre, la puerta del cambio de almanaque. No podemos creer que vivimos este año distinto, raro, que nos puso contra las cuerdas tantas veces frente a temas a la vez diversos y profundos.

El miedo a lo desconocido, el contacto permanente con las informaciones de variada procedencia, las opciones de cuidado de la vida ante la enfermedad, la inestabilidad laboral, el tiempo como la gran variable que amansó nuestras ansiedades. Todo esto experimentamos de una u otra manera. Y cuánto más.

Todos estamos de acuerdo en que el mundo adulto es quien debe proveer seguridad, cariño y armonía al mundo de la niñez. Pero este año la pandemia tomó por sorpresa –en un ataque tan real como invisible– a las seguridades de esos adultos, mientras que los niños seguían el transcurso de sus vidas como podían, a upa de quienes por momento se iban quedado sin brújula.

Ambos mundos transitaron emociones, ilusiones, bajones y repuntes. La vida cotidiana se aplanó y se transformó en pantallas, los cumpleaños se zoombearon y lo mismo la educación. Y el día a día se reconfiguró dando lugar a otras rutinas de estudio y trabajo que ayudaron (y mucho) a crear una “nueva normalidad”, tan necesaria para el buen vivir.

Pero, ¿qué les quedó a los más chicos de este increíble 2020? Para comprender cómo vieron ellos este año a puro desafío, les pedimos que nos contaran qué sintieron, qué extrañaron, qué les dio susto y qué les pasó por la cabeza frente a la idea de la pandemia. Y hablando con ellos, aprendimos mucho de sus reflexiones y miradas.

Como Mía, de 4 años, que contó todo lo que aprendió del coronavirus: “Es un virus peligroso y hay que tener mucho cuidado y lavarse las manitos cantando ‘que los cumplas feliz, que los cumplas feliz’. Mi mamá me compró un barbijo de Barbie y me pone alcohol cuando voy a las hamacas o al tobogán. Mi mamá me dijo que es un virus muy chiquitito y anda por todos lados, pero que no hay que tenerle miedo. Lo que hay que hacer es cuidar a los abuelitos porque ellos son los que más sufren. Para Navidad pedí que Papá Noel me traiga a mi tía Lucía, que vive en otro país y la extraño mucho…”, compartió.

[Una nota personal: recuerdo que durante el primer mes de la cuarentena circuló en la redes sociales un video que tenía como protagonista a una nena de no más de 2 añitos que, mirando a cámara decía: “Hay un ‘pirush’ moooooi maloooooo, no podemos salir a pasear… es un ‘pirush’ malo, nos quedamos en casa…”. Ella había aprendido y entendido muy rápido cómo actuar].

Con el relato Félix, de 9 años, aparecieron la vida, la muerte, el miedo y algo que se repitió en casi todos los chicos: la alegría de estar más tiempo en casa y en familia. “Para mí lo malo de este año fueron la pandemia y los incendios, y que no pude hacer pijamadas con mis primos. Como mucha gente se murió, cuando mis papás se contagiaron yo me asusté un montón. Pero también fue bueno porque pude estar más en mi casa y no tuve que levantarme temprano. Lo que más me gustó fue pasar más tiempo con mi familia, no estar tantas horas en el colegio y jugar con mis amigos online. Lo que más agradezco es estar vivo para Navidad, que es mi día favorito de la vida”. 

Para Luna, de 5, lo peor fue perder la cotidianidad con los afectos. “Me puso triste no poder ir a la casa de mis abuelos. Los miré por la computadora, porque son viejitos y no los podía abrazar. Extrañé mucho el jardín porque ahí están mis amigos: Victoria, Azul, Felipe y Amador. Los vi un día cuando terminaron las clases de sala verde, pero ya no los voy a ver más porque el año que viene voy a primer grado en otro colegio. La cuarentena no me gustó, tuve sueños feos. Me dio miedo morirme o que se mueran mi mamá, mi papá, mis abuelos o mi hermanita, que es bebé. ¡Pero lo lindo fue cuando pude volver a la plaza y correr al sol!”, compartió.

Para mí lo malo de este año fueron la pandemia y los incendios, y que no pude hacer pijamadas con mis primos. Como mucha gente se murió, cuando mis papás se contagiaron yo me asusté un montón. Pero también fue bueno porque pude estar más en mi casa y no tuve que levantarme temprano“.

Félix, 9 años

A sus 7 años, Malena le pidió a Dios que terminara la pandemia y tuvo un pensamiento sorprendente: “Pobre, va a tardar, debe tener muchos pedidos…”. Al igual que a Luna, tampoco le gustó la cuarentena. “Me pareció fea, me aburría y lloraba porque no podíamos salir a la calle. Como vivo unos días con mi mamá y otros con mi papá, no se ponían nunca de acuerdo y se pelearon bastante. Las clases por Zoom al principio no me gustaban porque todos gritaban y la seño no podía enseñar. Después me acostumbré y aprendí a escribir en cursiva, me enseñó mi papá. No me gustó dejar de ir a la casa de mis amigas, al cine y a patín, que me encanta. Mi deseo es que se terminen las peleas en el mundo y que un día ya no tengamos que usar barbijos”. 

Mucha información y muy puntual para tan corta edad, ¿verdad?

Crecer en tiempos complicados

Los preadolescentes y adolescentes también tienen mucho para decirnos de sus propias vivencias durante la cuarentena. En su balance, Luka, de 11 años, supo encontrar un equilibrio entre las experiencias positivas y las que no registró tan así: “Para mí este año estuvo bueno, me gustó estar en casa y también festejar mi cumpleaños con toda la familia por Zoom, fue divertido. No extrañé tanto el colegio porque pude conectarme con mis amigos por la Play y charlé siempre con ellos. Estuve más tranquilo. Sí, me hubiera gustado salir más, pero nos quedamos en casa para cuidar a mis abuelos. Lo mejor fue poder almorzar despacio sin tener que salir corriendo a la escuela y que me sobre el tiempo. Lástima que no pude ir a las clases de fútbol…”. 

Mientras tanto Lisa, de 14, sacó un tema recurrente en todas las edades: el pudor a los vínculos a través de las pantallas. “Aunque me gustó compartir tiempo en familia, me dio pena que se corte todo: las fiestas, las juntadas con mis amigos… –lamentó Lisa, aunque también logró encontrar motivos para celebrar–. Lo mejor fue cocinar con mamá y comer cosas caseras todos los días. Lo peor fue tener miedo a enfermarme, pero también aprendí que nos tenemos que cuidar entre todos. La escuela fue diferente, las clases online eran difíciles y me daba un poco de vergüenza participar. Estudié un montón y cumplí con todos los trabajos, por suerte me fue re bien”.

Para mí este año estuvo bueno, me gustó estar en casa y también festejar mi cumpleaños con toda la familia por Zoom, fue divertido. No extrañé tanto el colegio porque pude conectarme con mis amigos por la Play y charlé siempre con ellos. Me hubiera gustado salir más, pero nos quedamos en casa para cuidar a mis abuelos“.

Luka, 11 años.

Lucía, de 15 años, destacó que las clases virtuales no lograron captar toda su atención. “Estando en casa, con la opción de acostarme, cocinar, o mirar una película, obvio que me resultó más fácil encontrar un escape mental: solo con darme vuelta había algo más interesante para mí que escuchar una clase por Meet“, destacó. Y Mora, también de 15, reconoció que le costó mucho organizarse con el sistema de escuela remota y en pantalla, mientras que Luciana, de 13, lo vivió como un tiempo difícil, de cancelaciones: “Estuve bajoneada porque me avisaron que el polideportivo donde hago gimnasia no iba a abrir este año… Me puse tan triste…“, señaló, aunque también aprendió a encontrar momentos de paz y sosiego frente a la adversidad.

Joaquín y Bruno, ambos de 13 años, tuvieron una preciosa coincidencia: ambos reconocieron que si los profes eran “buena onda” con ellos, todo resultaba mejor. ¿Qué significaba para ellos ser buena onda? “Buena onda es tener alegría, energía, pilas y ser comprensivo. Si la profe o el profe le pone lo mejor, nosotros también tenemos que poner algo”, reflexionaron. Sensaciones entendibles para chicos y chicas que están creciendo y necesitan de un otro que los acompañe, los contenga y los guíe.

Por último, les comparto una breve historia que pude vivenciar durante la cuarentena. El 8 de abril de este raro 2020, escribí en mi Facebook, cuando nació Amparito:

“CUARENTENA. Día 20.

Nació hace unos días (en tiempos de pandemia nace la gente, nace la vida) una beba, hija de amigos míos.

Nació hace unos días (en tiempos de noticieros 24 x 7, viva el streaming, salas Zoom a troche y moche) una beba de ojos enormes, bellos ojos negros.

Nació hace unos días (en tiempos de barbijos, guantes, enemigos invisibles, picaportes y puertas tipo muro, a 2 metros, por favor) una beba que se me mostró desde esa foto que me hizo llorar de ternura.

Nació hace unos días (en tiempos de pocas proyecciones a futuro, de necesidad imperiosa de estadistas de pura cepa) una beba que no sabemos qué aptitudes y cualidades desplegará en sus ambientes, pero sí sabemos que nos trae esperanza.

Nació en estos días (en tiempos donde definitivamente no todo está perdido) una vidita nueva que nos apura para seguir en marcha”.

Y llegó la Navidad y (¡qué coincidencia!) la vida nueva del Niño Santo, la que nos empuja con ternura a seguir la marcha de la vida con esperanza.

Y, como me dijo Maite, de 4 años, cuando terminó la fase uno: “Uy… voy a poder ir a la plaza… ¡y sin pantallas!”.

Fotos: Pexels.

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