Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

2 enero, 2020

Yo, la mejor bailarina de lambada

Una niña sueña con invitar a su madre a comer y para eso decide interpretar una coreografía y pasar la gorra en un restaurante. Pero no todo sale como esperaba. El relato conmovedor que nos recuerda la inocencia de la infancia.


Camila Bretón de niña. A la izquierda, con Junior, el querido profesor de lambada.

Por Camila Bretón.

En la misma cuadra donde estaba mi casa había tres restaurantes. Conocía a sus dueños y a muchos de los empleados que trabajaban allí pero nunca iba a comer. “Son muy caros”, decía mi madre. Sin embargo a veces, después de cenar, íbamos caminando a alguno de ellos y pedíamos un postre en la barra o ella se tomaba un café y yo una Coca-Cola. Nunca nos sentábamos en las mesas.

En esa época, en nuestra casa, atrás, en una especie de galpón convertido en cuarto, vivía Junior, un amigo de mi madre brasileño y profesor de lambada que había llegado hacía poco tiempo desde San Pablo para trabajar. A mí me gustaba mucho estar con él porque después del colegio solía llevarme a sus clases y me presentaba ante sus alumnas como su asistente: yo era la encargada de poner pausa en el grabador cada vez que marcaba algún nuevo paso o me convertía en su partenaire cuándo él quería mostrar la coreografía. También, algunos fines de semana, lo acompañaba a distintos eventos donde él bailaba: Bar Mitzvah, cumpleaños de 80 o fiestas de 15.

Yo tendría unos 9 o 10 años y después de un tiempo de convivir con Junior creí que era la mejor bailarina de lambada. Por eso un día se me ocurrió armar mi propio show y presentarme en uno de los restaurantes de la cuadra. La idea era bailar un tema y luego pasar la gorra entre los comensales. Con el dinero recaudado me sentaría a cenar en una de las mesas cubiertas con manteles e invitará a mi madre a pedir cualquier plato del menú que ella quisiese.

Pero la lambada se baila de a dos así que le pedí a una amiga del colegio que fuera mi compañera y le enseñé cada paso. También nos ocupamos del vestuario. Yo elegí ponerme el camisón corto de satén y encaje que tanto me gustaba y ella un vestido floreado y flúor de mi madre. Así vestidas, una noche fuimos hacia uno de los restaurantes con el cassette en la mano.
Supongo que sería fin de semana porque el lugar estaba lleno. “Qué bueno -pensé-, vamos a juntar un montón de plata”.

No recuerdo nada sobre mi charla con el dueño del lugar pero sí sé que con mi amiga esperamos ansiosas frente a la barra hasta que empezó a sonar la música y en el medio del salón, nos pusimos a bailar. Segundos después, entre vuelta y vuelta, empecé a notar que en la mirada de los comensales no había señales de admiración ni de ternura. Algunos reían y otros tenían el mismo gesto que hacía mi abuela o mis tías cuando un niño se acercaba a pedirles comida en la calle. Entonces olvidé cada uno de los pasos que habíamos ensayado en mi cuarto y, con la garganta trabada y los ojos humedecidos, nos retiramos sin pasar la gorra.

Sin embargo a los pocos días volví a acompañar a Junior a sus clases y a bailar en mi casa frente a mi madre. Ella siempre me miraba orgullosa y al terminar la coreografía me decía lo mismo: que yo era la mejor bailarina del mundo.

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