Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

4 octubre, 2018

“Voy de la mano de Dios hasta donde me quiera llevar”

A Andrea Pereyra Iraola su padre le decía: “Cuantas menos cosas necesitás, más libre sos”. En los últimos años, fue nutriendo su alma de música, acuarelas y tiempo en el jardín, hasta cultivar un estado de conciencia que la lleva a hablar de una sagrada interrelación y a afirmarse en el presente.


Texto: Agustina Rabaini.  FOTOS: Ángela Copello.

“Hay mañanas que son un milagro, la vida misma”, dice Andrea Pereyra Iraola, y habla en medio del parque de esta casa a la que vino a vivir hace quince años. No está sentada en cualquier lugar, sino al pie del roble centenario que le recuerda a sus abuelos. Con la mirada fija en el verde, dirá que hay algo no necesariamente amable en la naturaleza, que la conmueve, y que “la vida no está regida solo por lo que uno cree que puede, hace o planea, sino por lo que Dios dispone”.

¿Cómo habrá arribado a esa convicción esta mujer de 59 años que se está volviendo más sabia cuando dice que no encuentra palabras para expresar la bendición de vivir en contacto con la naturaleza?

Según pasan las estaciones

“En este lugar voy siendo testigo del devenir de las estaciones: el frío del invierno, con su quietud y su aparente muerte, que es un repliegue y una acumulación de energía… La primavera, con sus brotes, perfumes y lozanía, toda esa vida que se expresa. Cada día voy descubriendo la maravilla de la vida”.

Desandando un poco su historia, Andy, como la llaman sus seres queridos, heredó este lugar de una tía y, a los 44 años, vino a vivir aquí. Habían pasado dieciocho desde el accidente de auto que, a los 26, la dejó parapléjica. El acontecimiento pudo cambiar el rumbo de su vida o trabar muchos sueños, pero no la detuvo a una edad en la que recién empezaba a transitar el camino y hacer proyectos a futuro.

“Durante cuatro años tuve un dolor constante y fue un tiempo de mucha limitación –recuerda ahora–, pero con la ayuda de mis seres queridos y de buenos amigos pude salir adelante. Tuve una gran enseñanza de mi padre, que era manco y me decía: ‘Rezá por mejorarte y recuperar funcionalidad, pero contá con lo que tenés hoy’. Ese consejo fue muy importante a lo largo de mi vida, especialmente en los momentos en los que lo único que te queda es abrazar la realidad, ver qué hacés con lo que toca en lugar de negarlo, tener una aceptación y poder pedir ayuda”.

Andy nació y creció dentro una familia numerosa, de siete hermanos, y de los años compartidos con sus padres rescata el respeto por la naturaleza y un gran sentido estético, “un sentido de la proporción y de la sencillez”, en sus palabras. “Con los años estudié museología, después decoración, y trabajé como vidrierista y dando clases en una escuela de música. De joven hacía arreglos florales y ramos de novia, y ahora, desde hace unos años, soy paisajista, aunque prefiero decir que soy jardinera. Me volqué más hacia el jardín… Mi madre tenía una gran afición por las plantas y todavía me parece verla haciendo los almácigos en la terraza de su departamento para llevarlos después al campo”.

El abuelo y el bisabuelo de Andrea tuvieron mucho que ver con la plantación del conocido parque que lleva su apellido, al sur del Gran Buenos Aires. “Ellos hicieron mucho por el campo argentino –cuenta Andrea, y rescata una frase que la marcó y la hace recordarlos: ‘El hombre que planta árboles a cuya sombra sabe que nunca habrá de sentarse ha comenzado a entender el sentido de la vida’–. Siempre agradezco a la gente que ha sabido trabajar en armonía con la naturaleza, no para mañana sino mirando al futuro. En casa tenemos este árbol de 130 años, que todavía es muy lindo. Algunos árboles en cinco años están enormes y otros tardan más en hacerse grandes. Hay algo muy importante para aprender en saber esperar”.

Y así como durante muchos años Andy disfrutó de la casa, y de pasar tiempo entre las manualidades y otros objetos para mejorar los espacios, con el tiempo comenzó a estar más horas en el jardín. “Le fui tomando el gusto al afuera, y como me gusta el arte y hacer cosas con las manos, a veces saco mis acuarelas y pinto allí. Poder buscar una armonía entre el adentro y el afuera me parece importante, y tengo mis días. Soy de carácter bravo, no soy dócil, pero ese mismo carácter me ayudó a seguir, al igual que los afectos. Vivo sola pero no estoy sola: tengo a mi familia, mis amigos, los perros, la gente de la parroquia y mis sobrinos, que saben que la casa está siempre abierta para que puedan venir”.

“Algunos árboles en cinco años están enormes y otros tardan más en hacerse grandes. Hay algo muy importante para aprender en saber esperar”

Entonces, en medio de la charla, aparece una palabra, awareness, que remite al despertar y a un mayor estado de conciencia. Andy se queda un momento en silencio y dice que aunque le haya llevado tiempo hacer de sus días un todo más armonioso, equilibrando las horas de trabajo y las inquietudes personales, hoy a su alrededor tiene al alcance mucho de lo que necesita para estar bien. En ese “todo” encuentra una interrelación: las acuarelas, su gusto por la cocina y por recibir gente, su oficio de artesana y de jardinera llenan sus días.

“De chica aprendí a tejer, a bordar, a coser, a hacer cositas con plastilina y ramos de flores, y todavía conservo el gusto por todo eso”. Dirá que para vivir realiza trabajos en jardines de la zona o donde la llamen, y otros días alquila el parque de La Porteña para ocasiones muy especiales, como celebraciones o eventos empresariales.

Hasta que vuelve a reconcentrarse y regresa sobre una idea buscando expresarse mejor: “Creo que todo tiene un sentido: el árbol, la madera, la mesa, el encuentro, la huerta, las flores, los dibujos, los recuerdos, los perfumes, las compañías, los paseos, los paisajes, las charlas, las semillas, las reuniones”, empieza a decir mientras sirve una taza de té en una vajilla antigua, para terminar hablando del jardín.

“Creo que todo tiene un sentido: el árbol, la madera, la mesa, el encuentro, la huerta, las flores, los dibujos”

A mí me han marcado mucho los ritmos de la naturaleza, que tiene su tiempo y uno no lo puede modificar. Salgo y doy una vuelta por el parque, voy planeando y organizando las cosas que tengo que hacer y agradezco siempre porque todos los días hay una sorpresa, una flor, una brotación. Hace muchos años, cuando llegué, el lugar estaba en mal estado y yo también tenía que reconstruirme. Lo hice poco a poco y fue un aprendizaje que me costó, pero lo fui logrando. Tengo un motor grande y puedo ser voluntariosa, pero no soy una persona fácil, que la movés para donde querés. En todo caso, voy de la mano de Dios hasta donde me quiera llevar. Transito el plan en el que estoy, me esfuerzo y trabajo para llegar a ciertas metas, pero no hago grandes planes porque cuando empiezo a planear mucho, él me manda para otro lado [se ríe]. Me gusta esta edad, porque siento que he podido hacerme cargo de algunas cosas y ando más liviana. Es una buena etapa; ya no tengo una mirada nostálgica de la vida”.

A su manera, a su tiempo, abrazando el dolor o la esperanza, Andy ha sabido habitar la vida y la honra todos los días.

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