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Sophia - Despliega el Alma

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Artes

9 junio, 2017 | Por

Volar, de la mano de Harry Potter

A 20 años de su nacimiento, retratamos la magia de una de las sagas más convocantes de todos los tiempos, a través del conmovedor relato de una periodista de Sophia quien, luego del accidente de su hijo, encontró en el joven mago a un gran compañero de vuelo.


El niño que sobrevivió y, al vencer los miedos, se convirtió en un poderoso mago.

“La felicidad se puede hallar,
hasta en los momentos más oscuros,
si uno recuerda encender la luz”.

Harry Potter, de J. K. Rowling

Cuando J. K. Rowling publicó su primer libro en 1997, yo recién comenzaba a estudiar Periodismo en la Universidad de La Plata. Recuerdo que, si bien me adentré en la temática gracias a los relatos de mi hermana quince años menor (fanática desde la primera hora), me encontraba demasiado ocupada leyendo bibliografía universitaria de rigor. A mi humilde entender, no era momento de abocarme a la lectura recreativa juvenil y de hecho, no creía que hacerlo pudiera aportarme gran cosa. Es decir, creía que ya no tenía la edad para encontrarme con Harry Potter, un niño de apenas once años rodeado de un mundo de fantasía.

El concierto de Harry Potter y la Piedra Filosofal

¿Sos fan de la saga y te gustaría volver a vivir la experiencia en vivo? Agendate: el sábado 17 y domingo 18 de junio, en el Estadio Luna Park, la Orquesta Académica de Buenos Aires interpretará a Harry Potter y la Piedra Filosofal en Concierto, como parte de la Serie de Conciertos de Cine Harry Potter. Por primera vez en Buenos Aires, una orquesta sinfónica interpretará la música de toda la película en vivo.
Además, se podrá revivir la magia de la primera película de Harry en alta definición en una pantalla de 16 metros, mientras se escucha la inolvidable creación musical de John Williams.
La Serie de Conciertos de Cine Harry Potter llevará adelante actuaciones en más de 35 países de todo el mundo hasta 2018. Podés comprar tu entrada en www.lunapark.com.ar

El tiempo pasó, sus libros y películas se convirtieron en un enorme suceso mundial. Pero, entonces, ya era tarde: ¿cómo entrar al mundo mágico cuando la realidad y las cosas serias acababan tomando todo por asalto? Así fueron pasando los años, mientras Harry Potter y yo no encontrábamos todavía el momento oportuno para conocernos.

Hasta que hace tres meses algo inesperado ocurrió. Algo que una mujer devenida en madre no espera que ocurra jamás. En un segundo, mi hijo de 5 años se accidentó en un juego de plaza y quedó debajo de una estructura de hierro, trabado con ambos pies. Ya no recuerdo bien, la imagen se ve tan borrosa en mi cabeza. Pero sé que él lloraba a gritos, que yo temblaba y que terminamos en la guardia del hospital. El diagnóstico fue fractura de tibia y en la radiografía vi que el hueso estaba fragmentado en tres pedazos. Lo enyesaron, le indicaron reposo durante un mes al menos… tal vez dos. Con suerte, no habría que operarlo. Pero eso ni siquiera estaba tan claro.

A upa y quejándose de dolor lo llevamos a casa, con una yeso larguísimo que iba desde los dedos de su pie derecho hasta la ingle, con el temor de lo que podía pasar y la posibilidad de la cirugía siempre sobrevolando la escena. Fueron días de tristeza y preocupación, de tiempo espeso anclado en las agujas de un reloj que parecía no moverse nunca. De pensar que todavía faltaba mucho camino por recorrer, pero sin poder andarlo a la par. La silla de ruedas fue aliada inevitable y las calles de Buenos Aires enemigas a la hora de salir a dar una vuelta bajo el sol. ¿Cómo nunca me había dado cuenta lo difícil que era para alguien con movilidad reducida transitar esta ciudad?

Entonces fue que algo mágico ocurrió. Una tarde, mi hijo me dijo: “Mami, quiero ver a Harry Potter”. Al día de hoy, todavía no sé siquiera muy bien por qué. Obviamente, sin pensarlo dos veces, le respondí que sí: me pareció una gran idea sacarlo a películas limpias de su rabia por no poder jugar fuera de la cama y correr como lo hacía antes. Así que, sin televisor smart en mi casa, me hice socia de un videoclub (¡todavía quedan de esos por los barrios!) y fui alquilando una a una, religiosamente, todas las películas del pequeño mago. Pero esta vez, sin importarme mi edad, sí me permití encontrarme con Potter.

Entonces fue que algo mágico ocurrió. Una tarde, mi hijo me dijo: “Mami, quiero ver a Harry Potter”.

En la cama, comiendo caramelos junto a mi niño enyesado, tomándonos de la mano bien fuerte en los momentos de tristeza o de miedo, riéndonos a carcajadas tantas veces, la realidad por fin se iba diluyendo. Ah, los pequeños Harry, Hermione, Ron y la fantástica posibilidad de soñar con varitas y y escobas voladoras y hechizos; cosas tan locas como maravillosas… ¡Queríamos ver todas las pelis hasta el fin!

Los días pasaban, y la espera se hacía más y más larga (su cuerpo en reposo, el miedo permanente, sus ojitos emocionados al verme llegar del trabajo con una nueva “‘¡peli de Harry!”, como gritaba para ver juntos…). Los médicos lo dijeron clarito: a pesar del yeso, el hueso se había desplazado y era una mala señal. Con lágrimas en los ojos, ese día alquilé Harry Potter y El Prisionero de Azkabán, la tercera de la saga. Todavía ni siquiera imaginaba el impacto que tendría la historia en él o, mejor dicho, en los dos. Yo seguía mostrándome fuerte pero, en la oscuridad de las proyecciones, muchas veces me permití llorar, dejándome llevar por la increíble belleza de su música.

Harry, Ron y Hermione, un trío entrañable y protagonista de toda la saga.

La experiencia fue noble y catártica: la atmósfera por momentos oscura y esa lucha permanente por encontrar la luz, reflejó mis pensamientos más hondos. ¿Y si no soldaba bien? ¿Y si no volvía a caminar como antes? O peor, ¿qué sentirían esas madres que atravesaban momentos mucho más terribles que el que estaba viviendo yo? En mi casa, tan lejos de Hogwarts, nosotros también nos aferrábamos a luchar por tener nuestro propio final feliz. Es que latía en mí la certeza de que, aun en los peores momentos, siempre quedaba un recoveco secreto y a resguardo, por donde podía colarse la magia.

Fue así que dos ramitas de la calle nos sirvieron de varitas. Él se puso unos anteojos redondos de cotillón y una bufanda rayada. “¡Wigardium leviosa!”, le dije amenazante. “¡Expelliarmus!”, gritó él. Y así, entre hechizos y controles médicos semanales llegó nuestro gran momento de creer: el hueso había comenzado a soldar por fin y no haría falta cirugía. El alivio fue enorme y habiendo visto ya todas las películas (ocho en total), compramos entonces el primer libro de Rowling para festejar.

Los prejuicios quedaron a un lado otra vez: yo que pensaba que sería muy chico para seguir y comprender el relato a través del texto, encontré que nunca es demasiado tarde ni demasiado temprano para volar. Leí con voracidad cada noche, mientras tachábamos en un calendario de pared los días que aún quedaban por delante sin caminar. Enseguida terminamos también el segundo libro, felices de que hubiera todavía otros cinco para seguir la aventura.

Hasta que de pronto, hace pocos días, el mundo muggle fue testigo de algo que a mí me pareció el hechizo de la varita más potente del mundo: mi hijo volvió a caminar. Otra vez, paso a paso, muy de a poco, a pura prueba y error. Tambaleando por momentos, pero con el enorme incentivo de saber que a pesar de las caídas del cuerpo, el alma siempre podrá elevarnos sin nos ocupamos de alimentarla de momentos mágicos y felices.

Fueron tres meses. Durante el proceso no siempre lo vi así, pero a esta altura creo que hemos ganado muchas cosas. Como dijo la enorme Frida Kahlo: “Pies, ¿para qué los quiero? Si tengo alas para volar”. Pinceladas de palabras que nos hablan del poder sanador que nos tiene reservada la fantasía cuando la vida decide, de pronto, que es tiempo de ponernos a prueba.

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