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Sociedad

31 octubre, 2018

Visibilizar a “los nadies”

“Mientras los no indígenas buscan la felicidad, nosotros buscamos la armonía”, dice Natalia Sarapura, Presidenta del Consejo de Organizaciones Aborígenes de Jujuy. Y es esa misma sabiduría la que pone en práctica a la hora de velar por los derechos de aquellos a los que une y representa.


Los nadies: los hijos de nadie,

los dueños de nada (…)

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones,

sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folclore.

Que no son seres humanos,

sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal

sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies,

que no cuestan menos

que la bala que los mata.

Eduardo Galeano, “Los nadies”.

Natalia Sarapura podría estar entre “los nadies” del escritor Eduardo Galeano. Podría, pero no. Algo la despega de esa historia aborigen ligada a la historia de la invisibilidad, el sufrimiento y la pobreza. Natalia Sarapura se eleva. Con su lucha constante, su defensa de lo propio –aquí y afuera– y su forma de transmitir su historia, Sarapura no es “un nadie”, sino todo lo contrario.

Es ella, es el otro, es todos.

Oriunda de Miraflores de la Candelaria, en la provincia de Jujuy, Natalia coordina el Consejo de Organizaciones Aborígenes de Jujuy (COAJ), una entidad a través de la cual su figura trasciende el reclamo aborigen para dotarlo de voz y convertirse, como ella misma define, en “gestora de la transformación”.

En diálogo con Sophia, Sarapura explica que la causa indígena ha crecido mucho en los últimos años y ahora tiene un problema generalizado: la falta o el rol del Estado como garante de los derechos. “El Estado nacional y los provinciales nos ven como pueblos a los cuales hay que ayudar. Es decir, nos ven como pueblos discriminados, necesitados de asistencia, y no como instituciones políticas, jurídicas y culturales, con derechos y una visión distinta del mundo. Esa concepción nos lleva a seguir invisibilizados como actores de la sociedad y nos reduce a meros sujetos de beneficencia política”. 

Por eso, Sarapura es firme a la hora de decir que su pueblo tiene vocación de interactuar y participar en democracia.

Creemos que el ejercicio del derecho en la defensa del territorio, la gestión de los recursos naturales, las políticas públicas que tiendan a la construcción de formas y mecanismos de participación indígena son cosas que todavía hace falta alcanzar. Nadie nos pregunta sobre nuestro modelo de desarrollo. Se decide por nosotros, que, en verdad, reclamamos una participación protagónica en todos los ámbitos. Queremos decidir”, sostiene a la hora de visibilizar la problemática que atraviesan.

En esa tarea diaria se embarca. Y no solo en COAJ, que reúne a 189 comunidades de Jujuy y a otras tantas de Salta y Tucumán. Vicepresidenta del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas en América latina y el Caribe –organismo de cooperación internacional– y militante de su causa desde que asomaba a la adolescencia, esta mujer de ojos negros y redondos, de hablar firme y pausado y de una amplia claridad conceptual asegura que no forma parte de una minoría sino de un pueblo que, como tantos otros pueblos originarios, reivindica su derecho a vivir, pensar y sentir de forma distinta a la del resto de la sociedad.

Foto: Gobierno de Jujuy.

“Somos la existencia de un tejido de seres humanos, tejidos con la naturaleza, hermanos e hijos de la madre tierra y defensores de sus recursos. Defendemos a la madre tierra en el reconocimiento de que es una energía de la que todos somos parte”.

–¿Cuál sería esa forma?

–Los pueblos indígenas tienen formas y modelos distintos de concebir el vínculo con la naturaleza y, por tanto, con el Estado y sus políticas públicas. La causa indígena es el ejercicio de elevar una forma distinta de pensamiento. El papá de mi papá fue un dirigente comprometido. Mi abuela es médica tradicional. Mi llegada y mi vida en vinculación con COAJ fue de aprendizaje cultural. Algunos creen que la causa indígena es solo la defensa del territorio pero esa defensa no es únicamente material sino que tiene que ver con los ancestros, el lugar donde está la medicina, el espacio donde se practica la vida comunitaria y donde están nuestra identidad y cultura.

– ¿Qué significa todo eso para ustedes, Natalia?

−Todo ello constituye la base de nuestro marco ideológico y filosófico, de nuestra cosmovisión. Somos la existencia de un tejido de seres humanos, tejidos con la naturaleza, hermanos e hijos de la madre tierra y defensores de sus recursos. Defendemos a la madre tierra en el reconocimiento de que es una energía de la que todos somos parte. Esa defensa está basada en la relación armónica con lo que nos rodea, pero como son aspectos desconocidos de nuestra cosmovisión, los desvalorizan. No resistimos la modernidad ni nos afianzamos en el pasado. Nuestra causa es la conciencia plena de lo pasado y la obligación de garantizarles a la futuras generaciones el todo del que somos parte.

–En ese proceso, ¿cuál sería el particular aporte como mujer?

–El proceso de la Colonia trajo tres enfermedades a nuestras sociedades. La crisis del ser humano con la naturaleza, el individualismo como forma de relación humana y el machismo. Combatimos la primera entendiendo que el hombre es parte de la naturaleza, no su dueño ni explotador, y, por lo tanto, debe protegerla. Esa lucha supera las cuestiones de género. En el caso del individualismo, sostenemos que hombre y mujer son iguales y complementarios y, por lo tanto, debemos dimensionar el valor y el poder de lo comunitario y colectivo, viviendo en armonía. En cuanto al machismo, que es una forma de opresión, pensamos que el hombre que oprime debe tener un jefe que también lo hace, como reflejo de la enfermedad de la sociedad.

−¿Cuál es el cuestionamiento?

−Cuestionamos a los hermanos varones reflexionando sobre ese mundo de desigualdades y patrones culturales que hemos aprehendido. Las mujeres indígenas estamos en la búsqueda de un camino de equidad y armonía. Durante la Colonia, fuimos el instrumento para diezmar y un modo de llevar adelante el proceso de mestizaje como purificación de la raza. Nuestra tarea, hoy en día, es seguir difundiendo y compartiendo nuestros principios filosóficos y llevar adelante procesos de sanación, de reparación y de continuidad energética a través de la práctica espiritual propia. Las mujeres somos continuidad energética de la madre tierra, matriz material de la madre tierra, porque en las mujeres se hace la vida.

“Mientras los hombres no indígenas buscan la felicidad, el mundo indígena estructura el camino en orden a mantener y recuperar la armonía. Para nosotros, la colectividad es la forma de vincularse, y la existencia y el compartir conjunto garantizan el buen vivir de todos”.

–¿Qué tarea resta todavía por hacer?

–Este año cumplí 40 años de vida y veintiséis de militancia. No soy ni tan joven ni tan grande. He tenido la suerte de pasar por muchos procesos de dirigencia local, de base regional, presido mi organización y cumplo la tarea de docente. He participado en procesos internacionales y he tenido responsabilidades públicas. Con aciertos y errores intento cumplir un rol de puente entre la visión del mundo indígena y actores de la sociedad no indígena. Por eso, siento pasión por militar la interculturalidad; por eso, creo que es necesario todavía cambiar las instituciones del Estado para gerenciar desde allí la diversidad cultural. Y voy en camino de equilibrar y armonizar mi lucha activa por la causa indígena con mi ser madre y esposa, mejor hija y mejor tía.

−¿Cuál es la búsqueda?

−Mientras los hombres no indígenas buscan la felicidad, el mundo indígena estructura el camino en orden a mantener y recuperar la armonía. Para nosotros, la colectividad es la forma de vincularse, y la existencia y el compartir conjunto garantizan el buen vivir de todos.

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