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Género

24 noviembre, 2017

Violencia contra la mujer

En vísperas del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un varón nos llama a visibilizar y a cambiar la situación de agresión, exclusión y destrato que deben afrontar diariamente niñas y mujeres en todo el mundo.


Vaya por delante el hecho que no soy de aquellos que ven bien o están a favor de los años internacionales contra una causa o en favor de ella, cada una o cada uno que lo entienda como quiera. No sé si con ello se consigue algo, pero, por si así fuere, bienvenidos sean dichos años.

El día 25 de noviembre se celebra cada año el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Es verdad que, cuando hablamos de violencia, lo más visible es sin duda alguna todo tipo de agresión física, sobre todo. Y contra ella hay que luchar sin descanso con todos los medios que tengamos a nuestro alcance; pues lo más grave que le puede pasar a una persona agredida, en este caso, a una mujer, es la mutilación o la mismísima pérdida de la vida que, en definitiva, es el valor más grande que tenemos toda persona.

Después de esta manifestación contundente por mi parte contra lo físico, pienso, no obstante, que significaría quedarse en un aspecto o denunciar solamente una parte del problema. Por desgracia, la mujer padece aquí y “acullá” (que dirían los clásicos) demasiados tipos de violencia como para ceñirnos solamente a una, a pesar de que, como ya he dicho, sea la de consecuencias más funestas. Por ello, quiero señalar algunas más (las que me viene a la mente, a bote pronto) y manifestar mi total repulsa contra las mismas.

En primer lugar, me produce profunda indignación esa concepción tan extendida y totalmente falsa a todos los niveles que consiste en pensar y decir en voz alta “que la mujer es el sexo débil”. Débil, ¿por qué y en qué sentido? ¿Porque en general, salvo casos puntuales, posee menos fuerza física que el varón? ¿Porque muy pocas veces realiza trabajos asociados casi siempre al sentido varonil? Me da la impresión de que quienes pensamos así somos en general los varones que vivimos en los países ricos; por ello, creo que no estaría mal que nos diéramos alguna vuelta por países subdesarrollados, o por ciertas zonas de los mismos, para darnos cuenta de que dicha concepción no es más que uno de tantos prejuicios como nos atosigan, pues posiblemente quedaríamos estupefactos al ver hasta dónde son capaces de llegar, a nivel de esfuerzo físico, tantas y tantas mujeres.

Pero es que también me parece totalmente parcial aplicar el calificativo de “debilidad o fortaleza” a una cuestión puramente física. ¿Dónde está ese “espíritu” o esa “mente” a los cuales tanto recurrimos cuando nos interesa? Pues sí; existen mujeres muy “corajes” capaces de lo indecible y demás a la hora de afrontar situaciones de dolor profundo a nivel psicológico, o manifestar una inmensa capacidad de seguir adelante, a pesar de que las circunstancias sean todo lo más adversas que podamos llegar a imaginar. Por tanto, estamos ejerciendo violencia contra la mujer cada vez que la aplicamos, sin más, el calificativo de “sexo débil”.

Ejercemos también violencia contra ella cada vez que la reducimos a objeto, relacionado normalmente con el sexo. ¿Cómo es posible que, siendo la capacidad de pensar la cualidad que mejor nos distingue a los seres humanos, hagamos de lo fisiológico, por lo que a la mujer ser refiere, su factor más distintivo y característico? Claro, que, vistas así las cosas, a lo mejor es que consideramos que la mujer es un ser humano, pero un poco menos que el varón, diría Mafalda.

Ejercemos igualmente violencia contra la mujer cuando la excluimos de funciones que, no sé por qué razón, pensamos que son más propias del hombre o que éste es el único capacitado para realizarlas o que puede realizarlas mejor. Menos mal que, en este sentido, la experiencia nos va enseñando que éste es uno más de los tópicos preconcebidos que nos habíamos ido formando sobre ella.

Al llegar a este punto, no puedo por menos de pensar en la Iglesia Católica y su exclusión de la mujer de los ministerios, concretamente del sacerdocio. Que nadie me pida razones teológicas para argumentarlo, pues no soy teólogo, pero me es suficiente con el sentido común y con todos los pasajes que encontramos en el Evangelio donde Jesús manifiesta una relación muy especial con y hacia las mujeres, en una sociedad precisamente más excluyente respecto a ellas que la nuestra.

En fin: ejercemos tantas violencias contra la mujer que resultaría demasiado largo especificarlas una a una. Además, me parece oportuno dejarlo abierto para que cada una o cada uno pueda seguir poniendo las que se le ocurran o las que le parezcan más flagrantes.

Por Juan Zapatero Ballesteros, para Eclesalia.net

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