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Sustentabilidad

3 mayo, 2018

Cambio de ruta: un viaje a los pueblos fumigados

Hoy se estrena "Viaje a los pueblos fumigados", la nueva película documental de Pino Solanas. En ella, el director y senador nacional busca instalar un debate complejo y necesario. Te contamos por qué no podés dejar de verla.


Por Marina Do Pico

Estoy en una sala enorme. Una docena de personas mordisquean medialunas o hablan por teléfono frente a los vastos ventanales que dan a un jardín hermoso y moderno.  “La proyección está por comenzar”, anuncia alguien. Es el estreno de prensa de Un viaje a los pueblos fumigados, la nueva película documental del director y senador nacional (Proyecto Sur-Unen) Fernando “Pino” Solanas. Pero a pesar del título descriptivo, creo que nadie imagina lo que estamos a punto de ver.

Las primeras imágenes, crudas, comienzan a aparecer en la pantalla. Una familia levanta restos de madera en un monte destrozado. Ya podemos hacernos a la idea de que este va a ser un viaje doloroso, a los lugares más vulnerables y desprotegidos de nuestro país, donde queda en evidencia el otro costado del “progreso”.

Al principio, durante el relato sobre el modelo agro-industrial aún en abstracto, se escuchan algunos comentarios del público. Una señora en la fila de atrás cuchichea a la nada (o al menos, a nadie en particular) y emite sonidos que expresan alguna emoción ambigua. La mujer que está a mi lado me mira cada tanto mordiéndose el labio, interpelándome con su mudo “pero qué bárbaro”. En algún momento abre una lata de coca intentando no hacer ruido. Sin embargo, cuando empiezan los relatos en primera persona −familias enfermas, médicos, docentes, comunidades indígenas…− el silencio es sepulcral.

Me rindo al llanto durante gran parte. No hago nada por suprimir la angustia y el enojo. Dejo que me habiten. Dejo que se despierte en mí algo más profundo que la indignación, un grado de empatía que me movilice más allá de lo cómodo que es verlo por la pantalla. Los relatos entran en mí como flechas que no remuevo. Hay que sentirlas y que el dolor funcione como recordatorio, alertando sobre lo importante: todo lo que queda por hacer, los desastres que se hacen carne en un otro que sufre, lejos de mi vista.

No creo que siempre haga falta ver para creer, pero ciertamente ayuda. No es lo mismo leer “los agroquímicos producen malformaciones en bebés” que ver una sala de hospital llena de cunas con bebés malformados. Un médico diciendo frente a la cámara que esos casos que antes solo se veían en un frasco de formol, hoy se multiplican en las zonas rurales a una velocidad alarmante. No es lo mismo leer de un caso de cáncer o intoxicación que escuchar a aquellos que lo viven en carne propia. Ver a una madre llorar a su hija. A una docente agarrada de las cadenas de una hamaca en una escuela rural, que dice: “Es una situación de muchísima impotencia”, rindiéndose ante un llanto incontrolable tras haber contado como corría a los aviones que fumigaban mientras daba clase, pidiéndoles que pararan mientras éstos le fumigaban encima, produciéndole una parálisis facial por quince días y tos por dos meses.

Luego llegan los relatos que nos interpelan a “nosotros”, los citadinos, porteños que recibimos ese veneno de forma paulatina en nuestra comida. La información, espeluznante, de que el 60% de las verduras y hortalizas que llegan al mercado central están contaminadas con agrotóxicos. Pino Solanas haciéndose un análisis de sangre en que se le detectan algunos compuestos de pesticidas. El mensaje es claro: en las ciudades, si bien estamos más resguardados, no somos inmunes. Después se exploran algunas de las alternativas a la agro-industria, pequeños proyectos emergentes que en los últimos años se vienen multiplicando. A medida que el modelo revela sus consecuencias, las personas van despertando y se unen con un objetivo común.

Fernando “Pino” Solanas nació en Argentina en 1936. Cursó estudios de teatro, música y derecho. A lo largo de 50 años, su militancia y compromiso político están íntimamente ligados a su actividad artística. Durante la dictadura se exilió en España y participó en varias organizaciones de defensa de Derechos Humanos. Desde París participó en la creación de la Asociación Internacional en Defensa de los Artistas. En 1983 regresó a Buenos Aires y, en 1985, filmó Tangos… El Exilio de Gardel, que obtuvo premios en el Festival de Venecia y de La Habana. En 1988 terminó Sur, que fue premiada en Cannes y en numerosos festivales. Su filmografía es vasta y comprometida. Como político es referente del movimiento Proyecto Sur y fue elegido diputado nacional en 2009 y senador nacional en 2013, donde preside la Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable.

Pero Solanas decide terminar con lo más desgarrador, no quiere dejar que su público olvide ni le interesa que se vayan con algo tranquilizador; todo lo contrario. Volvemos al monte, a la crudeza de ese paisaje apocalíptico donde algunas familias sobreviven como pueden a la destrucción y el desamparo. Se encienden las luces. Nadie reacciona. Recién al rato comienzan los aplausos, lentamente. El público se ve descolocado, desconcertado. La mujer a mi lado se ríe incómoda: “¿Y ahora qué comemos?”, pregunta. Después de lo que acabamos de ver, su reacción me resulta narcisista. También tardan en reaccionar cuando la encargada de prensa anuncia el ingreso de Pino Solanas, que baja las escaleras hacia el escenario. Tiene que mencionar su nombre una segunda vez para que el público suelte, por fin, un merecido aplauso.

Se alzan las primeras preguntas, tímidas. Pino está tranquilo. Estas temáticas, nuevas e impactantes para muchos, son parte de su cotidianidad y responde como alguien que conserva, justamente, el dolor cerca y la determinación al frente. Alguien le pregunta por los orígenes de esta película y él hace una breve referencia a su labor como político, pero afirma que, en última instancia, es un problema cultural. “Por eso nace esta película. Para poder desarrollar un debate abierto que presione sobre la dirigencia política y económica. Los principales diarios de este país son militantes del modelo que critica esta película”.

Un joven le pregunta respecto al streaming y la difusión de la película a largo plazo. Pino se explaya sobre la necesidad de que este tipo de producciones se expongan en salas públicas, se pasen por televisión, donde más personas puedan acceder a ellas. “Lo que es importante es fomentar el hecho público. A la salida del cine se generan inevitablemente debates y encuentros y lo que se busca es justamente eso: generar un foco de debate”, dice.

Le pregunto por la resistencia que, en general, uno encuentra al hablar de estas temáticas. El negacionismo. Asiente. “La idea de producir en escala, cueste lo que cueste y contra la norma que sea, requiere el relato de que no hay otra agricultura posible, ¿no es cierto?”. Habla de cómo las grandes corporaciones financian medios de comunicación, mueven toneladas de dinero. “Solo de venta de glifosato hay más de tres mil millones de dólares anuales. Y los que venden semillas… es todo un circuito. Es muy difícil ir contra esa ola. Uno resulta una suerte de loquito. Te dicen que vas contra los intereses de la Argentina. Por eso, al final de la película, decimos que este modelo es una de las fuentes de financiamiento del Estado nacional. Cambiar de modelo es un proceso complejísimo y lento, porque lo que quitás de un lado, tenés que compensarlo por otro. Todo eso se puede hacer con decisión y planificación. Pero es un cambio de ruta.”

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Salimos de la sala oscura a un día soleado. Son recién las cuatro de la tarde. Veo una pregunta inscripta en la cara de la gente. También está en la mía: “¿Qué hacemos ahora con esta información?”. Es una pregunta que cualquier buen documental debería instalar. Este lo hace.

La película Un viaje a los pueblos fumigados se puede ver en Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415), Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635), Showcase Norte (Norcenter, Colectora Panamericana 3750, 1605 Vicente López) y Cinemark Puerto Madero

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