Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

16 junio, 2011

Una flor en el desierto

Aunque todo hacía prever que su vida sería igual a la de millones de niñas que son víctimas de la mutilación genital, esta somalí desafió a una sociedad patriarcal, escapó de su casa, se convirtió en una súper modelo y creó una fundación que lucha para erradicar este crimen. Nació en Somalia y hoy vive en Londres, está casada con un inglés y tiene dos hijos.


La lluvia es escasa en Somalia. Poco es lo que sobrevive en esa árida sabana. Pero cuando finalmente el agua se apiada de esa tierra resquebrajada, surge el milagro de la naturaleza en forma de capullos amarillos y naranjas. Es waris, la flor del desierto.                                     Waris Dirie lleva el nombre de ese brote colorido que, pese de la hostilidad que lo rodea, se anima a desplegar su vida en el medio de la nada. Fue su madre quien llamó así a la niña que nació en esas arenas estériles: quizá porque sabía que su inocencia sería rasgada para siempre por la mutilación genital; quizá porque intuía que una noche escaparía de su casa para no tener que pasar la vida junto a un hombre que la había comprado por cinco camellos; o quizá porque presagiaba que su belleza la llevaría a convertirse en una súper modelo, una celebridad, y que luego dejaría todo para volver a ese cruel desierto e intentar transformarlo en un jardín en el que no haya lugar para la mutilación a la que ella fue sometida, una práctica inhumana que desde hace más de cuatro mil años marca a fuego la vida de millones de mujeres en más de veintiocho países del planeta.

Waris nació hace 45 años en el seno de una familia de pastores nómades de Somalia, un país donde la mujer es considerada impura y donde no hay posibilidad de casarse si no se pasa por un proceso de purificación que remueve su clítoris, los labios menores y gran parte de su labio mayor, y cuya herida se cierra dejando sólo un pequeño orificio. La práctica se repite de madres a hijas por generaciones, cuando se llega a la pubertad, aunque cada vez más se hace cuando son más pequeñas. Waris no pudo escapar a esta práctica a los 5 años, pero sí a un matrimonio arreglado por sus padres. A los 13 años caminó descalza por el desierto tres días y, con la ayuda de unos familiares, llegó a Londres para trabajar como sirvienta en la casa de un tío diplomático. Allí fue descubierta por un fotógrafo que la llevó a las portadas de las principales revistas de moda. Su cuerpo de gacela la convirtió en chica Bond y en la musa de las pasarelas. Dejó de ser la niña nómade que recorría el desierto en busca de un oasis para subsistir, y pasó a trajinar sin escalas de Londres a París y de Milán a Nueva York. De la noche a la mañana, la niña de los pies descalzos y heridos se había transformado en una celebridad.

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Pero cuando finalmente la vida parecía darle su sonrisa más amplia, Waris decidió contarle al mundo sobre aquellas profundas cicatrices que ocultaba: el poderoso recordatorio de ese día en que su madre la había llevado lejos de la tienda para convertirla en una “mujer respetada”. Cuando decidió no resignarse al olvido, se bajó de la fama para subirse a los estrados y transformarse así en el grito de esas miles de niñas a las que nadie antes había escuchado. En 1997 fue nombrada Embajadora de las Naciones Unidas contra la ablación y, cinco años después, creó la Fundación Waris Dirie, donde la escucharon desde Mijail Gorbachov hasta Nicolás Sarkozy. Se casó con un inglés, tuvo dos hijos y el año pasado personificó a su propia madre en la película Flor de desierto, basada en el libro donde ella relata su vida para contarle al mundo qué es lo que está pasando con unas tres millones de niñas por año, tal como lo hace durante esta entrevista con Sophia desde Inglaterra.

 

–¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en el desierto?

Mi vida giraba alrededor de mi familia y la naturaleza. Criábamos cabras, camellos y ovejas para alimentarnos o para trocarlas. Por eso, cuando se acaba la pastura o el agua, levantamos nuestra tienda y buscamos un nuevo lugar donde asentarnos. No había relojes ni calendarios, sólo nos guiábamos por las sombras y las estaciones. Guardo hermosos recuerdos de mi infancia en el desierto; muchas veces extraño la libertad que tenía para experimentar la naturaleza, extraño el espacio, la calma y, por supuesto, el calor. ¡Nunca me acostumbré al clima frío!

 

–¿Qué significa nacer mujer en Somalia?

Es algo difícil: las mujeres no tiene voz ni derechos. Se las trata como objetos, como una mercancía que se puede intercambiar. Ellas hacen casi todo el trabajo; son la espina dorsal de África, pero no tienen el poder para tomar decisiones, ni siquiera sobre su propia vida. ¡Es una vergüenza, porque las mujeres tienen tanto potencial! Podrían hacer una gran contribución a la sociedad si tuvieran algún tipo de reconocimiento.

 

–A los 5 años, siguiendo la tradición cultural y familiar, sufriste la mutilación de tus genitales. ¿Qué recuerdos tenés de ese día?

Un día mi madre me dijo: “Mañana es el día de Gudniin”, y esa noche recibí doble ración de comida. Cuando el día llegó, no sabía lo que iba a sucederme. Fui con mi madre cerca de unos arbustos, donde apareció una gitana, me acostó en el piso y abrió mis piernas mientras mi madre me sostenía los brazos. La mujer sacó una cuchilla rota, poco afilada; mi madre me tapó los ojos con una venda, me puso una raíz en la boca y tomó mi mano. El dolor era indescriptible y yo rezaba para que terminara de una vez, hasta que me desmayé. Cuando desperté, la gitana me había cosido y dejado una abertura del tamaño de la cabeza de un fósforo. Ataron mis piernas juntas desde los tobillos hasta la cadera para evitar que la herida se abriera y durante varias semanas me dejaron tendida boca arriba en una pequeña choza hecha de ramas  para que me recuperara. Mi madre venía dos veces por día para traerme comida. La herida se infectó y tuve fiebre por varios días, pero fui afortunada porque no morí. Muchas se mueren porque se desangran o su herida se infecta.

 

–¿Sabías lo que iba a sucederte?

–No sabía lo que iba a pasarme, pero al instante de que sucedió supe que estaba mal, que era algo que nunca debió suceder. Después de aquello todo cambió; destruyó mi infancia. Aunque era una niña muy pequeña, supe que algún día iba a tener la fuerza suficiente para luchar contra este crimen, para que nadie padeciera lo que yo había padecido. No sabía cuándo ni cómo, pero sabía que no podía aceptarlo jamás. Me sentí muy herida. Me sentí maltratada y traicionada, pero no perdí mi fortaleza ni mi deseo de salir adelante.

 

–Años más tarde, a los 13, tu padre arregló tu casamiento con un hombre de 60 años. ¿Cómo hiciste para rebelarte?

Decidí que no podía aceptar ese matrimonio. Prefería morir antes que pasar el resto de mi vida con ese hombre viejo, de 60 años, al que apenas conocía. Fue entonces cuando una noche decidí escapar. Preferí correr el riesgo de morir mientras intentaba cruzar el desierto para poder escapar de esa vida que yo no había elegido, esa vida que otros habían planeado para mí. Los casamientos forzados son otra forma de violencia contra las mujeres. Intercambiarlas o comerciarlas como si fueran objetos es la cosa más degradante que uno puede imaginar. Yo le dije a mi madre que me escaparía. Cuando todos dormían, ella me despertó y me dijo que era el momento para huir. No alcancé a llevarme comida ni agua. Sólo corrí en el medio de la noche. Estaba muy asustada, y fue terriblemente difícil para mí tener que dejar a mi madre y a mis hermanos para internarme en un mundo que desconocía. Huir y abandonar mi familia para siempre fue la decisión más difícil que tomé en mi vida. Caminé tres días por el desierto, sola, descalza, sin agua ni comida. Muchas veces pensé en volver. Ni siquiera sabía hacia dónde me dirigía, pero sabía que mientras estuviese viva, lo lograría. No tenía nada que perder, más que mi libertad.

 

Waris llegó caminando hasta la ciudad de Mogadiscio, donde vivía la familia de su madre, y dos años más tarde, a los 15, viajó a Londres para trabajar como sirvienta en la embajada en la que se encontraba apostado un tío suyo, que era diplomático. Un día, luego de un golpe de Estado en Somalia, su tío decidió volver a su país. Waris no quería regresar; tomó sus papeles y escapó. Vivió en la calle hasta que una chica se apiadó de ella y la ayudó a conseguir un trabajo en un restaurante de comida rápida. Allí la descubrió Terence Donovan, un reconocido fotógrafo de modas que hizo que la vida de Waris cambiara para siempre. Su belleza exótica y distante cautivó a todos. Se convirtió en la primera modelo negra que fue tapa de la Vogue inglesa y, junto a la incipiente Naomi Campbell, se convirtió en la figura  que todos querían tener en sus desfiles.

Un día le mostró a una amiga las cicatrices que acarreaba. Un médico le quitó la cicatriz del cuerpo, pero nadie pudo quitarle la de su alma. Se había convertido en una supermodelo y era su oportunidad para olvidar el pasado, pero decidió exponerlo para que el mundo supiera lo que muchas niñas y mujeres padecen. En el mundo occidental, donde pocas personas saben lo qué es la mutilación genital femenina, muchas personas quedaron shockeadas, pero al revelar ese secreto tan íntimo, consiguió lo que quería: que la gente comenzara a hablar sobre este crimen, que el problema de la mutilación que padecían en silencio tantas mujeres fuera escuchado y discutido.

 

–En 1997 te sumaste a las denuncias de Naciones Unidas y en 2002 creaste la Fundación Waris Dirie para erradicar esta práctica tremenda. ¿Cómo trabajás para lograr este objetivo?

Estoy convencida de que la única forma de erradicar esta práctica es cambiando el rol y el estatus de la mujer en la sociedad. Ése es el tema principal de mi nuevo libro, Black woman, white country (Mujer negra, país blanco). Está comprobado que en aquellos lugares en los que se practica la  ablación, las mujeres no son valoradas. No son vistas como iguales a  los hombres y, en muchos casos, ni siquiera son tratadas como seres humanos. Sólo será posible erradicar esta práctica si las mujeres oprimidas pueden volverse más fuertes y más independientes. Por eso, apoyo los proyectos que se realizan en el este de África para crear trabajos sustentables y brindarles educación a mujeres y niñas.

 

–¿Por qué creés que sigue pasando esto?

La mutilación genital es una forma cruel de reprimir a las mujeres, así que la pregunta debería ser: “¿Por qué las mujeres han sido reprimidas en todo el mundo a lo largo de la historia?”. Creo que la única respuesta es el temor de los hombres a su fuerza y su  inteligencia. Las quieren controlar privándolas de su derecho a votar o a expresar lo que dicen sus mentes, a poder elegir el compañero que quieren o el estilo de vida que desean. Como sucede en el caso de la mutilación genital, hasta han intentado tomar el control de su sexualidad.

 

–¿Cómo podemos evitarla?

Es necesario que las mujeres tengan una perspectiva diferente sobre sus vidas y las de sus hijas. Necesitan contar con un ingreso seguro para no tener que vender o trocar a sus hijas en matrimonio. Deben estar educadas para tomar conciencia de que no existe ninguna razón religiosa ni médica para mutilar a sus hijas. Más que nada, deben tener la autoestima necesaria para luchar contra esta represión que padecen en vez de participar de ella al aceptarla mansamente. Es importante que las víctimas de esta práctica comprendan que  no han sido cortadas ni mutiladas porque había algo malo en ellas, sino porque algo esta “muy mal” en las sociedades en las que ellas han nacido. Deben criar a sus hijas para que estén orgullosas de lo que son.

 

–Tuviste oportunidad de regresar a Somalia y volviste a ver a tu madre. ¿Pudiste hablar con ella de lo que te sucedió?

Cuando regresé, sentí que estaba llegando a casa. Fue una sensación extraña porque estaba excitada y a la vez triste. Es una tristeza que permanece porque veo lo que sigue sucediendo en mi país. La violencia sin sentido, la pobreza, la lucha constante por la supervivencia. Yo tuve muchas peleas con mi madre; pero hoy nos respetamos mutuamente y ella ha podido aceptar que viva una vida que es muy diferente a la de ella. Yo amo a mi madre y su compresión es algo muy importante para mí. No le guardo ningún rencor por lo que me sucedió. Ella no tenía demasiadas opciones para poder cambiar las cosas, no fue su culpa, sino de la sociedad. Una sociedad donde los hombres mandan. Ella sólo obedecía e hizo lo que pensó que sería lo mejor para mí.

 

–¿Podremos cambiar algún día la visión de esos hombres?

Ellos deberán entender que no hay ninguna necesidad de reprimir a la mujer. Que deben apreciar todas sus virtudes, incluyendo su sexualidad. Que nadie puede tener derecho sobre el cuerpo o el espíritu de una mujer, excepto ella misma. Hombres y mujeres debemos trabajar juntos para que esto no suceda.

 

 

“Hay que hacer cumpIir Ia Iey”

La mutilación genital femenina es una práctica que se realiza hace más de cuatro mil años. La mayoría de las niñas y mujeres que la han sufrido viven en veintiocho países africanos, aunque algunas están en Asia y en Oriente Medio. Por otra parte, cada vez se encuentran más casos en Europa, Australia, Canadá y Estados Unidos, sobre todo entre inmigrantes de estos países. El número de niñas y mujeres que han sufrido mutilación genital se estima entre 100 y 140 millones. Cada año, tres millones más de niñas se encuentran en riesgo de sufrir mutilación genital.

“El mundo esta tomando conciencia del problema de la mutilación genital –dice Waris–. Eso es ya un gran avance. Muchos países han promulgado leyes para prohibir esta aberrante práctica, además de desarrollar campañas para educar a los padres sobre los peligros a los que exponen a sus hijas al mutilarlas”. Todavía queda mucho por hacer. Aunque las leyes prohíben la mutilación, aún se practica en secreto. En Egipto, donde es ilegal, el mes pasado una niña murió luego de que se le practicara una ablación en un hospital público. Pero por primera vez los padres y el doctor que realizó la operación enfrentarán los cargos por esa muerte. Quizás esto sirva para dar un ejemplo”.

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