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Pareja

6 agosto, 2009

Un “para siempre” es posible


Opinión: por Sergio Sinay

Hay una pandemia de inmadurez que lleva a ­relaciones afectivas insatisfactorias. ¿Cómo cambiar el rumbo?

Hoy hay una gran cantidad de varones y mujeres inmaduros, pero lo son de manera diferente. En el caso de los hombres, hay una disociación: desde lo profesional son brillantes, toman decisiones como adultos, y en la casa son el hijo no declarado de la mujer. Este tipo de varón es absolutamente dependiente, demanda lo mismo que un hijo: comida, ropa limpia, que no lo comprometan en un nivel de igualdad y de responsabilidad en el funcionamiento de la casa… Buscan mamás, no esposas. Aunque las seduzcan como a mujeres que son pares de ellos, en el momento de la convivencia las empiezan a reducir al lugar de madres. Ni hablar cuando viene un hijo: se rompe todo vínculo de paridad de género y la convierten en una madre. Algunos se empiezan a llamar incluso “papi” y “mami”. Dos personas que se llaman así se ubican frente al otro en un nivel infantil. ¡Eso es pavoroso!

En el caso de las mujeres, la inmadurez tiene que ver con otra cosa. En términos generales –y esto también les cabe a los varones, pero es muy claro en las mujeres–, para muchos madurar es sinónimo de envejecer. Hay una gran confusión entre estos dos conceptos. La mujer, a pesar de lo mucho que ha avanzado, todavía no ha logrado cortar con el último y más fuerte lazo de dependencia con el hombre: depender de la mirada valorativa del varón para existir. Entonces, si lo que vale de la mujer es la apariencia, por supuesto que una mujer más joven lleva en esto las de ganar. Esto empuja a muchas mujeres a hacer todo lo posible para no envejecer desde el punto de vista físico, pero, sin darse cuenta, también lo trasladan al punto de vista emocional y actúan como nenas. También veo que aún muchas mujeres que son económica y profesionalmente independientes, en el fondo, viven con la angustia de creer que si no están protegidas por la presencia de un varón, corren el riesgo de desaparecer. Le tienen miedo a la indigencia afectiva o económica, aunque ya estén hechas. Lo que ven en un varón, aunque piden igualdad y varones sensibles, es si las va a poder mantener, si va a poder ser protector y proveedor. No se dan cuenta de que eso ya no es un problema, porque ya han desarrollado sus habilidades para la autonomía, para el autosustento. Pero esto está tan arraigado en la cultura que no se va a cambiar de una generación a otra. Igualmente, puedo decir que hay mujeres que logran salir de esta trampa y entender que ellas son independientes. Si nos detenemos a pensar a qué se debe esta pandemia de inmadurez, tendríamos que pensar en una raíz muy profunda. En la cultura occidental, hay un gran temor no resuelto, que es la mortalidad. Nos cuesta mucho aceptar que somos mortales. Hay una promesa de inmortalidad desde la ciencia y la técnica, pero la vida nos demuestra a cada rato que eso es falso. No queremos entender que la incertidumbre es parte de la vida y que no se crece ni un gramo en materia de madurez emocional si el sufrimiento no está presente. Y esto no es una defensa del sufrimiento; la vida es así. Lo decía Jung: no se crece sin dolor. El dolor de toparse con cosas que no esperábamos o con el límite.

Una gran demostración de madurez es poder aceptar al otro con sus luces y con sus sombras, sabiendo que todas las personas tienen lo que tienen y no tienen lo que no tienen, y que uno ha elegido entre personas que son incompletas desde el punto de vista del deseo de uno. Pero en mi expectativa, en mi deseo, todas van a ser incompletas, salvo en la etapa del idealismo del enamoramiento.

Madurar vale la pena. Porque cuando sos un adulto, sos el dueño de tu vida, de tus decisiones. Mientras no lo sos, siempre vas a culpar a alguien, siempre vas a estar insatisfecho, siempre vas a chocar con el límite del que te está llamando a madurar. El ganador inmaduro, el día que su mujer lo deja, va a sufrir como loco y va a buscar otra mujer que sea su madre.

Entonces, aunque parezca que es un gran ganador, en realidad, siempre va a ser dependiente absoluto de una mujer. Y la mujer que se dé cuenta de eso, lo va a tener siempre en un puño. Lo mismo pasa con una mujer que cree que necesita siempre de un varón para ser un ser completo, que cree que es un 0,50 y necesita otro 0,50.

Las personas que están en pareja y descubren que son inmaduras –para lo que se necesita una gran humildad y un enorme coraje– pueden tener en la compañía del otro la gran oportunidad de alcanzar su madurez, de creer, de convertirse en el adulto que cronológicamente es, pero que emocionalmente no es y acabar con esta disociación, porque toda disociación es disfuncional.

Un inmaduro es un adolescente. Se lleva el mundo por delante, confunde deseo con derecho, tiene poca capacidad para registrar al otro, no tiene un criterio de valoración del otro. Hace un berrinche porque la comida está fea o porque fueron a un lugar donde no se divirtió; no tiene tiempo para cosas familiares o de pareja, pero si tiene tiempo para el partido de tenis o para sus cosas. Si sos la esposa de un adolescente cuando creías que te habías casado con un adulto para construir un proyecto en común y llevarlo adelante, la verdad es que es injusto y eso termina destruyendo a la pareja. Cuando tenés un hijo artificial, no deseado, tenés un exceso en el casillero de los hijos y una falta en el casillero de un compañero afectivo, y te sentís sola.

Si en ese momento, con tal de no quedarte sola, de no separarte –y con tal de seguir teniendo la protección entre comillas que te da este señor-niño–, negocias internamente, lo que estás haciendo es sumar tu inmadurez a la inmadurez de tu marido. Porque en tu inmadurez no te crees capaz de labrarte una vida y llevarla adelante por vos misma.

Esa persona, antes que hablar con él, lo que tiene que hacer es preguntarse a sí misma por qué lo tolera, qué parte de ella está tomando un papel importante en esta relación. Cuando entienda eso, va a estar en condiciones de plantarse frente a él para decirle qué quiere de este vínculo, en qué condiciones lo quiere y si él puede trabajar por eso o está dispuesto a hacerlo.

Una vez que nos damos cuenta de que somos inmaduros, la primera pregunta que tenemos que hacernos es si queremos cambiar o no. Si yo no me doy cuenta, o no estoy dispuesto a hacer algo con eso, se pueden sentar todos los psicólogos del mundo, trabajar conmigo todos los días, y no va a pasar nada. Ahora, si me doy cuenta de que quiero cambiar, hasta un perro puede ser mi maestro, por decir una exageración. Darse cuenta implica darse cuenta de que estás tratando de ser lo que no sos y trabajar para ser el que sos. Quizá no estás con la persona adecuada, y quizá sí, pero tienen que cambiar las condiciones con esa persona.

Tenemos que llegar a ser lo que tenemos que ser, porque el sufrimiento se da cuando se vive contra la propia naturaleza, como querer ser joven cuando uno tiene 50. Eso es ir contra natura. Podré tener un lomazo, un auto buenísimo, tomar un frasco de Viagra, pero la vida me lo va a recordar una, dos, tres, veces, sin maldad, nada personal. Me va a poner en un estado de insatisfacción.

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