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Sophia - Despliega el Alma

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Inspiración

5 septiembre, 2018

Un manifiesto propio

Hay personas que van por la vida sembrando en tierras yermas, allí donde nada parece crecer. Gente de a pie que no tiene capacidades extraordinarias, salvo la de hacer caso a una fuerza interior que todos los días los impulsa a trabajar por un cambio, convencidos de que una sociedad más equitativa y más justa es posible. ¿Qué tienen ellos para decirnos en estos tiempos de cambios?


“Esto es para los locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los alborotadores. Las clavijas redondas en agujeros cuadrados. Los que ven las cosas de otra manera. No son aficionados a las reglas y no tienen ningún respeto por lo establecido. Puedes alabarlos, puedes no estar de acuerdo con ellos, puedes citarlos, puedes no creer en ellos, glorificarlos o vilipendiarlos. Pero la única cosa que no puedes hacer es ignorarlos. Porque ellos cambian las cosas. Ellos inventan. Ellos imaginan. Ellos curan. Ellos exploran. Ellos crean. Ellos inspiran. Ellos impulsan la humanidad hacia adelante”.

Hace veinte años, Steve Jobs presentaba a los empleados de su compañía el spot de su próxima campaña publicitaria, un mensaje que, más allá de captar clientes, buscaba contagiar el espíritu de una nueva etapa para Apple. En medio de esa misión, Jobs decidió comunicar “las cosas centrales en las que Apple cree”. El video era una sucesión de imágenes de Einstein, Gandhi, Edison, Lennon, Martin Luther King Jr, la bailarina y coreógrafa Martha Graham, la cantante María Callas, entre otros, mientras una voz en off –que empezaba con eso de “Esto es para los locos. Los inadaptados…”– continuaba diciendo: “Quizá tienen que estar locos (…) Porque la gente que está lo suficientemente loca como para pensar que puede cambiar el mundo es la que lo hace”.

Aquella publicidad se convirtió en un emblema y su contenido –“nuestro manifiesto”, había dicho Jobs– hoy se replica en afiches, remeras, videos de YouTube y cursos motivacionales. Fue reutilizado por la marca para nuevas acciones de marketing e incorporado en el corazón mismo de las Mac, en su versión OS X: como un sello de nacimiento, como un mantra que inspira y despierta.

“Ellos cambian las cosas. Ellos inventan. Ellos imaginan. Ellos curan. Ellos exploran. Ellos crean. Ellos inspiran. Ellos impulsan la humanidad hacia adelante”.

¿Qué conmueve de ese mensaje? ¿Por qué atrae tanto? ¿Dónde está el secreto de su perdurabilidad? ¿En las frases cortas? ¿En la invocación de esos nombres célebres? Quizás en nada de eso. Quizás en mucho más que eso.

Hay algo que une a esos personajes que menciona el manifiesto de Apple, más allá de compartir el hecho de haber sido fundamentales en el devenir histórico. Es algo que está en ellos, en los fuera de serie –en Einstein, Edison, Graham, Gandhi–, pero que también está en los Einstein, los Edison, los Graham y los Gandhi cotidianos. En esas personas que, en silencio, van por la vida sembrando en tierras yermas, regando allí donde nada parece crecer. Héroes y heroínas de a pie que no tienen capacidades extraordinarias, sino que hacen caso de una fuerza interior que todos los días los impulsa a trabajar por un cambio. Chiquito. Nada exorbitante. Pero imprescindible. Una llama que puede flaquear con vientos fuertes, pero que siempre se mantiene encendida.

Es una suerte de convicción, una brújula de nombre incierto, una voz que les dice “es por acá”, “puede fallar, y aun así vale la pena”. La maestra que cada mañana esparce las semillas del conocimiento, la científica que busca el alivio para una enfermedad, el periodista que investiga casos de corrupción, o simplemente aquella persona que cuida de un árbol. Ellos confían: apuestan a que una sociedad más equitativa y más justa es posible. No son ilusos, saben que el camino es arduo; conviven con la incertidumbre, pero no caducan ante ella.

Héroes y heroínas de a pie que no tienen capacidades extraordinarias hacen caso de una fuerza interior que todos los días los impulsa a trabajar por un cambio.

Podrá haber malas noticias, niños que sufren, injusticias, atentados, gobiernos despóticos y gobiernos deshonestos. En medio de eso, está la gente que confía en que aún hay bondad en el corazón de las personas, que todavía cree en la condición humana, que busca componer los lazos a fuerza de empatía y humildad, que a riesgo de perderlo todo apuesta a la fuerza creativa, al cuidado ambiental, a la justicia, a la potencia de la educación.

“Yo no creo en Dios, ojalá, pero sí en la bondad”, dijo hace poco al diario español La Vanguardia el psiquiatra español Jordi Domingo, un hombre que, tras recorrer leprosarios y descubrir que existía gente a la que nadie tocaba hacía más de cuarenta años, trabaja en su país por integrar a personas con trastornos psiquiátricos y visita pueblos africanos, allí donde nadie más va, con grupos de voluntarios expertos en salud. Él sostiene que, ante la epidemia de ansiedad y depresión que existen en el mundo, “la clave está en potenciar tu alma, la capacidad de amar y de dar”.

¿Qué los impulsa y los mantiene de pie ante la adversidad? ¿Es esperanza? ¿Es fe? ¿Qué sostuvo a Gandhi al acompañar al pueblo indio en su resistencia no violenta contra el Imperio británico, aun sin saber qué pasaría después? ¿Y a Martin Luther King Jr, en su lucha por los derechos civiles? ¿Qué fue?

Está la gente que confía en que aún hay bondad en el corazón de las personas, que todavía cree en la condición humana, que busca componer los lazos.

“La esperanza no es una condición pasiva. Apunta activa y comprometidamente hacia el futuro desde la poderosa decisión de revolucionar el presente”, dice el escritor argentino Sergio Sinay en su libro Qué vida vivimos (Urano, 2013). Para él, la esperanza se construye, es un proyecto y un mapa que orienta nuestro camino. “La verdadera esperanza va acompañada de trabajo, de esfuerzo, nos pide actitud y protagonismo. Nos hace una pregunta: ¿qué harás para que tu propósito se concrete?”, escribe.

El escritor ruso Leon Tolstoi, nos recuerda Sinay, decía que si el hombre vive, es porque cree en algo. Para Tolstoi, tener fe es sentirse parte de un todo más grande, saber que la realidad no termina en nosotros. “A diferencia de lo que ocurre con las creencias y las verdades cerradas, no se recuesta en algo que lo respalda, sino que avanza hacia aquello cuya presencia intuye y lo hace por un camino que abre mientras marcha”, comenta Sinay.

Para Tolstoi, tener fe es sentirse parte de un todo más grande, saber que la realidad no termina en nosotros.

En su libro Íconos del misterio (Península Atalaya, 1998), el teólogo español Raimon Panikkar sostiene que la fe es algo que está presente en todas las personas: “La fe es un constitutivo existencial del hombre (…) Uno puede tener la razón más obtusa y otro más aguda, uno la sensibilidad más despierta y otro más embotada; del mismo modo, todo hombre tiene fe, cultivada o sin cultivar, sea reflexivamente consciente o no de ello”.

¿Será que todos llevamos dentro, como las computadoras Mac, nuestro propio manifiesto, un sello de fábrica escrito en el alma que, al buscarlo en las profundidades de nuestro disco rígido, nos despierta y nos entusiasma, nos mueve hacia adelante y nos inspira?

“En África hay un concepto conocido como Ubuntu, el sentido profundo de que somos humanos solo a través de la humanidad de otros. Si hemos de alcanzar algo en este mundo, será en igual medida debido al trabajo y a los logros de otros”. Nelson Mandela.

“Creo absolutamente en un mayor poder espiritual, mucho mayor de lo que soy, de donde he obtenido fuerza en momentos de tristeza o de temor.  Eso es en lo que yo, muy, muy fuertemente, creo”. Jane Goodall, ambientalista.

“Creo en el arte como herramienta de transformación singular y colectiva, y me refiero al arte como experiencia, y no tanto como materialidad. Un arte que permite sembrar y transmitir mensajes de una manera profundamente humana. De ahí su potencia transformadora. La mirada de las personas cambia cuando la obra del artista -la expresión de eso que le sucede al encontrarse con el mundo- resuena en el otro y ese otro siente, entiendo algo que es nuevo, no solo con su mente, sino con todo su ser. También el arte transforma a quien se entrega a la experiencia de crear, de hacer algo con lo propio; ese es un viaje hacia afuera, y de ese viaje, como todos los viajes, volvemos transformados”. Lala Pasquinelli, artista visual, creadora del proyecto Mujeres que no fueron tapa.

“Soy voluntaria en la organización internacional Slow Food y desde allí trabajo para que todos tengamos acceso a una alimentación buena, limpia y justa. Para que lo que ponemos arriba de la mesa sea comida de verdad y para proteger las semillas, porque de esa manera protegemos la biodiversidad. Lo hago por mis hijos, para sembrar en ellos esperanza e ideales, pasión y un poco de locura para luchar por lo que anhelan. Mi visión de un mundo mejor es activa y solidaria; creo que ha llegado el momento de decidir cómo y en qué lugar de esta tierra queremos estar”. Perla Herro, cocinera. 

“No necesitamos un libro mágico, un gurú carismático, rituales primitivos. Solo necesitas tus cinco sentidos. Obsérvate a ti mismo, tu cuerpo y tu mente. En ellos encontrarás todo lo necesario, además de los recursos que Dios te dio”. Anthony De Mello, sacerdote jesuita y psicoterapeuta (1931-1987). 

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