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Solidaridad

7 junio, 2019

Créditos solidarios: un impulso para las mujeres

La banca comunal de Nuestras Huellas trabaja para acompañar a las emprendedoras de distintos barrios del conurbano, facilitándoles microcréditos para desarrollar sus proyectos de acuerdo a los valores de la economía popular basada en la confianza y el apoyo mutuo.


Paz González (izquierda) junto a las emprendedoras que participan de Nuestras Huellas.

Por Carolina Cattaneo

Varones. De traje. Frente a pantallas atoradas de números, planillas de Excel y gráficos con curvas. Una larga historia de exclusión hace que, cuando pensemos en la palabra finanzas, la asociemos a una imagen estereotipada masculina y poderosa.

Pero un jueves soleado de otoño, en la localidad de Benavídez, partido de Tigre, la escena es distinta. Luce así: hay cuatro mujeres, de jeans y musculosas, sentadas alrededor de una mesa en la cocina comedor de una casa de una sola planta, que a su vez comparte terreno con otra; la luz natural de la hora de la siesta las ilumina y ellas hacen circular un mate mientras hablan de dinero, de créditos y de tasas de interés, de batallas personales y de aprendizajes, de autoestima y de redes comunitarias. Por momentos ríen y por momentos lloran. Y entre tanto, resumen qué es y cómo llegaron a Nuestras Huellas, la asociación civil dedicada a promover el desarrollo de mujeres emprendedoras de acuerdo a los valores de la economía popular y solidaria y a través de microcréditos, educación financiera y acompañamiento.

Un juego de palabras que se sostiene sobre una sola: confianza.

A la izquierda, Beatriz Flores, 46 años, vecina de Del Viso, fabricante de calzado liviano y madre de tres hijos. A su lado, Paz González, 36 años, licenciada en Administración de Empresas, directora ejecutiva de Nuestras Huellas; mamá de tres varones. En la punta de la mesa, Cynthia Toledo, 37, la dueña de casa: orfebre, madre de Ámbar. Y cerrando el círculo, Griselda Cardozo: 35 años, de Benavídez, madre de dos hijos y a cargo de su emprendimiento de productos de cerámica. Beatriz, Cynthia y Griselda, las tres emprendedoras, llegaron a Nuestras Huellas por recomendación de alguna conocida o amiga que apostó a ellas para invitarlas a unirse a los bancos comunales que promueve la ONG.

Paz González se acercó por otro camino. Primero fue voluntaria y con el tiempo fue teniendo distintos roles en la organización hasta asumir la dirección ejecutiva. “Yo estudiaba administración y no me interesaba la gestión por la gestión misma, estaba pasando por una crisis vocacional cuando mi papá me regaló el libro Hacia un mundo sin pobreza, de Muhammad Yunus, donde él describió el modelo del banco Grameen. Me rompió la cabeza, sentí que estaba alineada a sus valores y a su modelo, que es muy disruptivo, cuestiona las finanzas en todos sus aspectos y pone en el centro a las mujeres”.  

Griselda pudo cumplir el sueño de crear su propio empredimiento de cerámica.

La propuesta de Yunus, economista y líder social que sentó las bases de las microfinanzas y ganó el Premio Nobel de la Paz, se expandió por todo el mundo y muchas personas comenzaron a crear redes de este tipo, en la que las personas que tomaban los créditos no tenían que pagar altas tasas a usureros inescrupulosos y podían invertir poco a poco en el desarrollo de sus negocios, por más pequeños que fueran. Una de esas personas que se inspiró en Yunus fue el norteamericano John Hatch, diseñador de los llamados Bancos Comunales, metodología que, con variantes, hoy aplica Nuestras Huellas en distintos barrios del norte del conurbano bonaerense.

Beatriz, Cynthia y Griselda son tres de los más de 500 emprendedores distribuidos en 70 bancos comunales socios de Nuestras Huellas. ¿Qué son los bancos? Grupos de al menos siete integrantes que, por lo general, se conocen. Con un 95%, las mujeres son mayoría, según las cifras de la organización. Son amigas, parientes o vecinas que comparten algo en común: la confianza de unas con otras, base para que puedan tomar créditos, cumplir con los pagos y ofrecer préstamos a personas ajenas al grupo.

Nuestras Huellas no junta a las personas, las personas se eligen para ser parte de un grupo de confianza donde todas son emprendedoras —explica Paz González— . Ellas reciben un microcrédito de entre 3 mil y 35 mil pesos para invertir en su propio emprendimiento. En el grupo son garantes unas de otras: si una no puede pagar la cuota de su crédito, las demás ayudarán a cumplirlo. Confiamos en que todas las personas son personas de bien y partimos de la base de que todo puede mejorar. Trabajamos desde la potencia y no desde la carencia”.


Beatriz fabrica calzado liviano y Cynthia obras de orfebrería gracias al aporte de la banca.

El sistema es circular: Nuestras Huellas es un puente entre las instituciones bancarias tradicionales y aportes del Estado y los llamados bancos comunales; recibe préstamos del sistema financiero formal y con eso otorga microcréditos a emprendedores a tasas más bajas. Luego, quienes toman los créditos, invierten en sus desarrollos, obtienen ganancias, generan ahorros y, más adelante, están en condiciones de prestar dinero —entre ellas o a personas ajenas al grupo—. Al prestar, cobran intereses y eso les permite seguir el camino de invertir, ganar, ahorrar, prestar.

«Confiamos en que todas las personas son personas de bien y partimos de la base de que todo puede mejorar. Trabajamos desde la potencia y no desde la carencia», explica Paz González, directora ejecutiva de Nuestras Huellas.

Cynthia Toledo es la más antigua de las tres emprendedoras que esta tarde están reunidas en su casa. Orfebre, ella se unió con la necesidad de poner a funcionar su taller, que ya estaba montado, pero que para producir necesitaba materia prima y no podía pagarla. Desde 2013, y por recomendación de la mamá de una compañera de colegio de su hija Ámbar, se sumó a uno de los bancos comunales. El primer préstamo que recibió fue de mil pesos. “Salí de cobrar y me fui a la calle Libertad. Compré todo en plata. Esa fue mi inversión”, cuenta.


«Nos cobramos un interés muy bajo. Es para nosotras, pero también para la comunidad, porque pueden acceder quienes no tienen un recibo de sueldo. En esos casos, están los bancos comunales que confían en vos, en tu emprendimiento o en tu proyecto de hacer el piso de tu casa. La garantía somos nosotras», cuenta Cynthia Toledo, una de las emprendedoras más antiguas.

Las mujeres que conformamos el grupo nos prestamos dinero entre nosotras. Con el tiempo, gracias a nuestros ahorros, la caja se fue acrecentando y en vez de tener el dinero estancado, empezamos a prestarnos más y decidimos lanzar un crédito de vivienda para las que querían hacer mejoras en su casa. Nos cobramos un interés muy bajo. Es para nosotras, pero también para la comunidad, porque pueden acceder quienes no tienen un recibo de sueldo. En esos casos, están los bancos comunales que confían en vos, en tu emprendimiento o en tu proyecto de hacer el piso de tu casa. La garantía somos nosotras”, dice Cynthia.

Si alguna de las personas a las que se les dio el crédito incumplen con alguno de los pagos, el grupo lo cubre con un fondo destinado a eso, al que llaman “caja solidaria”. Cuenta Cynthia: “En todas las reuniones ponemos diez pesos cada una y la deuda se solventa con eso. Después llamamos a la persona, le preguntamos qué pasó y la acompañamos con un seguimiento”.

Dejar huella, crear comunidad

Beatriz es la más nueva de las tres. Llegó a uno de los bancos comunales porque una amiga la invitó a participar de una capacitación que iba a dar Nuestras Huellas. “Yo creo en esto de que nos salvamos entre todos, lo profeso. En mí lo tengo incorporado, pero hasta ahora no tenía dónde explayarlo. Había accedido a distintos créditos, pero nunca nadie me fue acompañando, solo me prestaban el dinero”. El destino de su primer préstamo, dice, era material para hacer chatitas.

La situación personal que atravesaba Griselda cuando se acercó a un banco comunal para acceder a un microcrédito no era fácil. Había dejado un puesto de empleada administrativa en el que había estado doce años y del que siempre supo que se quería ir. Dejarlo era arriesgado, pero ella se atrevió. Quería dedicarse a trabajar con cerámica y, no bien pudo comprarse un horno, abandonó su empleo y la seguridad de un salario a fin de mes. Primero fue clienta externa y, más tarde, se incorporó como miembro al banco comunal Siete Reinas. Allí lleva dos años y dinero invertido en tazas, pigmentos y calcos para su emprendimiento, Mi tacita. Empezó comprando de a 20 piezas y ahora lo hace de a 200.

Ahorro es la palabra clave y se promueve entre todos los grupos. “Desde el primer momento se insiste en que cada una haga un pequeño ahorro, desde $ 5, y a partir de ahí, lo que cada una quiera. Buscamos derribar el mito de que no se puede ahorrar y que las personas vayan descubriendo que tienen potencias y capacidades a nivel personal y también a nivel económico
—dice Paz González—. Hoy tenés cinco pesos, mañana tenés diez, veinte, treinta, hasta que un día decís: ‘Ah, mirá cómo podía’”.

“Yo creo en esto de que nos salvamos entre todos, lo profeso. En mí lo tengo incorporado, pero hasta ahora no tenía dónde explayarlo. Había accedido a distintos créditos, pero nunca nadie me fue acompañando, solo me prestaban el dinero”, comparte Beatriz, la más nueva de las tres.

La ONG acompaña la gestión del dinero que hace cada emprendedora. El monto que cada una pone en esas cajas de ahorro colectivas está registrado y todas saben qué cantidad desembolsa cada una. En cada banco hay secretaria y tesoreras. La decisión de cuánto aporta cada una es personal, y cuando alguna persona del grupo o alguien de afuera llega con necesidad de un préstamo, las integrantes del banco deciden en conjunto si se lo otorgará. Los intereses que cobra el grupo, más tarde, se irán repartiendo entre cada uno de sus miembros, de forma proporcional a su cantidad de ahorros.

Más allá del dinero, de alguna u otra forma, la vida laboral de las mujeres que integran los bancos comunales cambia. Ellas se educan en finanzas, en manejo de fondos para sus emprendimientos y a la vez crecen en sus profesiones y oficios. A nivel personal, también: muchas veces, el dinero prestado lo usan para hacer mejoras en sus casas. Las ventajas, como la confianza y el dinero, se multiplican.

Cynthia nunca había podido ahorrar. “Después de un tiempo en el banco comunal entendí lo importante que era. Empecé a juntar, juntar y juntar y me pude comprar la mesa del comedor. Y más tarde, con los ahorros de Huella, me fui de vacaciones por primera vez. Agarré a mi nena y le dije: ‘Am, nos vamos de vacaciones’.

GRUPO Las mujeres se entienden, se comprenden, se apoyan y sobre todo, se ayudan; cuando una tiene un problema, las otras lo sienten como si fuera propio y desde ese lado colaboran en grupo para la solución de conflictos. El banco comunal combate el aislamiento. Es un espacio de pertenencia, donde se genera un vínculo transparente y confiable entre las personas, más allá de lo económico.

CAPACITACIONES Existe un plan de capacitación sobre emprendimientos, tecnología y finanzas, con metodologías de aprendizaje participativas, donde se exploran temáticas y se desarrollan habilidades desde sus propias experiencias e historias. El propósito de la formación es contribuir, a través de la educación, a que las emprendedoras tengan más herramientas.


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