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Inspiración

5 enero, 2018

Un camino hecho de estrellas para esperar a los Reyes Magos

La tradición cristiana nos habla de que tres hombres sabios llegaron del Oriente para celebrar el nacimiento del niño Jesús. Para muchos, aún hoy, más de dos mil años después, la del 5 de enero sigue siendo una noche de magia. Aquí, un relato personal que rescata un recuerdo de infancia en donde la ilusión de una niña, el amor de una abuela y el milagroso misterio de la vida se conjugan bajo un cielo estrellado de pueblo.


Por Ana María Cagnin

¿Por cuál de las puertas entrarían los Reyes Magos aquella noche? Yo no estaba en mi casa, estaba en la casa de mi abuela, que vivía en otro pueblo. La casa de la abuela tenía tres puertas para entrar y para salir. La de atrás, que estaba cruzando las galerías y todos los patios, daba al callejón y era más pequeña que las demás. Las otras daban a la calle por la que pasaban autos: por la  del costado  entraban el lechero y los vendedores que traían los pedidos de la verdulería y la carnicería. Luego, la puerta principal, era grande y alta, con llamador y buzón; si entrábamos por esa puerta después seguíamos hasta pasar al primer patio. En la parte de adelante de la casa de mi abuela funcionaba la maternidad, el lugar donde las mujeres del pueblo iban a ser atendidas para tener a sus bebés. Mi abuela, primero, y mi tía, después, eran las encargadas de traer a sus hijos al mundo. Llamativamente, esa noche de Reyes no había llegado ninguna .

“Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?»”. Evangelio de Mateo (2, 1-2), versión Reina-Valera, 1960

Así que con la abuela sacamos sillas a la vereda y nos sentamos bajo una de las ventanas. Hacía mucho calor, la pared de la casa todavía estaba caliente y se veían muchísimas estrellas: “Cuando hace tanto calor el polvo de estrellas se queda bajito entre el aire que respiramos”, me comentó la abuela.

Yo le dije que no sabía si los Reyes Magos me encontrarían esa noche, porque yo no estaba en mi casa, y la abuela me respondió: “Mira mucho el cielo, respirá hondo, muy hondo para que la luz de las estrellas haga un camino que llegue hasta tu corazón, imaginatelo, sentilo desde allá lejos llegando hasta muy adentro tuyo, y por ese camino, bajarán los Reyes Magos a encontrarte, porque ellos son ancianos viejos y sabios que conocen esos caminos como cuando lo encontraron al Niño Jesús.

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.  Evangelio de Mateo (2, 11), versión Reina-Valera, 1960

Uno es rubio, Melchor, como era mi papá, tu bisabuelo Pío, es el que sabe cómo se hace una casa, cómo ponerle un piso de mosaicos de colores, cómo hay que hacer un pozo para que salga agua, cómo cortar la madera para hacer una mesa, una cuna, una biblioteca, cómo hacer el fogón de una cocina que guarde el olor de la sopa. El otro es Baltazar, es negro como el tizne, y es el que sabe de elefantes de colores, de leones que reinan en las selvas verdes y rumorosas, que sabe de tambores, que hace música, que habla y llama a los amigos cruzando el aire de los ríos y hace bailar los pies, las manos y todo el cuerpo y a la vez sacar una voz de la garganta y cantar como los pájaros del cielo. El otro es de la piel del color de las aceitunas, se llama Gaspar, y es el que sabe de los tules y las lentejuelas para hacer trajes de bailarinas, de botones de nácar y de botones de todas las formas y colores y de géneros para los abrigos del invierno y de blancas y tibias gasas de algodón  para  hacer los pañales de bebés. Y los tres, siempre que vos les traces tu camino de estrellas, vendrán a encontrarte, estés donde estés y aunque ya seas una viejita como yo”.

Esa noche me fui a dormir enlazada a mi camino de estrellas. A la mañana, cuando me desperté, oí que un niñito lloraba en las habitaciones de adelante, y al levantarme, vi que para celebrar su llegada ya había muchos parientes, y había  tanta alegría, y estaba segura que, como con en el pesebre del Niño de Belén, entre ellos, estaban los Reyes Magos, y le habrían traído oro, porque iba ser el rey de la familia, incienso porque todo niño es un hijo de Dios, y mirra porque crecería y sería un hombre como todos los hombres: como la vecina, como el lechero, como yo, con sus fortalezas y debilidades, su nacimiento y su muerte. Y así fueron hasta hoy mis noches de Reyes Magos, noches de abrirles un camino desde las estrellas hasta mi corazón y, al amanecer, celebrar la vida nueva que siempre renace bella y esplendorosa.

 

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