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Inspiración

26 julio, 2017 | Por

Un abuelo a mi medida

En el Día del Abuelo, compartimos la historia hilvanada por una nieta, periodista de Sophia, a través de las imágenes y los relatos familiares que quedaron a su alcance cuando él partió. Piezas fundamentales de un rompecabezas para construir a ese ser especial, poético y solidario, que fue su abuelo materno.


La autora con sus abuelos maternos, en el festejo de su primer cumpleaños.

Siempre que puedo lo digo. No es que ande por ahí comentándolo, pero toda vez que la ocasión lo amerita, ahí estoy yo, fingiendo desinterés y preguntando, con cierto aire de grandeza: “¿Te conté que mi abuelo era boxeador, boxeador y poeta? ¿Y que le dio clases a Monzón en Santa Fe?”.

Apenas lo conocí. Cuando él murió, yo tenía cuatro años, de modo que recuerdos, lo que se dice recuerdos auténticos, tengo pocos. Guardo una imagen borrosa de su cara, siempre atravesada por una cinta scotch que iba desde uno de sus párpados inferiores hasta la mitad del pómulo. Lo demás es una construcción, retazos elegidos de lo que oí y sé de él por relatos ajenos, el molde a mi medida del padre de mi madre.

Era impoluto, elegante. Tocaba el violín; se carteaba con sus amigos Fernando Birri y Miguel Brascó; regalaba caramelos a los chicos que iban a su oficina y le gustaba parar a comer en los restoranes de la ruta cuando viajaba en auto en familia. Salió fotografiado al lado de Borges; miraba las peleas de boxeo con su yerno, mi padre, fumando habanos y tomando whisky: por lo demás, era abstemio. Fumó hasta morir. Leía hasta el amanecer. Fue un ecologista prematuro, fue amigo de los pobres, fue padrino de hogares de niños, fue escribano. Fue boxeador. Y fue poeta. Tuvo un perro al que llamó Carter, por el presidente pacifista de los Estados Unidos. Viajó a Europa una vez; de regalo, le trajo a prima, su primera nieta, una muñeca negra.

Su lápida, encabezada por una inmensa cruz de madera, dice: “Amó a Coronda”. En su juventud temprana y romántica eligió ese pueblo del litoral santafesino para formar su familia. Allí fue juez de paz. Se declaró peronista. La llamada Revolución Libertadora lo sometió al dolor de los intelectuales: un día cargó sus libros en una bolsa, los llevó a una panadería y los prendió fuego en el horno. Abandonó el pueblo y se mudó al Gran Buenos Aires. Esperó a su familia durmiendo en un colchón dentro de una pieza diminuta. Levantó su casa, ejerció la escribanía, fundó la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes del barrio;  se hizo amigo de Soldi.

“Sos mi preferida”, dice mi madre, que le dijo su madre, que él me dijo en susurros, creyendo que nadie más lo oía hablarle a una beba de pocos meses que descansaba en su cama. De él guardo esa anécdota y algunos de sus libros, llenos de anotaciones, siempre en la primera página: Camus, Thoreau, Whitman, Dos Pasos, Hemingway. Lo demás es una construcción, el molde a mi medida de mi abuelo boxeador y poeta.

 

(Nota de la autora: cuando compartí el texto con mi madre, comprobaría aquello de que los recuerdos borrosos a veces mutan y se convierten en construcciones propias, arbitrarias: ella no recuerda haber visto a mi abuelo y a mi padre fumar habanos y tomar whisky. Mi padre dice que mientras miraban las peleas, solían tomar café, aunque, en ocasiones, tal vez sí, algún scotch acompañaba la jornada televisiva de box).

 

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