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6 abril, 2018 | Por

¿Todos vivimos en la casa de papel?

Con mono de color rojo y máscaras de Dalí, un grupo de atracadores armados hasta los dientes toma la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre de España, dejando 67 rehenes dentro. ¿Por qué muchos de nosotros nos enganchamos con esta serie que muestra la fragilidad de todos, buenos y malos?


El ritmo arrasa. La apuesta es evidente. La respiración se torna, por momentos, entrecortada. Y aunque puede llegar a parecer inverosímil a veces, rememorando situaciones bizarras de algún Gran Hermano, no podemos dejar de verla. Es que La Casa de Papel nos hizo quedar prendados a la pantalla de solo acercarnos a ver qué estaba pasando allí, para que todos hablaran de eso: ocho atracadores con nombres de ciudades y pasados endebles (Tokio, Berlín, Nairobi, Río, Moscú, Denver, Río, Helsinsky, Oslo) vestidos con enteritos rojos y máscaras de Dalí, bajo la órdenes de un malo con extraños visos de humanidad (el Profesor), y la atenta mirada de una inspectora de policía, mujer tan fuerte como frágil, que debe negociar con ellos durante la toma de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre de España, con 67 rehenes −17 de ellos menores− dentro. De eso, nada más y nada menos, se trata toda esta cuestión.

La atracción que generan los robos no es nueva y nos acompaña desde que el mundo es mundo, o más bien desde que aquellos que supieron hacer de los atracos relatos épicos, nos convidaron las extrañas conductas de esos personajes: seres humanos en el fondo comunes y corrientes, aunque dispuestos a hacer cosas excepcionales como empuñar un arma o quedarse con el dinero de otros. Pero claro, es que ahí viene la cuestión: en este loco mundo no son solo los delincuentes quienes se baten a tiros, ni tampoco son solo ellos quienes se quedan con aquello que no les pertenece. ¿O no viene España de una dura crisis donde la credibilidad en las instituciones −esos que deberían ser “los buenos” de la historia− llevó a la gente a cansarse y decir “basta”, para buscar nuevos paradigmas?

En el fondo, si lo pensamos bien, todos hemos pasado nuestras horas encerrados en una enorme casa de papel. Una construcción endeble y llena de defectos. Tan sutil que un viento fuerte puede derribarla. Tan increíblemente bien dibujada que parece de veras. Tan falsa como el papel moneda que imprimen sin parar los atracadores de esta serie que hoy estrena su segunda temporada, con la ilusión de llevarse el botín más grande del siglo. Tan lejos de lo que de verdad importa… ¿Y todo eso para qué? ¿Para mandar el sistema al cuerno? ¿Para ganar el respeto, la admiración o el abrazo que hizo alguna vez tanta falta? Para lo que sea que los acerque a otros, quizás. A los buenos y a los malos, porque entonces parece que nadie es una cosa o la otra, de un modo inequívoco y permanente.

“Esto es un patriarcado”, dirá en el próximo capítulo Berlín, el líder de la banda, un psicópata de antología al que cometer maldades le hace agua la boca, literalmente (cabe destacar aquí la magistral interpretación de todo el elenco), antes de ver amenazado su reinado. Y es de pronto allí que se condensa un poco el espíritu que su creador, el productor español Álex Pina, ha querido darle a su criatura: la humanidad es, en el fondo, una gran familia que debe rever sus lazos primordiales. Una casa donde los claroscuros se tornan demasiado evidentes. Un lugar donde uno puede vivir, morir, salvarse.

A través de la narración en off de Tokio, que no por nada es mujer, queda claro que la misión es reflejar el momento que de algún modo todos, a nivel global, atravesamos. Las viejas estructuras cayéndose a pedazos, los mensajes contradictorios de la sociedad a través del Estado y de los medios, las oportunidades desafiantes, la falsa ilusión del dinero como ese motor que todo lo puede, pero que al final de poco vale cuando la vida está en jaque, o lo están aquellos vínculos capaces de sanar las heridas profundas. Y es que salvo las personas, sus almas, todo lo demás es apenas un puñado de papeles que pueden volar por el aire.

No será la primera vez que los planes deban reformularse por amor. Ni tampoco la última en que los seres humanos cometan errores fatales, queriendo o sin querer. Veremos cuál es el desenlace que nos depara esta serie que nació en Antena 3 y que hoy puede verse por Netflix. El final está cerca y las despedidas siempre dan un poco de pena, ¿cómo no? Pero de eso trata: de reflexionar cómo ha sido camino que nos ha traído, a cada quien, hasta el living de nuestra propia casa de papel, donde hoy nos sentaremos para comenzar a andar el final de una historia donde nada es lo que parece ser.

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