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Pareja

14 noviembre, 2011

Tiempos de convivencias exprés


Cada vez más, las parejas jóvenes eligen vivir juntos. ¿Cuáles son los riesgos de saltearse la etapa del noviazgo por cumplir un capricho adolescente? Por Isabel Martinez De Campos.

Marina tiene 22 años. Convive desde hace seis meses con Juan, a quien conoció una semana antes de mudarse con él. “Juan tenía un depto de dos ambientes, y yo justo tenía que renovar mi contrato de alquiler. Sentimos tanta atracción que dije: ‘Y bueno, pruebo, no tengo nada que perder’”.

Pedro y Marcela estaban de novios desde hacía un mes, y ambos vivían solos. Se fueron un fin de semana a una chacra donde les regalaron un perro. “No sabés lo divino que era. Los dos queríamos tenerlo, así que nos fuimos a vivir juntos. Te va a parecer increíble, pero tomamos la decisión por el perro”, dice Marcela, que se separó de Pedro hace tres meses.

Éstas y otras historias dan un panorama de una nueva forma de relacionarse: “convivir de entrada”. Este fenómeno, que tiene lugar entre los chicos de 22 a 27 años, está echando por tierra el viejo concepto de noviazgo, que parece una pérdida de tiempo para los jóvenes de la segunda década del siglo XXI. Antes, a los 23 años se le preguntaba a una chica: “¿Cuántas veces estuviste de novia?”. Hoy, la pregunta es “¿Cuántas convivencias tenés?”. Y te pueden responder que tres, cuatro o más.

Cuando los integrantes de una nueva pareja hablan, las palabras que usan para graficar su decisión de convivir son “pintó”, “se dio”, “teníamos química”, “decidimos probar”, “no lo pensé, agarré mis cosas y me instalé en su casa”, “me dieron ganas”. En cuanto a los tiempos, cuentan que se mudan juntos a las dos o tres semanas de conocerse. Algunos, incluso, después de la primera cita. Es el tiempo de las “convivencias exprés”, donde todo se prueba y se transita, donde nada es para siempre.

Fernando Petroni, psicólogo de pareja y presidente de la Fundación Arché, hace un análisis de esta realidad. “En el consultorio, se ven con frecuencia parejas que comienzan a vivir juntos poco después de conocerse, sin más trámites que haber salido durante un breve tiempo, sentirse agradablemente bien juntos y verificar que, como se dice, hay química sexual. Por supuesto, no existen mayores garantías (si es que en algún caso pudiera haberlas) de que la experiencia sea exitosa. La confianza no radica tanto en que la decisión resulte acertada, sino más bien en que si no funciona, no será la muerte de nadie”, explica Petroni.

En definitiva, el foco de los chicos es distinto al de otros tiempos, cuando las parejas se preguntaban: “¿Cómo saldrá?” o “¿Valdrá la pena?”, y la decisión tenía la impronta de apuesta matrimonial. Para los jóvenes no parece haber preguntas; es una opción más, un pruebo y listo, más allá de los resultados. Las preguntas que surgen son estas: ¿Son más libres que antes?, ¿Es sana y espontánea esta manera de relacionarse?, ¿Qué consecuencias trae la convivencia sin un conocimiento previo?, ¿Es necesario tan rápido?

“La decisión de convivir rápidamente significa cosas diferentes según la edad, la condición sociocultural de los novios o las historias familiares. A veces, se trata de chicos de entre 22 y 25 años, aún con rasgos adolescentes. Frente a ellos, uno se pregunta: ‘¿Cuál es el apuro? ¿Es por la convivencia, o se trata de la huida de una situación que no se vive con mucha felicidad?’”, reflexiona Fernando Petroni.

Tal vez debemos pensar si tenemos derecho a juzgar la manera que cada generación tiene de entender el amor. Erich Fromm, en su libro El arte de amar, asegura que el amor requiere conocer a la otra persona, reconocer los defectos del ser amado y ver lo bueno y lo malo de la relación. Cuando amamos a alguien, podemos ver sus defectos y aceptarlos; podemos ver sus fallas y ayudar a superarlas. El amor nace de la convivencia, de compartir, de dar y recibir, de intereses mutuos, de sueños compartidos. Y en ese sentido, el noviazgo juega un rol fundamental.

“El noviazgo es un período de discernimiento individual y compartido, de conocimiento de mí y del otro en la relación, de sueño y planificación de objetivos. Es un período que funda una nueva cultura que se produce con los materiales de mi historia y de la del otro, pero que consistirá en un diseño nuevo, irrepetible y, tal vez, superador de nuestros pasados. Esta tarea comienza a gestarse desde bastante antes de la convivencia o de casarse. En este encuadre actual de convivencias exprés, el noviazgo no parece tener sentido”, explica Fernando Petroni.

El juego de ser adultos

En estas edades tempranas, la convivencia parece tener bastante de juego, de experimentar algo intenso y desconocido. Todos hemos tenido esa sensación de querer vivir algo nuevo y “tirarse a la pileta”. Pero después del arrojo, cuesta sostener la realidad de lo que realmente implica la convivencia.

“Jugar a ser adultos no es lo mismo que querer serlo. Cuando éramos chicos, nos gustaba jugar a ser papá o mamá, hacer que trabajábamos o usábamos ropa de grande, pero no teníamos ninguna intención de dejar de ser los niños que éramos; simplemente jugábamos. Algo similar ocurre en estas aventuras de parejas tempranas: se visten de grandes, pero no intentan serlo”, dice Petroni.

En algún punto, la entrega desde el alma, la apertura y vulnerabilidad mutuas no aparecen. Lo que sí está es el compartir momentos. “Si vivir con el otro significa realmente emprender juntos la vida, eso implica hacerme cargo del otro y saber que necesito que el otro se haga cargo de mí. De no ser así, se trata sólo de un cohabitar mostrándonos y degustando nuestras intimidades, pero no involucrándolas”, sostiene Petroni

Relación adolescente vs. relación adulta

Según Petroni, la ansiedad de los jóvenes por convivir tiene más que ver con un comportamiento adolescente que con un camino hacia la adultez. Cuando éramos chicos, probábamos ese primer noviazgo, sin importar si duraba poco. Nos enamorábamos de alguien y nos cansábamos. En un abrir de ojos, ya mirábamos para otro lado.

Lo mismo sucede hoy con estas parejas exprés. “La adolescencia es un período de exploración, de búsqueda, de sueños. El adolescente se halla, en parte, relevado de la estrictez del resultado. Pero el adulto es consciente de la profundidad de lo que sostiene en sus manos; de lo definitivo de sus opciones, tanto en la pareja como en el emprendimiento de su vocación. El adulto intuye lo fundacional de sus decisiones vitales; el adolescente no. Por supuesto que no siempre sostiene sus opciones, ni aun las de fondo, pero siempre conoce (aunque a veces lo disimula) la gravedad de lo que está en juego. Estas convivencias no son sustentables porque la pareja requiere una disposición a sostenerse más allá de los humores del momento, y debe resignar otras cosas que aún disfruta. Por ejemplo, muchas parejas que hoy conviven salen a bailar con amigas o amigos, lo que genera un difícil equilibrio de derechos”. Están en pareja pero, al mismo tiempo, no quieren perder nada.

“Esta excesiva confianza en la aventura lleva implícita la desvalorización de lo que significa compartir la vida. Nadie trata con tanta improvisación y descuido lo que precia y valora”, asegura Petroni.

Entonces, es realista esa actitud de “Pruebo convivir porque tuve química y punto” o “Si no resulta, estará todo bien”.

Un amigo solía decir que en nuestras vidas podemos intentar casi cualquier cosa, excepto evitar las consecuencias. Y las hay de todo tipo. “La peor consecuencia que uno observa en estos jóvenes es que pareciera no haber consecuencias. En algunos pocos años atraviesan convivencias sucesivas, se sacuden el polvo después de cada una de ellas y parecen no haber registrado aprendizaje alguno. La juventud no es sólo una etapa divertida, sino también un momento de aprendizaje vital. En esta simulación de adultez precoz, estos chicos se encuentran en el futuro casi igual de ‘pende…’ por fuera pero anticipadamente ‘gastados’ por dentro. Es como si nada fundamental les hubiese pasado: convivencias, fracasos, algún hijo en alguna de esas convivencias. Insisto en que esa ‘impunidad psicológica’ es directamente proporcional a lo poco involucrados que han estado en esas aventuras. La secuencia que se observa es, de manera simplificada, más o menos así: cuanto más presente y entregado me sienta en la experiencia de pareja, más intensa es mi participación en ella (tanto con mis positividades como con mis negatividades), y, por ende, más permeable me torno a lo que acontezca (en sus luces y sus sombras). Todo esto me enriquecerá proporcionalmente a esta entrega, más allá de la eficiencia de los resultados. Si nada aprendo es porque mientras pasaba esto, yo estaba en otro lado.

Las madres precoces, por ejemplo, maduran a veces en una proporción muy superior a sus pares en edad y a los varones. Aquello que fue en su momento una carga se convierte en pasaporte a una vida más plena, más intensa”, concluye Petroni.

Por eso, aun en los fracasos, puede haber consecuencias positivas, dramáticas pero de crecimiento. Esto dependerá de la disposición a la entrega que ofrezcan los protagonistas. Como sabemos, en ocasiones, “lo que no mata fortalece”, pero sólo en la medida en que se asuma como golpe y no se niegue con frivolidad.

Ya llevo cuatro convivencias

Patricia Álvarez, 29 años

Antes tenía la teoría de que el amor no era para siempre, que había que dejarse llevar por lo que uno sentía. No sé si hoy creo en el amor para toda la vida, pero tampoco pienso de manera tan liviana. Sí creo que la familia no es la de antes; que hay personas de mi generación que quieren tener hijos aunque no estén en pareja y que las mujeres no nos atamos a un matrimonio que no queremos. Además, hoy las personas ya no se toman tanto tiempo para “estar de novias”, sino que enseguida se van a vivir juntas. Yo lo hice, pero después de cuatro convivencias, me di cuenta de que no era lo mejor para la pareja.

La primera vez que conviví fue a los 19 años. Conocí a un chico que venía del interior y tenía un departamento alquilado. Nos enganchamos y me preguntó si quería mudarme con él. Yo vivía con mis viejos, pero no lo pensé; me pareció divertido probar. Estuvimos juntos un año, no nos llevábamos muy bien porque no nos conocíamos, y yo tenía ganas de probar la experiencia de vivir sola, así que alquilé un departamento con una amiga.

No estaba enamorada de ese chico; sólo me divertía la idea de intentar una experiencia más adulta. Con mi amiga viví dos años hasta que conocí a un chico en la facultad. A los dos meses, nos fuimos a vivir juntos. Había mucha atracción sexual, pero nada en común. Él se fue rápidamente y un año después empecé a tener problemas para pagar el alquiler. Pero entonces conocí a un periodista. La quinta vez que estuvimos juntos, tipo chiste, me preguntó si quería mudarme con él. No lo dudé, agarré mis valijas, rescindí el contrato de mi departamento y partí. Estuvimos juntos un año; era una relación muy libre. Cada uno salía por su lado, tenía sus amigos, sus fiestas… Cada uno hacía su vida, pero un día él decidió que prefería estar solo.

Unos meses después me volví a poner de novia y, otra vez, alquilamos juntos para compartir gastos. Duramos muy poco, y después de esa cuarta convivencia, con 26 años, empecé a pensar si no debería haberme tomado más tiempo para conocer a la otra persona. Cada vez que me mudaba con alguien, pensaba: “Que dure lo que dure”.

Con el tiempo me di cuenta de que no quería más ese tipo de relaciones que se arman y se desarman rápido. Por suerte, conocí a una buena psicóloga que me ayudó a procesar todas estas ideas y hoy me tomo las cosas con más calma. Estoy saliendo con un chico hace cuatro meses y, aunque él vive solo y yo vivo sola, le dije que prefiero esperar a conocerlo bien y estar segura de que quiero que vivamos juntos. Además, vivir sola me permite conocerme a mí misma. Me di cuenta de que si no me termino de conocer, no puedo tratar de conocer a otro, ni explicarle cómo soy o qué quiero. Me gusta decir que estoy de novia, siento que estamos formando una pareja más fuerte que las anteriores, donde así como nos juntábamos, de un día para el otro, nos “desjuntábamos”. Eso ya no es para mí.    

Probar todo, no elegir nada

Por María Luisa Perkins, psicóloga

Las convivencias exprés son un producto de los tiempos actuales. Entre el “podés tener todo” y el “sos libre de elegir lo que quieras”, caemos en el vértigo de querer probar todo lo que hay en el mercado sin realmente elegir nada. Y en esta carrera no hay tiempo que alcance. Elegir conlleva necesariamente una pérdida; es decir: “Quiero esto y renuncio a esto otro”, “Quiero a este hombre y renuncio al resto de los hombres”, “Elijo esta carrera y renuncio a las otras”. Esto no significa que uno no pueda rever una decisión, pero para que una elección sea verdadera, hay que renunciar a algo. Estas elecciones dan lugar a pequeños duelos que vamos tramitando a lo largo de la vida. A su vez, estos duelos van dejando marcas, a modo de “mojones” que van armando nuestro camino y nos van formando como personas. La ilusión posmoderna es que se puede elegir sin renunciar, y así vamos por la vida probando y descartando, apurándonos para no perder nada y probar todo. La supuesta elección de una pareja no está exenta de esta lógica: te conozco, me gustás, vivamos juntos; quiero seguir probando, te descarto, soy libre y voy en busca de un nuevo compañero/a. Así se genera una sucesión de convivencias efímeras que, en la medida en que no se duelen, no se transforman en un nuevo mojón en nuestro camino, sino que dejan angustia y vacío. En esta lógica ilusoria en la que se puede elegir todo, los tiempos se acortan en la medida en que no elijo; apuro las etapas para ir en busca de aquello que no tengo, que no probé aún; se prioriza la cantidad por sobre la calidad.

Hacerle bien al otro

“El desafío de la pareja hoy es capacitar a las nuevas generaciones para que puedan lograr vínculos de mayor calidad”, dice Cristian Conen, autor de libros como Claves para saber amar, Vínculos o El amor en tu camino de vida, entre otros.

Para Conen –uno de los referentes actuales más consultados a la hora de hablar de pareja y familia–, el amor se construye; no tiene que ver con los papeles ni con las grandes fiestas. Es un proceso que lleva su tiempo y está absolutamente emparentado con una entrega al otro y con un verdadero deseo de “querer” querer, como él mismo dice.

“Amar es hacerle el bien al otro. Es evitar hacerle la vida desagradable a la otra persona. No siempre lo que quiere el otro es lo que me gusta a mí. Amar es la actitud de comprometerse. No es sólo impulso y emociones. Uno ama en las cosas grandes y en las pequeñas, detectando que al otro le gustan las milanesas a la napolitana y no las pastas, qué perfume prefiere y cual no, cuál es su hobby, qué le da miedo, con qué sueña. Todo eso lo hacemos con inteligencia y voluntad”, opina.

Según Conen, el amor no es sentir y punto. Debe tener un ingrediente más: las ganas de que sea. “Para el amor es necesario que exista la voluntad; con ella le hacemos la vida agradable al otro y también evitamos que sea desagradable. El plusvalor de las parejas que están juntas no es sólo que se quieren, que tienen impulsos, emociones y sentimientos afectivos, sino que asumen la decisión de usar su inteligencia y su voluntad para mantenerse enamorados, para hacerle la vida linda al otro. Uno no puede comprometerse a sentir, pero sí puede comprometerse a ayudar al otro a sacar la mejor versión de él mismo. Eso va provocando un sentimiento positivo, recíproco. Esta actitud de ‘querer’ querer genera muchas más posibilidades de cuidar, desarrollar, restaurar”.

El amor es una entrega que genera en sus protagonistas –y los hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad– tres invitaciones. “La primera es ‘deseo estar con vos’. Lo normal es que un hombre y una mujer que se enamoran quieran estar juntos, como dos imanes que tienden a la unión; lo anormal es que no lo deseen. Pero ¿qué tipo de unión? De esa pregunta nace la segunda expresión del amor: ‘Quiero estar sólo con vos’. El enamoramiento invita a la exclusividad, las terceras personas sobran. Y no sólo eso, sino que también surge este deseo: ‘Quiero estar siempre con vos’. Ésa es la tercera invitación del amor. Es tan fantástico lo que sentimos cuando estamos enamorados que deseamos que nunca termine y darle al otro lo mejor de uno mismo”.

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