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Viajes

20 abril, 2018

Tandil, un destino de mujeres emprendedoras

La ciudad serrana, a menos de 400 kilómetros de Buenos Aires, es un enclave multifacético que ofrece actividades religiosas, culturales, de aventura, gastronómicas o puro relax. Oficialmente, aseguran que fueron las mujeres quienes forjaron su veta turística.


Llueve finito y la humedad levanta el olor a hierba y pinos. Es la hora de la siesta y en el Monte Calvario todo parece en pausa, bajo un manto de silencio sacramental. Con sus catorce estaciones representadas por esculturas de artistas como José Fioravanti o Carlos de la Cárcova, todas inmersas en un bosque de eucaliptus y coníferas, el Vía Crucis de Tandil es uno de los hitos que convirtieron a esta ciudad bonaerense en destino de turismo religioso. Al día siguiente, otra jornada de llovizna continua, la visita es al Palacio Municipal, un edificio de 1923 que conserva su encanto esplendoroso. Con sus columnas de marmolina y su Salón Blanco, un espacio ambientado con arañas de cristal, paredes con tapices y techos con frescos de Vicente Serritti, este edificio es uno de los puntos que convirtieron a Tandil en destino histórico-cultural, ése en el que el periodista Osvaldo Soriano inició su carrera periodística por primera vez en el diario local El Eco de Tandil. La tarde avanza y, desde lo alto de un cerro, el horizonte se funde con la niebla en un paisaje ondulante: esa geografía irregular, con sus caminos sinuosos y sus paredes rocosas, le sumó a “la pequeña Córdoba” el carácter de destino de aventura. Festivales de cine y de folclore, fiestas de la cerveza y ciclos de tango por los bares, nutren la oferta turística variegada de la ciudad y hacen de Tandil un sitio multifacético en medio de la provincia de Buenos Aires que, como un centro imantado, atrae a visitantes de distintos perfiles e intereses. Con sus más de 120 mil habitantes y 8900 camas para turistas, los fines de semana se alcanza, según datos oficiales, una ocupación hotelera del 90 por ciento. Detrás de esas cifras, asegura el intendente Miguel Lunghi en un encuentro con periodistas que viajaron hasta allí, hay mujeres. Laura Salvaneschi, la guía turística que acompaña al grupo por un city tour de medio día, lo reafirma: “Las mujeres en Tandil fueron pioneras en turismo, tuvieron la visión emprendedora”. Hay un dato más, que aporta el Instituto Mixto de Turismo Tandil: son mujeres de entre 35 y 50 años las que toman la decisión de visitar la ciudad.

Hubo una vez una roca

Una piedra que oscilaba misteriosamente en medio de un cerro comenzó a atraer a viajeros que iban a ver en persona ese fenómeno. Para 1912, cuando la piedra cayó, y gracias a ella, Tandil ya había cobrado fama. La década de 1940 comenzó a recibir en Semana Santa a fieles católicos que llegaban en multitudes para recorrer el Vía Crucis, tradición que se mantiene. En la década del 90 ocurrió un hecho que puso a Tandil en boca de muchos fanáticos del fútbol y le dio popularidad: allí, en un lugar llamado La posada de los pájaros, comenzaron a concentrar y entrenar los equipos de River y Boca. “Eso atrajo periodistas y público en general –cuenta Claudio Enríquez, director de Marketing del Instituto Mixto de Turismo–. Con ellos empezaron a llegar hinchas, y distintos emprendedores aprovecharon el arribo de esa gente e impulsaron nuevos proyectos. Buscaban sumar masa crítica más allá de lo que ocurría en Semana Santa”. Entre esos emprendedores había muchas mujeres. “El ejemplo más emblemático es el de Teresa Inza”, dice Enríquez.

Sabores de época

Traspasar la puerta de Época de quesos es marchar hacia atrás en el tiempo. Su dueña, Teresa Inza, decidió instalar su emprendimiento de quesos y chacinados en una construcción de fines del siglo XIX que supo ser lugar de descanso de arrieros, jinetes y caballos, más tarde almacién de ramos generales, hasta que finalmente cerró durante veinte años. “Buscando un lugar para comercializar mis productos, encontré esta gloriosa casa. ¿Cómo no iba a intentar mantener en pie tan bello lugar, tan bella historia? Sentí que algo me decía lo mismo que digo ahora: pasen y vean”, cuenta Teresa en la web de su negocio. Aunque Teresa lo restauró, el aspecto del lugar sigue siendo parecido a lo que fue: la enorme estantería donde posan quesos y salames se parece mucho a lo que se puede imaginar como un antiguo despacho de bebidas. Los objetos que visten el local, como una cocina económica o viejos carteles de chapa, ponen al visitante en medio de una atmósfera de otra época, que además huele de manera exquisita.

Gastronomía y recreación al pie de las sierras

A 4 kilómetros del centro tandilense, en un mediodía también lluvioso, el restorán El Parador, con una estufa y leños encendidos, ofrece refugio y calor para los recién llegados. Se trata de uno de los locales del Complejo Centinela, espacio de entretenimiento, recreación y gastronomía que se levanta sobre un cerro (el que le da nombre al lugar) a 295 metros sobre el nivel del mar. Una entrada de patés y escabeches, chutneys y picadas suculentas, dan paso a pasteles de cordero o calabaza y a cazuelas de ciervo o verduras, todos salidos de hornos de barro o cocinas económicas. Este mediodía la marcha de los platos desde la salida del horno está bajo la mirada cuidadosa de Susana Cerone y uno de sus hijos, Bruno, quienes con el resto de la familia operan el Complejo desde hace más de 20 años. El paseo por allí incluye una caminata hasta una singular piedra de 72 toneladas y más de 7,5 metros de altura que se eleva de forma vertical, apoyada sobre una formación rocosa de mayor tamaño. La inmersión a la arboleda frondosa del complejo es un paseo en sí mismo, y la altura del lugar permite tener una vista amplia del horizonte serrano.

El Parador, en el cerro El Centinela, ofrece exquisiteces hechas en horno de barro.

Estación dulce

Ya van dos días de lluvia incesante. Pero aun así, el encanto de la ciudad no se opaca con el agua: todo lo contrario, le imprime un carácter de tranquilidad y sosiego que quizás, en un día soleado con gente yendo y viniendo por la calle, se esfumaría. En la hostería de Mariana Collardín y su mamá María Cristina Campbell,  una merienda suculenta espera al grupo de periodistas. Si bien no es habitual que esté abierto al público, hoy el living comedor de la Hostería Lo de Titi abrió las puertas para dar a conocer su espacio. Con cuatro habitaciones y 12 plazas, se trata de un hospedaje boutique que goza de la belleza de lo pequeño. Los cuartos dan a una galería abierta y el living comedor, donde desayunan los huéspedes, a un parque de césped verdísimo coronado por un gran gingko biloba. Lo de Titi funciona en el antiguo hotel Edén, una típica construcción de principios de siglo XX. El nombre del hospedaje responde al seudónimo de María Cristina, conocida por todos como Titi. Esta mujer de pelo corto, menuda, debe rondar los sesenta años, no para de sonreír y deja traslucir, detrás de sus anteojos, una mirada encendida. Titi llegó desde la zona norte de Buenos Aires a Tandil hace mucho tiempo, y allí comenzó, corajudamente, a hacer dulces. Con tesón y con el tiempo, convirtió su emprendimiento en una fábrica que hoy vende 15.000 frascos al año. La hostería llegaría después, en un proyecto conjunto entre madre e hija, y hoy fábrica y hospedaje están uno al lado del otro y, en el medio de ambas, la casa de Titi, donde un pequeño Jack Russel descansa en el sillón.

Titi y su hija Mariana son dueñas de la hostería boutique Lo de Titi y de una fábrica de dulces.

 

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