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Moda

25 octubre, 2016 | Por

SUSANA SAULQUIN: “No es ético el compro, luego tiro”

La reconocida socióloga de la moda nos invita a pensar el mundo que viene: menos modas, más conciencia, menos consumo y el gran desafío estético y ético de repensarnos como sociedad global. O, fundamentalmente, de sobrevivir.


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“Hay gente muy seria que tiene vergüenza de juntarse conmigo porque cree que voy a mirar lo que tiene puesto. Me da risa, pero es un buen ejemplo para mostrar que la moda siempre nos importa”, explica Susana Saulquin, estudiosa de las relaciones de poder y especialista en captar la esencia misma del acontecer social. Licenciada en Sociología por la UBA, diplomada en Antropología Social y Política por FLACSO y creadora de la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la UBA, decidió abocarse a estudiar un tema poco común: el impacto de la vestimenta. A mediados de los años sesenta, mientras en la facultad todos hablaban de Mao Tse-tung, ella se atrevió a levantar la mano y decir en voz alta que la moda iba a digitar nuestra vida. Y que la única revolución triunfal sería la de la superproducción. “Me miraban como si estuviera loca. ‘Vos estás demasiado bien vestida para hablar’, me calló un compañero, señalando mi tailleur de hilo celeste. Ahí entendí: si me callaban, era por algo. Y yo debía insistir”.

Hasta un sociólogo conocido, dueño de una consultora, le aconsejó que mejor se dedicara a otra cosa cuando ella le contó su idea de unir la sociología con la moda. Ese día, al volver a su casa, lloró. “Solo una vez más volví a llorar por trabajo. Fue al escribir mi primera columna acerca del jogging en una revista. Me emocionó firmar una reflexión acerca de la moda. Sentí que era real”.

A sus setenta y pocos años, Saulquin conserva intactas varias cosas: el carácter firme, la pasión obstinada y la convicción de que siempre hay que mirar más allá. “Tomo nota de todo, fundamentalmente de las rupturas. Como la crisis de 2001, que disparó tantas oportunidades: las fábricas tomadas, las nuevas formas de crear… Ahora el gran desafío son las redes sociales”.

En su cabeza hay un lindo peinado y muchas preguntas. De dónde venimos, hacia dónde nos mudamos ya mismo. “La palabra ‘paradigma’ no me gusta, pero sí hay un nuevo paradigma. El mundo y la moda, tal como los conocíamos, ya fueron”.

–¿Nunca sentiste que era poco seria la moda?

–No, mi intuición me decía que era algo serio. Trabajé muchos años en el desierto, pero nunca fue un drama ni una trivialidad. Al contrario. Estudié y fui leyendo, interpretando lo que pasaba y cómo se traducía en nuestra ropa. Fui haciendo mi lectura, evolucioné. Trabajo siempre en prospectiva. Si pienso en algo, no puedo dejar de ver lo que va a venir.

–¿Qué es lo que va a venir?

–Una nueva ideología: cuidar los recursos humanos y el planeta. La sustentabilidad es el gran desafío. No porque seamos buenas personas, sino porque como sociedad estamos entendiendo que, de otro modo, nos vamos a quedar sin nada. Nos mueve sentirnos amenazados, el instinto de supervivencia prevalece. Además, a las grandes empresas que ganaban fortunas con la superproducción, no les está yendo bien. Ahora, el sentido común y las finanzas indican que vamos a tener que salir del consumismo. No es ético el “compro, luego tiro”.

–¿Hay algo bueno que nos haya dejado la moda?

–Siempre hay algo bueno. Con mi anterior libro, La muerte de la moda, se rasgaban las vestiduras porque cómo iba a decir que la moda había muerto. Digo que la moda murió tal como la conocíamos: su obligatoriedad, el autoritarismo de que todos tengamos que usar aquello que mandan los grandes centros productores de significados, como París, Londres y Nueva York. Lo que queda son las formas alternativas de hacer de la moda una nueva forma: el uso de materiales orgánicos, el diseño interactivo y, por supuesto, la creatividad.

–Estamos desnudos frente a las posibilidades…

–Sí. Ahora la moda es tecnológica y el vestido pierde su poder brutal. En los años treinta mandaba la alta costura y en los noventa la hiperrealización de la moda. El cambio es interesante, y aunque las nuevas tecnologías abruman, nos proponen pensar, esa gran aventura.

El diablo se vestía a la moda

“Yo apostaba a las blogueras, pero el esponsoreo hizo que perdieran libertad de pensamiento. ¿Van a criticar a quienes les pagan? Hace poco me ofrecieron una fortuna por tener un blog con marcas premium. ¿Justo ahora me iba a tentar? ¡Ni loca! Nunca voy a decir qué hay que usar, pero puedo contar que cuando echaron a John Galliano, el gran diseñador, las ganancias aumentaron porque se empezó a trabajar en equipo, el único método posible en esta época”, señala.

En Política de las apariencias, de editorial Paidós, la socióloga escribe: “Las relaciones interpersonales seguirán ocupando su lugar fundamental, pero la política de las apariencias será dictada, más que desde el reflejo de las exterioridades, por un ejercicio de reconstrucción a partir del interior de cada uno”. En el libro, aclara que todo el orden de cosas conocidas cambiará. Lo global se impondrá a las divisiones, y mujeres y varones irán unidos en un mismo ser. El ser humanos.

–¿Cómo es ese mundo que ya llegó?

–A nivel político, complicado. Éramos un poco naif, creímos en la falsa promesa de ser más felices consumiendo. Vamos a tardar en desenojarnos y dejar atrás la violencia. Pero no nos queda otra. Un economista ruso llamado Nicolai Kondratiev explicó que cada seiscientos años hay un cambio grande en la organización política, social y económica mundial. El descubrimiento de América en el 1400, la caída de las Torres Gemelas y las crisis de principios de 2000… Soy optimista, porque estos cambios acercarán a las personas a la trascendencia. No es fácil hablar de espiritualidad y que te tomen en serio, pero realmente creo en la muerte de lo material. Este es el siglo de la espiritualidad.

–¿En qué más creés?

–Aunque no soy religiosa, creo que va a ser fundamental tener una mirada espiritual, sea cual fuere. Es necesario, porque el siglo XX fue de los objetos. Todavía es incipiente, pero creo en un cambio que va a trascender incluso la forma en que vestimos. La túnica, por ejemplo, es la prenda emblemática. No porque en el futuro todos vayamos a usar túnicas, sino porque conceptualmente es lo que más se aproxima al despojamiento que precisamos. El hombre ha tocado fondo y está bien. Era ingenuo creer en el dios Louis Vuitton.

–¿Por qué nos cambió el chip?

–Porque el sistema productivo se derrumba. Jacques Attali señalaba que la condición humana es como un laberinto y que la única forma de escapar es llegando al interior de uno mismo. Durante más de cien años nos dijeron que tener era ser; entender que no era cierto nos indignó.

–En la vorágine, ¿cómo no quedar carenciados?

–La pobreza se redefine. Ya no se trata de los recursos económicos, sino de ser creativo y de tener sentido del humor. Lo que nos define es lo que sabemos, lo que somos, no lo que hacemos. Y si nos echan del trabajo, como va a pasar, como pasó en 2001, no nos vamos a morir. Al contrario. Vamos a sobrevivir y a la larga estaremos mejor.

–¿Hay un mensaje para dar a las nuevas generaciones? ¿O el mensaje lo traen ellas?

–Los chicos saben: lo primero que hacen es preguntarnos por qué. Hay que cuidarlos de la parafernalia sin sentido de tener todo rápido y a mano; toneladas de juguetes y de imágenes que no los dejan pensar. Siempre recuerdo el día que mi hijo mayor dejó de lado todos los regalos que mi mamá le traía de Estados Unidos, para jugar con una cucaracha. ¡Y se la guardó! No hay que abrumarlos, sino dejarlos hacer nada. El ocio va a ser el nuevo lujo de nuestra sociedad. El silencio, el tiempo, la naturaleza también van a costar cada vez más. Por eso hay que saber ahorrar, ir más livianos.

–¿Qué ocurre con la sustentabilidad?

–Es el camino. Tenemos el problema del algodón, el chico malo; incluso el orgánico, que reduce el uso de pesticidas, pero necesita cantidades enormes de agua y de extensiones de tierra para crecer. Eso desequilibra. Pienso que para suplantar al denim hay que pensar nuevos materiales, como el formio. La metáfora es el picudo, un animal que apareció para comer algodón y restablecer el equilibrio. Los productores lo detestan. Y es divertido ver cómo si uno no resigna por las buenas, siempre puede venir un picudo para hacerlo a la fuerza.

–¿El último grito de la moda es desesperado?

–Sí, porque perdió su lugar de privilegio como reguladora de las apariencias, cohesionando a través de una integración emocional. Se colaron las redes sociales. Gilles Lipovetsky habló de una sociedad individualista narcisista que ya no existe. Hoy hay un interés asociado a las redes que es colectivo. Se piensa de manera independiente, pero se actúa en equipo. “Yo es otro”, señaló el poeta francés Arthur Rimbaud. Tenemos cierta libertad. Todos creíamos que la sociedad digital sería el súmmum del individualismo, y sin embargo estamos más unidos. Solo hay que cuidarse de las falsas apariencias digitales.

–¿Cómo te encuentra este momento?

–Menos fundamentalista. Antes tenía que demostrar muchas cosas: que el diseño era importante, que había que separar a la moda del sentido estético… Hoy hay muchos diseñadores, colecciones cápsula y grandes marcas que respetan el diseño y la sustentabilidad. El siglo XX fue el de la estética, el XXI es el de la ética, sin resignar estética. Es una integración. La estética habla de nosotros y ayuda a construir identidad. El tema es qué ética individual practicamos. Es un cambio que no tiene vuelta atrás. ¡Ojalá llegara a ver los resultados!

–¿Qué nos quedará cuando la chatarra del siglo XX caiga por su propio peso?

–Una mochila liviana, pero llena de creatividad, arte y juego. Lo lúdico nos va a sacar del drama, y la seriedad estará dada por la ética. Ya no más talleres con mano de obra esclavizada ni materias primas que deterioren el planeta. Claro que siempre nos pueden mentir, pero el desprestigio va a ser tan grande y global que nadie se va a animar.

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