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Artes

17 noviembre, 2016 | Por

SOL MIHANOVICH: Canción para los días de la vida

Descendiente de una estirpe de artistas talentosos, supo trazar su propio camino como cantautora de música pop. Con tres discos editados, reparte su tiempo entre su familia y su vocación.


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Por Carolina Cattaneo. Fotos: Martín Pisotti.

Quizá porque lo dijo el test vocacional en el último año del secundario. Quizá porque lo lleva en su memoria genética. Quizá porque abrazó una guitarra por primera a los 5 años. Quizá por una combinación de todo eso, o quizá, simplemente, porque así tenía que ser es que Sol Mihanovich, cuando explica por qué decidió dedicarse a la música, toda ella y por completo, dice que fue algo “inevitable”, “ineludible”.

Sol tiene 34 años, dos hijas –Amelia, de 2 años y medio, y Elina, de 5–, un marido bajista, una perra, un piano, una guitarra. Tres discos de canciones pop. Una escuela de música. Una cara lindísima. Una infancia distinta a muchas, un comienzo de adolescencia distinto a casi todos. Tiene también una voz dulce y un linaje musical indiscutible: al menos desde su bisabuelo hacia abajo, cuatro generaciones de Mihanovich se han dedicado a cantar o a tocar algún instrumento, de manera profesional o amateur. Su padre, Vane, pianista, compositor y cantante; su tía Sandra, cantante; sus tíos abuelos Sergio, ícono del jazz, Alec y Sonia, dueños de voces benditas, y ahora ella son algunos de los que no han podido escapar al llamado artístico que signó a la familia.

Aunque la impronta musical más fuerte viene por vía
paterna, curiosamente fue su madre quien le enseñó a tocar la guitarra cuando ella tenía 5 años.

Su vida es eso: un universo poblado de melodías, de rasguidos, de sonidos, de letras que suenan, de acordes que emocionan. Siempre ha sido así. Su memoria está plagada de escenas con banda de sonido propia, de reuniones familiares donde todos terminaban, indefectiblemente, cantando, tocando y bailando. A algunas de esas escenas las protagoniza su padre: “Él sacó un disco en 1984, el  año en que nació mi hermano. Y me acuerdo mucho de esas canciones. Había una de ellas que arrancaba diciendo ‘Esperame, gorda, que ahora vuelvo, voy a comprar un invento…’. Siempre creí que la había escrito para mí, pero de más grande supe que era para mi mamá”.

Sol atesora también memorias de shows y ensayos de su tía Sandra. Y aunque la impronta musical más fuerte viene por vía paterna, curiosamente fue su madre quien le enseñó a tocar la guitarra. “Tengo muchos recuerdos de mi mamá tocando canciones de rock nacional o de bandas como Yes o Pink Floyd. Empezó a enseñarme con zambas y clásicos, o temas como ‘Seminare’ e ‘Inconsciente colectivo’”, recuerda ahora Sol.

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La música, cómo no, también la acompañó en el momento más difícil de su vida: cuando tenía 12 años, le diagnosticaron un cáncer de fémur. Aquello derivó en un año de quimio, en tratamiento con una terapeuta de enfermos terminales, en un trasplante. Pero incluso ahí había melodías para suavizarlo todo, para iluminar lo que estaba oscuro. “Papá entraba al sanatorio con un equipo de música de contrabando y nos pasábamos toda la noche escuchando cassettes que él había grabado. A veces traía la guitarra o el piano, ¡era una fiesta!”, recuerda. Esa experiencia, dice Sol, si bien dejó una marca muy fuerte, también le hizo ver la vida desde otro lugar. “Tengo muy claro que cualquiera de nosotros se puede ir de un minuto para el otro. Y trato de vivir con eso presente, ordenando prioridades: mi familia, mis hijas, mi tiempo y lo que me hace feliz están primero. No perderme estar con mi abuela, con los que quiero. Y hacer lo que me gusta, desde ya”, dice.

Y porque a veces es necesario salirse un poco del camino para reafirmarse en eso que a uno le gusta, cuando terminó el colegio secundario, Sol siguió la licenciatura en Periodismo en la Universidad del Salvador. Terminó la carrera y trabajó en el diario Buenos Aires Herald, en Radio del Plata, en el programa de TV Al Pan, pan.  Ese mundo no le era para nada ajeno, porque también ahí tenía una referente emocional y profesional inigualable: su abuela paterna, Mónica Cahen d’Anvers, la mujer que, cuando Sol aún era una bebé de tres meses, se la llevaba a dormir a su quinta de San Pedro, o se ocupaba del pool escolar de ella y de su hermano, o la despertaba con jugo de naranja exprimido para el desayuno en la cama. Después de un tiempo entre noticias, Sol se dio cuenta de que aquello no la reconfortaba y, con algo de culpa al principió, dejó el periodismo y volvió a sus bases musicales. “Cuando uno es chico cree que si estudia una carrera cinco años y después la deja, perdió el tiempo. Pero me di cuenta de que era inevitable. Soy una persona híper sensible y sabía que necesitaba hacer algo que me hiciera bien, y sentir que le hacía bien a otros. El periodismo no me movilizaba. Simplemente, no era para mí”, agrega.

“Disfrutamos con nuestras hijas cantando, enseñando, bailando. Es algo cotidiano, ineludible y, a la vez, un disfrute constante”.

Con esa claridad, Sol decidió entonces enfocar las velas de su barco a la música y hoy su vida cotidiana y la de la familia que formó con su esposo, Matías Onzari, están diseñadas en función de eso. Sol cantó en público por primera vez durante un show de Vane, cuando él casi la empujó a interpretar un tema de Silvina Garré, nada menos que en El Club del Vino. Luego presentaron juntos el espectáculo De tal palo, tal astilla, en el Maipo Club, e hizo los coros en la banda de su tía Sandra. Más tarde decidió ponerle toda la energía a su propia carrera. Para eso eligió el camino de los artistas independientes y, aunque a veces no es fácil y asegura que llegar a fin de mes a veces da un poco de vértigo, Sol no para. “Lo que me gusta de la música es que es infinita; yo puedo hacer un disco hoy y mañana lo puedo reversionar o hacer otra cosa. Está bueno estar en movimiento porque eso genera más creatividad, más trabajo. Yo, como muchos colegas, estoy en ese plan: buscar hacer cosas distintas, reunirnos, hacer un video en conjunto. Es una forma de crecer”, dice.

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El segundo piso de su casa de Olivos hace las veces de estudio. Allí hay instrumentos de cuerdas, un piano, un micrófono, auriculares, partituras, discos, libros, cassettes. Sol pasa gran parte del día en ese lugar –mientras sus hijas van y vienen o juegan con una batería en miniatura–, dando clases, componiendo melodías y escribiendo letras. “Quiero mirarte a los ojos mientras estés. / Adivinar tu silencio y los nombres que me ponés. / Dormir al lado tuyo como antes. / Sentir tus pasos para despertarme. / Y escuchar tu voz para no olvidarme. / Porque el tiempo se va con vos. / Quiero decirte que sos de mis personas favoritas”, canta en “Mis personas favoritas”, la canción que le dedicó a su abuela Mónica, o Moca, como la llama ella.

Sus temas están reunidos en un EP y dos discos, El juego, que recibió una nominación al Premio Gardel como Mejor Álbum Nuevo Artista Pop, y Suerte, que aún está presentando en distintas salas. Sol sale a tocar con su banda por Buenos Aires y el interior del país, y ya cruzó la cordillera de los Andes para actuar en Chile. También reparte sus horas en Sound of Music, la escuela de formación musical integral que fundó hace diez años y dirige con una socia. Cada tanto combina su pasión musical con el periodismo, como cuando condujo Yo amo la música, una serie de trece capítulos dedicados a entrevistar a artistas argentinos de todos los géneros, que se emitió por El Canal de la Música.

Sol en vivo

Si querés escucharla cantar en persona, podés ir el domingo 27 de noviembre al show que dará en el Hard Rock Café a las 18 (Avenida Pueyrredón y Libertador, CABA). 

Alguna vez Sol pensó que la música iba a ser solo una parte de su vida. “Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que la música lo ocupaba todo. No solo muchos de mi familia nos dedicamos a esto, mi marido también es músico. En mi casa nos levantamos con música, cuando estamos tranquilos escuchamos lo que nos gusta o cosas nuevas, trabajamos haciendo música, para nosotros, para otros, para publicidades; tocamos canciones propias y ajenas en eventos; tenemos alumnos que nos traen sus temas y los de artistas que no conocemos, qué sé yo… ¡Es todo!”, dice Sol. Con sus hijas, algo de su historia se repite: “Disfrutamos con ellas cantando, enseñando, bailando. Creo que es algo cotidiano, ineludible y, a la vez, un disfrute constante. Cuando uno encuentra lo que lo hace feliz, no hay tiempo ni horario, ¿no?”. No, claro que no. Seguro que no.

 

 

 

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