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Artes

13 septiembre, 2016

Sobre Veladuras

Hoy la artista Marisol González nos guía a través una lectura imprescindible: Veladuras, de María Teresa Andruetto, una historia donde las palabras se convierten en el bálsamo necesario para curar los males del alma. El viaje es hondo y conmovedor. Y no tiene vuelta atrás.


Por Marisol González

La historia de María Teresa Andruetto, contada por María Encabo, es una delicia. Una historia musical de tipo nostálgica y laberíntica.

 (No te pierdas de escuchar la lectura haciendo clic acá)

Un relato de vida, y de tragedia, de dolor. Un recuento que comienza en una imagen y luego se transforma en una sucesión de imágenes que te llevan a viajar por San Salvador, Tumbaya, los cerros, la Quebrada, los silencios, los perfumes de melaza y tamales; los personajes familiares, los instrumentos de cuerdas y viento.
La música, como un conector de recuerdos, como algo común, público, compartido: “(…) de la gente y de todos”.

La historia de un desarraigo, de un desprendimiento, de arrancarse las imágenes, los olores, los sonidos.

Se trata de la reconstrucción biográfica y genealógica de una mujer, a partir de sus recuerdos de niña. Una voz que deja escuchar tantas otras voces. Una restauración, una superposición de sensaciones, cicatrices, dolores, penas…recuerdos mecidos en los brazos de la nostalgia.

Las piedras, la arpillera, los pastores, distintos meses del año. Las comidas y bebidas típicas, las fiestas religiosas, las imágenes de santos. Los cantos, la maternidad, los gritos de las mujeres. El nacimiento del niño (Jesús), y del niño, su hermano. Una reconexión, un hilar las historias y poner en contexto. Esa catarsis desenfrenada, un fluir de palabras sinestésicamente conectando recuerdos, historias vividas, encarnadas.

Marisol González es licenciada en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Rosario, con especialización en Pintura. Participante del proyecto Puerto del Arte, expuso en diversos centros culturales y se formó también en la Universidade de Sao Paulo (USP), gracias a una beca del programa Escala estudiantil del Grupo Montevideo. Estudió con los artistas Carlos Fajardo, Geraldo de Souza Dias y Marco Gianotti y se desempeña como docente en la UNR. Desde 2011, coordina un espacio de exposiciones en el centro de la ciudad de Rosario, dicta talleres de dibujo y pintura, y es parte del equipo del equipo de investigación de artes de la UNL. Podés conocerla su trabajo y sus críticas de arte en www.marisolgonzalez.com.ar

Un encuentro fortuito, una aparición. La compasión y comprensión, el desenfado, la bronca y el dolor que calan profundo. La enfermedad como única salida. Toda esa confusión adolescente se encuentra con una sorpresa trágica, incomprensible. Una sumatoria difícil, muy difícil. La realidad se complica en una edad que ya es complicada.

Nombres floridos, primaverales, carnavalísticos. El nombre vivido como condena o como reconstrucción de la identidad, como herencia y legado. La soledad y el dolor. La observación y contemplación de eso. Ver y mirar, contemplar lo que sucede, pensarlo. Pausas, muchas pausas en medio de muchas más palabras.

Una mirada aguda, comprensiva. Una mirada restauradora. Una mirada histórica, des-cronológica, emocional, pasional.

El relato de los hechos convive con el vómito de las emociones: ahí aparece la catarsis que, de forma desordenada, deja entrever una historia, un relato que el lector/ oyente reconstruye mentalmente, dejándose llevar por la descripción minuciosa y perfumada de Rosa (María Teresa), quien nos va contando capa por capa sus pensamientos.

Una reflexión escrita, contada y cantada. La expresión de las profundidades, de “lo de adentro”.

Un recuento muy íntimo y personal. Una biografía, o más bien muchas: la de Rosa, la de su abuela tocaya, la de su madre Flora, la de su hermana Luisa, la de Gregoria, y la de su padre. Y entre todas esas historias, la palabra. La palabra como sanación, como herramienta vital, como única herramienta a la hora de pedir ayuda, estando exiliada y sin nada.

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Con la cabeza “sin pensar en nada” y “(…) sola, sin padre ni madre ni nada”. Lo único que Rosa tenía en su fugitividad, eran las palabras, para pedir auxilio, ayuda. Para pedir amor, abrazo, contención. Para gritar que alguien le diera algo, le devolviera alguna otra ilusión. Que alguien le diera alguna otra herramienta, algún otro tesoro: y ahí estaban, los colores, los óleos, los ungüentos, los acrílicos y el pan de oro. Y el saber de alguien más. Ese abrazo de conocimiento, esa contención. El aprendizaje de las veladuras y falsos acabados que le regalan a Rosa una oportunidad única de abrirse al mundo, de expresarse en su manualidad, en su función. De trabajar para sacar, de raspar…intentando dar brillo a la propia vida, a la propia alma.

Terapéuticamente, el arte y la palabra, van sanando el dolor tan profundo de una niña resentida y angustiada que aún hoy habita el cuerpo de esa mujer. Y eso, creo yo (parafraseando a Rosa/María Teresa), pasa también en la vida. Arte y palabra –y viceversa– curan, reparan, enmiendan historias dolorosas, tragedias sin solución.
Cuando ya no tenemos más nada, sólo nos quedan las palabras, y nuestra capacidad de expresar, de pensar y de decir. De contar. Y es entonces cuando empezamos a abrirnos a los otros, y los otros se abren ante nosotros, al escucharnos.

Así como en la película “Mis tardes con Margueritte”, cuando la anciana le dice a Germaine, tan sabiamente, que saber escuchar es saber leer de alguna manera. Porque no solo estaba leyendo ella: él también leía con ella cuando escuchaba, tan inocentemente, abriéndose a una imaginación sin barreras.

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