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Psicología

14 Julio, 2014

Si te hace mal, no es amor

¿Qué pasa cuando el amor nos vuelve dependientes? ¿Por qué las personas caemos en la trampa de creer que la felicidad está afuera? ¿Por qué hoy se trata la obsesión por otro como una enfermedad emocional? La psicóloga Inés Olivero y la médica psiquiatra Mónica Pucheu nos ayudan a descifrar los vacíos y carencias que tapamos con relaciones tóxicas. Por Carolina Cattaneo.


Apenas lo vio, él ejerció sobre ella una fuerza magnética. Era seductor, elegante, atractivo. “Un señor. Donde entraba, no había mujer que no lo mirase”. Cristina tenía dos hijos chicos, un matrimonio que había terminado hacía poco y 38 años cuando lo conoció en una reunión de amigos. Él era diez años mayor que ella, soltero. Al tiempo comenzaron a tener una relación, compartían cenas románticas y ella sentía que se enamoraba un poco más cada vez que él le cantaba boleros. La relación fue creciendo y, aunque no convivían, pasaban mucho tiempo juntos.

Con el tiempo aparecieron los celos. Durante dos años, ella le ocultó su gusto por el tango: temía decirle que bailaba con hombres que no eran él. “Tenía miedo de perderlo, de que me dejara, de que se fuera. Mi vida sin él no existía”. Poco a poco, Cristina se aisló de sus amigos y su mundo empezó a girar solo en torno a su pareja. “Hasta mis hijos pasaron a un segundo lugar, a ocupar los espacios que él dejaba. Era el eje de mi vida, estaba en mi mente el día entero y yo vivía pendiente del teléfono, si me escribía, si no me escribía”.

En paralelo empezaron los malos ratos. Si salían a comer, discutían, él se enojaba, se levantaba y se iba. “Yo me sentía culpable y no podía dejar de pensar en él. A los dos días lo estaba llamando de nuevo”. En los cumpleaños, las fiestas y en cualquier evento importante en la vida de ella, siempre surgía un conflicto, y detrás del conflicto, venía el sufrimiento. Pero si él la llamaba para verla a las tres de la mañana, ella se cambiaba y salía. Vivía a su disposición. Descuidó el trabajo y a sus clientes por estar a expensas de los deseos de él. Soportó sus plantones: quedaban en encontrarse, ella se preparaba, lo esperaba y él no aparecía. La violencia verbal empezó a circular cada vez con más naturalidad.

Ella entró sin darse cuenta a una carrera por demostrarle algo distinto de lo que en realidad era, solo por satisfacerlo. No se dio cuenta del sufrimiento en el que estaba inmersa hasta el día en que él volvió a dejarla sola. Esta vez, el día de su cumpleaños. Aquella soledad estrepitosa le despertó deseos de morir. En esa oscuridad salió a pedir ayuda.

Cuando recuerda esos días, a Cristina todavía se le entrecorta la voz. Pero es sábado, mediodía, y ella sonríe, se la ve fuerte. Acaba de salir del grupo de Asistencia de Personas Adictas a Personas (APAP), donde llegó hace seis años buscando una respuesta al por qué de tanto dolor. Allí asisten personas de todas las edades para tratar la codependencia, un tipo de comportamiento afectivo que hace que una o las dos partes de una relación vivan un vínculo que les genera malestar, dolor y frustración constantes, se pierdan a sí mismas bajo un telón pesado de pena y ansiedad sin poder salir, atadas al control, los celos y a veces al maltrato verbal o físico. Puede tratarse de una mujer y su marido, de un marido y su mujer, de una madre y su hijo, de un padre y una hija, de un empleado y su jefe. Puede tratarse, también, de un adulto o de un niño, de una persona sana o de una persona enferma. En todos los casos, el denominador común de esas relaciones es el sufrimiento.

La codependencia es un tipo de comportamiento afectivo que hace que una o las dos partes de una relación vivan un vínculo que les genera malestar, dolor y frustración constantes.

“Entendemos que la codependencia es una adicción particular referida a los vínculos personales. Es una necesidad de funcionar atado, prendido a otro, literalmente colgado de otro. Dentro de esta necesidad, no se admite la posibilidad de estar solo ni de asumir riesgos, aunque todavía no se haya podido concretar una relación”, se lee en el libro Adicción a las personas, codependencia y recuperación (Ediciones Urano, 2014), de la médica especialista en Psiquiatría Mónica Pucheu y de la psicóloga Inés Olivero.

“La palabra ‘codependencia’ –explican las autoras en el libro– define, más que a un grupo de individuos, a una característica de la estructura familiar y social de nuestra época”.

La codependencia se sufre, muchas veces, de las puertas de la casa hacia adentro, en silencio y sin poder compartirla. El dolor es individual, pero suele tener efectos en las personas del entorno, como los hijos. Pese a que puede lucir como un problema que se cocina en solitario, la raíz de aquello está en algo más grande. Olivero y Pucheu hablan de ella como de una enfermedad social. Las dos terapeutas, que en 2000 crearon los grupos de Asistencia y Recuperación, donde hoy asisten unas doscientas personas, y en 2010, la Fundación para la Asistencia de Personas Adictas a Personas (FUNDAPAP), hablaron con Sophia y dieron pautas para entender por qué podemos enfermar de amor y cómo salir de esa trampas.

–¿Qué quiere decir que es una enfermedad social?

Olivero: –A nuestro juicio, es una enfermedad social porque está en el ambiente; todos los modelos vinculares que nos enseñan desde que nacemos están teñidos de dependencia de la otra persona. Hay una interdependencia adulta, que es normal, pero hay otra, patológica, que es muy común y que se da en situaciones pequeñas y absolutamente cotidianas y genera un clima dañino para la relación. En familias donde hay ausencia de las figuras parentales, por enfermedad o por ausencia, se empiezan a compensar ciertos roles que terminan siendo habituales. Entonces, los chiquitos se sobreadaptan para conformar a su mamá que está sobrecargada, a un papá alcohólico o un papá que hace mucho que está en su casa porque se quedó sin trabajo, y más adelante funcionan así en el mundo. Hay muchos elementos que colaboran para crear un vínculo de maltratador-maltratado, víctima-victimario.

1 de 7 Mónica Pucheu e Inés Olivero, terapeutas especializadas en vínculos tóxicos.
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Según la mirada de las especialistas, en una sociedad adictiva y disfuncional en la que impera el consumo y en la que el tener reemplazó al ser, las adicciones a personas, sustancias, trabajo, compras o Internet, por mencionar algunas, vienen a ser una falsa promesa de compensación ante el vacío interior. Este comportamiento, dicen, se ve reforzado por aspectos culturales.

Olivero: -La sociedad está enferma, hay maltrato de género, hay acoso moral, verbal, cualquier cantidad de manifestaciones de falta de respeto y de maltrato. Hay, además, hábitos sociales, creencias de que la mujer tiene que ser amorosa, abnegada, de que tiene que callarse si el marido viene con mala cara; hay una serie de cosas que tienen añares, que si bien hoy no se dicen, se dan por sentadas. “El hombre tiene que hacerse cargo y ponerle al mal tiempo buena cara” es el tipo de creencias que nos dejan sujetos a hábitos malsanos. Si no te das cuenta, seguís adelante en esa misma huella. A las mujeres nos han hecho creer que si estamos susceptibles, tenemos que pedir a nuestra pareja que nos cobije, que nos cuide. Y, en general, cuando el hombre ve que la mujer está susceptible, se pone histérico, le da una bronca bárbara y la maltrata.

Pucheu: -En los hogares de los que venimos o en los hogares actuales, hay una necesidad de que los hijos crezcan rápido y se hagan grandes lo antes posible. Cuando hablamos de familia disfuncional, hablamos de una familia que no ha podido cubrir los roles adultos, sino que los hijos han tenido que cubrir ese agujero porque los adultos no podían, o porque había padres ausentes, abandonos, enfermos mentales, adictos. Entonces, donde tenía que haber adultos que protegían y ayudaban a crecer, había adultos dependientes que dependían de niños que tuvieron que hacerse adultos para cuidarlos. Estos niños adultos después, cuando son grandes, se transforman en adultos niños, y cuando se vinculan, lo que pretenden es que el otro les dé lo que no tuvieron en la etapa correspondiente. Entonces, el otro, que también viene de un hogar con falencias, no puede dar nunca lo que no tuvo. Ahí se producen estas situaciones de extrema dependencia o de extrema evitación.

Radiografía de un codependiente

Silvia tiene 50 años, es productora de seguros y hace cinco años que asiste a los grupos de APAP. Cuenta que llegó hasta ahí movida por una inquietud que se le despertó después de la ruptura de su segundo matrimonio, buscando saber si podría vivir de otra manera. Su característica diferencial era, según dice, que nunca sabía qué le pasaba.

“Sentía que me ocurrían cosas, que sufría, que estaba siempre en una situación dolorosa y lastimosa, pero nunca sabía por qué. En las parejas solía dejar todo. Dejé el Profesorado de Matemática a un año de recibirme, dejé Psicología en segundo año. Nunca descuidé a mis hijos o mi trabajo, pero sí mis intereses personales, a mis amigas, las cosas que me gustaba hacer. Si el otro me pedía algo, él siempre estaba por delante de cualquier cosa que yo quisiera hacer o disfrutar: me ponía a su servicio”.

Poco a poco, y al escuchar el testimonio de otros compañeros e iniciar la lectura de textos, Silvia descubrió que esa forma de comportarse en pareja tenía un origen antiguo: había empezado en su casa, cuando ella era una nena que vivía pendiente de mediar entre los conflictos de sus padres.

La persona codependiente, según describen las autoras en el libro, suele buscar la felicidad afuera de sí misma y creer que logrará un estado de bienestar solo en su relación con otro. Siempre está pensando qué quiere, qué necesita, qué siente y qué desea el otro, se adueña de los problemas ajenos y hasta cree ser responsable de ellos. Su marcada baja autoestima, la falta de confianza en sí misma, su inseguridad y el temor al rechazo lo conducen a quedar entrampado en relaciones abusivas, y en un sistema de creencias que hace que legitime y naturalice el maltrato mutuo y que no pueda conectarse e identificar sus propias necesidades, sentimientos, deseos y emociones. En su búsqueda silenciosa y constante de aceptación, pretende agradar, justificarse, dar siempre un poco más: es más fácil para ella complacer a los demás que a sí misma. Es perfeccionista, teme cometer errores y vive pendiente de qué piensan y dicen de ella las personas de su entorno.

Olivero la describe así: “Es una persona culposa, con tendencia melancólica, de las que piensan que si pasa algo la culpa es de ella, que cree que la vida es tremenda, que ve todo es negro. Las personas con tendencia melancólica suelen ser muy capaces, muy sensibles, muy inteligentes. Son personas con una alta generosidad, algo que les puede jugar en contra: lo importante es dosificar los talentos para que sean positivos y no para que nos consuman porque, si no, terminamos con síndrome de burn out por exceso de entrega.

Para saber más:
  • www.fundapap.org es la página de la Fundación Asistencia a Personas Adictas a Personas.
  • Amores que matan, de Patricia Faur (Ediciones B).
  • El arte de amar, de Erich Fromm (Paidós).
  • Los seis pilares de la autoestima, Nathaniel Branden (Paidós).
  • Límites sanadores, Anselm Grün (Bonum).
  • Adicción y gracia”, por Daniel Reagan Barth, en www.christianrecovery.com/v/dox/gracia.htm

Los grados de codependencia pueden variar de leves a extremos, donde entran en juego la obsesión y la necesidad de control que se manifiestan, por ejemplo, en una reguera de mensajes y llamados constantes, en actitudes como espiar al otro, o en escándalos en público. Pero no siempre se habla de esos extremos cuando se habla de codependencia.

“La cuestión –dice Pucheu– está en el nivel de sufrimiento. Si yo estoy en un vínculo donde tengo que estar pendiente, vivo obsesionado, tengo que controlar y todo el tiempo siento una trompada en el estómago, eso no es un vínculo sano. En todos los vínculos hay altibajos, no estás todo el tiempo arriba, pero si estás todo el tiempo mal, habrá que plantearse qué está pasando”.

–¿Es posible sanar relaciones viciadas por el maltrato?

Pucheu: –Este tipo de enfermedad vincular es de autodiagnóstico. La adicción es la enfermedad de la negación; mientras se siga negando, ni los grupos ni los terapeutas pueden hacer nada. El clic se produce cuando toman conciencia y se dan cuenta y dicen: “Algo en mí anda mal, tengo que salir a buscar ayuda”. Por eso la gente viene a los grupos tocando fondo, porque ya no da más. A partir de ahí se empieza a poder salir pero, mientras tanto, ocurre algo típico de los vínculos, que es decir: “Ahora me prometió que va a cambiar”, “Ahora que compramos la casa todo va a ser distinto”, “Ahora vamos a hacer un viaje y la situación se va a modificar”. Las personas no cambian porque sí, cambian porque se ponen a trabajar sobre sí mismas.

“La noche oscura del alma”. Así le llaman en los grupos de asistencia y recuperación a los momentos de extremo dolor en los que las personas inmersas en relaciones codependientes pierden el sentido de su vida y en casos muy extremos hasta desean la muerte como salida al sufrimiento. Ese momento terrible, dicen, es único y sagrado porque representa la oportunidad de cambio.

En sus grupos, Olivero y Pucheu trabajan con un plan de recuperación de doce pasos que ellas adaptaron del plan original de doce pasos creado por el fundador de Alcohólicos Anónimos en la década del 50. Este plan está revestido por un fuerte trabajo espiritual. Desde los grupos y un programa de radio, promueven “un nuevo paradigma vincular” y “una nueva comunidad humana con vínculos saludables basados en el respeto, el intercambio responsable y el amor”.

–¿Cuál es la esencia del método de recuperación?

Pucheu: –El apoyo entre pares. El grupo funciona como apego seguro. Y el camino espiritual es fundamental. La gente empieza a entender que el vacío que tiene solo se llena con un camino espiritual, no con personas, ni con sustancias, ni con objetos. No es un programa religioso pero sí hablamos siempre de un Poder Superior, de acuerdo con el entendimiento que cada uno tenga de Él. Los primeros pasos son de conciencia y de rendición. “Me rindo porque con esto no puedo solo”. Cuando me rindo, empieza a aparecer la ayuda. Mientras mantenga mi omnipotencia y mi negación, voy a seguir en el mismo lugar.

–¿Qué significa participar de un grupo?

Olivero: -Tapar nuestros defectos nos aísla. En cambio, cuando decís “yo soy envidiosa” o “a mí de vez en cuando se me escapa una mentira porque no sé cómo enfrentar las cosas”, entonces, termina pasando que sentimos identificación. En nuestros grupos no hay lugar para hacerse la víctima, para quejarse de alguien ni para la autocompasión. Estamos allí para trabajar nuestro proceso de crecimiento personal y llevarlo adelante con dignidad. Todos somos seres sagrados, como si de algún modo fuésemos emanaciones divinas que venimos a realizar un aprendizaje para dejar dicho que valió la pena nuestra vida en este mundo, con todos los dolores y las cosas que este mundo nos ocasiona en la interrelación con los otros.

 

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