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Pareja

26 junio, 2010

Sexo: Tirá el manual


Vivimos en una sociedad donde continuamente se habla de sexo. La televisión, el cine o las revistas nos dicen cómo, cuándo y dónde tener relaciones. Pero esta aparente libertad es, en realidad, una prisión que nos impone frecuencias y técnicas que hacen que las relaciones sexuales sean cada vez más artificiales.

Antiguamente, el mundo de la cama era muy simple puertas afuera. Todo estaba prohibido fuera del lecho conyugal. No había tanto estruendo, ni cañitas voladoras. Todo era blanco o negro: o te atenías a las reglas o las transgredías. El mundo del sexo era un terreno privado del cual no se hablaba tanto. A partir de 1968, con la liberación sexual, este statu quo dio un giro de 180 grados. Hoy, cuarenta años después –y con una gran cantidad de información, de especialistas, de libros o cuasimanuales, y de consejos vía televisión o radio–, parecería que estamos libres de todo tabú y que nuestra vida sexual es fantástica. Sin embargo, no lo es.

Investigaciones realizadas en Francia por el Instituto Ipsos Santé y el reconocido sexólogo Sylvain Mimoun, autor del libro Ce que les femmes préferént (Lo que las mujeres prefieren), confirman que en los tiempos que corren, donde todo vale en materia de sexualidad, un tercio de las mujeres no disfruta de sus relaciones sexuales. ¿La razón? Están demasiado pendientes de la imagen de su cuerpo, de qué pensará el otro de ellas y, lo que es peor, también se sienten presionadas por algunas reglas de oro de sus abuelas, como pensar más en el placer de él que en el de ellas.

El estudio, que según los expertos consultados refleja también la realidad de nuestro país, agrega que cada vez hay más mujeres acomplejadas con que no son lindas, inhibidas por no hacer el amor como una actriz porno, o enroscadas en los confusos meandros del orgasmo. Como si esto fuera poco, viven pendientes de la frecuencia o la intensidad de sus relaciones sexuales y, al mismo tiempo, están atravesadas por las mismas limitaciones de las generaciones anteriores, como no demostrar en exceso.

La lista de los obstáculos que impiden el placer femenino es interminable y lleva a preguntarse si, de tanto hablar de sexo, diseccionarlo y analizarlo, no habremos perdido de vista el placer. ¿No estaremos reduciendo el sexo a un acto mecánico, como si el desencuentro en la cama se debiera sólo a la falta de conocimiento sobre técnicas o posiciones y nada tuviera que ver la comunicación entre dos personas?

Más angustiante que liberador

“En realidad, no se han liberado todos los tabúes —dice el doctor Sylvain Mimoun—. Las prácticas sexuales han sido descriptas por la televisión y las revistas, porque el sexo vende. Pero esta exposición es más angustiante que liberadora, ya que introduce nuevas normas que forman parte del orden de la obligación más que de la afirmación. La moral de antes es reemplazada por otra: la del placer a toda costa”.

En la Argentina, según la sexóloga clínica Isabel Boschi, la situación es tirana para las mujeres y su cuerpo, porque rige un prejuicio impuesto por los medios de comunicación que exige tener el físico de una diosa para ser atractiva: “Pareciera que aún no tenemos la suficiente autonomía de valores para desprendernos de los prejuicios que marcan nuestra imagen y la aprobación social”.

Bajo una aparente liberación, opina Mimoun, los dictados eróticos pueden ser interpretados como nuevos imperativos para tener éxito en el plano sexual. Un ejemplo son las reuniones de mujeres, tan en boga en la Argentina hoy en día, donde expertas en el terreno sexual enseñan a toda mujer que se precie de tal a ser lobas en el arte de dar placer. “Chicas, en la cama tenemos que ser unas diosas eróticas. Nada de inhibiciones, a calzarse los tacos aguja y masajearlos para que se sientan en las nubes” es el comienzo de estas charlas que son marca registrada en el mercado. Y ahora aparecieron las “porno-chic”, la última tendencia del cine porno para mujeres. Muchos expertos aseguran que éstos son síntomas de una sociedad que incita a un sexo caricatura, que no nos acerca al placer, sino que nos desconecta del otro, porque no es más que un montaje teatral.

Mujeres en escena

A la hora de buscar testimonios, encontramos a mujeres como Alejandra, de 38 años, que nos revela de qué se trata esto de ser una mujer sexualmente aplicada: “Cuando me enamoré de Pedro, era tan fuerte mi deseo de no perderlo que hice todo para ser la mujer perfecta: flaca, siempre depilada y bronceada. Era una bomba en la cama. Pocas veces disfrutaba yo, pero lo único que quería era darle placer. Un día, para mi sorpresa, Pedro me dijo que prefería que nuestros encuentros fueran más naturales, como los mimos de los domingos o un relación sexual espontánea antes de ir a trabajar. Me dijo que la puesta que yo armaba lo hacía sentir como un actor de película porno y eso a veces le impedía lograr una erección. Con el paso del tiempo me di cuenta de que este sinceramiento me salvó de una visión caricaturesca de la sexualidad. Desde entonces, hacemos el amor de manera más libre, pero más placentera para los dos”.

A la preocupación por darle placer al hombre se suman los complejos físicos. En los consultorios, abundan frases como “estoy tan pendiente de que no me vea la celulitis que jamás logro relajarme y disfrutar”. La larga lista de obstáculos para sentirse sexualmente satisfechas continúa. Según el estudio de Ipsos Santé, muchas encuestadas declaran que una verdadera mujer siempre tiene que estar dispuesta a hacer el amor. “Me doy cuenta de que las mujeres están más pendientes del deseo de su pareja que del propio, y es una verdadera lástima”, afirma el doctor Mimoun. “Se rigen por una norma puramente intelectual y racional, sin escuchar sus propios deseos. En mi investigación presencié cómo algunos pacientes anotaban en sus agendas los días en los que debían hacer el amor para mantener el promedio de dos veces por semana. Esto ya no es un deseo, sino una presión”.

A los ojos de la psicóloga Mireille Dubois-Chevalier, cuenta sólo la calidad. Cuando se empiezan a sacar cuentas es una mala señal. Significa que se ha perdido cierta intimidad emotiva, tan necesaria a la hora de generar naturalmente la frecuencia de las relaciones. “No existe una frecuencia normal. Y si se publican promedios estadísticos, ¿qué importancia tienen? Después de diez años en pareja, si uno mira para atrás ¿cuán importante fue si lo hicimos tres o dos veces por semana? En definitiva, lo que miramos es cuán felices hemos sido”, reflexiona la sexóloga Lucila Martin, jefa del Servicio de Sexología del área de Ginecología del Hospital de Clínicas, y agrega que para ella lo importante es que los miembros de la pareja estén satisfechos con la frecuencia, más allá de la cantidad de veces que hagan el amor. “Que se propongan estos nuevos códigos sexuales no significa que haya que responder a ellos. Una sociedad en la que reina una gran libertad de elección es deseable y preferible a aquella en la que el placer de la mujer es rigurosamente restringido. En el fondo, es como si se tratara de una moda. ¡No estamos obligados a ponernos las remeras fosforescentes sólo porque las venden en algunos negocios! Casarse con la norma significa aceptar justamente determinadas pautas sociales y eso recae en la esfera del deber, opuesta a la esfera del placer, que supone un profundo conocimiento de uno mismo. A partir de esta base sólida, podemos elegir (o no elegir) transgredir algunos tabúes y dejar la cabeza de lado cuando hacemos el amor”, dice Dubois-Chevalier.

Relaciones emocionales

La sexualidad es una realidad inseparable de las relaciones emocionales entre dos personas. El problema es que el erotismo y la pornografía nos hacen creer que son realidades independientes una de la otra. El psicoanalista francés Tony Anatrella dice que la revolución sexual no logró una mayor calidad en las relaciones entre varones y mujeres, y que, en lugar de que el sexo sea algo natural, la pornografía nos impone relaciones sexuales cada vez más artificiales, transgresoras y violentas. Cuenta el psicoanalista que hoy los sexólogos se asombran al ver llegar a sus consultorios a pacientes con un nuevo perfil:

“Son hombres y mujeres a priori equilibrados, más bien satisfechos con su éxito profesional, abiertos en su vida social, pero incapaces de comunicarse con su cónyuge. El síntoma que describen es casi siempre el mismo: la falta de deseo”. “En la vida real no es como en el cine; en eso sí que no vale la pena competir”, dice la ginecóloga Gloria Sánchez Zinny. “A mis pacientes les digo: ‘Vos no tenés que hacer…’ como si fuera un código de procedimientos. Vos lo único ‘que tenés’ es un marido; disfrutalo. Eso las destraba mucho, sobre todo a las recién casadas. Vale la pena subrayar la necesidad de diálogo”.

De eso sí se habla

La ginecóloga recuerda un diálogo que mantuvo con una paciente que le contaba un problema. “‘¿Hablaste de esto con tu marido?’, le pregunté. ‘¿Con mi marido? No, de esto nunca hablamos’, contestó ella, como si fuera la última persona con la que se le ocurriría tocar el tema. Cuando vienen las parejas al consultorio, se establece un espacio cálido –es un terreno neutral– donde ambos se atreven a abrirse. A veces, uno se pone colorado (él o ella), pero las dudas surgen. Recuerdo un novio que le decía a su novia: ‘Contale todo, si para eso vinimos’. Esto pasa a veces por pudor, otras por temor a tocar un tema conflictivo exponiéndose a quedar mal, y la mayoría de las veces por falta de tiempo. Pero es el modo más sencillo y eficaz de llegar a conocerse para descubrir las necesidades y preferencias del otro. Y reírse mucho: hay que quitarle solemnidad al tema. A veces sale bien y otras no tanto: no es un fracaso cuando hay cariño”.

La filósofa argentina Marisa Mosto cree que no se puede pensar la sexualidad al margen de la totalidad de la persona. “La vida sexual puede ser un pedacito de cielo en la tierra si significa una experiencia de íntima comunión que hace posible una vida compartida también en la intimidad de muchos otros aspectos. La riqueza de ese espacio vital tiene algo de sagrado que hoy es constantemente profanado y empobrecido por la banalización y la exaltación de una sensualidad separada de sus raíces espirituales”, explica. Amar es sentirse vulnerables, dejarse ver con todo lo que somos, incluso nuestros defectos y carencias. El acto sexual habla de mucho más que cuerpo y frecuencias; habla de afecto y espíritu. Sólo desde la confianza, desde el mostrarse mutuamente imperfectos, encontraremos la verdadera entrega en el amor.

ETIQUETAS deseo relaciones sexualidad

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