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Género

20 Julio, 2010

Ser viuda en la india


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Aunque la ley prohibió el rito del sati, que obligaba a las viudas a inmolararse en la pira funeraria de sus maridos, en la práctica quedan muertas en vida. Son descastadas, despojadas de sus propiedades y empujadas a vivir mendigando. Por Carolina Cattaneo. Fotos: Claude Ranault.

Diana Ros bajó del avión en Nueva Delhi, la capital de la India, y tomó un taxi a la ciudad de Vrindavan. En el aire había un fuerte olor a especias y las vacas caminaban lentamente por calles angostas e inundadas. La gente iba y venía apurada, a los gritos, y Diana estaba aturdida por el caos. Ya había estado en la India cinco veces, pero en Vrindavan se sintió en otro mundo: “Había muchas mujeres, la mayoría descalzas, con la cabeza rapada y vestidas con telas blancas. Caminaban como almas en pena, distantes y cabizbajas. Tenían la cara arrugada y la mirada perdida, triste”, recuerda.

Ésa fue la primera impresión que tuvo hace dos años esta fotógrafa española, de 41 años, que llegó hasta esta ciudad atraída por la situación de miles de mujeres que, al enviudar, son marginadas y abandonadas por sus familias, por cuestiones religiosas, económicas, políticas y culturales.

En la India hay unos 40 millones de viudas, y en Vrindavan, a la que llaman “la ciudad de la viudas”, viven unas 15.000, según un estudio del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem).

Sos mujer

“Vienen a Vrindavan porque la consideran una ciudad santa. Aquí creció el dios hindú Krishna y ellas creen que, al morir, él las liberará de su karma. Pasan sus días rezando y su vida se reduce a la mendicidad. Los innumerables templos y sus feligreses las ayudan con algo de comida o con unas rupias”, contó Diana durante una charla con Sophia desde la India, donde se encuentra trabajando para Sos Mujer (www.sosmujer.org), la organización no gubernamental que fundó después de su primer viaje a Vrindavan y con la que busca ayudar a estas mujeres a reclamar sus derechos, darles voz y visibilidad.

Como Diana, ya hay varias personas en el mundo que trabajan para cambiar la situación de las viudas indias. Mahatma Ghandi fue uno de los primeros en alzar la voz. Le siguieron la india Mohini Giri y su organización Guild of Service (Asociación de Servicio), la directora de cine Deepa Mehta –con sus películas Water (Agua) y The Forgotten Woman (La mujer olvidada)– y la canadiense Ginny Shrivastava desde la Asociación Mujeres Fuertes Solas.

Castas

La India hay leyes que establecen que las viudas tienen derecho a heredar los bienes de su marido y a cobrar la pensión del Estado, pero la mayoría de ellas son analfabetas y no saben que gozan de este derecho o no se animan a reclamarlo.

Aunque sea difícil comprenderlo desde una mirada occidental, la mayoría de ellas está acostumbrada a un sistema patriarcal que las empuja a vivir sometidas a sus maridos. La India se rige por el antiguo sistema de castas que impone diferencias según el estrato social en el que nacen las personas. Cuando una mujer queda viuda, pasa a pertenecer a la casta de los intocables, el escalón más bajo de todos. “Durante muchos años han sido sacrificadas miles de mujeres indias en la pira funeraria de sus maridos, el lugar donde los creman, siguiendo una tradición que se remonta al siglo XVI. El sati, o la autoinmolación, se consideraba un acto de fidelidad. Hoy, a pesar de haber sido prohibido en 1829 durante la ocupación británica, muchas prefieren suicidarse a vivir como viudas”, explicó Diana. Para ella es muy difícil llegar a estas mujeres, porque los indios ven en sus preguntas o cuestionamientos una intromisión a su cultura. Además, hay muy poca información y por eso Diana tiene que caminar por las calles para conocer las distintas historias. Así se encontró con Meena Davi, una mujer de 40 años, muy linda, a la que sus suegros echaron de su casa una vez que murió su marido. Cuando llegó a Vrindavan, después de haber caminado durante dos meses, se encontró con que la única salida que le quedaba para sobrevivir era mendigar.

“Si tienen estudios y una buena posición económica –explica Diana–, pueden escapar de esta situación, aunque son muy pocas las que logran hacerlo”. Los hijos de las viudas, en general, no se oponen a la situación. Desde chiquitos saben que si su padre muere, ése será el destino que le espera a su madre. Las mujeres también saben perfectamente lo que les espera y se exilian a otras ciudades santas, como Varanasi, donde al igual que en Vrindavan quedan entrampadas en la pobreza y en un régimen de conducta muy estricto que les impide ser libres.

“Lo cierto es que ellas terminan caminando descalzas, enfermas, durmiendo en las escaleras de los templos, y en grupos por miedo a que las violen. A veces, pueden alquilar entre varias una habitación oscura y sin baño. Muchas de ellas pasan ocho horas al día rezando en los ashrams o templos a cambio de que los fieles les den unas rupias o un puñado de arroz. Lo único que las mantiene vivas –dice Diana– es la ilusión de que Krishna las tenga en cuenta”. Ayudarlas desde el punto de vista legal no es sencillo. Muchísimas mujeres no tienen documento ni partida de nacimiento, e incluso algunas no recuerdan su edad ni el día en que nacieron: “Para el Estado, estas señoras no existen. Imagínate lo difícil que es tramitar sus pensiones. Cuando paro a su lado por la calle con mi abogado y mi traductor, algunas se sorprenden, porque nadie quiere hablar con ellas. No entienden por qué les hago preguntas, ni por qué me intereso en ellas. Poco a poco se van abriendo y muchas se ponen a llorar recordando a sus hijos. Si les pregunto con qué sueñan, me dicen que con nada; muchas me confiesan que quieren morirse. Están enfermas y no tienen un sitio a dónde ir ni quién las cure, porque cuando van a los hospitales todo el mundo tiene prioridad menos ellas: en las filas, la gente las va corriendo de lugar”.

Diana recuerda a una mujer que la enterneció en particular, que se acercó a ella y le dijo: “Espero que venga alguien como tú y que me ayude”. Aunque a Diana le cueste comunicarse, el contacto con ellas la conmueve profundamente: “Me buscan, me tocan el pelo, algunas se ríen conmigo… No nos comunicamos con palabras, pero yo veo que en sus ojos hay dulzura”. Como muchas otras personas que trabajan para mejorar la situación de las viudas, Diana es optimista: “¿Que si tengo esperanza? Si no la tuviera, ¡no estaría metida donde estoy!”.

Después de haber sorteado varias trabas burocráticas para instalar Sos Mujer en la India, ya consiguió tramitar la pensión de cien mujeres, con la ayuda de quince voluntarios. Y va por más: ahora trabaja para que reciban ayuda médica y para que se organicen en cooperativas que les permitan tener un ingreso: “Ellas se alegran al ver que seguimos adelante y que no las olvidamos. Poco a poco me van teniendo confianza y me empiezan a pedir ayuda para ellas y para sus hijas. Por mi parte, voy a intentar hacer todo lo que esté en mis manos. Esto pasó a ser la razón de mi vida”.

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