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Pareja

2 marzo, 2017

¿Se puede sanar la pareja?

Sergio Sinay posa su mirada sobre la insatisfacción que hoy sienten muchas parejas y nos muestra cuál es el camino para la sanación del vínculo. ¿Se puede lograr? Sí... pero siempre y cuando seguir juntos sea una elección saludable para los dos.


Como nunca antes en la historia, hoy podemos elegir con libertad a quién amar. Al menos en Occidente, no hay mandatos o tradiciones que nos empujen a casarnos con quien no queremos o leyes que nos obliguen a permanecer al lado de quien nos maltrata… Pero parece que, igualmente, el camino que se recorre de a dos se ha convertido en una cuesta arriba que nos deja sin aliento para enfrentar juntos las desavenencias. La pareja transita tiempos de crisis profundas. Las estadísticas, siempre frías, dicen que uno de cada tres matrimonios terminará en divorcio y que en los últimos tiempos su duración promedio se redujo de veinte a diez años, o incluso menos.

¿Por qué tantas parejas están en crisis? ¿Por qué hay tantos desacuerdos, tanto dolor o tanto resentimiento gobernando la vida en común? ¿Es posible sanar una relación herida? ¿Vale la pena seguir juntos a cualquier costo? La respuesta a esta última pregunta es “no”; más aún en tiempos en los que los asesinatos de mujeres en manos de su pareja se instalan cada vez más en las tapas de los diarios. Pero no hace falta llegar a una amenaza de muerte para decidir que no vale la pena seguir junto a una persona. Sergio Sinay, especialista en vínculos y un hombre que experimenta en carne propia la fecundidad de la pareja (junto a Marilén Stengel llevan juntos veinticinco años), cree que no deben tolerarse ningún tipo de agresiones, ni físicas ni psicológicas.

Dejando afuera estos casos de maltrato, Sinay sostiene que es posible sanar una pareja cuyo vínculo está herido, pero que para lograrlo es necesaria la escucha atenta y morosa, la empatía y la aceptación.

En su reciente libro Sanar la pareja. Cuando el amor repara lo que el desamor hiere, se embarca en un viaje profundo para explorar el corazón de ese vínculo tan necesario como orgánico y vivo. Sin proponer remedios milagrosos ni técnicas ficticias, expone no sólo las causas que enferman a la pareja, sino también el camino hacia su reparación. A lo largo de una entrevista con Sophia en su departamento del barrio de Belgrano, dice que la pareja no puede ser tomada a la ligera. La pareja no puede ni debe ser algo que se deja para el tiempo libre; es un trabajo fecundo, arduo y constante; una construcción que va mucho más allá del enamoramiento y la pasión: “Es la posibilidad de un encuentro único, como lo son los seres que allí se encuentran”.

–¿Por qué se ocupó de las crisis de pareja y de su sanación?

–Hoy hay una especie de estado de insatisfacción amorosa de este vínculo primario y fundacional que es la pareja. “Intolerancia, culpa, resentimiento, hartazgo, ansiedad, exigencia, necesidad no cubierta” son algunas de las palabras que escucho salir de la boca de las personas cuando hablan de sus parejas. Yo hablo de sanación y no de curación, porque cuando uno está sano es porque tiene recursos para afrontar la enfermedad. La pareja es un organismo vivo y, como tal, debe estar sano, debe desarrollar un sistema inmunológico para tener los recursos necesarios y suficientes que le permitan afrontar las crisis. Sanar la pareja no es llevarla a un estado ideal, e irreal, sino desarrollar los anticuerpos amorosos para protegerla. Y esa sanación no puede imponerse desde fuera, como una medicina, sino que es un proceso que debe venir desde adentro.

–¿Esta crisis es un fenómeno actual o siempre hubo crisis y hoy podemos expresarlas?

–La crisis que padece la pareja tiene que ver con estos tiempos. No porque las cuestiones que la afectan no existieran antes, sino porque hay otra concepción de la pareja. Cuando nació, su destino era garantizar y ordenar algunos aspectos de la filiación y de la herencia. De hecho, durante mucho tiempo, los amantes no eran importantes, sino el vínculo entre distintas familias. Si esas dos personas después se terminaban amando, eso era un valor agregado, pero no el propósito esencial del vínculo. Recién a mitad del siglo XX comienza a gestarse una verdadera revolución. Mucho tuvo que ver la realización femenina y la recuperación por parte de las mujeres de su propio deseo y de su propio cuerpo, cuando dejan de ser concebidas como meras unidades de reproducción. Entonces, surge este replanteo sobre la situación de la pareja y sobre el amor. En el siglo XXI ya no estamos condenados a convivir con quien no queremos o no podemos; la pareja es un producto de nuestra elección, de la que tenemos que hacernos cargo con responsabilidad.

–Pero parece que ahora es más difícil sostener este vínculo…

–Es que ya no alcanza con estar juntos por conveniencia. Hay un malestar amoroso que es producto de haber entendido al amor como algo mágico que todo lo cambia y lo soluciona, y no como el producto de un trabajo. Como el de un agricultor que prepara la tierra, que la siembra, que riega, que tiene plagas y enfermedades, y que no por eso se cruza de brazos, sino que las combate. Una pareja no se resuelve de manera administrativa, donde uno es el administrador económico y el otro, el afectivo. La necesidad del amor tiene que ver con el sentido de la vida, y la vida no puede reducirse a estar “con un buen muchacho” o “una buena madre”, porque entonces uno se pregunta: “¿Y qué más?”.

“La pareja es un organismo vivo y, como tal, debe estar sano, debe desarrollar un sistema inmunológico para tener los recursos necesarios y suficientes que le permitan afrontar las crisis. Sanar la pareja no es llevarla a un estado ideal, e irreal, sino desarrollar los anticuerpos amorosos para protegerla. Y esa sanación no puede imponerse desde fuera, como una medicina, sino que es un proceso que debe venir desde adentro”.

–¿Qué más?

–Bastante más. Lo que a las personas nos hace humanos es la necesidad de trascender y la conciencia de esa necesidad. Eso también se instala en la pareja. Hace poco, nos enteramos de que hay siete mil millones de personas en el mundo, pero no hay dos iguales ni jamás las habrá; por lo tanto, cualquier vínculo será entre personas diferentes. Eso no se puede dejar librado al azar. Cada una de esas vidas tiene un sentido en sí, y cuando dos vidas se juntas crean eso que llamo “el tercer cuerpo”. Ese tercer cuerpo también tiene un sentido y una vida propia abonada por esos dos seres únicos que la crearon. Es un sentido que no se revela per se, sino que hay que descubrir.

–Usted dice que en la pareja se juntan dos componentes tan únicos como distintos. Las benditas diferencias, ¿enriquecen o matan el amor?

–Tenemos que partir de la base de que son las similitudes las que van a hacer que nos enamoremos de una persona y no de otra. Similitudes reales o imaginarias, pero siempre algo parecido debe haber. Si vas a hacer una torta, aunque tengas el mejor chocolate, la mejor harina o el mejor azúcar, si no tenés con qué ligar los ingredientes, la torta no existirá. Eso es lo que hacen las semejanzas: ayudan a ligar los distintos elementos, a ligar las diferencias. Pero la torta está compuesta de otros condimentos y ahí aparecen las diferencias. Hay un primer grupo de ellas que son naturalmente integrales y complementarias, y hasta se diría atrayentes. Son esas cosas propias de cada uno que enriquecen la vida de ambos. Es la combinación de la intuitiva y el razonador, del madrugador y la dormilona, de la alborotada y el tranquilo. Se trata de diferencias que suman y hacen la vida más chispeante, agradable y divertida; son las que llevan a mirar y probar la otra cara de la moneda, ese nuevo mundo.

–¿Qué otras diferencias existen?

–Después, están aquellas diferencias abordables, las que empiezan a aparecer con el conocimiento. Uno muere por tener perro y el otro detesta los bichos. Uno quiere tener hijos ya y el otro prefiere esperar. No son cosas por las que una pareja se separa, pero provocan fricciones y desacuerdos; entonces, hay cosas para trabajar y se debe comenzar a establecer acuerdos. En este tipo de diferencias es donde está el humus de donde nace el amor. Por último, está el grupo más chico pero más pesado: el de las diferencias irreconciliables. En primer lugar, son aquellas referidas a los valores: un ecologista y un contaminador no pueden estar juntos, un humanitario y un depredador tampoco. Pero a veces se juntan y son aquellas parejas que dicen: “No tenemos nada que ver, pero tenemos una piel…”. Sin embargo, la piel es la capa externa, y después vienen muchas otras capas; y, más profundo, viene todo el mundo interior. Sin piel no hay pareja, pero sólo con piel tampoco. Las diferencias de necesidades y ritmos sexuales también son irreconciliables, porque alguien va a estar siendo violentado. Negar la historia del otro, despotricar contra su familia y su pasado, o pretender cambiar su físico también son diferencias irreconciliable. Éstas matan la relación, pero son apenas un puñado. Las abordables son infinitas e imposibles de clasificar, pero son tratables; dan trabajo, pero pueden acordarse.

–¿Y el respeto? ¿Qué lugar ocupa hoy en la pareja?

–Nadie puede ser obligado a amar a nadie; amar por decreto es imposible. Se ama como consecuencia de acciones amorosas que van construyendo un amor. Pero a lo que sí estamos todos obligados es a respetar al otro. El respeto no se construye; tiene que estar siempre y desde siempre. El comprometerse a respetar a la otra persona es algo que tiene que estar claramente estipulado y debe estar establecido de buena fe. Cuando no hay respeto, empieza a haber deslealtad. El respeto se debe demostrar en todos los pequeños actos de la vida cotidiana, porque, si no, queda como una gran palabra, pero vacía de contenido. “Yo la respeto porque es la madre de mis hijos”, se dice. Pero, entonces, ¿por qué no la escuchás, por qué le gritas o la ignorás? Respeto no es traer la plata a fin de mes, ser buen proveedor o cumplir con una función. Respeto es cómo hablás con y de esa persona. La mayor falta de respeto hacia el otro se da cuando se pasa a la agresión emocional o física; entonces, ya se cruzaron todas las barreras.

–¿Éstas son barreras sanables?

–A mí me parece que no. Hay parejas que se dicen cosas tremendas que a veces se intentan tapar por un tiempo, que pueden quedar adormecidas con analgésicos. Sin embargo, quedan como una herida que lastimó y que sigue ahí, y algún día terminan saliendo a la luz o se transforman en resentimiento. Entonces, cuando hay agresiones físicas, reacciones descalificadoras al máximo o se le dice a la otra persona algo que sabe que la lastima, se traiciona su confianza y ya es muy difícil volver a atrás.

–¿Y se puede volver de una infidelidad?

–La infidelidad es una puerta que se abre desde adentro. La pareja ha ido preparando esa escenografía para que surja un tercer personaje. El tercero en discordia no viene a romper nada que no estuviera listo para romperse. Falta de comunicación, ausencia de construcción amorosa, parejas que se vuelven asimétricas, en las que una de las partes deja de aportar en la caja de ahorro afectivo, son algunas de las causas de este vaciamiento interior. Pero no siempre un episodio de infidelidad mata definitivamente el vínculo, sino que puede hacerlo despertarse de su letargo. Siempre es doloroso, pero puede llevar a rever las cosas, puede volver la mirada a eso que yo llamo “la caja de ahorro afectivo”, que es similar a la caja de ahorro efectivo y que para existir necesita de aportes continuos. El dinero de la caja de ahorro sirve para auxiliarnos cuando surge alguna contingencia o para concretar proyectos y sueños. Con la caja de ahorro afectivo sucede lo mismo: sirve para paliar las crisis en las parejas, como una infidelidad, o para concretar sus proyectos. Pero cuando las infidelidades son seriales, ya sea con distintas personas o si se establece una relaciona paralela, entonces, no estamos hablando sólo de infidelidad, sino de deslealtad. Ya no hay pareja y no hay vínculo que sanar.

“Nadie puede ser obligado a amar a nadie; amar por decreto es imposible. Se ama como consecuencia de acciones amorosas que van construyendo un amor. Pero a lo que sí estamos todos obligados es a respetar al otro. El respeto no se construye; tiene que estar siempre y desde siempre”.

–Usted dice que en lugar de preguntarse “¿Por qué estamos juntos”, hay que preguntarse “¿Para qué estamos juntos?”.

–Esto es importante en la pareja y en la vida personal. Cuando ante una situación dada, uno se pregunta por el porqué, “¿Por qué me paso esto a mí?”, con esa pregunta uno puede descubrir una causa. Pero ¿se queda realmente tranquilo? La respuesta de por qué calma de manera transitoria, pero no modifica nada, sólo explica. Lo que sí modifica algo es saber para qué: “¿Para qué me pasó a mí?”. Cuando a un hombre le da un infarto porque está sufriendo estrés, puede preguntarse por las causas que lo llevaron a tenerlo, pero el para qué implica cuestionarse cómo estaba viviendo, cómo estaba parado en su vida familiar y en su vida de pareja, cuáles son las razones por las que se refugia en el trabajo…. El por qué remite hacia atrás, al pasado, mientras que el para qué remite hacia delante, nos conecta con un propósito. No es algo cómodo, pero me coloca mirando en perspectiva.

–¿Y eso cómo se aplica a la pareja?

–Una pareja debería hacer como un autoservice cada tanto. Tendría que preguntarse: “¿Para qué estamos juntos?”. Todos los porqués son válidos: “Porque me gustás”, “Porque los chicos nos necesitan”, etcétera, pero el para qué despierta otras respuestas, como que estamos para crecer juntos o para ayudarnos a desarrollarnos como seres humanos.

–Entonces, tenemos que aprender a decir más las cosas positivas del otro, en lugar de recriminar siempre.

–Sí, a veces nos cuesta mucho alabar al otro, pero las recriminaciones salen fáciles. Cuando uno escucha hablar a las parejas, por lo general sabe mucho de sus problemas, pero poco de sus logros. Quizá porque la mayoría de nosotros no fuimos muy valorizados. A partir de la alabanza, uno luego puede sugerir aquellas cosas que le molestan, y juntos ver la posibilidad de llegar a un acuerdo para que se modifiquen. Se puede arrancar desde una crítica amorosa y llegar a un acuerdo para transformar algo.

–¿Qué otras cosas sirven para sanar la pareja?

–Primero, reconocer que somos diferentes. Las fábulas de la media naranja o la del alma gemela han sido letales para la vida en común y generan mucha desilusión. El otro no cambia, lo que cambia es la mirada de uno. Reconocer las diferencias es importante, y hay que explorarlas para saber con cuáles podemos vivir, cuáles debemos trabajar juntos y con cuáles es imposible la vida en común. En segundo lugar, el tiempo. La persona que esta conmigo no puede ser el factor postergable siempre porque, entonces, la pareja es algo utilitario, algo que uso cuando me conviene. Hay que tener tiempo para la pareja.

–Y hay más…

–Sí, también se debe aceptar el misterio del otro; esas cosas que nunca voy a conocer, y no porque me las oculte. Un misterio no es un secreto. Además, se debe aceptar la sombra. Cada uno debe saber que hay aspectos no aceptados de uno mismo que muchas veces le endilgamos al otro. Tenés que preguntarte qué tanto hay de vos en eso que te molesta de tu pareja. Siempre entramos en la pareja con nuestras sombras; es necesario saber que tenemos aspectos propios que rechazamos y debemos descubrir. De lo contrario, la pareja se convierte en un espacio idealizado, en un cuento de hadas. Para sanarse, para tener un sistema inmunológico fuerte, una pareja debe pasar por muchas crisis y desilusiones; y en esos momentos, construir el amor.

–Por último, ¿cuál sería la forma más saludable de concebir a la pareja?

–Es importante saber que el amor es una construcción. La vida en pareja es un trabajo cotidiano; un trabajo full time y de por vida, con sus problemas y sus crisis; pero un trabajo en el que se forja una pequeña civilización, un trabajo que vale la pena intentar.

Por Gabriela Picasso. Nota de archivo (enero 2012). 

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