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Sophia - Despliega el Alma

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Pareja

30 marzo, 2010

Salir es posible y depende de uno


Walter Dresel

El manipulador produce un sentimiento profundo de minusvalía en su víctima, que llega a creer que no puede dejarlo. El médico uruguayo Walter Dresel explica cómo terminar con una relación destructiva.

A­­na mira azorada cómo su amiga Laura baja la mirada en silencio, hace un gesto de resignación y se agacha para juntar los vidrios del marco que Ignacio, su hijo de dos años, tiró recién de la mesa ratona. Su marido se acaba de ir a los gritos, aunque había prometido cuidar a Ignacio mientras ellas dos salían a tomar ese merecido café que nunca pueden concretar. “¡Esto es culpa tuya, vos lo malcriás y éste es el resultado! ¡Ahora hacete cargo; yo me voy!”. Ana no lo puede creer y le dice: “Laura, es normal que un chico rompa cosas, no es tu culpa. ¿Por qué permitís que siempre te hable así?”. “Bueno, él es así. ¿Qué querés que haga? –le contesta su amiga–. Tal vez tenga razón, quizá yo lo malcríe mucho, puede ser mi culpa… Debe de haber tenido un mal día en el trabajo… No quiero pelear y, además, en el matrimonio siempre hay que ceder un poco, ¿no? Es normal…”.

Ceder de vez en cuando es normal; dejarnos avasallar por el otro, no. Esto es lo que señala el médico uruguayo Walter Dresel en su libro Yo te manipulo, ¿y tú qué haces?: “En todas las relaciones humanas hay que ceder, pero todo tiene un límite. Cuando una persona pretende imponer su criterio desconociendo el deseo, la opinión y la necesidad del otro, estamos frente a un manipulador que puede llegar a destruir a su víctima. No importa demasiado si la violencia es física o psicológica; las dos, por distintos caminos, terminan reduciendo a su víctima a la mínima expresión y, lo que es peor aún, haciéndola sentir responsable y culpable de su sufrimiento”.

¿No se merece Laura una vida mejor? La respuesta puede ser muy clara para Ana, que mira la situación desde afuera; pero su amiga, entrampada en una relación destructiva, no lo ve tan claramente, se resigna a pensar que ésa es la vida que le tocó, piensa que no puede hacer nada para cambiar las cosas, siente que no puede dejar a su marido, que no puede salir de esta relación… “Salir de esta situación no es facil, pero sí es posible”, dice Walter Dresel, médico cardiólogo, homeópata y creador del Centro de Medicina del Bienestar y del Centro de Liderazgo y Administración de la vida Humana, desde donde hace años trabaja para mejorar la calidad de vida de las personas. Durante una charla con Sophia, explicó por qué es tan importante que las víctimas recuperen su autoestima para entender que no pueden permitir que nadie las avasalle, que es mucho lo que pueden hacer para defenderse y que no están condenadas a vivir en una relación destructiva.

–¿Cómo nos damos cuenta de que estamos siendo víctimas de un manipulador?

–En la manipulación siempre hay una relación asimétrica: hay alguien que detenta y ejerce el poder, y otro que es víctima de su agresión. La manipulación se da en función de dos variables, que son el tiempo y la intensidad. Cuando en una relación de pareja la manipulación se da los siete días de la semana y los treinta días del mes, estamos frente a una perversidad. Sucede cuando alguien busca por todos los medios destruir a la otra persona, destruir su autoestima, apelar a la pérdida de su propia identidad.

–¿Cómo lo hace?

–Constantemente le dice: “Si no fuera porque yo te protejo, jamás podrías responder a los desafíos de la vida, porque no sabés hacer nada, porque no estás preparada…”, o se lo insinúa. Eso va calando muy hondo en la mente y en el alma de la víctima, que llega a creer que es una persona inútil y que va a tener que mantenerse unida al otro de por vida. Entre todas las herramientas que usa el manipulador, la violencia psicológica es una de las más importantes.

–¿Qué tipos de manipulación existen?

–Primero, el chantaje emocional, en el que muchas veces el manipulador asume el rol de víctima: manipula poniéndose en ese lugar. También existen la manipulación a través de la culpa, de jugar con la culpa del otro; la violencia mediante el poder económico, en la que la víctima depende económicamente del manipulador y queda atada a él por ese motivo; el temor al abandono; la violencia psicológica y la violencia física. Ésas son las formas más frecuentes de manipulación.

–¿Qué características tiene una persona manipuladora?

–El manipulador tiene una imagen de gran fortaleza y de gran poder, que puede estar dado por el poder económico, por la seducción o por la personalidad. Suele ser muy carismático, muy jovial, divertido; está en el centro de una reunión y todo el mundo le sonríe. Parece un gran tipo, pero puertas adentro se convierte en un ser detestable. Puede llegar a portarse como una persona muy dulce, cariñosa, y hacer los planteos en forma absolutamente normal sin que nadie sospeche que está ante una manipulación. Pero cuando la víctima opone cierta resistencia, o se le ocurre decir que no a determinadas demandas, se transforma. El manipulador es una persona insegura, que usa ese disfraz de fuerza para tapar sus inseguridades, su falta de certeza.

–Tiene puntos débiles, como cualquiera.

–Sí. Uno cree que el manipulador aprovecha sólo las debilidades de su víctima, pero él también las tiene y trata de disfrazarlas bajo ese manto de seguridad.

–¿Puede manipular a cualquiera?

–No. Otro de los rasgos del manipulador es que manipula donde puede y no donde quiere. Hay personas que no tienen un cargo jerárquico en su trabajo y no pueden manifestar su poder; pero cuando cruzan la puerta de su casa, ejercen con toda su fuerza la manipulación.

–No va a elegir a alguien que le va a poner un freno…

–Claro, esto se da mucho en las relaciones amorosas hoy en día, en donde los hombres salen corriendo ante mujeres que son autónomas o independientes. No es sólo un resabio del viejo machismo latinoamericano, sino que, realmente, se dan cuenta de que no es un terreno fértil a largo plazo.

–¿El manipulador es consciente de que lo es?

–En la enorme mayoría de los casos no, porque considera que esa manera de imponer su criterio es lo normal, es su estilo de vida, es su forma de comunicación. Cuando alguien le dice que está haciendo algo que no está bien, parece como sorprendido, porque para él ésa es la manera corriente de vincularse. Hay unos pocos que son absolutamente conscientes de que son manipuladores, y ésos son todavía más perversos, porque saben que manejan a los demás para conseguir beneficios propios.

–¿Cómo se forma la personalidad de un manipulador?

–En algunos casos, hay conductas de repetición; tal vez el manipulador tuvo durante su evolución, su infancia o su adolescencia, un padre o una madre muy manipuladores y aprendió que ésa es la forma de conducirse en la vida. En otros casos, más allá del entorno en que se haya desarrollado, tiene un trastorno de personalidad. Pero también puede suceder que la persona, en un afán desmedido de conseguir el poder, elabore él mismo un esquema de manipulación que no responde ni a una enfermedad psíquica ni a un modelo de su infancia.

–¿No le importan los sentimientos de los demás?

–Absolutamente no. Le importa sólo él. O, si es una mujer, sólo ella.

–¿Siente culpa por eso?

–No, nunca; al contrario. Cuando la víctima se rebela, ellos se ponen en lugar de víctimas y dicen: “No puedo entender qué te pasa; yo siempre fui bueno con vos y ahora me estás pasando facturas de hace diez años”. En realidad, sienten más el abandono, cuando los dejan, que culpa o responsabilidad por haber actuado de determinada manera.

–¿Qué flancos buscan en su víctima?

–Suelen aprovechar varios. En primer lugar, buscan una persona que no tenga un proyecto personal de vida, que no tenga metas, objetivos, un plan de acción. Ése es un terreno fértil para decir: “Yo voy a manejar tu vida; vos dejame a mí que yo sé lo que necesitás para sentirte bien”.

–Es una persona inteligente, hábil.

–Hábil, inteligente, ave de rapiña. Muy inteligente, pero muy perverso, porque suele escaparle a cualquier tipo de negociación; prefiere quedarse solo y buscar una nueva víctima.

–¿Es posible que una persona así cambie?

–En términos generales, diría que no. En mi consultorio, veo todo el tiempo que el manipulador siempre mira la escena desde afuera; me dice: “Usted tiene que tratar a mi señora, porque la que está mal es ella; yo soy un tipo sano”. En general, como tiene un trastorno en su personalidad, es muy difícil que el manipulador pueda cambiar. Cambiar no significa tomar un medicamento o hacer un tratamiento, y ya está.

–¿Qué produce en lo emocional y físico en su víctima?

–Primero, un sentimiento muy profundo de minusvalía; la persona se va dando cuenta de que no tiene ni voz ni voto en ninguna decisión. La víctima se levanta todos los días y, a partir de los buenos días, recibe el mensaje: “No servís para nada, no podés salir a trabajar, dependés de mí”. La persona termina creyendo que eso es cierto y, en una primera instancia, queda dentro del marco del cuerpo emocional: se angustia, tiene cuadros de ansiedad, crisis de pánico.

–¿Qué pasa cuando lo emocional se desborda?

–Cuando ese cuerpo emocional se desborda, aparece la proyección en el cuerpo físico. En cada persona se verá afectado un sector del organismo que es el más débil; por eso, los cuadros de ansiedad o de angustias muy profundas producen una depresión en algunas personas; en otras, una hipertensión arterial, una soriasis, un colon irritable o una gastritis. En un principio, hay una afectación personal, pero si no se le pone un freno a la manipulación, se pasa a una enfermedad orgánica.

–¿Cuáles son las características de la víctima?

–Es una persona con muy baja autoestima, poca confianza en sí misma, sin respeto por su propia persona, incapaz de poner límites cuando lo siente, extremadamente permeable a los juicios de los demás. Estas personas no tienen un juicio propio, dependen de la opinión de los otros, son muy permeables. Ésta es la situación ideal para el manipulador. Es posible que la persona tenga una autoestima mediana, con algunas deficiencias, y que el ataque feroz y continuo del manipulador la termine de destruir.

–¿El objetivo del manipulador es bajarle la autoestima?

–Claro. Es la única manera de ejercer el poder sin retaceos.

–¿Cómo empieza a darse cuenta una persona de que está siendo víctima de alguien perverso?

–Lo primero que empieza a sentir es un grado creciente de insatisfacción respecto de lo que la vida le devuelve. La persona se encuentra triste, desolada. Algunos se dan cuenta de que el problema es que son víctimas de un manipulador, y otros tienen que empezar a buscar qué es lo que les pasa, cuál es el origen de su malestar.

–¿Qué es lo primero que debe hacer esa persona?

–Tomarse un tiempo para mirarse en el espejo del alma, revisar su historia para entender qué episodios pueden haberla marcado de tal manera como para haber aceptado ser manipulada sin sentir la necesidad de rebelarse.

–Tiene que trabajar su autoestima.

–Sí, trabajar su autoestima es fundamental. La confianza y el respeto por sí misma son lo que la van a ayudar a salir adelante. Si no se siente segura de sí misma y no se valora, no sólo queda a merced de la opinión de los demás, sino que se torna mucho más vulnerable a la manipulación. Hay que recuperar la autoestima para luego enfrentar al manipulador, y si no puede hacerlo sola, tiene que pedir ayuda.

–¿A quién?

–Puede recurrir a un psicoterapeuta, a un médico o a un centro que se especialice en maltrato, pero también es posible que la ayude un buen amigo, un familiar, un religioso. Tiene que ser una persona a la cual la víctima respete, en quien tenga plena confianza y a la que pueda decirle lo que piensa y lo que siente. La víctima debe saber que si tiene que alejarse del manipulador, puede hacerlo.

–¿Las víctimas tienden a repetir los esquemas de pareja?

–Si simplemente termina con la relación destructiva y no trabaja su autoestima, puede volver a ser presa de un manipulador. Pero si hace un buen trabajo personal, en general no. Queda inmunizada.

–Hay manipuladores que se manejan con mucha sutileza…

–Pero la persona con una buena autoestima es capaz de detectar esas sutilezas, salvo que se enamore perdidamente. Si eso ocurre, por lo menos en una primera etapa, sólo verá los aspectos positivos; el manipulador siembra mucha confianza en un principio, pero a larga salta. Quizás a partir de un hecho totalmente intrascendente arme una gran discusión… Esto es un indicio de que en el futuro la situación va a estar bastante complicada. La desproporción entre la reacción y la dimensión del hecho es uno de los índices de la intolerancia que tiene el manipulador. La poca tolerancia a la frustración es clave. No hay que desestimar la reacción del manipulador cuando es puesto al descubierto.

–A modo de política preventiva, ¿cómo hacemos para no caer en manos de una persona así?

–No hay que temerle a la soledad, no hay que acercarse al otro para que me proporcione el bienestar y la felicidad. Cada persona debe trabajar su autoestima y preguntarse: “¿Qué necesito yo para sentirme bien conmigo misma?”. Lo fundamental es que antes de entablar un vínculo, hagamos el trabajo de conocernos, saber cuáles son nuestros puntos débiles, nuestros puntos fuertes, qué es lo que queremos, para poder enfrentar el día de mañana a un posible manipulador y decirle: “No, ésta no es la manera; no quiero convivir con estas formas”. Los manipuladores se quedarán con las personas que no hayan hecho ese trabajo.

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