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Vivir bien

14 marzo, 2018

Rescatando la soberanía alimentaria

¿Qué estamos comiendo realmente cada vez que nos llevamos un bocado a la boca? ¿De qué manera eso repercute en nosotros y en nuestro entorno? Un profundo análisis acerca de un tema complejo y siempre vigente: la necesidad de consumir alimentos de manera soberana.


Por Marina Do Pico. Ilustraciones: Luisa Lerman. 

Distancia de Rescate (2014), la novela de la escritora argentina Samanta Schweblin, caló hondo en todo el mundo. Resultó tan relevante para nuestros tiempos que en 2017 llegó a las listas del Booker International Prize. En un relato que se lee como un sueño, Schwblin teje una trama en torno al terror de no poder resguardar a nuestros hijos de una amenaza que no se nombra, pero se intuye. En el campo de Schewblin, la contaminación azota un pueblo a través de lo más inocente y cotidiano: la producción de alimentos. Pero lo que cuenta está lejos de ser un sueño. Los casos se reproducen año a año y en septiembre de 2017 hubo uno especialmente mediático: una niña correntina se intoxicó al comer una mandarina bañada en agroquímicos y falleció camino al hospital. Sobre este caso (y tantos otros) se posa un halo de extrañamiento que la escritora supo captar en su novela: nuestro alimento se ha vuelto un hecho ajeno y peligroso.

Sin embargo, ante las diversas alertas de que algo no está bien con el modo en que estamos produciendo nuestros alimentos, reaccionamos con recelo y un miedo paralizante: “Mejor no saber”. Aunque de esa ignorancia nazcan extrañas enfermedades: corrupción, pobreza, contaminación y cambios irreversibles en el paisaje de nuestro país. Es que la comida no es solo aquello que nos llevamos a la boca todos los días. Cuando nos desdibujamos de los procesos esenciales –la selección de las semillas, la producción, la cocina– lo que perdemos es mucho más. El libro de Schweblin plantea una pregunta inquietante: “¿Cuál es el punto exacto en que, sin saberlo, se da el paso en falso que finalmente nos condena?”. Tal vez sea tiempo de indagar más profundamente y calcular una nueva distancia de rescate.

Génesis

Ese mismo septiembre de 2017 ocurrió otra tragedia relacionada con el cultivo de mandarinas: en Salto, Uruguay se fumigaron los árboles con un insecticida altamente tóxico que acabó causando la muerte de cerca de 2000 colmenas de abejas. ¿La razón? Se buscaba producir frutos sin semillas. Resulta difícil hoy imaginar un tiempo en el que la humanidad les rendía culto a las semillas. Hoy en día las semillas se compran, se venden, se patentan, se alteran genéticamente, se desprecian, se desconocen; el mercado busca eliminarlas de la mayoría de las frutas. En el último siglo, se perdió más del 90% de la diversidad de semillas. Son variedades que desaparecieron para siempre, con consecuencias incuantificables para el planeta y nuestra salud.

Los humanos y las semillas llevamos miles de años de co-evolución, argumenta Michael Pollan en su libro The Botany of Desire (2002). El clásico ejemplo es el de las flores y las abejas: “Las dos partes actúan una sobre la otra para avanzar sus intereses individuales, pero terminan intercambiando favores: alimento para la abeja, transportación de los genes para la planta”. Lo que sucede con los humanos no es muy distinto: elegimos las semillas casi tanto como nos eligen a nosotros. Como prueba de ello, existen todavía esas variedades que se resistieron a la domesticación. “Nunca logramos domesticar al roble, cuyas bellotas altamente nutritivas siguen siendo demasiado amargas para que las coman humanos”, dice Pollan.

El hecho es que la diversidad de semillas, resultado de este trato co-evolutivo entre el ser humano y las plantas, constituye un sistema complejo e inteligente que ha nutrido a la humanidad desde los comienzos de la agricultura. ¿Qué cambió? Un nuevo sistema basado en la trans-génesis de semillas y cultivo intensivo que requiere toneladas de agroquímicos. Andrés Carrasco, un reputado biólogo que fue director del Departamento de Biología Molecular de la UBA e investigador principal del CONICET, afirmó que para creer que los transgénicos no tienen consecuencias “el científico tiene primero que olvidarse lo que aprendió en la facultad, desestimar lo que sabe acerca del proceso evolutivo de las especies. De lo contrario, nadie puede negar que un proceso de evolución de millones de años no se puede romper en treinta segundos sin consecuencias”.

Y, sin embargo, se hizo y lo estamos comiendo. El modelo productivo de los transgénicos −principalmente impulsado por la multinacional Monsanto− es problemático por más de una razón. La primera dificultad radica en la idea de que alguien pueda “patentar” un bien de todos, como una semilla. La autora Lessley Anderson afirma: “Por su propia admisión, Monsanto ve sus semillas transgénicas patentadas de manera similar a la forma en que la industria del software ve su tecnología patentada. Como alguien que compra una copia de Photoshop, Monsanto obliga a sus clientes a un acuerdo de términos de servicio cuando compran su ‘tecnología’. Aunque esto tiene sentido desde una perspectiva comercial, es problemático desde una perspectiva de relaciones públicas. La ‘tecnología’ que están vendiendo son semillas, que tienen asociaciones culturales e incluso espirituales que no tiene Photoshop”.

Más allá del dilema casi filosófico por definir el estatus de las semillas, patentarlas tiene consecuencias muy concretas para los agricultores, que deben pagar nuevas tandas de semillas todos los años, en vez de tener su propio abastecimiento autónomo, como siempre fue. En la India, se estima que más de 200 mil agricultores se quitaron la vida por no poder afrontar los pagos a las semilleras multinacionales (irónicamente, la mayoría se suicidaron mediante la ingesta de agroquímicos que la industria presenta como “seguros”). Intrínseco a este modelo es el monopolio de un solo tipo de semilla, un solo tipo de cultivo que se devora con creciente fervor la diversidad, tan fundamental para la vida.

En África, por más llamativo que sea –dada su condición socio-económica–, yace la mayor diversidad de semillas del mundo y una milenaria sabiduría agricultora que se esfuerza por sobrevivir. Una serie de documentales producidos por The Gaia Fundation (Seeds of Freedom en 2012, Seeds of Sovereignty en 2013 y Seeds of Justice en 2015) muestra el esfuerzo de muchos profesionales y agricultores indígenas por conservar el legado alimenticio de Etiopía: su banco de semillas es uno de los más diversos del mundo, con diez años de colección que representan su rica historia agraria.

En los tres documentales, se enfatiza el vínculo esencial que existe en Etiopia entre las semillas y la cultura: el jefe de la tribu Vhutanda cuenta: “Plantamos semillas para darles la bienvenida a nuevas vidas, cuando un niño se convierte en hombre, lo bañamos con semillas y cuando una persona muere, plantamos semillas en su tumba”. Al hablar de espiritualidad y semillas, los etíopes no dejan de mencionar la importancia del rol de las mujeres: “Las mujeres son las guardianas de las semillas: en la mayoría de las comunidades ellas son responsables de seleccionarlas y asegurarse de que las necesidades de la familia estén bien representadas en el próximo cultivo”.

Argentina, granero del mundo

En base a esa premisa se modeló un sistema productivo que se nos fue de las manos. El año clave fue 1996, concuerdan Soledad Barruti y Fernanda Sández, dos periodistas que desde hace tiempo vienen investigando el sistema alimentario en Argentina. Ese año, el menemismo les abrió las puertas a los cultivos transgénicos de multinacionales, que con su combo de semillas y agrotóxicos representaban un negocio redondo para algunos y pobreza, hambre y enfermedades para otros. Mientras que en la mayoría de los países se evaluaba a los transgénicos con cautela y Europa decidió no aprobarlos hasta que no existieran pruebas contundentes de su inocuidad, Felipe Solá, el Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de aquel entonces, los aprobó por decreto sin siquiera traducir los estudios. Muchos científicos advirtieron entonces: “Argentina se convirtió en un experimento a cielo abierto”.

“Plantamos semillas para darles la bienvenida a nuevas vidas, cuando un niño se convierte en hombre, lo bañamos con semillas y cuando una persona muere, plantamos semillas en su tumba”, jefe de la tribu Vhutanda de Etiopía. 

Veintidós años después de aquella decisión, los resultados de ese sistema productivo comienzan a verse. Y son devastadores. Enormes migraciones de las provincias a las ciudades, pobreza y proliferación de villas; pueblos rurales en los que la mayoría de la población vive con cáncer y enfermedades respiratorias; persecución y matanza de indígenas; deforestación, extinción de especies autóctonas, proliferación de feedlots, suelos devastados y estériles, agricultores familiares acorralados por las grandes corporaciones.

En el centro de este modelo importado yace una paradoja: el 60% de nuestros terrenos cultivables están ocupados con un cultivo que ni siquiera comemos: la soja. Prácticamente toda la soja que se produce en la Argentina es transgénica, se exporta y termina como alimento de ganado asiático. También hay otras paradojas: aunque somos el segundo exportador mundial de alimentos orgánicos, menos del 10% de esa producción se destina al consumo local.
Pero si ya las estadísticas alarman, resulta difícil encontrar un nombre para aquello que se ve tierra adentro, los desastres vivos de este sistema: Santa Teresa, Ituzaingó, Monte Maíz, San Antonio. Pueblos donde todos los días surgen nuevos casos de cáncer, enfermedades respiratorias, leucemia, malformaciones y abortos espontáneos. Donde se ignoran las medidas de seguridad y las distancias requeridas y, literalmente, se rocía a la gente con agroquímicos desde el cielo. A pesar de los esfuerzos de distintos grupos de activistas y científicos como Médicos de Pueblos Fumigados y de los juicios: ya pasaron cinco años desde el histórico juicio a las fumigaciones en Ituzaingó.

Cultura alimentaria

¿Qué pasa cuando esta comida entra en nuestras casas? Hace unos años, en una entrevista, el nutricionista Alberto Cormillot admitía, risueñamente, no saber cocinar. Nadie advirtió nada extraño en este hecho. Nos acostumbramos a que nuestra comida sea elaborada por un equipo multi-disciplinario de químicos, publicistas, psicólogos, contadores y empresarios. Pero, cabe preguntarse: ¿cuánto puede saber sobre alimentación un hombre que no cocina?

El hecho es que, hace rato, la comida pasó a ser un conjunto de nutrientes que se lista en el reverso de los productos. Esta dieta industrial ha hecho proliferar un montón de enfermedades crónicas que médicos y nutricionistas se desvelan por entender. En su afán por encontrar “la gran solución”, la comunidad científica está todo el tiempo cambiando su discurso con respecto a la alimentación. Se libran guerras contra distintos alimentos y nutrientes que siempre hemos consumido y todos los días se declara un enemigo distinto: que el problema es el colesterol, dictaminan un día, pero al siguiente afirman que son las grasas saturadas, los carbohidratos o las harinas. “El pan es nuestro peor enemigo”, afirma un libro. “No hay que comer huevos”, aconsejan por ahí. “El azúcar hace mal, mejor usar edulcorante”, otra máxima corriente.

Esta guerra contra macro-nutrientes elude el verdadero problema: ninguno de estos alimentos sería perjudicial para nuestra salud si no fuera porque está ultra-procesado y lleno de aditivos y conservantes. Algunos de ellos aparecen en nuestra comida en cantidades siderales (el azúcar, la sal y la grasa). En el mar de las preocupaciones, a veces la industria propone un falso salvavidas: productos que se plantean como “más sanos” pero en realidad no lo son. Un ejemplo es la engañosa etiqueta “light”, que remplaza azúcar por edulcorantes sintéticos o jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), productos altamente industrializados y perjudiciales para la salud. De hecho, la universidad de Princeton encontró al JMAF responsable de la epidemia de obesidad.

No saber qué estamos comiendo es peligroso. Varios estudios alertan que hoy hay más muertes por la comida que por el cigarrillo. Y el problema es global: la industria ha normalizado la alimentación en todo el mundo, achatando o borrando de un plumazo toda cultura alimentaria que no se resista a su avance. Estamos comiendo todos lo mismo, pero los seres humanos evolucionamos para adaptarnos a los alimentos que existen en un territorio determinado. Nuevamente aquí, la ley que rige es la de la diversidad: hay tantas formas de comer como culturas en el mundo y es fundamental que todas prosperen.

Sanar nuestra relación con la comida significa aliarnos con el tiempo y su naturaleza finita. Nuestra cultura global adquirió una extraña obsesión por ganarle al tiempo. “El tiempo es dinero” es una de las metáforas que rigen nuestra vida. Pero, si nos corremos de esta narrativa, podemos preguntarnos: ¿qué puede ser más importante que producir y preparar nuestro propio sustento?

Distancia de rescate

Son las seis de la mañana y en todas las granjas de Carlos Keen los chicos se preparan para ir a la escuela y los grandes para una jornada laboral en el campo. Lo que sucede en la granja de Hugo Sentineo y Susana Edmoris no es muy distinto y a la vez sí: allí residen 20 chicos sin hogar judicializados que encontraron una oportunidad para escapar del abandono en el conurbano bonaerense. En esta granja llamada Fundación Camino Abierto, los chicos reciben educación, cariño, contención y algo más: aprenden a trabajar la tierra, a cocinar y a explorar sus talentos y potenciales. Hugo y Susana –ex empresarios que residían en Villa del Parque– no se imaginaban que iban a tener una huerta agroecológica inmensa, y menos aún un restorán tan exitoso que capaz de recibir hasta 400 comensales los domingos y la visita de canales gourmet de todo el mundo. Buscando un hogar para unos chicos huérfanos, Hugo y Susana terminaron emprendiendo un camino que les transformó la vida: se mudaron al campo, aprendieron a plantar y a cocinar y hoy su objetivo es que esos chicos sean dueños de su destino tanto como ellos: “Vos tenés la oportunidad de cambiar tu historia y la decisión es solo tuya, no de los demás”, dice Susana.

Su historia es un ejemplo de la íntima relación que existe entre las personas y el ambiente en el que viven, y cómo una transformación de un plano se refleja en el otro. Esta idea tiene nombre: soberanía alimentaria. Se trata de un movimiento global que comenzó en los noventa y que planteó sus objetivos durante la Cumbre Mundial de la Alimentación. ¿Qué significa el término “soberanía alimentaria”? 1) El derecho de definir el propio sistema alimenticio 2) Alimentos producidos a través de métodos ecológicamente sanos y socialmente justos.

En Argentina, el movimiento está encabezado por un frente de mujeres: las periodistas Soledad Barruti (Malcomidos, 2013) y Fernanda Sández (La Argentina Fumigada, 2016) vienen dedicándose desde hace años a investigar el tema y a divulgar sus complejidades con integridad. La reputada nutricionista Myriam Gorban dirige la primer Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria del país. Patricia Aguirre es una antropóloga que se dedica a estudiar nuestra relación con la comida y ha escrito varios libros sobre las problemáticas alimentarias en Argentina. Norma Garriaca, una socióloga especializada en ruralidad, vuelca en incontables libros, estudios y papers, una alerta sobre los problemas del sistema actual. Sofía Gatica encabeza el grupo Madres de Ituzaingó y se dedica a luchar por la salud de sus hijos, que hoy se ven afectados por el uso bestial de agrotóxicos.

La soberanía alimentaria tiene varios ejes de trabajo y manifestaciones. Uno de ellos es la educación y es ahí donde más se está haciendo: desde libros y documentales que informan sobre nuestro sistema alimentario, pasando por escuelas que enseñan a cultivar la tierra y producir alimentos, hasta ONGs e instituciones que orientan su labor en este sentido, sumando esfuerzos y trabajos individuales por revalorizar el campo y el trabajo campesino. Como todo cambio de paradigma, requiere de un cambio en el pensamiento: principalmente desandar la idea de que el trabajo campesino es precario, primitivo o degradante.

Muchas escuelas rurales y escuelas públicas de la ciudad han tomado la iniciativa de incorporar huertas con las que abastecen su comedor. Que los niños aprendan a trabajar la huerta tiene innumerables beneficios para su salud y su futura autonomía. Saber cómo producir nuestros alimentos es una de las maneras más genuinas de volvernos auto-suficientes. Por esta razón, proyectos de rehabilitación de adictos, ayuda a discapacitados, niños huérfanos o de hogares carenciados, se centran en el trabajo de huerta. Por ejemplo, en CAEC, un centro de actividades para chicos y jóvenes con discapacidades mentales en Vicente López, todos los miércoles los chicos aprenden a trabajar la tierra. Cultivarte es otra asociación civil que desarrolla huertas familiares y comunitarias en zonas carenciadas. En Colombia, una estudiante creó un sistema para hacer huertas en los techos de chapa de viviendas humildes. El INTA también está implementando, como proyecto de sustentabilidad a largo plazo, diseñar huertas en los techos: en noviembre del año pasado armaron una en la Casa Rosada para visibilizar la iniciativa.
Aunque, quizás, el ámbito donde más injerencia tenga es el social: es allí donde se gestan los tejidos que construyen comunidad y cultura, nuevas relaciones entre consumidores y productores, entre familias y vecinos. Por eso, en muchas partes del mundo se está resignificando el valor de lo comunitario: huertas comunales, ollas barriales, cooperativas de vecinos.

No obstante, “alimentos orgánicos” es un término que no termina de reflejar la dimensión del cambio que hace falta. “Orgánico” se ha ligado al lujo de pocos y a un packaging bonito con un logo. La comida soberana, en cambio, es comida real, sin agrotóxicos, producida por personas que cobran un salario justo. Comida que no deja un suelo seco y aire contaminado a su paso; comida que nutre a comunidades enteras.

Está claro: comer no es un acto puramente doméstico, personal, individual. No es solo ese momento en que levantamos el teléfono para pedir delivery, que elegimos un ítem del supermercado, que nos compramos una barrita en un kiosco o pedimos algo del menú. Comer es, de por sí, un acto político. Desde que se produce hasta que llega a nuestra mesa, la comida deja un rastro en la tierra, en el agua y en el aire, en las comunidades donde se produce, en la economía, en las personas, en nuestros cuerpos. Si permitimos que el hilo vital que nos une a nuestro alimento se termine de cortar, perderemos eso que nos hace humanos. Pero así de sigilosamente como una vez nos borramos de esta historia, volvemos a estar a tiempo de escribir una nueva: más digna, más justa, más soberana. Más nuestra.

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