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Vivir bien

20 Febrero, 2017

Reinventarse después de los 50

Disfrutar más de la vida y dejar un legado al mundo, son algunas de las inquietudes de las mujeres que ya comenzaron a andar la segunda mitad de la vida. Con un desafío por delante: que los años vividos traigan calma, pero también nuevos sentidos por descubrir.


Por Sonia Abadi*

Con los pies sobre la tierra y ganas de seguir volando, llegan algunas mujeres que superaron los cincuenta y más. Mujeres que atravesaron el llamado “techo de cristal” que les impedía crecer a la par de los hombres y lo hicieron en base al talento, el esfuerzo, la osadía. Ya casi ni se cuestionan si los machistas no las consideran. Ellos vieron o verán muy pronto lo que ellas valen.

La autoestima está firme, los logros también. La relación con el mundo de los hombres, tanto como con las otras mujeres, es serena. Ya se han superado incontables desafíos.

Casadas, libres o con una nueva pareja. Con recursos propios, ¿y ahora qué?

Quizá, llegó el momento de disfrutar de la vida. O de capitalizar la experiencia para ayudar a otras, o a otros, ese contrapunto delicado y fascinante, que reúne las ganas de brindarse a sí misma con el deseo y el compromiso de no desechar la experiencia adquirida.

Ella piensa: ahora me toca disfrutar, viajar, formar una nueva pareja. Cultivar un hobby, aprender algo nuevo. O hacer más gimnasia, bailar, jugar al golf. El cuerpo ahora requiere más cuidados de salud, de bienestar, incluso −para las más coquetas− estéticos. Están las que se dedicaron a la carrera y no construyeron una familia, pero sí formaron alumnos y aprendices que las mantienen enfocadas en una noble tarea: la de acompañar a crecer.

Son muchas las que tienen hijos, algunas hasta nietos, pero las jóvenes abuelas ya no vienen como las de antes. Cuidan chicos… a veces. Juegan con ellos, sí, pero un rato. Y ayudan a sus hijos hasta donde les alcanzan las posibilidades y el tiempo. Ya no pretenden sacrificarse en pos de un otro, si eso las lleva a perder de vista sus propias inquietudes.

Para ellas, el legado familiar está garantizado. Pero ahora se plantean otro legado: el de los saberes, las habilidades profesionales y laborales.

Tienen la intuición de que vale la pena capitalizar lo adquirido para compartirlo con otros, con otras, con la comunidad entera. Entonces, una mañana se levantan diciéndole al mundo: “Ahora me toca a mí, ya aprobé todos los exámenes, no tengo más nada que demostrar”. Y por la tarde, se preguntan: “¿Y todo lo que aprendí? ¿Y todos los recursos que tengo?”. No sólo en su especialidad profesional, sino en la vida y en el trato con la gente.

Ese es el momento en que tantas deciden reinventarse. Conozco a algunas que escriben libros o publican artículos en diarios y revistas. Otras que dirigen esas mismas revistas o producen sus propios programas de radio. Incluso hay quienes crean un proyecto totalmente nuevo, en un ámbito que nunca habían explorado.

Están las que lideran o participan activamente en una ONG, son mentoras en una red de mujeres o se rediseñan como consultoras en su especialidad.

¿Un nuevo esfuerzo o una gran oportunidad? Quizá una manera de conciliar ese prodigioso conflicto que acompaña a la madurez: disfrutar más de la vida y dejar un legado al mundo.

Considero que no alcanza con llegar a cumplir los propios sueños u objetivos, si no percibimos y potenciamos el sentido que tiene para otras mujeres, para las nuevas generaciones y para el mundo lo que hemos aprendido, descubierto, realizado.

Desarrollar al máximo nuestro potencial tendría que ser un desafío fuertemente incorporado a nuestros valores. Pero también deberíamos asumir la responsabilidad, y el placer, de que eso sea valioso para otros.

Estamos hablando de trascender, no sólo a través de los hijos o de la receta sabrosa y original de una abuela, sino además ir más allá de la familia. La mujer de hoy percibe claramente que tiene un lugar en el mundo más extenso del que se le asignaba y una influencia en la sociedad más profunda de la que se percibía décadas atrás.

El desafío es no ceder a la renuncia disfrazada de pereza o de ganas de “disfrutar”. El desafío es seguir siendo parte activa de los cambios, mujeres activas ante lo nuevo. La tentación está: muchas suelen decir que ya hicieron su parte y que es hora de refugiarse en el descanso y el disfrute de las pequeñas cosas. Pero conviene darse cuenta a tiempo de que todo refugio se transforma inevitablemente en prisión, que nos deja afuera de la dinámica de la vida. Allí es cuando aparecen el sentimiento de aislamiento, de soledad, de sinsentido. Y toman el mando las preocupaciones obsesivas por la edad, por el cuerpo, por la jubilación y el dinero.

Por eso, el camino es ser cada vez más una misma, para seguir creciendo, explorando, aprendiendo como antes. Pero brindarse, compartir lo vivido y lo aprendido de una manera totalmente nueva. Mentorear a otros, escribir, enseñar, colaborar en la obra de alguien más.

No se trata de actividades. No estamos hablando de que la mujer se distraiga, se entretenga o se consuele por “lo perdido”. La misión es que pueda poner en valor y multiplicar todo lo que tiene. Existen infinidad de propuestas para disfrutar de la vida y entretenerse. Y está bien, en esta etapa de cosecha, darle más tiempo y espacio al disfrute bien ganado. Pero esos placeres no deben reemplazar totalmente a una vida laboral que fue intensa por actividades para “matar el tiempo” o “no aburrirse”. Porque lo que realmente nos hace felices y sostiene la autoestima, es seguir generando sentido y trascendencia.

*Médica, psicoanalista e investigadora en innovación y redes humanas.

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