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Inspiración

20 julio, 2017

Refugios de invierno

Una charla con el fotógrafo canadiense Richard Johnson, quien nos lleva de viaje hasta los pintorescos ice huts de pescadores. Un paisaje helado que invita a soñar a través de momentos solitarios y colores superpuestos.


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Por María Eugenia Sidoti. Fotos: gentileza Richard Johnson Studio.

Hielo. El frío encuentra recovecos impensados, aun debajo del abrigo. El aliento escapa de los labios resecos como una bocanada de humo y se pierde, blanco, entre los vaivenes del viento y de la nieve. Las manos con guantes intentan dar abrigo a la cámara, fiel compañera. Está esperando el momento, ese que conoce bien. La luz ideal, la sombra imperceptible. Lleva ocho años fotografiando ice huts y sabe perfectamente que el secreto está en la forma de mirar, de esperar; de fusionar el alma con el entorno en un mismo compás. Entonces, el corazón comienza a latir fuerte y una certeza corre por el cuerpo. Sí, Richard, es hora de hacer clic.

Eso es lo que hace cada invierno el fotógrafo canadiense Richard Johnson, retratando ice huts en los lagos congelados del norte de Canadá. Son pequeñas cabañas, refugios montados sobre el hielo, hechos a partir de estructuras de materiales livianos y diseñados en líneas rectas y pintados de colores vivos, con motivos tan personales como originales. Dentro de ellos, los pescadores pasan sus horas a resguardo, esperando tener una buena pesca. Lo hacen ahí mismo, puertas adentro, abriendo un agujero en el piso que les permite acceder al agua en movimiento, y es impactante ver los enormes pescados salir del living de las casas.

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Cada año la ubicación de los ice huts es diferente y algunos de ellos desaparecen de tanto en tanto, cuando el clima se vuelve cálido y el hielo se derrite, dejándolos a merced de la corriente. “Pero no deben quedar a la deriva; generaría polución. La idea es que te lo lleves en algún momento durante marzo. Por eso, todos tienen un número para saber de quién es cada uno”, explica el fotógrafo en diálogo con Sophia desde Toronto.

“El primer ice hut que vi me maravilló. Bajé del auto, tomé fotos… Si hubiera seguido andando sin detenerme, nada habría sido igual”, confiesa Richard.

Richard tenía 15 años cuando el asunto de las fotos comenzó. Fue en un viaje familiar a París. Había leído a Ernest Hemingway y a él también se le hizo una fiesta descubrir la ciudad por primera vez. Llevaba consigo una Kodak automática y tantas ganas de usarla, que su dedo comenzó a disparar sin detenerse. Pero la fiesta de París terminó y no hubo fotos para ver. “Cuando busqué el revelado de esos negativos, no fue ni de lejos lo que yo había visto allí. Me dije que tenía que haber una mejor manera de guardar mis momentos”.

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La mirada detrás de cámara

Richard Johnson es fotógrafo de arquitectura y desde 2007 realiza un trabajo tipológico fotografiando refugios de hielo utilizados por pescadores en distintos estados de Canadá. En 2010 sumó, además, una nueva serie: ice villages, aldeas que forman verdaderas comunidades invernales. Podés verlos en www.icehuts.ca

Así que juntó dinero, compró una réflex y una tarde, mientras revelaba sus propios rollos en banco y negro en un cuarto a oscuras en la casa de sus padres, algo se movió en él. Comienzo del viaje: la tarde en que decidió salir al mundo a descubrirlo con su lente, como una forma de transformación y de autoconocimiento.

Fue y vino. Se apasionó por la arquitectura y por el diseño. Fotografió toda la belleza que fue capaz. Hasta que en 2007, mientras conducía su auto por una carretera desierta y helada de Canadá, una imagen le tocó el hombro. Se detuvo, volteó para mirar. Y ahí estaba. Solo, en medio de un lago congelado. “Mi primer ice hut me maravilló. Bajé del auto, tomé fotos… Si hubiera seguido andando sin aminorar la marcha, nada habría sido igual”. Desde entonces lleva recorridos diez estados y ha fotografiado más de ochocientos refugios de hielo; solos o en conjunto, convertidos en ice villages (pequeñas aldeas de hielo).

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Pero Richard no tiene uno propio, aunque uno intuye que duerme dentro suyo el anhelo. “Sí, me gustaría… El entorno es áspero, la temperatura llega a los 25 grados bajo cero y el viento sopla fuerte sobre el agua congelada. Como la pesca requiere varias horas en quietud, los pescadores se quedan todo el día en sus refugios y hay quienes incluso duermen ahí, porque los han equipado con una pequeña cocina y un baño químico. Pero la mayoría solo dispone de unas sillas y no hay calefacción… Es rústico. Es hermoso”.

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Es justamente cuando el tiempo se pone adverso que este fotógrafo gusta de salir a descubrir ese mundo blanco. “Cuando nieva sin parar o hay tormenta, la gente se queda adentro y siento que tengo vía libre para retratar aquello que los demás no pueden ver. Entonces, mi espíritu se infla como un globo, para el resto del año”. Pero la experiencia no siempre es cómoda: el hielo se mueve o se desplaza; la nieve llega hasta las rodilla y casi no se puede caminar. Dice Richard: “Hay un elemento de peligro y la adrenalina que produce te impulsa a querer hacer. Instinto de supervivencia, que le dicen”.

Sus retratos sobre el hielo reconfortan, porque en ellos se condensa la mística de la casa sobre el árbol, mezcla de sueños infantiles e implacables ritmos de la naturaleza. “Son la realidad lejos de casa, lugares posibles donde no hay más reglas que las de estar en una total soledad o incluso con gente querida, si se cierra bien la puerta y todos están abrigados”.

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En vísperas de su cumpleaños número 58, poco queda de aquel chico de la Kodak y ahora lo rodean una computadora y dispositivos tecnológicos que jamás habría creído posibles cuando el amor por fotografiar recién despuntaba. “Me estoy poniendo grande y tengo que adaptarme al software y a los updates, aunque es un poco molesto…”, reconoce, risueño, y dice que si algo tiene de bueno la tecnología, es que le permitió dialogar con la cámara, en un ida y vuelta infinito.

No, no hay para él fotos preferidas sino una galería larga, como esa donde muestra y vende sus trabajos. Allí sus fotografías alcanzan a medir dos metros y medio, y la sonrisa recién le asoma de la barba al ver la imagen colgada, perfecta. “Recuerdo los momentos en que tomé cada una de ellas, como en una melodía hermosa. A través de los años he construido recuerdos increíbles: cuando detuve el coche para mirar o el clima cambió de repente, regalándome una luz surrealista. Hay tantas fotos de ice huts importantes para mí… Muchas por la manera en que los encontré, otras porque supe de su existencia cuando alguien compartió conmigo una historia. Hay quienes me dicen: ‘Oh, Richard, todavía seguís trabajando en eso’. Y yo digo que sí, que nada bueno ocurre de la noche a la mañana”.

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Esta nota fue publicada en la edición impresa Nº157 de Sophia. 

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