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Hijos

29 febrero, 2012

Recuperar los espacios de igualdad

En la semana de comienzo de clases, es momento de reflexionar sobre nuestro rol en la educación como comunidad. Para Claudia Romero,  doctora en Educación, la escuela debe volver a ser heterogénea.  


¿Cuántas veces decimos que la solución a muchos de los problemas del país está en la educación? Probablemente, muchas. Pero ¿hasta qué punto estamos comprometidos con ella? ¿Somos conscientes de lo que pasa en la escuela de nuestro barrio? ¿Sabemos quién es el director y cómo se relaciona con la comunidad? ¿Nos acercamos para saber si necesitan una mano para algo? 

En la mayoría de los casos, seguimos de cerca lo que pasa en la escuela mientras tenemos hijos en el colegio, pero después nos alejamos. Tal vez sea momento de volver, para aportar nuestro granito de arena, para acercar propuestas, para reclamar mejores formas de enseñar y de aprender… para sentir que somos protagonistas de la educación de nuestro país.

A fin de entender un poco más los motivos que nos alejaron de la escuela y saber cómo podemos volver a estrechar lazos con ella, hablamos con Claudia Romero, doctora en Educación y directora del Departamento de Educación de la Universidad Di Tella. 

“La escuela debe estar cobijada por la comunidad, y en la Argentina, las escuelas están solas. ¿Cuánto se compromete el dueño de la librería que está enfrente de la escuela o el encargado del garaje que está en la misma cuadra? ¿Qué pasa con las otras instituciones, como el hospital o las universidades? Las escuelas no pueden solas”, dice Claudia con seguridad, porque ha visto desde adentro cómo funcionan los colegios de todas las clases sociales y ha estudiado los sistemas educativos de nuestro país y de otras partes mundo.

Como comunidad, ¿hasta que punto somos responsables de esta situación y cómo podemos salir de ella?

Creo que existe una cierta despreocupación respecto de la educación. Cualquier mamá o papá quiere la mejor formación para sus hijos. Incluso los adultos que no han podido ir a la escuela saben cuál es el valor de una buena educación, y muchas veces también vemos que desde las empresas o las organizaciones sociales hay buenas iniciativas para colaborar. Pero éste es un deseo individual que no alcanza. Como sociedad, tenemos que reclamar políticas inteligentes a quienes están en los cargos de decisión, y eso implica pedir que nos informen sobre cuál es el verdadero estado de la educación, que nos garanticen la calidad de las escuelas y que se haga un seguimiento de  la formación de los docentes.

¿Cómo podemos volver a apropiarnos de la escuela y a participar de ella?

En la Argentina, a la escuela la crea el Estado y se vive como un sistema que viene desde arriba hacia abajo. De ahí surge que muchas veces los reclamos se planteen en línea vertical: hacia el ministerio, hacia los funcionarios. Tal vez por eso las comunidades no se sienten propietarias de las escuelas, no las sienten como propias. Para revertir esta situación, tenemos que instalar la idea de que las escuelas son de la sociedad; no son de los ministerios, no son del gobierno, no son de los directores, no son de los maestros ni de los alumnos. Por eso, tampoco nadie puede tomarlas. Creo que los planteos y las soluciones deben ser más horizontales, como sucede en países como Estados Unidos, donde el sistema es más comunitario. Es cierto que tenemos un sistema que no se generó así, pero puede ser que vuelva a fundarse de esta manera. 

¿Cómo funciona la relación entre la escuela y la comunidad en ese país?

Estados Unidos es un ejemplo interesante. Allí, de algún modo, la comunidad es responsable de las escuelas, hasta tal punto que el valor de las casas depende de la calidad de los colegios del barrio. Entonces, hay un interés muy directo en que las escuelas funcionen bien, tanto en quienes tienen hijos como en quienes no los tienen. Son escuelas de puertas abiertas, que rinden cuentas ante la comunidad e informan constantemente a los padres cuáles son sus proyectos, qué están haciendo y por qué lo hacen. 

¿A diferencia de ellos, de qué manera nos comportamos los argentinos?

Desde el nacimiento de nuestro sistema educativo, la familia argentina confió en la escuela. Hoy ese contrato está viciado de sospechas, salvo en casos puntuales de escuelas que logran incluir a los padres en el proyecto educativo. Creo que esa relación que existía entre la escuela y la familia, que muchas veces estaba dada por la figura de la cooperadora, se fue desactivando por motivos que no son sólo responsabilidad de la escuela. Ahora necesitamos encontrar nuevas formas de atraer a los padres.

Muchos padres manifiestan esas sospechas delante de sus hijos. ¿Cómo afecta eso a la figura de los docentes?

Es muy curioso lo que dicen los maestros, que sus alumnos suelen tratarlos como empleados, y es probable que eso pueda haber sido transmitido por los papás. Sin duda, los maestros argentinos no son vistos como profesionales y en la conformación de esta imagen hay una responsabilidad compartida. Por un lado, la figura de los docentes quedó ligada a algunos modos en los que han encarado sus protestas y esto los ha llevado a un cierto desprestigio. Por otro lado, no hay políticas de profesionalización que eleven el nivel de los maestros. En países como Finlandia, que tiene los mejores resultados en políticas educativas, el maestro es reconocido y respetado por la sociedad. Esto no fue siempre así; se logró con una formación rigurosa, pagando buenos salarios, generando incentivos para atraer a los mejores promedios del secundario y de la universidad. Construir esa figura de prestigio requiere políticas sostenidas de formación, pero también que las familias les transmitan a sus hijos lo importante que es un maestro.

También es cierto que la figura del maestro como empleado puede darse en determinados sectores y, entonces, aquí tendríamos que pensar en una escuela mucho más segmentada.

La escuela heterogénea, que conocimos hace muchos años, casi no existe. Quedan algunos casos de escuelas públicas tradicionales a las que siguen accediendo sectores medios, pero en general la escuela se ha segmentado y en algunos casos se convirtió en una burbuja. Es difícil trabajar en contra de ese concepto porque acompaña un proceso social de fragmentación. De todas formas, la escuela debe volver a ser un lugar de igualdad de oportunidades y de integración social. 

¿Cómo se logra esto?   

Bueno, la situación es preocupante porque vemos niños y jóvenes que viven en ámbitos muy homogéneos. Hay escuelas que funcionan en barrios cerrados donde transcurre toda la vida social y se desconoce el afuera. Eso no es una auténtica educación. La verdadera educación es la que te pone en contacto con la diferencia y ahí está el desafío: en generar experiencias de aprendizaje con la diversidad. La escuela tiene que abrir mundos en la vida de las personas y ponerlos a jugar entre sí. Eso es lo que enriquece; todo lo demás, lo homogéneo, empobrece y anula la posibilidad de crecer. La escuela tiene que hacer crecer a las personas y a las sociedades, y para eso debe garantizar experiencias con el otro, con lo diferente.

Nos fuimos cerrando un poco como sociedad y necesitamos volver a abrirnos.

La verdadera educación es la que abre al mundo. Aun cuando se trate de una escuela de población muy homogénea, la obligación del currículum escolar es traer lo heterogéneo al aula. Hay muchos modos de ponerse en contacto con la diversidad, no solo sentando al hijo del médico al lado del hijo del portero. Lo que está pasando hoy es que los hijos de padres profesionales van a una escuela y los hijos de inmigrantes bolivianos van a otra escuela, y es bastante infrecuente que se junten en una ciudad como Buenos Aires. Sin embargo, hay modos de acercar esos mundos para convivir con el otro y conocer las diferencias. Este también es un desafío dentro de los contenidos: cómo incorporar las tensiones que afectan a las sociedades. Esas cosas hay que trabajarlas en las escuelas, porque necesitamos ser un país más desarrollado, y los países desarrollados tienen sociedades integradas. 

Es probable que  hayamos perdido de vista el valor que tiene la escuela en la construcción del presente y del futuro. ¿Crée que es así? ¿Cómo se revierte esto?

Tendríamos que volver a leer Educación popular, ese maravilloso libro de Domingo Faustino Sarmiento, para entender la visión que tenía ese hombre. En esa obra él describe un sueño, un sistema educativo que no existía y que luego se concretó y fue maravilloso. Sarmiento no tenía nada más que un sueño, que se convirtió en una máquina formidable de alfabetizar. Ojalá pudiésemos recuperar la dimensión de esos sueños en lugar de atarnos a las políticas de corto plazo que sólo traen rédito político. Tenemos que recuperar esa capacidad de soñar para adelante, aunque todavía no tengamos nada. 

¿Es posible que estemos ahora ante otro momento fundacional?

Éste es un momento de transición, sin duda, por muchas razones. Las nuevas tecnologías de la información, por ejemplo, ponen a la escuela frente a un desafío. La necesidad de aumentar la participación y la equidad también ponen a la escuela contra las cuerdas. El sistema educativo soñado por Sarmiento fue muy eficaz, pero hoy está agotado.

¿Qué desafíos enfrenta la escuela en este momento en cuanto a inclusión y cantidad de contenidos?

Tenemos problemas serios de inclusión. La Argentina fue pionera en alfabetizar masivamente y fue modelo de un sistema de calidad que garantizaba la equidad. Pero hoy por hoy ese sistema está colapsado porque la universalización de la escuela está dada sólo en el nivel primario. La ley dice que la educación básica está compuesta por el nivel inicial, primario y secundario. Pero hoy sabemos que sólo uno de cada dos chicos completa la secundaria y esto es un problema gravísimo. 

¿Cómo se resuelve este problema de cobertura?

Incluir a los jóvenes de los sectores populares, que son los que están afuera, requiere un nuevo modelo. La escuela secundaria tiene una impronta academicista que es muy apta para los sectores medios, porque prepara para estudios universitarios o para trabajos administrativos, pero no responde a las necesidades de los sectores populares, que reclaman un sistema más flexible, abierto a la formación profesional. Lo que vemos es que la escuela garantiza más y mejores aprendizajes a quienes están mejor posicionados en la escala económica, cuando el desarrollo económico de un país requiere una población equitativamente educada, no una pequeña elite. En eso tenemos que trabajar. 

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