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Blog: Ensanchar la Tienda

23 agosto, 2016

Volver a la tierra

Muchas veces, frente a los choques de la vida, nos empeñamos en atravesar el evento sin que se noten los golpes en nuestra "chapa y pintura". Pero no abollarnos es una forma de negar aquello que nos constituye: somos materia prima siempre de nuevas y mejores formas.

Desde hace algunos meses trabajo en una fábrica de autos. Toda una novedad para mí, que tengo formación predominantemente humanista y experiencia en empresas de servicios y ONG. Mi espíritu curioso está en su salsa, absorbiendo todo lo que de nuevo tiene este mundo y descubriendo aprendizajes que trascienden taxonomías. Esto último me resulta especialmente fascinante y, para mi alegría, parece no resistirse demasiado a quien persevera en sus preguntas.

Hace algunas semanas asistí a una capacitación que tuvo por objetivo que todos los que ingresamos a la empresa en el último año, profundicemos nuestro conocimiento sobre la gama de autos que vendemos y sus especificaciones. La charla no escatimó en conceptos técnicos que, al no ser ingeniera como la gran mayoría de los presentes, me resultaron nuevos. Encontré a todos interesantes, pero hubo uno que apareció cuando llegamos al tema seguridad, que me quedó resonando especialmente.

Deformación programada

Esa mañana aprendí que, en cuanto a automóviles se refiere, existe una distinción entre seguridad activa y pasiva. La primera se relaciona con el conjunto de elementos que contribuyen a evitar un accidente. La segunda, en cambio, busca reducir al máximo las consecuencias negativas cuando el accidente es inevitable. Dentro de esta última, una de las evoluciones más grandes de los últimos años es lo que se conoce como carrocería de deformación programada.

¿Qué es esto? Es lo que hace que, ante un choque, los autos modernos se plieguen y deformen de manera predeterminada, buscando dirigir la inercia hacia la carrocería y minimizar su impacto en los pasajeros. Transforma la energía cinética (o de movimiento) del accidente, en energía de deformación. Pero no todo se deforma, sino que justamente la programación está diseñada de manera tal de proteger la parte central en donde se ubican los ocupantes del auto. Esa jaula o celda de seguridad que protege la vida de los pasajeros, es lo más resistente de todo el auto.

Choque

El capacitador lo explicó de manera muy simple diciendo “tiempo atrás, después de un choque brutal, el auto quedaba impecable, no le notabas más que un par de rayones, pero nadie salía vivo de adentro. Ahora, el auto queda hecho un bollo, pero tenemos muchas más chances de que los que estaban adentro salgan vivos”. Cuando dijo esto, me acuerdo que pensé: “¿Qué onda? ¿Es posible que los autos hayan evolucionado más que las personas?”.

Cultura chapa y pintura

Lo cierto es que vivimos en una cultura en la que prevalece el cuidado de la chapa y pintura por sobre todas las cosas. Pareciera que tenemos una especie de pánico existencial a accidentarnos y quedar hechos un bollo, aun cuando esto sea lo que nos salve la vida. Si llegamos a tener la desventura de chocar —en un auto, o en la vida—, ¡que por favor nadie se dé cuenta! A veces, ni siquiera nosotros mismos. Disimulamos los raspones de nuestras caídas con la misma naturalidad con la que aplicamos filtros a nuestras fotos en las redes sociales. Como si fuera posible instagramear el dolor.

A veces hacemos tan buen trabajo que terminamos creyendo de verdad el “no es tan grave” o el “acá no pasó nada” que nos inventamos para no sufrir. Parece que no nos hemos dado cuenta de que, a nosotros, no nos va mucho mejor que a los autos de antes. Esa rigidez que los hacía aparentemente seguros provocaba que, ante un choque, los ocupantes puedan llegar a morir sin una sola herida en la superficie, simplemente a consecuencia de la absorción de la energía liberada en el impacto. ¿No nos pasa lo mismo a quienes, tantas veces, asfixiamos la vida debajo de una aparentemente impecable chapa y pintura?

Ocurre que, lo verdaderamente revolucionario de la carrocería de deformación programada, es el hecho de que concebirla implicó cuestionar la cosmovisión imperante, según la cual, la idea de rigidez era equiparable a la de seguridad. Lo impactante es comprobar que, habiendo puesto de manifiesto la industria automotriz que esta identificación es errónea y va en detrimento del cuidado de la vida, aun haya tantas personas que sigamos rigiéndonos por esta pseudo verdad.

¿O acaso no somos muchos los que tenemos el hábito de permitir que proyectos, relaciones, mandatos e ideales se mantengan rígidos en sus formas a costa de quebrarnos a nosotros mismos? ¿La energía de cuantos choques nos habremos bancado absorber con tal de mantenernos “enteros”? ¿Qué pasaría si comprendiésemos de verdad que hacer tanta fuerza para mantener inmaculada nuestra chapa y pintura, lejos de hacernos bien, solo logra que tengamos menos chances de salir de nuestros “choques” con vida?

Porque si hay algo que sabemos es que, en el camino de la vida, más tarde o más temprano nadie se salva de los choques. ¿No será tiempo de recordar que, a veces, hacernos un bollo y partirnos en pedazos es la mejor —o única— manera de encontrar la forma de recrearnos después de un accidente?

Volver a la esencia

Sin duda, soy la primera a la que aplican todas estas preguntas y las tuve durante varios días dando vueltas en la cabeza, hasta que finalmente se me hizo la luz. Pensando en la asfixiante rigidez de esta cultura “chapa y pintura” que alimentamos estoicamente a costa de nuestra vitalidad, se me vino a la mente el capítulo 18 del libro de Jeremías del Antiguo Testamento. Me reí sola al recordar lo que le dice  Dios a Jeremías, porque, entre otras cosas, en ese momento comprendí que no es que la industria automotriz haya evolucionado más que las personas, sino que los seres humanos hemos olvidado aquello que sabemos desde siempre.

“Palabra del Señor que vino a Jeremías diciendo: «Levántate y desciende a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras». Descendí a casa del alfarero, y hallé que él estaba trabajando en el torno. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos, pero él volvió a hacer otra vasija, según le pareció mejor hacerla.”

Manos trabajando

Después de releerlo me pareció obvio. Nos asfixia la rigidez porque no somos chapa, somos barro. La palabra humanos, proviene del latín humus, que significa tierra y comparte esa raíz etimológica con la palabra humildad, del latín humilitas que significa pegado a la tierra. Quizás hoy la invitación vuelve a ser la misma que hizo Dios a Jeremías, la de descender a nuestra tierra, a nuestra esencia, que le lleva años luz a los autos en asuntos de deformación programada, porque debemos recordar que no somos nosotros los que la programamos. Hay alguien más que trabaja nuestro barro.

Quizás esta invitación se renueva hoy para recordarnos que en la lógica del barro, hacernos un bollo es la única manera de reinventarnos y forma parte de un proceso más grande que tiene por fin recrearnos. Será cuestión, entonces, de evitar el pánico hacia lo aparentemente amorfo y soltar la idea de querer controlar nuestras deformaciones. Estamos en manos del alfarero y, en ellas, la vasija que parece echarse a perder solo está camino a encontrar su mejor forma.

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