Sophia - Despliega el Alma

Blog: El Taller

5 noviembre, 2015

Un amigo escribe un libro y lo manda en un paquete

Hay muchos regalos lindos, pero ninguno lo es tanto como un buen libro de cuentos. Sobre todo, cuando quien lo regala es el propio escritor de cada uno de ellos y se han compartido con él infinidad de tardes y de charlas durante las horas de trabajo... ¿Querés espiarlo?

Es una de esas sensaciones lindas que no abundan, que toman el cuerpo cada tanto. Dicen que eso se llama alegría, por no decir «felicidad», porque en general nadie quiere andar usando la palabra a la ligera, así como así, por las dudas de que se espante y se vaya.

No, no todos los amigos escriben un libro y por eso, al momento de recibir este paquete a mi nombre y con mi dirección, el corazón me late rápido. A fuerza de palpar, adivino enseguida la forma del tesoro sorpresa. Al envoltorio lo rompo, sí, como debe ser; como me enseñó a hacer alguien durante la infancia (ya ni recuerdo quién), con la promesa de que así recibiría más regalos. Imposible saber si ese ejercicio funcionó o no. Lo que sé es que, de repente, al romper un papel, comienza la magia: ahí está él, el libro que escribió uno de los buenos amigos que me quedaron en mi anterior trabajo.

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Un libro que se llama El lugar de las despedidas y está firmado por Mauricio Koch. «Euge querida, ojalá te gusten estas pequeñas historias«, me desea el autor de puño y letra, al voltear la tapa. Allí están su foto y su biografía. Me acerco la solapa a los ojos para comprobar que es cierto. Qué bien: la cámara supo captar la misma cara pícara que le vi tantas veces, en esos cierres de edición larguísimos durante los años que compartimos trabajo de redacción y en los que bastaba una sola mirada, un comentario por lo bajo, para que todos nos riéramos de algo, de cualquier cosa, aunque ya se hubiera hecho de noche y quedaran muchas páginas por leer.

Mauri era el corrector de la revista. Y cada vez que le entregaba un texto, su devolución me dejaba contenta. Era de esas personas que gustaban de felicitar, animando a nunca dejar de escribir. Después convidaba un mate bien cebado, con esa técnica infalible y secreta aprendida en Hernández, Entre Ríos. Único varón, sentado en medio de escritorios ocupados por mujeres, llevaba su aire tranquilo, de siesta, lo más contento.

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Con ustedes, el autor.

Solíamos hablar de buenos y malos autores, de hijos, de infancias en calles de tierra. Incluso, antes de mi partida rumbo a Sophia, intercambiamos un par de libros (todavía tengo uno que le debo, esas cosas de las idas sin retorno, tan literarias). En un voto de confianza, hasta me dejó leer algunos de sus textos. «Escribo cuentos«, me contó esa vez que me entregó varias hojas impresas en A4. Pero eran mucho más que eso: palabras hiladas sutilmente, construcciones exquisitas edificadas para poner bien en alto el peso de los afectos, de la vida, de la muerte.

Un tipo sensible, generoso, callado, con anteojos. Así lo recuerdo. Uno de esos compañeros de trabajo que uno, más tarde o más temprano, siempre extraña. Un prolijo a toda prueba. Sí, yo en su bio pondría todo eso y algo más: un apasionado del talento silencioso. Las pruebas no me dejan mentir: ganó el 2º Premio Biblioteca Nacional por su cuento «Cenizas», que integra la selección del ejemplar que ahora tengo entre mis manos.

Guau. Mauri escribió un libro. No puedo evitar sentirme orgullosa de algo así. Quién lo hubiera dicho, tiempo atrás compartíamos los tostados fríos de la merienda, haciendo elucubraciones acerca de la vida y de los sueños a largo plazo. Su sueño era escribir.

Ser amiga del campeón tiene esas cosas, una se acuerda por ejemplo del día que, luego de una larga búsqueda, dijo que iba a ser papá y todas en la redacción corrimos a abrazarlo emocionadas (y de paso te recomiendo que leas su blog de crianza, que es muy hermoso: cuadernosdecrianza.wordpress.com).

Será que uno, cuando también viene de lejos, se siente cerca de gente así: un entrerriano que se largó a escribir, con toda la alegría, las ganas y la humildad que el oficio merece. El mismo que me hace llegar su libro como regalo, sin saber que rápidamente pasará a convertirse en mucho más que eso…

…compañero de horas de almuerzo, de esperas en consultorios médicos, de noches antes de dormir, de viajes en subte y en colectivo. Frases que retumban, de repente, como este título: «Estrategias para un futuro promisorio». ¿No es encantador? Y yo pienso, alegre como cuando era sábado y mamá me ponía sábanas nuevas, que el futuro es muchas veces un lugar hermoso para la gente querida y buena. Entonces, ¿qué más se puede pedir?

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En el laburo y antes de ir a dormir, fiel compañero.

Por eso, si se me permite, hoy quiero compartir acá este pedacito de uno de sus cuentos:

«La tía Cata tenía cara de lechuza, era petisa pero de brazos largos y huesudos; usaba vestidos con flores de colores y llevaba siempre un pañuelo verde brillante en la cabeza. Vivía a media cuadra de la escuela y hacía unas tortas rusas espectaculares.

Yo pasaba a visitarla cuando salía de la escuela. Me saludaba con su sonrisa de cuatro dientes, me daba un beso y me apretaba los cachetes: ‘¿quiere torta?’, me decía. Yo contestaba que sí con la cabeza y ella me hacía pasar.

Entrar a la casa de tía Cata me daba un poco de miedo. Y al mismo tiempo me gustaba, porque parecía de película de terror. Era la única casa así que yo conocía por dentro; en el pueblo no había muchas, casi todas eran como la mía y las de mis amigos, casas comunes, de barrio municipal, todas del mismo color, con idénticos jardines y tanques de agua a la vista. En cambio la de tía Cata era enorme, con pasillos oscuros y techos altísimos, puertas desvencijadas que la tía trababa con macetas; los pisos de ladrillo verdoso; las paredes rajadas, ganadas por la humedad y los años. Lo primero que se sentía al entrar era el olor, un tufo rancio, mezcla de humedad, sopa y Flit. El único lugar distinto era la cocina, porque a la hora en que solía ir la tía por lo general estaba preparando algo dulce: bollitos, torta rusa o galletitas«.

Fragmento del cuento «El tío difícil», que integra El lugar de las despedidas (Ediciones La Parte Maldita), de Mauricio Koch.

Gracias Mauri por este precioso regalo.

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