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Blog: Desde Madrid

17 enero, 2016

Recuerdos de diciembre: diario de una Navidad lejos de casa

Un post autobiográfico lleno de propuestas para vivir las Fiestas con alegría, aunque estemos a kilómetros de la mesa que comparten los más queridos. Porque la mejor receta navideña es dejar entrar la magia.

“… la gente está perdiendo la capacidad de disfrutar la Navidad porque la ha identificado con el regocijo. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que es por alguna cosa que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana.” (G.K.Chesterton, “Navidad”)

Este post es autobiográfico ciento por ciento. Les voy a hacer una lista de propuestas para vivir con alegría la Navidad aunque estemos a kilómetros de la mesa que comparten los más queridos y, también, sin presumir de un impersonal profesionalismo, les voy a relatar lo que hicimos nosotros en Madrid.  Es una receta probada, tan válida como otras, pero que a mí me funcionó (en parte, claro, siempre es preferible la Navidad en casa y en verano, y esto que les cuento puede tener un poco de sabor a renuncia). Pretendo también rescatar el valor de reconocer una oportunidad en la distancia y el vacío que nos genera, para ponernos a pensar en el real significado de la Navidad, en el papel que le doy al Misterio en mi vida y sacudirnos un poco de la frivolidad que nos arrastra.

Debo decir,  para ser franca, que hubo bastante de necesidad en nuestra experiencia, de resiliencia, como quieran llamarlo. Se me hacía realmente difícil ponerme la sonrisa espontáneamente. Poner la mirada en otro lugar funcionó como una voz que resonaba constantemente, una llamada reiterada a profundizar y a no dejarme llevar por la melancolía ni por los imperativos exteriores.

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Primero: prepararse. El Adviento es un tiempo de esperanza y de preparación para recibir mejor a Dios que se encarna. Tiene que animarnos la inquietud de la búsqueda y la paz del encuentro. Como escribió San Agustín en De Trinitate: “Dame la fuerza de buscar, Tú que te dejaste encontrar y me diste la esperanza de encontrarte siempre”, yo busqué. Siempre busco. Me confesé el martes antes de viajar adonde pasaríamos la Navidad, busqué contactos, todos los que pude, aunque nunca son suficientes. Preparamos la casa, la corona de Adviento, el pesebre, las luces, el árbol, todo lo que crea ese clima de alegría que necesitamos en estas fechas y nos dispone a recibir esa visita  que llega.

Pensar en el otro. Y decírselo. Prepararnos incluyó pensar en otras maneras de comunicarnos con quienes estaban en Argentina. Porque no alcanza con tener presentes a los demás, si se queda en nuestro fuero íntimo. Tenemos en nuestras manos la capacidad de hacerle saber al otro que es amado, buscado, querido por nosotros: es nuestra obligación existencial brindárselo, porque el amor entraña alegría. Así que preparamos videos navideños con fotos, textos y videos, disfrutando tanto del proceso como de imaginarlos mirándolos.

Aprovechar la oferta navideña de Madrid. Este fue un año lleno de polémicas con la nueva alcaldesa de Madrid, que quitó los Belenes tradicionales, que puso Reinas Magas mujeres en la Cabalgata del 5 de enero y sacó las ocas, pero aún así Madrid estaba lindísima y llena de ofertas sensacionales para disfrutar estos días. Pusieron unos colectivos sin techo que, saliendo desde Plaza Colón, recorrían todas las calles iluminadas de la ciudad. La iluminación navideña es una obra de arte, porque son arquitectos -como Ben Busche, responsable de los cubos de colores que adornan la Plaza Mayor-, modistos y diseñadores gráficos quienes dibujaron esos colores en el cielo oscuro.

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En Gran Vía, el mismo Ben Busche hizo una instalación que simula un viaje a la Luna. En Serrano, Adolfo Domínguez.

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En Princesa, las guirnaldas de Angel Schlessler.

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El Belén de la Comunidad de Madrid (en el Antiguo Edificio de Correos, pleno Sol) era una maravilla para no cansarse de mirar: la Asociación de Belenistas de la ciudad armó un pesebre de 150 metros cuadrados, con escenas desde la Anunciación a  la Huida a Egipto.

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En Egipto, representaron templos, el Río Nilo y una imagen de la Sagrada Familia impresionante.

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La Cabalgata de Reyes es otro espectáculo muy español que vale la pena ver, pero de eso ya escribí el año pasado.

Cocinar en familia. Somos pocos y podemos permitirnos incursiones impensables en una comida para cincuenta. Con mi hijo mayor, agarramos un libro de recetas de pasta y preparamos una lasagna casera, amasando y todo. Es mucho más rico y más divertido compartir todo el proceso de los alimentos que ponemos en nuestra mesa en esas fechas. Al menor de todos, le encanta hacer mousse de chocolate. Limpié un poco más, pero salió riquísima y lo pasamos bárbaro.

Incorporar tradiciones españolas. Está bueno bajar anclas de a poco, nutrirnos del afuera, aunque cada tanto me descubro esforzándome por ser más argentina que el dulce de leche. Comimos una crema de verduras de primero (nota: acá la costumbre es comer dos platos y los llaman así, “de primero sopa y de segundo carne”; segunda nota: sopa en Navidad!!! con el calor que hace en nuestras mesas de Nochebuena… Imagínense el choque cultural que representa); a las 12 menos cuarto servimos 12 uvas a cada comensal, encendimos la radio -porque no tenemos televisión, la tradición de verdad, lo que hacen todos los españoles en sus festejos, es ver la tele en directo desde Sol- y nos comimos las uvas.

Viajar en Navidad.  Cambiar completamente la rutina es de gran ayuda cuando queremos extrañar menos. Y emprender un viaje en familia, por definición, favorece el encuentro más profundo, encontramos espacios para comunicarnos, disfrutarnos, dedicarnos full time al quehacer que implica hacer crecer nuestras relaciones. Esta vez fuimos al Valle de Aran, en Lleida, que combina deporte, paisaje y el patrimonio artístico de España (que no deja de sorprenderme: en este valle del Pirineo catalán tienen unas iglesias románicas alucinantes y súper bien conservadas). Comimos riquísimo además, como debe ser en cualquier destino de este país, que empieza las recomendaciones turísticas por la gastronomía.

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Santa María de Boi y San Vicente de Taull, iluminadas.

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Vuelvo a citar a Chesterton: “Hoy nuestra tarea consiste en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única manera de que vuelva a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aun en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días”.

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Todo lo que hicimos fue cambiar la mirada. Poner la expectativa en otro lado. Confiar en que de verdad pasaba algo. Los chicos y El Niño Jesus hicieron el resto. Y la Navidad se lleno de magia.

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