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Blog: El Taller

14 Febrero, 2017

Esta no es otra de esas cartas de amor

"¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?", nos interpeló Carver, a sabiendas de que historias hay miles y cada uno tendrá una muy propia para contar. En este texto, va un intento de carta, pero fundamentalmente una hoja de ruta de la vida de a dos. Un espacio donde celebrar aquello que no siempre es perfecto, justamente porque es real. Ah, las palabras...

“Teníamos esa extraña sensación de que, ahora que nos dábamos cuenta de que ya había sucedido todo, podía suceder cualquier cosa”.

De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver. 

Puede sonar extraño, pero nunca le escribí una carta de amor. No sé por qué. Pero tal vez se deba a que, como escribo todo el día, siento que no podría condensar en un puñado de líneas el mundo que se me develó a partir de aquel encuentro. Además, si se la diera, él diría: “Te volviste cursi”, pero sus ojos igual se llenarían de lágrimas al leerla, lo sé. Y aunque no hay nada impreso, igual vamos anotando nuestras cosas. Casi siempre con una caligrafía horrible. Por eso digo que esta no es otra de esas cartas de amor. Es un boceto. Una aproximación, apenas, de eso que tenemos.

*

Fue a mis 27. Con una separación reciente y la sensación de que tal vez mi destino era estar sola, me aventuré a volver al gimnasio. Pasaron varios años, pero lo recuerdo como si fuera hoy: la vista baja, concentrada en las veredas rotas de Palermo, pensando en todas las celebridades que habían muerto a mi edad.  Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison. ¿Kurt Cobain también? Creía que sí, pero no estaba segura; iba a tener que googlearlo al volver.

De pronto repasé mentalmente la vida de mis amigas casadas, con hijos. Me pregunté si mi profesión y mi carrera podrían convertirse en mi razón de ser. Era muy joven (¡eso lo veo tan claro ahora!), pero todo el mundo ya me preguntaba qué tenía pensado para mi vida. ¿Marido? ¿Hijos? ¿Un viaje largo? ¿Un perro, al menos?

Las preguntas se diluyeron en el momento mismo en el que tomé contacto con el vaho del primer piso del gimnasio. Todos corrían, hacían abdominales, levantaban pesas. Era mi primera vez en mucho tiempo, luego de años huyendo con éxito de la actividad física. Y sin saber adónde ir, me puse a hacer bicicleta fija, el único artefacto que me resultó amable.

Claro que pedalear sin ir a ningún lado me pareció lo más aburrido y deprimente del mundo. Miraba el reloj con insistencia y, para pasar el rato, fijé la vista en la espléndida recepcionista del piso de abajo. Entonces, lo vi subir las escaleras: un cuerpo alto, con campera nevada (¿acaso no habían pasado ya los 90?) se interpuso frente a mis pensamientos. Acercándose lentamente, me miró fijo. Sentí que lo conocía, pero no. Seguí pedaleando. Esbocé una sonrisa que él no correspondió.

–Si querés te dejo la bicicleta– dije, por decir algo.
–No, te agradezco un montón– fue su respuesta.

Y se fue.

Qué sola me sentí. Me pregunté por qué, si tantas mujeres encontraban un amor así como así −de la misma manera que mi diálogo con un hombre se había truncado por completo al instante de nacer− eso nunca me pasaba a mí. Quizás era mi destino seguir el camino de mis tres tías solteras… O tal vez ni siquiera eso: tal vez moría joven, a mis 27, sin ser célebre y sin amor verdadero.

Caminando en la cinta, sin lograr que mis pies alternaran correctamente de manera tal que no tropezara a cada rato, noté que él había vuelto a escena, ocupando la máquina que se encontraba a mi lado.

–¿No corrés?­– me preguntó.
–No. Gracias a dios– le respondí.

Y era tan fuerte la forma en que me latía el corazón que creí que la actividad física definitivamente no era el mejor plan para mí, cuando tenía tantos infartos entre mis antecedentes familiares.

Entonces charlamos. Recuerdo que fueron temas random, una rara mezcla de ganas de contar toda la vida en un segundo y temer que, al revelar demasiado, la mirada de ese extraño me resultara esquiva otra vez. Reímos en tantas oportunidades que me llamó la atención y creo recordar que por un instante sentí un globo cálido en el pecho. Podía parecer que se trataba del fantasma del infarto nuevamente, pero no. Era distinto. Lo cierto es que hubiera caminado en esa cinta hasta que se me gastaran los pies. Hasta que pasaran mil días. Hasta el infinito, por ponerlo en términos románticos. Pero el candor deportivo nos duró no más de treinta minutos, cuando nos reconocimos exhaustos y con ganas de irnos.

Llovía al salir y sentí su voz a mis espaldas.

–Está lloviendo, te llevo– largó, como si todo fuera lo más normal del mundo.
–No, no… vivo cerca– respondí por los nervios, o por miedo a que fuera un loco, un degenerado, un asesino.

Tuve suerte de que no lo fuera, pienso ahora: ese desconocido me llevó en su auto hasta mi casa. Y yo todo el tiempo me repetía, en silencio, que no: no podía ser cierto que dos personas se enamoraran tan fácilmente. Nos despedimos con un beso en la mejilla y un “Chau, nos vemos”, esa expresión de deseo. Pero volví al gimnasio varias veces y nunca lo encontré ahí.

Pasaron varias semanas hasta que volvimos a vernos y otra vez hubo charla en la bicicleta y en la cinta sin correr. A la salida le di mi teléfono y lo anotó en una hoja A4 que llevaba en su mochila. Temí que perdiera el papel, que se olvidara de mí, que él o yo muriéramos en un accidente antes de hablar por teléfono. “No me va a llamar”, me repetí una, cien veces. Pero el día señalado, a la hora señalada, un número desconocido apareció en la pantalla de mi teléfono. Eran otros tiempos, ni siquiera existía el Whastapp.

–Hola–dije.
–Hola–dijo.

Y supe que era él.

Hoy llevamos muchos años juntos, entre noviazgo y convivencia. Tenemos un hijo de 5 y nuestra unión de tres es de pronto tan mágica y tan simple como respirar. Los viernes y sábados a la noche tomamos vino, hablamos de música o de política, y nos reímos hasta que nos duele la panza. Pero también discutimos feo, como hace un par de días, cuando de pronto nos pareció que el tan temido fin podía estar demasiado cerca…

La mayoría de las veces, cada crisis se convierte en el desafío de reciclarnos. Pero por momentos me pregunto hasta cuándo tendremos la fuerza que nos lleva a seguir construyendo sin destruir.

Y me digo, aun en los peores momentos, que ojalá siempre sepamos volver a ese mágico instante en que todo comenzó. A aquel día en que, aunque íbamos hacia lugares distintos, hicimos un alto para convertirnos en una mutua esperanza. Que nunca perdamos de vista que juntos logramos atravesar las cosas lindas y amargas que nos pasaron desde que tuvimos, por fin, nuestra primera cita.

Él pidió un cuba libre, yo una caipirinha. Me contó que estaba solo, le conté que estaba sola. Nos reímos nerviosos, con esa magnífica incomodidad de los que se saben demasiado cerca.

No podíamos siquiera adivinar cuánto trabajo nos costaría, ni cuántas frases (cursis y de las otras) seríamos capaces de escribir entre los dos. Ojalá sigamos así, garabateando. Tachando, por momentos, con el afán reescribir. Siempre con ganas y con un coraje enorme. Así, hasta el fin de nuestros días… o sin dejar nunca de intentarlo, al menos.

PD: Te amo. 

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