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Sophia - Despliega el Alma

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Blog: Ensanchar la Tienda

30 octubre, 2017

El tiempo del medio

¿Qué nos pasa cuando nos encontramos en tránsito hacia un nuevo lugar que apenas podemos vislumbrar? Un viaje simbólico, interior y profundo, en la búsqueda de hallar un sentido verdadero. La meta: renacer de las cenizas y poner en valor la vida.

 

beach, boardwalk, bridge
Atravesar un puente siempre nos conduce a ese otro lado menos visible.

Los psicólogos seguro ya inventaron algún constructo que exprese de manera precisa algo que siento desde adolescente, pero deben saber que yo no soy psicóloga así que pido mil disculpas y lo digo así: padezco de algo que elegí llamar síndrome de intolerancia agravada al tiempo del medio.

Antes de que se rían, les aclaro que estoy bastante segura de que somos varios los que sufrimos de este epidémico síndrome cuyo nombre técnico es de mi autoría. Por lo anterior, muy posiblemente se estén preguntando “¿qué cuerno vendría a significar el tiempo del medio?”. Es simple. Me refiero al tiempo que conlleva el proceso vital que nos conduce de un punto A, a un punto B. A ese estado de tránsito en donde ya nos sabemos fuera del punto de partida, pero sin vislumbrar aún el de llegada.

Considero necesario especificar algo más. Hay tiempos del medio que son divinos, como ese en que estás saliendo con alguien y en el que no sabés si es el amor de tu vida o no, pero en el mientras tanto ¡la estás pasando genial! Bueno, con ese tiempo del medio está todo súper bien.

Hay otros, en cambio que, al menos a priori, no son tan lindos… Como cuando perdiste a un ser querido y estás en un proceso de duelo que sentís no va a terminar nunca. Cuando te separaste de tu pareja y todos los días transitás la incertidumbre de preguntarte si hiciste bien o mal, si será para siempre o no. Cuando te toca encarnar ese dolor mezclado con impotencia que a veces genera acompañar a alguien en una enfermedad o duelo sin poder hacer nada más −ni menos− que eso: estar y acompañar. O te toca vivir a vos mismo el proceso de sanar una enfermedad. Cuando tomás consciencia de que tu trabajo no te apasiona y se volvió un peso, pero todavía no sabés exactamente cuál es el que de verdad querés; o cuando ya te lanzaste al que, estás convencida, es el proyecto de tu vida pero todavía sentís que no te sale una. También puede tratarse del tiempo que pasa entre que decidiste hacer o lograr algo, y el momento en que, efectivamente, llegás a la meta. Un lugar adonde, para llegar, tenés que sostener una decisión que no es fácil: supone aprender a sobrellevar la frustración de elegir no hacer lo que “querés”, o renunciar a algunos disfrutes en el presente, porque no es lo que necesitás para alcanzar lo que te propusiste.

Pueden ser mil cosas más. Cada uno elija y complete. Lo cierto es que últimamente, a raíz de experiencias de lo más variadas, tanto yo como algunas personas que tengo cerca, estamos transitando ese “bendito” tiempo del medio. Y no pude dejar de notar que hay un consejo que se repite con frecuencia, el famoso “paciencia, tiempo al tiempo” combinado con el “confiá en el  tiempo, que todo lo cura”.

El movimiento del alma

Confieso que hay algo en esas frases que siempre me dio suspicacia. Tenía la sensación de que ese consejo era como una fórmula a la que le faltaba una parte. Para mi sorpresa, hace algunos días leyendo un artículo del psicólogo español Joan Garriga entendí por qué. Expresaba con toda claridad lo que yo solo alcanzaba a intuir difusamente:

“La idea de que el tiempo lo cura todo es un grave error. Por sí mismo, el tiempo no cura nada. Lo que es cierto es que con él se aminora la intensidad de las emociones: dolor, rabia, pena, temor… Pero, para curar, se necesita un proceso emocional, activo e intenso, que se prolongará un cierto tiempo, capaz de abrir la puerta a todos los sentimientos que surjan, y que desembocará en nueva alegría y en una vuelta plena al carril de la vida. Se requiere un movimiento profundo del alma, de soltar lo que ya fue, con gratitud por lo que fue posible, abriéndose a lo que está por venir”.1

Por sí mismo, el tiempo no cura.

Me pareció brillante su sencilla lucidez. El tiempo es esencial, pero es una parte. Es condición necesaria pero no suficiente para sanar. ¡Qué importante es ser conscientes de esto! Pensé en todas las veces que nos quedamos anclados y depositamos en “el tiempo” la responsabilidad de sanarnos o acercarnos a lo que anhelamos. ¡En cómo nos enojamos con ese tiempo cuando sentimos que no pasa más! O que transcurre sin que suceda lo que tanto esperamos… Claro, nos falta una parte de la fórmula, ese movimiento profundo del alma del que habla Garriga. Hacer zoom en ese proceso me animó a escribir después de varios meses.

Contracultura

Ocurre que no es casual que nos falte una parte de la fórmula, o que yo−y seguro algunos más también− padezca de este síndrome de intolerancia agravada al tiempo del medio, porque nuestra cultura defenestra el tiempo del medio. Se trata de un momento en el que aparentemente no pasa nada y, acostumbrados a mostrar permanentemente agilidad y movimiento, nos da inseguridad transitar esta procesión donde lo que se mueve está dentro. Es incómodo, porque va a contramano de lo que dicta el mundo, donde acción y movimiento externo se han vuelto cuasi sinónimos de  vitalidad y plenitud (aunque carezcan del más mínimo indicio de sentido).

Veamos si no son nuestras redes sociales reflejo de esto. Además,  ocurre que escuchar y respetar ese proceso interior es desafiante, porque no hay atajos. Si queremos pasar del punto A al punto B, necesariamente deberemos recorrer un camino que implicará soltar algo que la mayoría de las veces creemos que nos constituye.

El mito

Hay un mito que me ayudó a entender más profundamente ese movimiento del alma que debemos transitar, para sortear con éxito este tiempo del medio. Se trata de un relato que ha sido retratado en diversas mitologías y, por tanto, está presente en diferentes culturas hace cientos de años: el mito del ave Fénix.

El ave Fénix, animal mítico que se convirtió en símbolo del renacer.

Cuenta la historia que esta ave era capaz de percibir el momento en que se aproximaba su hora y, estando cerca de su muerte, iniciaba un largo viaje hasta la ciudad de Heliópolis. Allí buscaba un lugar, hacía un nido de especias y hierbas aromáticas y ponía un único huevo que empollaba durante tres días. Al tercer día, el Fénix ardía y se consumía por acción del fuego hasta quedar completamente reducido a cenizas. Consumado ese proceso, una nueva y joven ave surgía de sus cenizas.

El sentido

Creo que fue Joseph Campbell quien dijo alguna vez que las mitologías no se inventan, se encuentran. Para este momento yo encontré esta que hoy les comparto. El mito habla por sí mismo, porque nos conecta con algo crucial que un hombre sabio, con el que conversé sobre esto, me ayudo a poner en palabras. Me dijo: “Caro, para que el tiempo del medio, con toda su frustración, su angustia y sus sinsabores, sea de algún modo tolerado, aceptado, transitado, hay algo que es fundamental: el sentido. Cuando uno se amiga con al menos un atisbo de sentido, es capaz de aceptar mejor”.

Nuestra intolerancia al tiempo del medio es, en verdad, una resistencia a experimentar el instante de abismo que tiene lugar entre que soltamos lo viejo y damos a luz lo nuevo. Un instante que aveces parece durar una eternidad. El hedonismo en el que vivimos nos impulsa a evitar, a cualquier costo, el ardor de experimentar que nos consumimos. Queremos con todo nuestro ser que se abra paso lo nuevo pero, mientras sostenemos una mano extendida hacia adelante tanteando y deseando palpar el ansiado futuro, dar vuelta esa página, encontramos que tenemos la otra doblada hacia atrás sosteniendo con el puño cerrado todo lo que no somos aún capaces de soltar

Quizás lo que nos falte sea reencontrarnos con el sentido. El ave Fénix emprende un viaje y prepara el lugar en el que va a arder. No lo hace por gusto, sino por su consciencia de que ha llegado un tiempo en el que arder hasta volverse polvo es la manera de seguir eligiendo la Vida. Ahí está el sentido. Quizás la clave esté en descubrir qué significa para cada uno seguir eligiendo la vida.

La travesía

Al parecer, el mito esconde algo que nosotros hemos olvidado: no puede haber auténtica construcción sin destrucción. Está en nuestras manos soltar y destruir lo que no pudo ser y armar el mundo que sí puede ser. Y no importará el ardor, si en ese fuego encontramos un sentido.

Arder hasta volverse polvo es, aveces, una manera de resurgir a la Vida.

El escritor portugués Fernando Pessoa expresa esto de una manera excepcional en un extracto que dice así:

“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”.

Si no osamos emprenderla, nos habremos quedado en un eterno tiempo del medio. Y está bien que nos incomode un poco, porque no es un lugar para quedarse sino uno de tránsito. Si logramos que ese tiempo sea algo más que un manojo de días que pasan estériles para convertirlo en una verdadera travesía del alma podemos confiar en que, como el ave Fénix, nuestro ardor generará las cenizas que darán a luz eso que estamos necesitando para seguir, eso que nos renovará la vida.

Hoy la sabiduría ancestral nos recuerda que no hay camino hacia la luz que no implique pasar por cuevas profundas. Ojalá esta consciencia nos ayude a reencontrarnos con el sentido que nos ponga en camino. Pero si saber esto no llegara a alcanzar para que decidas emprender el viaje, armar tu nido de especias y permitirte arder hasta darte a luz de nuevo, te dejo las palabras de un alguien que estaba tan convencido de que este era el camino, que dedicó su vida entera a invitar a otros a emprender la aventura:

“Ni siquiera tendremos que enfrentar la aventura solos,
ya que los héroes de todos los tiempos han hecho el camino antes.

El laberinto es muy conocido… solo debemos seguir el hilo del camino del héroe.
Y donde pensábamos que hallaríamos una abominación, hallaremos a Dios.
Y donde pensábamos que mataríamos a otro, nos mataremos a nosotros mismos.
Donde pensábamos que viajaríamos hacia afuera, llegaremos al centro de nuestra propia existencia.
Y donde pensábamos que estaríamos solos, estaremos con todo el mundo”
Joseph Campbell

 1 Joan Garriga, entrevista para la Revista Psicología Práctica.

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