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Sophia - Despliega el Alma

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Blog: Ensanchar la Tienda

7 marzo, 2017

Del saber a la sabiduría

A la hora de sanar nuestros dolores más profundos, no solo hace falta "pensar" en aquello que nos hace mal: también debemos aprender a escuchar más, en un diálogo permanente y sin apuro con los otros, con el mundo y, fundamentalmente, con nosotros mismos.

Hace algunos días me ocurrió una de esas cosas simples pero simbólicas que me sientan a escribir. Por alguna razón que no viene al caso, empecé este año hecha polvo. Se supone que cambia el calendario y, como por arte de magia, nos invade una energía que nos recorre el cuerpo renovando nuestra vitalidad. Bueno, que pena, esta vez el mío no fue el caso. Probablemente por esto, cuando semanas atrás un amigo me escribió exultante contándome que acaba de terminar una sesión de masajes que lo habían dejado hecho “un hombre nuevo”, no dudé en pedirle el teléfono de Sonia, la artífice del milagro. Fue así como, unos días después y post varios intentos de sabotear inconscientemente el turno con ´cosas más importantes´, finalmente una mañana me encontró en su camilla de masajes.

Debo decir que al principio me sentí rara ahí tendida en esa habitación que olía a esencias −exquisitas, por cierto− y donde la luz natural se colaba, tenue, por las rendijas de la persiana de madera. Pero cerré los ojos, me dejé llevar por una música que me resultó consoladoramente mágica y, al cabo de unos minutos, logré relajarme. Esto duró hasta que las manos de Sonia llegaron a mi cuello. Me tensé al instante. Dolía. Ella suspiró profundo y después de soltar el aire pronuncio con voz suave “Caro, este cuello… ¿con que estas cargando este cuello?” Sin articular palabra y como a quien le cantan un secreto que ha puesto empeño en esconder, esbocé una media sonrisa y asentí con vergüenza.

Cuando ya estaba terminando, se inició entre nosotras una conversación. “¿Sabés lo que pasa, nena? −me dijo−. Estamos viviendo mal. La gente llega acá cada vez más desecha”. Continuó contándome que hacía unos días, mientras cocinaba con la mirada perdida en la vereda, vio asomarse a un hombre caminando completamente abstraído con su celular. Ciego como venía, se llevó puesta de lleno una de las ramas de los árboles de la calle.  “¡Tendrías que haber visto cómo se enfureció! Empezó a maldecir y a tirar piñas hacia la rama, como un loco. ¡Como si la pobre tuviese la culpa y no fuese él quien iba caminando como un zombi! Estuvo así un buen rato, hasta que se calmó. Lo increíble −concluyó−es que, terminada su pequeña escena teatral, clavó la vista en el teléfono, y continuó caminando igual, como si nada hubiese ocurrido. ¿Podés creer?”.

Desde ese día tengo su anécdota revoloteando mí cabeza. Me pareció genial. Una historieta descriptiva de cómo vivimos. Andamos apurados o distraídos -por la calle y por la vida-, chocamos o nos chocan, refunfuñamos como locos, asignamos culpas -a los demás, claro- o teorizamos acerca de cómo son y debieran ser las cosas hasta que nos tranquilizamos lo suficiente y decidimos seguir igual que como veníamos. Somos graciosos, a veces hasta nos sentimos re capos por ser capaces de seguir como si nada, por superar todo rápido. No nos damos cuenta de que si nada ocurre no es porque estemos bárbaro o hayamos logrado que no nos afecte sino porque hemos perdido el contacto con lo que nos pasa. No hay consciencia y, por ende, no hay cambio o aprendizaje posible.

En este escenario, solo la casualidad nos salva de continuar tropezando con lo primero que se nos presente en el camino. Y vaya y pase chocarnos con la rama de un árbol, el tema es que con esa misma lógica nos llevamos puesto todo. Relaciones, enfermedades, frustraciones, angustias, enojos, también alegrías, encuentros, proyectos, felicidad… Sonia tiene razón. Vivimos mal. Perdemos contacto con nosotros y, vivir así, al margen de nosotros mismos, nos tiene desechos.

Lo loco es que pareciera que cada vez sabemos más cosas, pero vivimos peor. Como si nos costase demasiado llevar todos nuestros conocimientos a nuestra vida. Pablo d´Ors, sacerdote y escritor español, dice algo sobre esto que me parece iluminador. Diferencia entre dos actitudes posibles frente a la vida: la del intelectual y la del sabio. El intelectual, dice, es alguien que observa la realidad, la analiza y busca penetrar en ella. El sabio, en cambio, es quien permite que la realidad penetre en él. Mientras el intelectual busca comprender, el sabio busca conectar. El primero toma distancia, el segundo las acorta. Uno tiene el foco puesto en la realidad exterior y el otro en el mundo interior. El sabio, en definitiva, es capaz de transformar el saber en sabiduría.

El problema no es la intelectualidad. La racionalidad es genial. Nos sirve para trabajar, alcanzar metas, implementar proyectos, tomar perspectiva sin quedar esclavos de nuestras emociones. El tema es que en algún momento lo hemos intelectualizado todo. Estamos tan monopólicamente atentos a lo que tiene para decirnos la mente que no somos capaces de escuchar lo que nos grita el cuerpo o nos susurra el alma. Peor aún, llegado el caso de que escuchemos, lo no-racional rankea tan bajo en nuestra escala de valores que no tardamos en desestimarlo. Por esto, no es que este mal pensar o analizar por qué nos pasa lo que nos pasa, pero sin duda no alcanza. La realidad nos muestra que, en general, la presunta genialidad de nuestros planteos y justificaciones no impide que continuemos llevándonos puesta la misma rama una y otra vez.

Ocurre que a veces pasa tiempo hasta que nos cae la ficha de cosas que ya sabemos racionalmente. Tengo que confesar que ese proceso la mayoría de las veces me da bronca, impotencia, me siento tonta, lenta. Pero de a poco voy comprendiendo que no es que seamos sonsos, sino que simplemente vivimos desconectados. Tenemos la espalda hecha un nudo -o el síntoma que aplique a cada uno- y despotricamos contra eso, pero hasta que no conectamos con ese dolor no somos capaces de comprender lo que ese dolor tiene para decirnos. A lo mejor tenemos pendiente entender que nuestros síntomas no son amenazas, sino mensajes que tienen algo para decirnos.

Si nuestra omnipotencia y la inmediatez con la que pretendemos todo trascurra hacen que nuestra vida se convierta por momentos en un monologo de expectativas y enunciados, quizás sea un buen momento para comprender que la vida se parece más a un dialogo. Hay un tiempo para pronunciarnos, pero también hay un tiempo para escuchar y otro para el silencio. Eso que hacemos, esas ramas que nos llevamos puestas, tienen algo para decirnos.  Lo primero entonces será aprender a escuchar. Después llegará el desafío de tener la valentía de no hacer caso omiso de eso que escuchamos. Pero mejor vamos paso a paso, nos tengamos paciencia que hacer del saber sabiduría es una decisión y lleva tiempo. Por suerte, como dice una amiga, Dios tiene tiempo, es el diablo el que está apurado.

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