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Vivir bien

14 Julio, 2017

¿Por qué nos cuesta tanto el bienestar?

Nos queremos sentir bien, más felices, menos estresados. Pero tantas veces nos encontramos agobiados y dispersos a la hora de salir a buscar el bienestar de nuestro cuerpo y nuestra mente, a través de acciones concretas. ¿Cómo cambiar esa realidad? Una guía para comenzar.


Por Santiago Buompadre. Fotos: Tomas Trimboli. 

Santiago Buompadre nació en 1976 en la Patagonia argentina. Estudió Psicología en la Universidad del Salvador y se especializó en psicología clínica. En 2001 comenzó a practicar y estudiar Hatha Yoga.
Su formación posgrado incluye cursos dictados por el Benson-Henry Institute for Mind Body Medicine, del Massachussetes General Hospital, y por el National Center for Complementary and Integrative Health certificados por el Accreditation Council for Continuing Medical Education (ACCME).
Actualmente cursa la Maestría en Psiconeuroinmunoendocrinología en la Universidad Favaloro. 
Desde 2011 enseña diferentes métodos antropotécnicos en su estudio de Buenos Aires. antropotecnica.com

Foto: Pía Leavy.

Vivimos bajo el yugo de un imperativo nocivo: ganarás el pan con el nudo de tu espalda, o con el del estómago… Cada uno sabe dónde tiene el suyo.

Es inevitable que duela mientras la vida siga siendo una lucha despiadada por obtener los falsos beneficios de las gratificaciones inmediatas. A costa de todo, de los otros, del mundo, de uno mismo.

En la sociedad del rendimiento, estamos todos más o menos cansados, deprimidos, dolorosos, débiles. El bienestar, esa experiencia subjetiva física, psicológica y relacional positiva, se nos hace cada vez más esporádica, más extraña. Tenemos destellos, a veces, y no sabemos cómo hacer para que duren más.

Las condiciones de una vida competitiva, la enloquecedora carrera hacia el éxito, el deseo insaciable de acumulación y dinero: la gratificación inmediata es metabólicamente costosa. La sobrecarga del sistema es tan insidiosa que es difícil darse cuenta de lo que está sucediendo, hasta que la enfermedad se presenta. Los “beneficios” inmediatos, muchas veces obtenidos a base de estimulantes de todo tipo, se convierten en apegos duraderos, hábitos, estresores sutiles que deterioran lenta y acumulativamente al sistema. Tenemos muy claras las voces de la cabeza y somos casi sordos a las sensaciones del cuerpo. Estamos disociados, divididos, confusos, deseando poder decir: no pienso, luego existo.

¿Pero por qué cuesta tanto?

Te propongo pensar, más bien, cuánto te cuesta el malestar.

“Hoy ya sé muy bien que nada en el mundo repugna tanto al hombre como seguir el camino que ha de conducirle hacia sí mismo”, escribió Hermann Hesse. Y sí, es tan difícil encontrarse y tan fácil perderse en imágenes, en fantasías e ideales, en la eterna espera de soluciones que vengan desde afuera; la súper pastilla, la palabra mágica de otro, es la des-responsabilización del sujeto, al mismo tiempo que la exigencia absoluta sobre él. Garantía de sufrimiento.

En algún momento vale la pena intentar el esfuerzo de darse cuenta de que es uno mismo quien tiene que ayudarse. Que las posibilidades de acción sobre uno mismo son mucho mayores de lo que creemos. Y es ese darse cuenta el que activa la voluntad, el ejercicio de empoderamiento, la construcción a mediano plazo, dejando de lado la ilusión de la inmediatez, activando un poco más la compasión con uno mismo, para no pasarse la vida sufriendo.

“Hoy ya sé muy bien que nada en el mundo repugna tanto al hombre como seguir el camino que ha de conducirle hacia sí mismo”, Hermann Hesse.

Los eventos estresantes agudos, y los acumulativos, pueden sobrecargar la capacidad de restaurar la homeostasis, el equilibrio del cuerpo, dando como resultado una disfunción en los sistemas autónomos y neuroendócrinos. Cuando esto sucede, los sistemas se vuelven menos eficientes y menos flexibles, consumen más energía, generan más radicales libres y causan más daño al organismo que tiene cada vez más dificultades para retornar al estado normal una vez resuelta la situación estresante. El ser humano es el único ser vivo que puede activar la respuesta de estrés a través de pensamientos. Cuidado con lo que pensás, que puede hacerte mucho daño.

La sobre estimulación aguda del sistema nervioso es necesaria para sobrevivir al peligro inmediato a través de respuestas de lucha o huida; la estimulación crónica puede derivar en enfermedades cardiovasculares, gastrointestinales, inflamación y daño neuronal debido a niveles excesivos de neurotransmisores excitatorios, radicales libres y cortisol.

Dado que el estrés es invisible y omnipresente, y debido a que hemos restablecido nuestra tolerancia al él, es un gran desafío convencerse de que nuestro estilo de vida está contribuyendo en gran medida a la presión y el miedo que sentimos. En lugar de depender de la medicación como una forma de hacer frente a los trastornos psicológicos relacionados con el estrés, necesitamos encontrar medios internos, más permanentes de afrontamiento. A medida que la gente continúa reportando niveles cada vez más altos de estrés y presión, ha llegado el momento de transformar nuestra visión y relación con él.

¿Cómo comenzar el cambio?

Crear pequeños cambios objetivos en nuestras rutinas diarias, a través de un mayor compromiso con el bienestar, eligiendo alimentos más saludables, un régimen de ejercicio psicofísico regular, acostándose a una hora razonable y estableciendo conexiones más cercanas con los afectos; dedicar el tiempo libre no tanto a la tecnología y más a otras personas y a la naturaleza, compartiendo experiencias significativas y alegres. Un estilo de vida que gire más en torno a la simplicidad, que se guíe por el contentamiento, que ponga el acento en el proceso y no en el progreso.

La respiración, la única función autónoma fácilmente controlable a través del esfuerzo voluntario, puede ser utilizada como un portal a través del cual se puede intervenir favorablemente en los desequilibrios en el sistema de respuesta al estrés. Al cambiar el patrón de la respiración, el cuerpo cambia los mensajes que se envían al cerebro, induciendo modificaciones en el estado de ánimo y la cognición. La disminución del ritmo respiratorio reduce la actividad del sistema nervioso simpático (la parte del sistema nervioso central que se ocupa de la respuesta de lucha o huida, el estrés) y esa reducción se vive como un retorno a condiciones seguras: tranquilidad, calma, emociones más amorosas; y ya no tanto la ansiedad, preocupación o comportamientos defensivos como el enojo y el temor. La respiración y la emoción tienen una relación recíproca: los estados emocionales afectan a los patrones respiratorios, y viceversa.

Podemos, entonces, empezar por cambiar poco a poco la situación, a través de algunos ejercicios de respiración abdominal consciente:

  • Recostarse en el piso boca arriba, con las rodillas flexionadas o extendidas, como te quede más cómodo, y abrigarse de ser necesario.
  • Es importante intentar mantenerse inmóvil mientras dure el ejercicio.
  • Colocar las manos sobre el abdomen y tomar uno o dos minutos para observar cómo se mueve la panza mientras respiramos.
  • Cerrar los ojos y respirar por la nariz, de un modo lento y silencioso, mientras se cuenta mentalmente: inhalando en uno … dos … y exhalando en uno … dos. Repetir esto durante 4 o 5 respiraciones.
  • Continuar contando lentamente mientras se observa el movimiento del abdomen: inhalando en uno… dos… tres… y exhalando en uno… dos… tres… Repetir durante otras 4 o 5 respiraciones.
  • Continuar del mismo modo, inhalando en uno… dos… tres… cuatro… y exhalando en uno… dos… tres… cuatro. Repetir durante otras 4 o 5 respiraciones.
  • Por último, repetir el paso anterior, pero intentando contar ligeramente más despacio, y hacerlo durante otras 4 o 5 respiraciones.

Se puede realizar esta práctica durante 5 minutos y luego, si resulta fácil y cómodo, extenderla hasta 10 minutos. Si en cambio resulta forzada, o si existe incomodidad con el ejercicio, interrumpir la cuenta y respire normalmente. A medida que se progresa en la práctica resultará cada vez más sencillo y agradable, y se podrá ir extendiendo gradualmente el tiempo hasta 20 minutos.

Intentá no hacer mucha fuerza ni para inhalar ni para exhalar, dejá más bien que el aire entre y salga sin esfuerzo, de un modo ligero, casi imperceptible. No estás buscando inflarte y desinflarte como un globo, sino que estás intentado reducir el esfuerzo respiratorio y concentrarte en el movimiento fluido y relajado de la respiración.

Al terminar, abrí los ojos y tomate un momento para observar la sensación general que tenés.

Lo ideal sería que la práctica se extienda entre 5 y 10 minutos todos los días, de ser posible dos veces por día.

Con muy poco se puede hacer mucho, y eso es una excelente noticia. Está en tus manos activar el cambio.

Más información: antropotecnica.com

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