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Psicología

1 diciembre, 2017

¿Por qué mentimos?

Lo hacemos por varias razones: por miedo, para quedar bien, para sacar provecho o para no enfrentar las consecuencias de la verdad. Pero, ¿de qué manera repercute la mentira en nuestras acciones y vínculos a largo plazo? Y más importante aún: ¿cómo podemos dejar de hacerlo?


“La mentira es la forma más simple de autodefensa”. Susan Sontag

¿Quién no ha sentido el vértigo o la necesidad de hacerlo alguna vez? ¿Quién no descartó también, tantas veces, la mera posibilidad? Mentir puede parecer una salida fácil, pero a larga propone un camino sinuoso y lleno de interrogantes. ¿Se gana más al hacerlo que al evitarlo? ¿No es mejor ser siempre veraces? ¿Qué pasa si somos descubiertos en una falsedad? ¿Se puede volver de la mentira? En definitiva, ¿por qué mentimos? Las religiones llevan siglos postulado la necesidad de vivir en la verdad, como una condición necesaria para crear lazos de unión sólidos y saludables. La fe católica lo impone como una clara condición: “No mentirás”, postula el octavo mandamiento. ¿Entonces?

“Se miente porque es fácil y lo hacemos por muchos y diferentes motivos. Para evitar una sanción, para hacer daño, para obtener un beneficio, que puede ser económico o de otra índole, para lograr reconocimiento de otros, ya que en general queremos ser queridos o amados, para proyectar una falsa imagen positiva de nosotros mismos. Para evitar un desacuerdo, para esconder una situación vergonzosa que si se descubriera nos haría sentir incómodos. Para evitar un sufrimiento o simplemente por hábito”, responde el licenciado en Psicología Santiago Bonomi, quien sostiene que la verdad y la mentira conviven en la cotidianidad nuestra de cada día.

En el libro La psicología de la mentira, el catedrático español José María Martínez Selva describe a la mentira y al engaño como aspectos constitutivos de nuestras relaciones humanas, nos guste verlo de ese modo o no. Y a la hora de explicar por qué mentimos, asegura que las razones son tan personales como variadas: para ocultar una verdad, para evadir responsabilidades, por temor a una sanción, para sacar ventaja, para hacer más feliz a alguien, para causar dolor… “Hay personas que son capaces de engañar a cualquiera, incluso desde que son niños”, escribe y señala que para lograrlo, no solo se valen de palabras: los gestos y la comunicación no verbal también importan, y mucho. Tal vez porque son los que hacen (o no) que el falso relato resulte creíble.

“Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga”. Denis Diderot

De igual manera, David Livingstone filósofo de la Universidad de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, asegura que el ser humano es el único animal capaz de engañarse a sí mismo. “Vivir enredado en mentiras puede generar ansiedad y otros problemas afines, ya que obliga a mantener una personalidad falsa, estando presente el riesgo a ser descubierto y a que se desmorone toda la falsa estructura construida a base de falsedades”, detalla en el libro ¿Por qué mentimos?.

“Existe un gran abanico de mentiras que van desde anular una invitación que no nos interesa usando algún pretexto falso, hasta las más espurias, en las que se manipula a otros para conseguir beneficios o simplemente hacer daño”, agrega Bonomi para quien, salir de esa situación es una tarea compleja: “Se trata de un comportamiento aprendido en la infancia y ratificado a lo largo de la vida, que está fuertemente incorporado en la sociedad. No solo les mentimos a otros, sino que muchas veces lo hacemos a nosotros mismos. Por eso, el primer paso es aceptar que lo hacemos y luego entender que causa daño y que tiene consecuencias. A partir de ahí, recién podemos empezar a modificar esta conducta”, afirma.

“La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales” (Catecismo, n. 2486).

Lograrlo requiere de tiempo y esfuerzo. Y también de la decisión firme de dejar de mentir, aun aquellas veces en las que se miente “piadosamente”, como suele decirse por ahí. “No siempre estamos lo suficientemente maduros para saber la verdad sobre nosotros mismos o sobre nuestros seres queridos. Un caso típico podría ser el del marido engañado por su esposa, que si bien está al corriente de la situación, prefiere mirar para otro lado. Negar la realidad a veces hace menos dolorosa la vida. Pero más tarde o más temprano, siempre es necesario enfrentarla”, destaca Bonomi.

¿Acaso nos sentimos cómodos en la mentira? Pareciera ser que sí y que el fenómeno no es nuevo, sino que se trata de una construcción social y cultural. “Vivimos en una sociedad que falta a la verdad. No sólo nos mienten los políticos o las personas famosas y poco cercanas, sino también los compañeros de trabajo, de estudio, los amigos, y hasta nuestras parejas”, en palabras de Bonomi, quien sostiene, sin embargo, que casi todos tenemos una alta tendencia a la credulidad. “De antemano aceptamos lo que nos dicen como verdadero y esto es una gran ventaja para los embusteros”.

Es que la verdad y la mentira conviven alrededor de nosotros, aunque no siempre en buenos términos. Las mentiras no son todas iguales: decirle a una amiga que está más flaca cuando no es del todo cierto, no parece ser lo mismo que ocultar una amante en base a pretextos. “Podemos clasificar a las mentiras en ‘blancas o altruistas’; es decir, aquellos cumplidos de la vida cotidiana que se utilizan para halagar o intentar hacer felices a los demás, y en mentiras mal intencionadas, que son las que se usan para obtener beneficios ocultos; engaños que cobran un precio emocional de alto costo para la víctima y tienen un alto costo a largo plazo”, dice Bonomi.

Hace dos décadas, Bella DePaulo, psicóloga social de la Universidad de California, Estados Unidos, pidió a 147 adultos que anotaran durante una semana cada vez que trataban de engañar a alguien. El estudio arrojó un dato estremecedor: todos mentían, en promedio, una o dos veces al día. Y aunque la mayoría de estas mentiras eran inocuas o “simples” excusas, también hubo varios casos de mentiras “graves”, tal consta en las conclusiones del estudio. Según el informe, a ser mentiroso se aprende alrededor de los 3 años y la técnica se va sofisticando con el tiempo. Y quienes mienten desde niños, de mayores pueden convertirse casi en profesionales.

“Lo que me aterra no es que me hayas mentido, sino que ya no pueda creerte”. Friedrich Nietzsche

En la película Atrápame si puedes (2002), Leonardo Di Caprio da cuenta de ello: cuando se convierte en una práctica compulsiva, la escalada de la mentira resulta imparable y destruye vínculos y oportunidades“Todo vínculo afectivo se basa en la confianza, pero cuando esta confianza es socavada a través de la mentira, puede producir daños psicológicos. Si el engaño es muy grande, el impacto también lo será, pudiendo provocar pérdida de autoestima, rabia, angustia o ansiedad. También se puede experimentar el desarrollo de una desconfianza generalizada hacia los otros, haciendo las relaciones interpersonales más pobres y llevando al aislamiento”, indica Bonomi. 

El círculo de la mentira siempre es vicioso: cuanto más nos engañan y nos mienten, menos creemos. Y cuando creemos menos en los demás, creamos lazos débiles y egoístas. “Deberíamos reflexionar sobre cuál es nuestra responsabilidad en el uso frecuente de la mentira en nuestro medio social”, concluye Bonomi, a la hora de comenzar a andar un camino en la búsqueda de la verdad, y nos deja algunos ejercicios para comenzar a dejar de lado ese mal hábito de mentir:

→Parece más fácil evadir una situación incómoda mintiendo, pero a la larga produce daño y genera más dificultades que beneficios.

→Es importante recordar que todo vínculo afectivo se basa en la confianza, y que cuando esta confianza es minada a través de la mentira o el engaño, podemos producir daños importantes en las personas que amamos.

→La mentira con intención destruye la confianza y corroe tus propias relaciones interpersonales.

→Si te descubren, lo cual es muy probable, tu credibilidad se va a ver seriamente dañada y será difícil que vuelvan a confiar en vos.

→La mentira es para la gente inmadura, que no tiene capacidad para resolver los problemas y que no puede enfrentarlos. Tratemos de evitarla.

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