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Pareja

30 diciembre, 2009

Por qué hago lo que no quiero


Aunque en todos lados se hable de sexo, y se ofrezcan fórmulas infalibles para encontrar el placer, en las charlas entre mujeres siguen apareciendo quejas, dudas e inseguridad a la hora de confesar cómo se sienten en la intimidad. ¿Por qué hacemos cosas que no nos gustan, sólo para complacer a nuestra pareja? Los especialistas nos ayudan a empezar a entenderlo.

Si nos guiamos por lo que vemos en los medios, da la sensación de que en el terreno sexual, hoy en día, tenemos la “vaca atada”, que nos las sabemos todas, que hay mil y una recetas para tener una buena cama, y que todas las fórmulas son aplicables a todas las mujeres, como si fuéramos iguales, necesitáramos los mismos tiempos, nos expresáramos de la misma manera o nos gustaran las mismas cosas.

Todo suena muy bien, pero hay algo que no encaja. Hay una distancia entre la película que nos muestran y la realidad que se nos impone en la intimidad. Si pudiéramos saber todo sobre el sexo, aprendiendo de memoria las fórmulas infalibles que nos venden, no se escucharían tantas quejas, tantas dudas y tanta inseguridad a la hora de confesarse entre amigas: que falta el deseo, que los hombres no les prestan atención a sus necesidades, que no entienden que ellas no pueden separar el cuerpo de sus sentimientos, que ellos no respetan sus tiempos…

En esta nota les planteamos a los especialistas un comentario bastante frecuente, y aparentemente poco importante, que todavía hoy se escucha en las charlas entre mujeres: “En la cama, muchas veces hago cosas que no me gustan sólo porque él me lo pide”. La pregunta es “Si somos tan avanzadas, si es tanto lo que hemos aprendido, ¿por qué seguimos diciendo que sí cuando queremos decir que no?”.

Omar Biscotti, médico psiquiatra y especialista en terapia de parejas, cree que para que podamos empezar a entender este problema, debemos tener en cuenta cuáles son los mandatos que la sociedad les impone hoy a las mujeres. “En este momento, el principal mandato es el de ser liberal. A las jóvenes de hoy les da vergüenza tener vergüenza o que haya cosas que no les gustan. Existe una exigencia social de ser desinhibida. Por esta razón, la mujer actual se exige más de lo que realmente desea y, entonces, aparece el conflicto. El varón, en cambio, cree que ella disfruta de la misma manera que él y no se da cuenta de que le está exigiendo”, sostiene el especialista.

Diana Resnicoff, psicóloga y sexóloga, comenta que a su consultorio llegan muchísimas mujeres que se encuentran en esta encrucijada. “Hacen lo que no les gusta porque sienten la presión de que tienen que ser un ‘hembrón’. ¿De dónde sale eso? Lo reciben de los medios y de una sexualidad que responde a ideales. Cuando hay mucha exigencia, una está más preocupada por el rendimiento y por el desempeño que por el encuentro con el otro”.

Así, la mujer cae en la trampa de hacer lo que pide el varón y lo que le exige la cultura. En ese contexto, vuelve a olvidarse de que es importante que escuche y respete su propio sentir. Por eso, Resnicoff opina que para saber qué es bueno o malo para nosotras, es necesario empezar a preguntarnos y a escucharnos. A escuchar a nuestra voz interior y guiarnos por lo que sentimos más que por lo que quieren imponernos desde afuera.

“Primero, es fundamental el autoconocimiento –dice la sexóloga–. Después, hay que considerar que los hombres también tienen dificultades; un hombre no necesariamente tiene que darse cuenta de lo que yo necesito. Los varones no saben más que las mujeres; eso es lo que nos transmitió la cultura, pero en realidad no es así. Cuando la mujer no puede plantear sus necesidades o sus deseos, y supone que el hombre tiene que saber todo, se crea una especie de círculo vicioso que limita mucho. No podemos pedirle al otro que funcione como un adivino, no sólo de nuestras necesidades sexuales, sino de todas nuestras necesidades. Si necesitamos algo, tenemos que poder expresarlo. Tenemos que poder decir: “No necesito esto” o “No me gusta hacer esto”.

El deseo femenino

Si hay algo en que los especialistas coinciden es que cuando hacemos lo que no nos gusta, estamos perdiendo de vista nuestro deseo, el femenino, que se expresa de manera diferente del de los varones. Resnicoff sostiene que cuando un hombre siente deseo sexual, necesita descargarlo rápidamente. Las mujeres, en cambio, necesitamos un entorno; necesitamos sentir intimidad, confianza. Por ejemplo, cuando estamos enojadas, no tenemos ganas. Los varones dicen que “todo se resuelve en la cama”, pero esto no funciona para nosotras. Las mujeres necesitan motivación, seducción, intimidad, erotismo…Y cuando los varones descubren que también ellos lo necesitan, crecemos juntos, se fortalece la pareja.

En su libro The Bonds of Love (Los lazos del amor), la psicoanalista norteamericana Jessica Benjamin plantea que nuestra cultura se siente mucho más cómoda alentando el deseo de los varones que el de las mujeres. Mientras que fomentamos que los varones tengan un yo fuerte, alimentamos la idea de que las chicas sean objetos antes que sujetos. Para ser un sujeto, una persona debe estar cómoda con sus propios puntos de vista; para ser un objeto, simplemente debe satisfacer las expectativas ajenas. Para las mujeres, criadas en esta cultura, el deseo se convierte en un problema, es una fuente de conflicto. Los objetos pueden ser deseados, pero no pueden tener deseos: cuando los tienen, dejan de ser objetos.

Para aclarar un poco más el concepto, Benjamin da el ejemplo de una paciente suya, una mujer profesional de treinta y pico, arquitecta consumada, respetada y exitosa. Ella era una experta en adaptarse a las necesidades de las otras personas: “En sus relaciones de pareja, Simone se escondía detrás de una personalidad que no era la suya, sino una máscara. Se mostraba ingenua, bonita, modesta, cariñosa, empática y mucho más solidaria de lo que realmente era. Los hombres se enamoraban de ‘esa’ mujer, y ella solía verse involucrada en relaciones en las que no estaba realmente interesada. Aunque Simone tenía contacto con sus verdaderos sentimientos, su necesidad de complacer era tan grande que no podía darse su lugar. Los otros tenían la prioridad. Le resultaba muy difícil, aunque fuera para su propio beneficio, poner un límite real, y terminaba forzando su propio deseo por temor a que no la quisieran”.

Los miedos

La presión social y la poca atención que se han puesto sobre el deseo de la mujer en el plano sexual durante siglos nos ayudan a entender parte del problema, pero también hay otros factores. “Muchas mujeres hacen lo que no les gusta por miedo a perder al hombre en manos de otra mujer que, según ellas suponen, hace lo que ellas no quieren hacer –explica la psicoanalista María Marta de Palma–. El problema de estas mujeres es que no disfrutan eso que hacen, porque hacer algo por temor no les permite encontrar un punto de placer. Cuando se someten y aceptan hacer algo que no le causa placer, hacer el amor se convierte en una mera forma de cubrir las necesidades fisiológicas de su pareja, en lugar de ser un lugar de encuentro y demostración de amor en la pareja”.

Celia Laniado, sexóloga y psicoanalista, agrega: “Lo que ocurre con mucha frecuencia ahora es que la chica quiere que él use preservativo y, aunque él dice que sí, que se va a cuidar, después no se cuida. Al final, terminan teniendo sexo sin cuidarse. A las chicas les cuesta poner límites, sobre todo porque quieren gustar y porque tienen miedo de que las dejen, del rechazo. El no poder decir que no frente a ciertas situaciones puede indicar una baja autoestima y un gran nivel de inseguridad. Si no nos sale decir ‘no’, podemos reemplazarlo por ‘basta’, que reflejaría la voluntad de no aceptar algo que hasta entonces había aceptado”.

Este “no pero sí” tampoco es gratuito, muchas terminan con embarazos no deseados o contagiándose enfermedades. “Cuando la mujer siente que no puede rechazar al hombre, queda sometida; hay una situación de violencia –dice Biscotti–. Cualquier persona a quien otro obliga a hacer algo que no quiere queda sometida. Puede que haya cierta subjetividad, ciertos mandatos de la valoración del sufrir: que la mujer piense que si una pareja no sufre, no se aman”. Confundir amor con sufrimiento es una trampa en la que caen muchas mujeres. “Es al revés, el amor no duele –agrega de Palma–. El amor que duele es el amor romántico de Bécquer, que nunca llega al encuentro del cuerpo. El amor que encuentra en un cuerpo la devolución en amor no hace sufrir. Entonces, si yo tengo que entregar algo, tendrá que ser algo que me cause placer también a mí. Si no, soy una esclava; y el amor no esclaviza, libera”.

Entonces, ¿cuál es la mejor forma de decir que no? “Lo mejor es simplemente decirlo: ‘No porque me duele’, ‘No porque me hace sentir mal’, ‘No porque no me gusta’, No porque me molesta’ –opina María Marta de Palma–. Los hombres no son cavernícolas y pueden escuchar lo que a una mujer la avergüenza o le molesta. Lo mismo ocurre al pedir: no siempre se pide con todas las letras, sino que se insinúa; entonces, si hay comprensión y dos que se quieren, el hombre avanza hasta donde puede, de acuerdo con lo que la mujer le dijo, o con lo que la mujer le insinuó, ya sea acompañando la mano del hombre hacia el lugar donde le produce placer. Le pide igual, aunque no con todas las letras. Lo acompaña al hombre hasta donde ella quiere que esté, o hasta donde no quiere que esté”.

Un espacio para crecer

Decir que no a esto, decir que sí a aquello. Parece que no es tan fácil para las mujeres decir lo que sienten y lo que quieren, y en esa dificultad para expresarse radica, según Celia Laniado, uno de los grandes problemas. Porque si las parejas pudieran encontrar un espacio de diálogo en que cada uno pudiera hablar sobre lo que le gusta, lo que no le gusta, o lo que le gustaría, se darían cuenta de que allí tienen una posibilidad de crecimiento, una oportunidad para encontrar la forma de acercarse y mejorar una relación que excede el plano sexual.

¿Cómo encontrar un espacio de diálogo en el que se respeten los deseos de uno y de otra, y donde la relación pueda fortalecerse, más allá de la cama? Omar Biscotti cree que para eso es necesario desarrollar dos idiomas, el del hombre y el de la mujer. “Al hombre hay que hablarle con todas las letras. La mujer tiende a creer que el hombre debe entenderla, porque cree que él piensa como ella. Al hombre hay que decirle las cosas claramente; si no, la mujer cae en la trampa del “vos tenés que darte cuenta”. La mujer tiene más estimulada la empatía, el entender al otro, los gestos, las miradas, el tono de voz, el darse de cuenta de las necesidades del otro y el tener en cuenta. Entonces, si la mujer no dice lo que quiere, no tiene que dar por sentado o esperar que el otro se dé cuenta sólo porque ella sí puede hacerlo. En segundo lugar, no hay que tener vergüenza de decirlo; decir, por ejemplo: ‘Bueno, mirá, esto no me gusta y no por eso soy una tarada, una antigua o una frígida’. Cuando la mujer cree que el hombre tiene que darse cuenta, ya no pide, reprocha. Saltea el pedido y pasa directamente al reproche, porque supone que el otro tiene o tenía que haberse dado cuenta de sus deseos. Es más práctico decir: ‘Vos no me decís que me querés’ que ‘¿Sabés qué? Me gustaría que me dijeras que me querés’. Si él no se lo dice, ella decodifica que no la quiere, porque cuando ella quiere a alguien, lo dice. Medir al otro con la vara de uno es un error”.

Volvemos, como en casi todos los temas de la pareja, a la importancia de la comunicación. Para la escritora norteamericana Amy Bloom, la comunicación es insuperable. Por algo, dice, tantos estudios sobre el matrimonio han descubierto que no es tanto el contenido de la charla lo que más importa, sino su significado emocional: “No importa de qué estemos hablando, de golf, de los chicos o de Dios; lo que importa es cómo esa comunicación me hace sentir que al otro realmente le gusta y disfruta conversar conmigo y escucharme. Todo lo demás es irrelevante; una pequeña charla amable es tan valiosa como una mano sincera y silenciosa que me sostiene.

 

Cuando el “sí” se vuelve en contra

En el núcleo de la amabilidad de muchas personas existe un profundo miedo a las emociones negativas. La necesidad de complacer a los demás está en gran medida motivada por miedos emocionales: miedo al rechazo, miedo al abandono, miedo al conflicto o a la confrontación, miedo a las críticas, miedo a estar solo y miedo a la ira. Usted está convencido de que al mostrarse amable y hacer constantemente cosas para los demás logrará evitar estas emociones tanto en sí mismo como en los demás. (…)

El complacer a los demás genera un bloqueo psicológico que impide expresar y recibir las emociones negativas. Por esta razón, debilita las relaciones que usted intenta proteger con gran esfuerzo. Si no es capaz de expresar los sentimientos negativos, sus relaciones simplemente perderán autenticidad. Usted se encontrará con una figura de cartón de una sola dimensión en vez de una personalidad humana multidimensional llena de interesantes facetas.

En cualquier relación en la que su amabilidad le impida comunicar a los otros lo que lo hace infeliz, lo que lo angustia o lo desilusiona –o le impide escuchar sus quejas–, hay pocas posibilidades de arreglar lo que ha salido mal. La evitación de los conflictos no es un ingrediente de las relaciones satisfactorias; por el contrario, es un síntoma grave de las relaciones conflictivas. Es mejor reconocer que las emociones negativas entre las personas son inevitables y que usted debe aprender a expresarlas efectivamente. (…) Las personas complacientes estiman que al ser amables evitarán experiencias dolorosas, como el rechazo, el aislamiento, el abandono, la desaprobación y la ira. Pero la amabilidad no es capaz de proteger a nadie. Ciertas personas pueden causarle un daño emocional independientemente de todo lo que haya intentado usted hacer amablemente por ellos. (…)

Extracto del libro La enfermedad de complacer a los demás, de Harriet B. Braiker.

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