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Sociedad

29 abril, 2019

¿Por qué caemos? Reflexiones sobre Notre Dame

Días atrás, las imágenes del incendio que arrasó a la icónica catedral parisina conmovieron al mundo entero. Más allá del impactante del suceso, te proponemos ahondar en un ejemplo que vale tanto en la arquitectura como en la vida: toda caída nos enfrenta a la necesidad de reconstruir nuestros propios cimientos.


Los medios franceses retrataron en sus portadas el estupor que causó el siniestro.

Por Mariana Etulain*

Inmensos pilares de piedra se alzaban serenos hacia las bóvedas nervadas que descansaban en lo alto de la catedral. Abajo, una cálida luz de vela iluminaba las caras de los visitantes, asombrados por tamaña belleza. “Prohibido las fotografías interiores” advertía un cartel, pero ¿cómo resistirse? Un decidido joven sacó una gran cámara e intentando congelar el tiempo y comenzó a retratar el espacio aquella fría tarde en Notre Dame de París.

En el interior de las capillas, azul, rojo y dorado, formaban en bóvedas un cielo estrellado digno de inspirar hasta al mismísimo Van Gogh. La luz de los vitrales se reflejaba en múltiples direcciones, creando una atmósfera casi irreal.  Una sensación que jamás olvidaré.

Habría más de un centenar de personas aquella tarde: creyentes y no creyentes, turistas y locales. De algo no había duda, la construcción impactaba a quien la visitase. Con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, me pregunté cómo la arquitectura podía ser capaz de transmitir tales emociones.

Y es que la arquitectura ojival, comúnmente llamada gótica, fue creada para transmitir emociones, particularmente la elevación del espíritu. Para eso se buscaba la verticalidad, la altura, la luz.

El objetivo era desafiar las alturas creando edificios cada vez más amplios y luminosos, hecho que se pudo realizar gracias a la creación de la bóveda de crucería (cruce de dos bóvedas cañón apuntado). Las cargas verticales son tomadas por pilares en el interior, y las laterales (generadas por la forma arqueada de la bóveda) son tomadas por un sistema de arbotantes y contrafuertes que se encuentran en el exterior del edificio.

Debido a esto, el muro se disuelve, no soporta cargas. Se hace transparente, diáfano, permitiendo la utilización de grandes vitrales por donde ingresa la luz tamizada. Y el techo se resuelve mediante una estructura de madera para no aumentar el peso de la cubierta.


Notre Dame ayer y hoy, en una de las última imágenes antes del incendio.

Fue precisamente la estructura de madera, la que velozmente se prendió fuego el lunes 15 de abril. Si bien todavía no se sabe con certeza qué fue lo que provocó el incendio, la investigación realizada por la Fiscalía de París, indicaría que se trató de un accidente.

Accidente que culminó con la caída de la icónica aguja de Notre Dame ardiendo en llamas. Mientras continúa la polémica sobre si reconstruirla o no y de qué manera, es importante destacar que la misma no era una pieza original de la catedral, sino que fue agregada en 1840.

Caída y reconstrucción

La aguja original se construyó alrededor de 1250 y se removió en 1786 debido a su inestabilidad. Años después, el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, se encargó de la restauración de la edificación y decidió crear su propia versión de la misma. Con una altura de más de 90 metros, estaba hecha en madera y cubierta en plomo. En su base había dispuestas 12 estatuas de cobre, entre las cuáles se encuentra una hecha a imagen y semejanza del arquitecto.


La aguja de la catedral generó enorme impacto, pero no era parte de la estructura original.

Lo ocurrido en Notre Dame fue una tragedia. De eso no hay duda. Que en el mundo ocurren tragedias de este calibre o aún peores, de eso tampoco hay duda. Pero no puedo evitar preguntarme, en la arquitectura y en la vida: ¿por qué caemos?

David Bowie solía decir: “He llegado a entender que no hay nada que aprender del éxito. Pienso que todo se aprende del fracaso.”

Antes de convertirse en el hombre más rico de China, Jack Ma, el creador de Alibaba, fue rechazado 30 veces en distintos trabajos. Lo rechazaron en la policía y hasta en la cadena Kentucky Fried Chicken. Falló en varios exámenes escolares y lo mismo ocurrió con su solicitud de ingreso a la Universidad de Harvard, la cual envió diez veces. Pero a pesar de los innumerables rechazos y caídas, no se dio por vencido, no se quejó, siguió luchando y salió adelante.

No hay dudas que J. K. Rowling es una mujer que ha alcanzado el éxito profesional. En 2008 Harvard la invitó a impartir el discurso de graduación, pero la autora de Harry Potter no quiso discutir sus logros, sino que se concentró en explicar los beneficios del fracaso.

Explicó que si no hubiese fracasado, o si hubiese sido exitosa en otra área, no habría tenido el valor de perseguir aquello que realmente la apasionaba. Al caer aprendió cosas de ella que no hubiera podido saber de otra manera, como el alcance de su fuerza, disciplina y determinación. Mediante el fracaso pudo saber quiénes eran sus verdaderos amigos, dejó atrás todo lo superfluo, y reconstruyó su vida con bases sólidas.

Esa catedral que todos llevamos dentro

En París, ni dos guerras mundiales ni la mayor Revolución de Francia lograron derribar la catedral que supo ser musa inspiradora de Victor Hugo. Aún ahora, los pilares de Notre Dame se alzan serenos luego del devastador incendio. Olas de fuego rompieron sobre el techo, llevándose a su paso años de historia. El lugar jamás será el mismo.

Pero las bases de la catedral no cedieron ante la presión que, tantas veces, hace caer edificios enteros, cuando los cimientos y fundaciones se debilitan y aparecen grietas en las fachadas que indican que algo ya no funciona. Ahora será cuestión de reforzar esos cimiento, ¿pero cómo hacerlo?

De alguna manera, podríamos decir que las leyes de construcción se aplican a la vida. Primero, hay que detectar la causa que originó el daño. Luego y en lo posible, eliminarla. Finalmente, sanar.

A la hora de pensar en encarar ese proceso, las variantes son muchas. Pero, en líneas generales, podemos:

  • Aumentar la dimensión del cimiento para reducir la carga a la que está sometido (recalce superficial). O, en otras palabras, aumentar nuestra capacidad de resiliencia.
  • Agregar a la fundación otros pilotes que ayuden a absorber las cargas (recalce profundo). O apoyarnos en otros con quienes poder compartir esas cargas.
  • Intervenir el terreno para mejorar las características del suelo o eliminar la presencia de los agentes que generan daños (tratamiento de suelos).  Válido para el agua en terrenos, pero también para determinadas situaciones y personas de nuestro entorno.

Después de todo, tanto en la arquitectura como en la vida, a veces debemos caer para reconstruirnos, dejar atrás aquello que nos debilitó y renacer de nuestros propios escombros.

*Arquitecta graduada en la Universidad de Buenos Aires.

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