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Viajes

27 Abril, 2017

Patagonia inusual

Una cronista de Sophia se sumó a una travesía organizada por la Fundación Flora y Fauna Argentina, dedicada al cuidado ambiental, y se embarcó en un circuito binacional pensado para unir en auto paisajes y pueblos soñados del sur chileno y argentino.


Texto y fotos: Carolina Cattaneo. 

De trazar un círculo. De bordar y de bordear, paso a paso, la circunferencia de un vasto territorio a 1500 metros sobre el nivel del mar, a un lado y otro de la cordillera de los Andes: la meseta del lago Buenos Aires, al noroeste de la provincia de Santa Cruz, región de estepas infinitas y de paisajes volcánicos, de lagos, lagunas y ríos de azules profundos y turquesas inverosímiles, de cielos bendecidos y vientos poderosos, que se alza como un destino inusual, pero no menos bello e imponente, de la inmensa Patagonia. De eso se trata esta travesía que, en el sentido de las agujas del reloj, unirá distintos puntos de la Argentina y Chile bordeando la meseta donde se encuentra el flamante Parque Nacional Patagonia, que en sus paredes de piedra preserva los rastros milenarios de los primeros pobladores y que en sus habitantes atesora historias de inmigración, supervivencia y espíritu de aventura.

La región empieza a tomar protagonismo lentamente y a cobrar, poco a poco, identidad como destino de turismo de naturaleza. En parte, gracias al impulso de organizaciones no gubernamentales y comunidades locales que, tras trabajar para que se protegiera el hábitat del macá tobiano, un ave endémica de Santa Cruz, el año pasado lograron que una gran porción de territorio fuera declarado Parque Nacional Patagonia. En la zona desembarcó, también, la Fundación Flora y Fauna Argentina, del fallecido ecologista Douglas Tompkins. “La propuesta es promover un circuito binacional de unos 500 kilómetros, abarcando, entre otros puntos de interés, el pueblo de Perito Moreno, la Cueva de las Manos, Bajo Caracoles, Lago Posadas, en la Argentina, y el Valle Chacabuco, la confluencia del río Baker y Nef, los pueblos de Guadal y Chile Chico, en Chile. Una ruta escénica recorriendo portales en el camino, entre ellos la estancia La Ascensión, donde el turista puede pasar el día y hacer senderos de trekking”, explica Marian Labourt, responsable de prensa de la Fundación Flora y Fauna Argentina. El objetivo, dice Marian, es preservar la riqueza cultural y arqueológica de la zona y apuntar al desarrollo local.

El punto de partida es la ciudad de Comodoro Rivadavia, donde aterriza el avión desde Buenos Aires. Tras 500 kilómetros hacia el oeste, el océano Atlántico queda atrás y, ya más cerca de la Cordillera, comienza un trayecto en camioneta cuya primera parada técnica es en Perito Moreno, un pueblo de unos cuatro mil habitantes sobre el cruce de las rutas provinciales 45 y 43 y la ruta nacional 40. A continuación, una caminata de menos de una hora en la estancia privada Casa de Piedra, donde es posible surcar un volcán y ascender hasta su cráter. Desde su borde mismo, el cansancio vale la pena tras descubrir a una pareja de pumas dominar, con elegancia y soberbia, la soledad de la estepa.

De vuelta en la camioneta, se recorre un tramo por la mítica 40 y luego algunos kilómetros de ripio hasta divisar las paredes del cañadón del río Pinturas, que se erigen desde el valle homónimo, inmensas, como reservorios del pasado. Allí, la Cueva de las Manos, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, es la atracción principal. A pesar de su nombre, se trata de un sendero de casi un kilómetro que bordea enormes paredones rocosos en los que varias generaciones de pobladores nativos dejaron, milenio tras milenio, las marcas de su estancia en la Tierra: cerca de 200 pinturas rupestres de hasta 9300 años de antigüedad, negativos de manos de adultos y niños, figuras de guanacos, patas de choiques, escenas de cacerías y enigmáticas figuras abstractas que estos pueblos originarios estamparon con pigmentos naturales. “No se sabe con exactitud, pero este podría haber sido un lugar de refugio o de encuentro. Y las pinturas, una parte de un ritual de iniciación o una forma de marcar el territorio”, dice Natalia Morrone (32), guía del sitio. Licenciada en Turismo, Natalia llegó a este lugar desde Buenos Aires en 2009, con el sueño de llevar una vida menos urbana; hoy vive quincena de por medio en la vivienda de los guías, donde la luz eléctrica es un lujo de unas pocas horas a la noche. Pero todo lo que necesita está allí, asegura: en las caras de sorpresa de los turistas cuando les narra la historia sobre las piedras y en la magia silenciosa y cautivante de las pinturas.

Mientras la tarde empieza a caer poco a poco, la camioneta retoma la marcha, y desde allí se alcanza a ver un cóndor que sobrevuela uno de los profundos cañadones que regala este paisaje. Ya es de noche al llegar a Lago Posadas, un pueblo de menos de 300 habitantes, con sus bulevares, sus álamos y sus casitas alpinas. La cena se sirve en el restaurante de la familia Fortuny, dueña también de la hostería La Posada del Posadas, donde Pablo Fortuny (39)cuenta que sus padres, un catalán y una calabresa, llegaron a ese sitio en 1973 de luna de miel. Tanto les gustó que decidieron quedarse y abrir una hostería para atender a escaladores europeos que llegaban a hacer montañismo en el cerro San Lorenzo. “Papá decía que este lugar no te dejaba indiferente. Su frase era ‘O lo amás o lo odiás’”, cuenta Pablo. “La población creció en el los últimos años, pero aquí aún todo está por hacerse”. Todo, menos el horizonte montañoso que lo enmarca y ese cielo oscuro y plagado de estrellas que se disfruta antes de irse a dormir.

El segundo día arranca bien temprano. Chile ya está cerca, muy cerca. Basta aprovisionarse de comida para hacer un picnic en el camino y procurar no llegar al paso fronterizo Roballos con frutas o verduras frescas encima, porque serán desechadas por los carabineros, la policía chilena. Si el viento lo permite, el recorrido amerita una parada para contemplar el istmo que divide las aguas turquesas del lago Posadas de las azules del Pueyrredón. Tras el cruce al país vecino, el Valle Chacabuco, en la región de Aysén, abraza con un bosque de vegetación exuberante y clima húmedo. En esta porción de la Patagonia chilena, los Tompkins compraron en 2004 a una familia de origen belga 80.000 hectáreas con el propósito de restaurar su diversidad biológica. Para eso erradicaron el ganado ovino y vacuno, removieron especies vegetales exóticas como la rosa mosqueta, levantaron las cercas que podían ocasionar la muerte por ahorcamiento de animales como el guanaco, y sembraron coirones, ñires y lengas, árboles autóctonos. Hoy la fundación regentea aquí tres campings y el lodge Valle Chacabuco, el sitio para dormir esta noche.

Al entrar hay que descalzarse. Con una enorme sonrisa recibe a los huéspedes la argentina Johanna Zajc (38), la flamante gerente del lugar. Llegó aquí convocada por Kris Tompkins, la viuda de Douglas, y se mudó desde San Pedro de Atacama junto a su novio, tres gatos y una perra. Amanece temprano y trabaja de corrido hasta la noche, cuando cierra el restaurante y la tienda de venta de ropa y objetos de artesanos locales. Pese a las largas jornadas, dice Johanna, lo cotidiano en este lugar se enriquece para ella con una visita a la huerta, donde sigue el devenir de los brotes, con el olor que desprenden las piedras cuando les da el sol, o con las noches sin ruidos. “Aunque esté cansada, miro por la venta y veo la montaña. Eso ya me completa”, asegura.

Tras una noche en el Valle Chacabuco, es tiempo de volver a la Argentina. De camino, la confluencia de los ríos Baker y Nef invita a un trekking corto que conduce al encuentro de los dos cursos de agua. La premisa aquí es contemplar la fuerza del agua al descender por una cascada y dejarse invadir por el aroma de las hierbas del bosque mientras cae una lluvia fina. Con la ropa todavía húmeda, de vuelta en la camioneta, las últimas horas de luz del día dejan ver las casitas de chapas de los coloridos pueblos de Puerto Bertrand y Puerto Guadal, con sus chimeneas humeantes, y los rayos de luz del atardecer caer en perpendicular sobre el manto azul del lago General Carrera. El cruce para regresar a territorio argentino, esta vez, es por Chile Chico.

Al otro lado de la frontera, otra vez en Santa Cruz, el Carrera toma el nombre de lago Buenos Aires y la ciudad que se asienta al pie, el de Los Antiguos. Aquí, en la Capital Nacional de la Cereza, bien vale un encuentro con Myriam Smet d’Olbecke, una de las pobladoras más antiguas de la zona. Myriam tiene 77 años, seis hijos, y el recuerdo de cuando en la región, a ambos lados de la Cordillera, aún no había agua potable, ni luz eléctrica, y tampoco gas. Cuando llegó desde Bélgica con sus padres y otras familias, incluyendo dos maestras, un médico y un sacerdote, las noches se calentaban con leña y se iluminaban con velas y faroles. “Llegamos en 1948 para formar una colonia en Chile Chico. Nos criamos en un ambiente muy agreste, muy distinto al lugar de donde veníamos”, relata desde su living, adornado con tulipanes de cosecha propia. Myriam vivió en Tandil, pero el tiempo la trajo de vuelta a este rincón del país, donde con la fuerza de los vientos sureños montó un emprendimiento personal de dulces y conservas con el que llegó a producir hasta 25.000 frascos por año. “Yo me siento muy belga, muy orgullosa de mis orígenes –dice Myriam–, pero después de tantos años, también me siento muy patagónica”.

El viaje circular está llegando a su fin y el mapa de ruta prevé una visita más a Perito Moreno. Allí Dora Bassani (60) invita a dar un paseo por las instalaciones del Museo Carlos Gradín, aún en proceso de construcción, donde ya funciona un laboratorio para los arqueólogos que llegan a estudiar la región. Dora es oriunda de Perito, y desde que se jubiló como docente, preside ad honórem la Asociación Identidad, la ONG que promovió la creación del Museo, y consiguió recuperar la construcción más antigua del pueblo y convertirla en café y espacio cultural. Inspirada por la pasión con que los primeros científicos llegaron al lugar e hicieron sus descubrimientos, Dora transmite ilusión al imaginar el día en que el museo esté terminado y vibre con el bullicio del público. Para eso todavía falta. En el próximo viaje, quizá, será posible verlo terminado. Ahora, es tiempo de cerrar el círculo.

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