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Sophia 20 años

11 diciembre, 2019

“Para vivir mejor hay que recuperar las virtudes”

Hace 15 años, el filósofo francés André Comte-Spoinville afirmaba esto en una entrevista con Sophia. A poco de alcanzar el 2020, su propuesta de rescatar los valores clásicos y universales para hacer el bien sigue vigente.


¿Por qué hoy se habla tanto de la moral y la filosofía? ¿Qué necesidad encierra esta creciente demanda de ideas, teorías o nuevas verdades? ¿Por qué esta sensación de vacío, de desunión, y la búsqueda de algo que no se toque o compre?

El filósofo francés André Comte-Spoinville, autor de Pequeño tratado de las grandes virtudes (Editorial Paidós), lo explica así: “Desde hace unos años hay como un ‘regreso’ de la moral y la filosofía. Esto se explica esencialmente por el declive de las respuestas hechas que aportaban la religión -que durante siglos tuvo autoridad de filosofía-, las ideologías (especialmente el marxismo) y las ciencias humanas. Hemos terminado por darnos cuenta de que las ciencias humanas son incapaces de responder a las cuestiones relativas al sentido de la existencia a los valores y al arte de vivir. Así, ante esta decadencia de las respuestas prefabricadas, la gente necesita pensar por sí misma, es decir, filosofar, porque filosofar es pensar la vida y vivir el pensamiento”.

André Comte-Spoinville es filósofo, profesor de La Soborna y autor de, entre otros libros, Una educación filosófica; Valor y verdad, estudios cínicos; La Felicidad, desesperadamente; El amor, la soledad.

Pero con el pensamiento no basta para ser y vivir mejor. Y Comte-Spoinville se preguntó: ¿cómo pueden la tradición y la moral guiar a los hombres en estos tiempos? La respuesta la encontró en las virtudes. “La virtud es una fuerza que actúa. Es nuestra forma de ser y de actuar humanamente, es decir nuestra capacidad de actuar bien”.

En este contexto, el filósofo plantea la necesidad de recuperar las virtudes. Las clásicas, las tradicionales, las universales. Esas normas básicas que hacen al buen vivir y a la calidad de la persona.

El bien solo existe en la pluralidad de las acciones y buenas y de las buenas intenciones, designadas por la tradición el nombre de virtudes –explica-. Y aunque es verdad que cada civilización tiene sus valores, pienso que existe una convergencia en torno a lo que podríamos llamar los grandes valores de la humanidad. Lo que hace a un hombre moralmente estimable, en Francia, en Japón o en Egipto es esencialmente lo mismo”.

“Hemos terminado por darnos cuenta de que las ciencias humanas son incapaces de responder a las cuestiones relativas al sentido de la existencia a los valores y al arte de vivir”

-¿Qué nos ha enseñado la historia del siglo XX, con los crímenes del nazismo, el fracaso del comunismo o el fin de las ideologías?

-Los antiguos pensadores trabajaban basándose en la sociedad ideal, el hombre ideal. Nosotros, después del nazismo y el estalinismo, estamos más bien confrontados a la experiencia del mal y del horror. Tanto es así que la novedad de nuestra época reside en nuestro particular enfoque de la moral. Actualmente, no nos preocupa tanto la búsqueda de un bien absoluto, de una sociedad o un hombre ideales, como encontrar el medio de rehusar lo peor e intentar impedírselo a los demás. Es una especie de ética negativa y trágica. También las grandes ideologías de los siglos XVIII, XIX y XX han envejecido mucho, puesto que creían que los progresos técnicos y el incremento de los conocimientos harían que la humanidad alcanzara la mejor de las sociedades posibles. Ahora, desde nuestra perspectiva, podemos constatar que los avances técnicos y científicos no garantizan que reine lo mejor, y ni siquiera evitan lo peor. Por eso autores más antiguos como Aristóteles o Epicuro, Montaigne o Spinoza han envejecido mejor que muchos de los grandes autores modernos, como Marx o Nietzsche. ¿Quién sigue creyendo hoy en el comunismo o en el superhombre? El siglo XX nos ha enseñado más bien que tenemos que protegernos con lo inhumano, y que para ello necesitamos la moral.

-¿Hay valores que en este momento estén en tela de juicio o, por el contrario, de relieve?

-Los valores que necesitamos actualmente son, en general, los mismos que hace veinticinco siglos. De las cuatro virtudes cardinales de la Grecia Antigua, todos reconoceremos que el valor (valentía) y la justicia siguen estando de plena actualidad y que la prudencia y la templanza tal vez aún más. Aún necesitamos la templanza, es decir la moderación en los deseos sensuales, no por negarnos el placer, sino más bien para aprender a disfrutar de él inteligentemente, sin llegar al exceso, allí donde el placer se convierte en hastío. En cuanto a la prudencia no sólo consiste en evitar los peligros sino más bien en la ponderación de los riesgos, la elección juiciosa de los medios adecuados para lograr un propósito propiamente bueno. De las cuatro virtudes cardinales, tal vez es esta la que necesitamos con más urgencia. Eso que llamamos el “safe sex”, la sexualidad sin riesgo, necesaria a causa del sida, no es sino la sexualidad prudente y virtuosa, ya que tiene en cuenta la vida del otro. La imprudencia en la materia es una auténtica falta moral. Otro ejemplo de actualidad que nos invita a la prudencia es la contaminación -un problema que los griegos apenas conocían- que nos hace descubrir que las consecuencias de nuestros actos se pueden manifestar a muy largo plazo.

“La virtud es una fuerza que actúa. Es nuestra forma de ser y de actuar humanamente, es decir nuestra capacidad de actuar bien”

-Usted apoya la idea de que “solo necesitamos las virtudes cuando falta el amor”…

-Creo efectivamente que la moral consiste en actuar como si se amara, pues si se ama se actúa naturalmente de manera virtuosa. Este es el sentido de la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Pero es preciso saber que cuando no se ama no alcanza con hacer lo que se quiere, sino lo que se debe. Así pues, las virtudes vienen a compensar la carencia del amor.

-¿Cuáles son entonces la o las virtudes que gobiernan a todas las demás?

-En este contexto, hay una virtud que desempeña a mi juicio, un papel principal: la generosidad, que consiste en dar a los que no conocemos, es decir al prójimo, al ajeno, al necesitado. Para alcanzar la finalidad que nos designa la generosidad y que tiende hacia el amor, las dos virtudes más importantes son: la prudencia, por la elección de los medios correctos, y el valor (valentía), que nos pone a la altura de los medios y de los fines que hemos elegido.

Una versión más extensa de esta entrevista fue publicada en la edición N°55 de Sophia, en octubre de 2005.

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